La prisión invisible. Artistas presos en las Américas se montó en tiempo récord, en poco más de un mes, pero no nació en ese plazo. Lo que llegó al Museo de Arte las Américas (AMA, por sus siglas en inglés), en Washington, D.C., venía de años de acompañamiento, largas conversaciones, papeles enviados por familiares a través de fotos irregulares, obras sacadas de las cárceles con todas las precauciones. Todo ese material fue reuniéndose, clasificándose y comunicándose lentamente, en espera de una sala para exponerse. Por tanto, la muestra fue un primer resultado visible de todo un corpus de sentido, pero esperamos que no sea el único.
Prácticamente desde su fundación, el Observatorio de Derechos Culturales (ODC) inició un registro de los artistas cubanos que estaban en prisión y de aquellos que cumplían condenas sin internamiento. Esa labor complementaba de manera orgánica la investigación sobre los casos de censura artística, objetivo principal del ODC, que comenzó a publicarse en forma de informes bimensuales, reuniendo casos históricos y actuales. Construir memoria era uno de los pilares de la organización desde siempre, pero esa memoria no podía remitir solo al pasado; era necesario seguir construyéndola en tiempo real, sobre todo dada la amenaza creciente no solo para la creación sino incluso para la vida de los propios artistas. Luego, el apoyo y la asesoría a proyectos de arte independiente vendrían a complementar esa labor de atención al presente; ya no se trataba solo de denunciar o recoger lo sucedido, sino también de producir.
Importa decirlo porque cambia el sentido de lo que se ha visto desde finales de abril en el AMA. La exposición tuvo una responsabilidad curatorial reconocible, que descansó sobre todo en la expertise de la curadora principal del Museo de las Américas, Adriana Ospina, y en mí, como miembro de ODC, pero que no nació de una mirada individual. Fue la cara visible —la más visible hasta ahora— de un trabajo colectivo que se realiza, en primer lugar, para honrar y visibilizar la labor de estos artistas encarcelados, pero también para ubicarlos en el lugar que les corresponde dentro del universo de la cultura nacional. Los nombres que allí aparecen, las obras que pudieron salir físicamente de Cuba, las relaciones de confianza que permitieron que eso fuera posible, corresponden a una labor que propone generar una narrativa que los contenga y que pueda ser contrastada y enriquecida por la interpretación de otros fenómenos culturales paralelos dentro de nuestra sociedad.
Lo que quiero decir con esto es que los artistas presos políticos cubanos no son una comunidad aislada, y mucho menos un desgajo incómodo del árbol de la cultura cubana contemporánea. Tampoco son un accidente, aun cuando la producción de muchos de ellos, y hasta su propia vocación de artista, hayan surgido de manera espontánea. Si algo se echa en falta en nuestras prácticas profesionales es esa visión de conjunto, y eso se evidencia con tintes distintos en todos los campos del saber, y, por supuesto, tiene como denominador común el miedo y/o el oportunismo, habituales en el universo intelectual. Si por un lado esta «precaución» hace posible que los procesos relacionados con la producción del saber sigan ocurriendo dentro de sociedades totalitarias como la nuestra, su costo automático será el sesgo de esa producción y, a más largo plazo, el pliegue de la misma a la incondicionalidad política que el sistema exige y la reducción del horizonte intelectual de quienes la protagonizan.
Pero volvamos al principio: el Observatorio de Derechos Culturales comenzó a realizar esa labor de recogida de casos y a rellenar las lagunas existentes de forma paulatina, contrastando también con la información, igualmente irregular, que exhibían otras organizaciones y proyectos de la sociedad civil cubana. A esa labor la llamamos «Campaña de Artistas Presos», nombre que hemos mantenido incluso cuando el volumen de información recabada desbordó rápidamente el alcance de una acción puntual.
Una campaña, en sentido estricto, se lanza con un objetivo acotado y un plazo razonable. La nuestra no funciona exactamente así, y no porque no sepamos hacer campañas, sino porque las personas que visibilizamos no han sido liberadas. Mientras eso no ocurra, no hay cierre posible. Lo que empezó prácticamente como una cruzada se ha ido convirtiendo en una plataforma: una sombrilla amplia bajo la cual se recogen denuncias; se redactan perfiles de esos artistas; se realizan gestiones de incidencia ante organismos internacionales, como la solicitud de medidas cautelares… También se compila y se comunica lo que se crea en las cárceles. En realidad, funciona como sombrilla para campañas más pequeñas y breves, dedicadas a casos puntuales o momentos críticos.
La razón de ser de una campaña así era estrictamente política, en un sentido de justicia; había que denunciar el abuso que se cometía contra esos muchachos. Cuando el tiempo empezó a transcurrir, fueron necesarias la constancia y la humanización de los casos; eran tantos que se diluían inevitablemente en la marea de cientos de vidas. No todas las familias querían denunciar; algunas incluso no querían figurar en las listas de la sociedad civil independiente, por lo que, de la mano del registro, se desarrollaba una labor educativa que entraba en el terreno del civismo. También cierta práctica detectivesca para la que nos auxiliamos de amigos y colegas dentro de Cuba y, en ocasiones, de familiares de otros presos políticos. Así se construye el acompañamiento y se perfila una comunidad. Pero la mejor parte aún estaba por ocurrir y tuvo que ver con la creación artística, desde dentro de las prisiones, de esos muchachos que íbamos identificando y de otros que luego comenzaron a producir obras y que incorporamos paulatinamente a la plataforma. Desde entonces, ese ha sido nuestro principal objetivo: mostrar la belleza de la que ellos son capaces y demostrar, sin tener que decirlo, que no solo no son delincuentes, sino que tampoco son solo víctimas, que sus condenas no definen su identidad, que el peligro que corren no ha logrado poner en jaque su humanidad ni aniquilar su dignidad.
Pero, si vamos a hablar de justicia y de trabajar en pos de la liberación de presos políticos, surge enseguida una pregunta que conviene responder de frente: en un país con más de mil presos políticos, ¿por qué concentrarse en una comunidad de poco más de 30 artistas?

La respuesta más inmediata a esta pregunta es institucional y se remite a la propia misión de la organización. Somos un observatorio de derechos culturales, por lo que nuestra zona de trabajo es la comunidad artística, y no solo la independiente; nos concierne toda, incluidos quienes están en prisión. Pero la razón de fondo es más amplia. Un observatorio que mirara la cultura cubana sin incluir a los artistas presos políticos sería un proyecto sesgado, mutilado de antemano. No se trata de completar un cupo ni de añadir un capítulo doloroso a una historia más amplia; se trata de reconocer que, sin ellos, la imagen de la cultura cubana queda incompleta. Y se trata también de disputar uno de los gestos más violentos del totalitarismo: el borrado que quiere convencer al país y al mundo de que ciertas voces no existen o no cuentan.
La segunda razón evidente ya la enunciamos más arriba. El relato del régimen cubano sobre los presos políticos parte del hecho mismo del encarcelamiento: están ahí porque hicieron algo, están ahí porque cometieron un delito, porque necesitan ser corregidos. La cárcel, en cualquier parte del mundo, es el no-lugar por excelencia, el espacio reservado a los descartables. Encarcelar a alguien por motivos políticos es, además de una violencia concreta sobre su cuerpo, una operación simbólica: sacarlo del juego social, suspender su condición de ciudadano, reescribir su identidad.
Frente a esa reescritura, la única respuesta seria es la profundidad. ¿Quiénes son esas personas antes de la prisión, en quiénes se están convirtiendo dentro de ella, qué piensan, qué hacen, qué creen y qué crean? No hay manera de desmontar un relato así desde la urgencia del titular. Solo se desmonta por la constancia del gesto.
Por eso, una de las apuestas metodológicas del Observatorio ha sido hacerlo, siempre que sea posible, desde sus voces, no desde la nuestra. Nosotros facilitamos, acompañamos, organizamos, hacemos circular, insistimos. La obra es de ellos. Algunos eran artistas formados antes de entrar a la cárcel; muchos no. Pero todos, sin excepción, han hecho de la creación en el encierro una forma de no perderse a sí mismos, una afirmación.
Y una afirmación así, cuando se sostiene en condiciones de precariedad extrema —escribiendo en cajas de cigarro, tallando jabón, sacando dibujos por pedazos que después hay que recomponer, grabando canciones en los minutos reglamentarios de una llamada—, ya no es solo personal. Es identitaria en un sentido más amplio. La persona que el Estado quiso convertir en paria está diciendo: yo también tengo voz, yo también tengo poder, esto también soy yo.
Hay otra razón que mira más allá de los artistas y de nosotros hacia el país. Lo que estas personas producen desde el lugar más precario que puede ofrecer una sociedad está regenerando zonas de la cultura cubana que ahora mismo no están sobre la mesa. Vuelven, desde las celdas, tópicos formales que buena parte de la creación cubana contemporánea había dejado afuera: la poesía patriótica, la décima, el dibujo como testimonio, la canción como mensaje urgente, el objeto hecho con lo único que hay a mano. Vuelve también cierta densidad ética, una manera de crear en que la belleza no aparece separada de la responsabilidad.
No se puede pensar la cultura cubana de hoy sin lo que sale de ahí. Y, si se piensa sin ellos, se piensa desde el mismo elitismo que tan menudo reproducen sin darse cuenta los circuitos culturales: según el cual quien no estudió arte, quien no tiene una carrera, quien no fue validado por una institución, no es exactamente un artista. Esa lógica también hay que desmontarla.
He llegado a pensar en este trabajo como en dos mapas superpuestos. Uno es el mapa de la represión: las prisiones donde ellos están, las condenas, los traslados, las huelgas de hambre, las medidas de castigo, la red estatal que los administra. Ese mapa hay que hacerlo y, de hecho, lo hacemos. Es buena parte de lo que publica el Observatorio.
Pero hay otro mapa que decidimos poner delante: el mapa de la resistencia. El que se dibuja no con celdas y sentencias, sino con poemas escritos en pedazos de papel, esculturas de jabón, cuadernos ilustrados, cartas firmadas con sangre, canciones grabadas en los minutos reglamentarios de una llamada. Cada una de esas obras es un punto. Y los puntos, sostenidos en el tiempo, empiezan a conectarse: primero dentro de la vida de cada artista y después entre artistas. Entonces, lo que aparece es una figura, una comunidad, un país que sigue ahí.
Poner ese mapa delante no es estetizar la cárcel ni blanquear al régimen. Lo digo con todas las letras porque es una confusión a la que estamos expuestos. Nadie está diciendo que las prisiones cubanas sean lugares donde se vaya a evolucionar. Al contrario. Lo que se subraya es lo difícil que es crear ahí, sostenerse y sacar adelante la obra. Cuanto mayor es el esfuerzo de ellos, mayor tiene que ser el nuestro para que esa voluntad no se pierda.
Este trabajo no se sostiene sin confianza. Y la confianza no es solo creer en alguien. Es saber que no vas a usarlo. Que no vas a convertir a una persona presa en material para una urgencia, para un titular, para visibilizar otra cosa. En este oficio la confianza es lo contrario de la instrumentalización. Se construye durante años y se cuida con todos: con los presos, con sus familias, con amigos cercanos, con colegas dentro y fuera de Cuba, con periodistas, con organizaciones afines.
Detrás del Observatorio hay un equipo. Y antes del equipo hay esa red de confianza. Lo digo no como una cláusula obligatoria, sino como una descripción de hechos: sin esa red, esta exposición no existiría. Tampoco existiría la campaña.
Luis Manuel Otero Alcántara. Maykel Castillo Pérez. Fernando Almenares Rivera. Yasmany González Valdés. María Cristina Garrido Rodríguez. Juan Enrique Pérez Sánchez. Duannis Dabel León Taboada. Kamil Zayas Pérez. Ernesto Ricardo Medina. Leonard Richard González Alfonso. Virgilio Mantilla Arango. Dayán Gustavo Flores Brito. Eliezet Sesma Diago.
Lo que hagamos con sus nombres —si los repetimos, si los conectamos, si los sostenemos en el tiempo, si insistimos en que existen— es parte del trabajo. Es, en realidad, casi todo el trabajo.

Escenas detrás de las obras
Pero los nombres no se sostienen solos. Detrás de cada uno hay una casa, una madre, un hijo, una esposa, una llamada desde prisión, una visita, un papel que llega doblado o fotografiado a medias. Lo que sigue no pretende hablar de todos los artistas incluidos en la exhibición, sino acercarse a algunas escenas: momentos anteriores y posteriores al montaje, conversaciones con ellos o con sus familias, primeras impresiones sobre la muestra. A veces es desde ahí —desde lo pequeño, desde lo íntimo, desde lo que casi nunca entra en los informes— que mejor se entiende lo que esta exposición intentó hacer.
Yasmany
Es su primer pase en tres años completos. La primera vez, en tres años, que vuelve a caminar la casona de principios de siglo de su esposa, Ilsa Ramos: la mujer que es su sostén y, también, su musa. Camina rápido por la casa porque, a pesar del tiempo, la conoce al dedillo. Se le nota la satisfacción de moverse sin restricciones en espacios amplios y luminosos.
Yasmany no es de La Habana. Nació en un pequeño pueblo de Pinar del Río y tuvo una infancia muy dura, tanto material como emocional. La mudanza a La Habana y el encuentro con Ilsa le dieron la posibilidad de un nuevo comienzo: habitar un espacio propio, no solo físico, sino también afectivo. De ahí nacieron los cuadernos ilustrados que realiza en prisión. Empiezan por la niñez de ambos —la suya y la de Ilsa— y avanzan hasta el día en que se encontraron, hasta el día en que la cárcel los separó. Es su manera de calibrar lo que tienen, ahora que la cárcel está en medio.
La familia de Ilsa, sus dos hijos, también se convirtió en su propia familia. Uno de esos hijos, Titi, es autista. Con la presencia de Yasmany evolucionó considerablemente, y se descontroló como nunca cuando él dejó de estar. De Titi también cuenta Yasmany en sus cuadernos: cuánto extraña cuidarlo, cuánto extraña sentirse parte de algo.
Esta es también la primera vez, en tres años, que puede abrazar a Titi. El adolescente parece entenderlo de muchas maneras, porque ahora no para de dar besos: a los conocidos y a los que no.
Es desde la comodidad de esa casa que Yasmany ve, en las redes, las fotos de la exposición. Ve sus cuadernos. Ve las esculturitas que hace con jabón. Casi no puede creer que esos objetos que ayer estaban en su celda estén hoy en Washington. Ve también que algunas esculturas llegaron rotas, y se muere de vergüenza.
Por un momento no entiende que tal fragilidad es lo más hermoso de esos objetos. Pero cuando se lo menciono, la voz le cambia. «Es verdad, mi hermana», me dice, «esa fragilidad somos nosotros los presos».
Y sigue hablando: «Lo que me hizo a mí empezar esos cuadernos fue el sufrimiento, el sufrimiento… Lo que sufrimos los presos allá adentro. Yo no sé si yo sé hacer eso, soy casi analfabeto, no tengo el talento de otros artistas. Pero yo no quería mentir. No quería ser hipócrita».
En las piezas de Yasmany González Valdés hay una revisión profunda de la propia vida y, al mismo tiempo, una aceptación dolorosa del lugar que el régimen les ha asignado a estos hombres: el de chivos expiatorios en un escenario de rebeldía nacional. Han tenido que ponerse a la altura de ese lugar. Y, además, sobrevivir.

Dayán
Tiene menos de 30 años. También tiene una hija pequeña que nació casi al mismo tiempo que él fue detenido, el 11 de julio de 2021. Cuando la sentencia final impuso 14 años de privación de libertad por «sedición», Dayán pensó primero en ella.
El día en que hablamos sobre la exposición y le pregunté qué le parecía que sus poemas y sus canciones estuvieran en el Museo de las Américas, también estaba pensando en Ashley. La niña cumplía años.
«Cinco años cumple mi hija, Ana, y en ninguno de los cumpleaños he podido estar, ni comprarle un chupa-chupa», dijo.
Esa es una de las tragedias más grandes y, a la vez, más invisibilizadas del presidio político: la precariedad material que rodea a cada preso y a cada familia. Padres que ya no pueden aportar a la manutención de sus hijos pequeños. Madres y padres ancianos que envejecen con una jaba miserable, después de haber perdido el sostén real que representaban sus hijos.
Dayán me hizo llegar, en un trozo de papel, lo que quería decir sobre la exposición:
Estar presente en esta exposición en Washington tiene un significado que trasciende las palabras: es el momento en que mis versos y mis canciones rompen las cadenas del silencio para gritar la verdad ante el mundo. Ver mis poemas expuestos y saber que mis canciones resuenan en este espacio me llena de un orgullo profundo, pues representa el triunfo del arte sobre la censura. Esta plataforma permite a personas de todo el mundo apreciar el talento de un joven que fue encarcelado injustamente solo por el «delito» de pedir la libertad. Hoy me reconforta saber que aquellas letras que intentaron silenciar en la oscuridad de una celda finalmente han encontrado su luz, lo que demuestra que la voz de quien lucha por la justicia nunca puede ser verdaderamente callada. [sic].
Lo recibí, lo leí y pensé en Ashley cumpliendo cinco años sin él.

Eliezet
A Eliezet Sesma Diago lo separaron una noche del hijo que criaba solo. Padre soltero desde que el niño era muy pequeño, había organizado su vida entera alrededor de esa crianza: el ritmo del día, las comidas, las tareas, los pequeños rituales de una casa que se sostiene entre dos.
Cuando lo detuvieron, el niño tenía la edad en la que un padre todavía es un mundo entero. Al ser trasladado a mínima severidad y comenzar a salir de pase, casi ya no lo era. En medio se había producido el tránsito de la niñez a la adolescencia: esos años que no se repiten y que ningún tiempo posterior devuelve.
Le robaron todo de la casa el día en que cayó preso. Le demoraron tres años la mínima por defender a otros presos en la cárcel y por no aceptar ningún pacto indigno. La lista de vejaciones es larga y él la conoce de memoria. Pero ninguna, dice, se compara con haber faltado a esos años de su hijo.
Hablar con Eliezet es un gusto. Por la lucidez, primero, pero sobre todo por la paz que transmite, como si no hubiera nada que no pudiera asumirse desde un entendimiento amplio y, a la vez, encarnado. Muchas de nuestras conversaciones anidan en el futuro de Cuba; otras, en esta dimensión más íntima que compartimos: la separación de los hijos, ese tiempo con ellos que nadie nos devuelve. Yo también estuve separada de los míos durante un período similar. Mi hijo tiene ahora 15 años; el de él, igual.
Eliezet escribe. No empezó a escribir en la cárcel; siempre le gustó. Intentó entrar a Periodismo y lo mataron las matemáticas, su talón de Aquiles. Después hizo las pruebas para el Instituto Superior de Artes: Corina Mestre lo suspendió por teatro y esa misma tarde se presentó por danza, y entró. Al año se cambió a actuación teatral; dos años después dejó la escuela.
Esa historia la cuenta sin queja, casi divertido, como quien repasa los rodeos de un camino que no terminó de elegirse pero que, de algún modo, lo trajo hasta aquí. Dice que un día va a estudiar —así lo dice— para convertirse en periodista. Tiene la voluntad y el talento para contar su realidad desde su propia vivencia. Le falta solamente el resto de la vida para hacerlo.
Por ahora escribe desde donde está. Sus palabras sobre la exposición, enviadas a través de los canales precarios que tenemos, son estas:
Yo, Eliezet Sesma Diago, preso y activista político, me siento bendecido por toda la labor maravillosa que ustedes hacen por toda una nación. Estar en manos de un régimen tiránico, en sus prisiones, provoca diferentes estados de ánimo en la vida de los presos políticos, que van desde el desespero hasta el suicidio. En mi caso, he tratado de canalizar toda el hambre y el horror continuo que se vive a mi alrededor, escribiendo crónicas y denunciando todo lo que veo y toco, pues es la manera que he encontrado de mantener mi activismo político dentro de las cárceles del régimen.
Escribir me abstrae de todas mis circunstancias actuales, pues puedo desahogar toda mi ira por los desmanes, abusos y represiones que se cometen a mi alrededor. Mientras escribo, me siento libre, me siento fuera de estos muros, de estas rejas, de esta locura. Puedo también vivir varias vidas a través de las vivencias y testimonios de reclusos que se agrupan a mi alrededor, hombres y jóvenes cuyo único delito ha sido ser jóvenes, o traer un poco de comida y dinero a sus casas, y, por qué no, también vestirse, tomarse un trago, vivir como cualquier persona de este mundo en una isla donde prima la ilegalidad que ellos mismos —el régimen— impusieron.
Para mí, estar en esta exposición es de por sí necesario, pues en ella va el grito de voces que el régimen trata de apagar y que, a pesar de todo, logran escucharse en lugares maravillosos como este. Estoy muy agradecido de que se me haya concedido un espacio para decir lo que otros intentan silenciar.
Lo que dice Eliezet sobre escribir —«mientras escribo, me siento libre»— no es una metáfora. Es una descripción técnica de lo que el acto de escribir produce en una persona que está literalmente encerrada. Y también es una breve teoría sobre por qué existe esta exposición.

Duannis
Pero, así como hay presos que son padres y a quienes ser padres se les clava como el mayor dolor, hay otros en quienes ser hijo se potencia y se relanza como centro de la vida condenada al encierro. Ese es el caso de Duannis Dabel León Taboada.
No se puede hablar de él sin nombrar a su madre, Yenisey Taboada —Jenny—, una mujer sabia en su sencillez, que no ha necesitado salirse de su rol de madre ni ponerse cartas encima para hablar siempre desde la verdad. Ver una directa de Jenny es sentirse en crisis y sostenido al mismo tiempo: querer correr a abrazarla y, a la vez, sentir vergüenza por no saber sostener a los suyos como ella sostiene al suyo. Duannis y Jenny forman un equipo. Tanto que su unión no se ha resquebrajado ni siquiera cuando Duannis ha decidido dejar de llamar o de recibir visitas durante meses. Algo los mantiene unidos, un vínculo que ni la prisión ni nada han podido romper.
Duannis tiene, además, superpoderes. Tania —su amiga, que nunca le ha soltado la mano— lo definió alguna vez como el preso que sale a pasear por las noches, parafraseando uno de sus escritos. No pocas veces ha preguntado e incluso ha dado opiniones muy precisas sobre cosas que pasan en la vida de su familia o de sus amigos, sin que tenga manera de saberlas, encerrado como está. Y, sin embargo, lo sabe.
Hablando no solo con Jenny sino también con algunos de sus vecinos, antiguos clientes de su barbería y hermanos de santo, me fui enterando de que Duannis era espiritista desde muy joven, lo que disipó algunas de las dudas sobre los sucesos maravillosos que lo rodean, sin agotarlas. Es un muchacho al que la ternura se le sale a borbotones en cada verso que escribe y en cada palabra que nos graba: no estén tristes, manténganse juntas, confíen en que el silencio del pueblo es su mayor rebelión, pongan flores blancas.
En las últimas semanas, Duannis pidió que le enviáramos pintura, pinceles y cartulina. Quiere dibujar más y todo eso también pasó a raíz de la exposición. Al sospechar que tal vez había pedido demasiado, rectificó: cartulina no; aquí cojo las sábanas que tengo a mano. Todos nos reímos con esa ocurrencia.
Las palabras que envió a propósito de la exposición son breves —se emocionó tanto que no pudo hacerlas más largas—, pero en esa brevedad hay pepitas de oro:
Madre, ayer me preguntaste qué sentí al recibir la noticia de la exposición. Gracias a ti, a Anamely y a todas las personas que hicieron posible este evento, mi exposición de arte. Yo la llamo siempre exposición de verdad: de una injusticia que se escudriña. La verdad que escudriña esa injusticia. La realidad oculta.
Gracias a toda esta injusticia y represión, hemos encontrado un sentido de la vida: el sacrificio por el bien común. Gracias a esta exposición, el objetivo es crear visiones. Visiones que nos unen. Unión que liberará a millones de cubanos. Porque siempre por el bien común. Siempre por la creación constructiva de una conciencia lo más libre y natural posible.
Cuando recibí esta información, reaccioné un poco lento, ya que no me imaginaba ese evento. Los nervios, en principio, me traicionaron. Pero ahora vengo con la reconquista para hacerte sentir feliz, y a todas las personas que hicieron tanto como pudieron. Es sin palabras la admiración que siento por esto. Porque está teniendo visibilidad un arte que nace de lo más profundo de la celda y me traslada a la vida, a una vivencia.
En otra grabación, hablando de lo que ha aprendido en la cárcel, Duannis dice algo que me ha quedado dando vueltas. Dice que esas vivencias, todo lo que ha pasado adentro, son ahora como las raíces que se sacrifican para extraer el agua subterránea, para que el lago pueda vivir.
Esa imagen es enteramente suya. Y describe, con una precisión que cualquier teoría política o antropológica envidiaría, lo que ocurre en estas vidas encerradas: una entrega oculta, bajo tierra, para sostener algo más arriba que todavía no se ve del todo, pero que ya respira.

Fernando
Con todos los artistas anteriores he hablado, al menos, un par de veces en mi vida. Con los que salen de pase, en conversaciones más calmadas; con los otros, en llamadas atravesadas por la premura y el sobresalto. No se ha hablado mucho de ese particular, pero las llamadas desde una cárcel parecen provenir de una parte del mundo que está fuera del mundo. Se siente, de maneras inexplicables, que allí reina un código atemporal: un código que no deja pasar el aire. La voz llega, pero llega contada en minutos, en segundos, en la posibilidad de que en cualquier momento se interrumpa y no se sepa por qué.
A Fernando Almenares —Nando— no lo he escuchado. Es el primero de quien escribo sin que su voz me haya llegado directamente. La que me llega es la de su madre, Eva Rivera, quien me transmitió sus primeras impresiones sobre la exposición: «Ana, Fernando […] manda a decirte gracias por acordarte de él. Se puso muy contento, como hacía rato que no lo veía. Incluso me pidió sus materiales».
Eva dice esas palabras en un audio en el que la emoción se filtra a través de una voz y de una actitud de fortaleza entrenada. Es la fortaleza de las madres que llevan años asistiendo a las visitas.
Eva va a ver a Nando a una prisión muy lejos de La Habana, en el municipio de Güines. Es una prisión particularmente escalofriante porque allí recluyen a personas enfermas, lo que significa que la muerte puede llegar sin previo aviso y sin demasiadas explicaciones.
Fernando está ahí porque es siclémico. Sin embargo, una y otra vez le han intentado atribuir una infección por VIH que no padece. El uso que el régimen hace de las condiciones patológicas como método de tortura psicológica, y como doble herramienta de discriminación —agravada por la lejanía y por una ubicación intrincada— es en su caso especialmente macabro. Es como desahuciarlo en vida.
Cuando empezamos a reunir las obras para la exposición, no encontrábamos nada de Fernando porque el universo del grafiti es, por naturaleza, efímero. Pero las activistas Kirenia Yalit y María Matienzo nos cedieron documentación valiosa de varios murales que Nando realizó en distintos años, pertenecientes al proyecto #ExprésateEnDictadura. Ese registro es ahora lo que de él se ve. Lo demás —las paredes mismas, las calles, el gesto físico de pintar— ya no existe, salvo en estas imágenes.
Eva insiste al final de la conversación, recordando las palabras de su hijo: «Gracias por acordarte de mi negrito». Esa frase no es del orden de los manifiestos. No tiene la cadencia teórica de Eliezet ni la precisión metafórica de Duannis. Es una frase de madre, dicha con el cariño exacto del barrio. Pero dice algo que ningún manifiesto dice: que, del otro lado de los muros, alguien necesita saber que alguien se acordó. Y que a veces acordarse ya es casi todo.

Juan Enrique
El 24 de mayo, Layda Jacinto —la esposa de Juan Enrique Pérez Sánchez— logró escribirme tras días de incomunicación y mandarme, en una foto, una hermosa carta de él. Cinco días después se inauguraría la exposición.
En la carta, Juan alterna de manera graciosa entre el tú y el usted. Esa mezcla de respeto y ternura es tan propia de él, pero también tan propia de estas redes que construimos los cubanos: redes que se sostienen, a un tiempo, en la distancia física y en la cercanía del alma. Si Cuba sigue viva es por esas redes.
A Juan, sin embargo, muchos lo conocieron antes de que llegara cualquier carta, por una imagen que ningún cubano puede sacarse de la cabeza: Juan Enrique sosteniendo el cartel «Era tanta el hambre que nos comimos el miedo». No fueron solo las palabras, que ya son poderosísimas. Fue también su cuerpo erguido, amenazado, sosteniéndolas. Se intuye el horror que vino después —la golpiza brutal a él y a su esposa de entonces, los gritos forzados de «¡Patria o Muerte!» que no lograron arrancarles—. Pero ese momento, el del cartel, fue sagrado.
Es una imagen que dice algo difícil de expresar de otra manera: que a veces el cuerpo y el cartel son una sola cosa. Esa fusión es la firma de Juan, y desde entonces no ha dejado de aparecer en lo que produce.
Sus poemas son casi todos décimas: esa forma popular que en Cuba ha cargado durante siglos con lo que la gente quería decir para que todos entendieran. Como casi todo lo que tiene un ritmo interno, reúne. Pero la décima también es una estrofa exigente, y aprenderla sin maestro, sin taller, sin formación previa es un trabajo de paciencia y oído que se hace en soledad. Eso ha hecho Juan dentro de la cárcel: enseñarse a sí mismo una forma popular que no es fácil y devolverle al pueblo, en su misma métrica, lo que está viviendo.
Algo parecido sucede con los dibujos que han salido de la cárcel. Algunos son suyos; otros son de un preso amigo que dibuja a partir de sus poemas, una colaboración en que la noción misma de autor se relaja, se comparte, se diluye sin que ninguno de los dos pierda. En esas láminas vuelve a aparecer la idea fija de Juan: los cuerpos son carteles. El cuerpo flaco del pueblo frente al cuerpo obeso del régimen. José Martí apareciendo donde menos se espera. Toda su obra está hecha de esa convicción: que un cuerpo, sostenido, dice más que un argumento.
Lo notable es que esa política frontal no nace de la furia ni del odio. Nace de la ternura. La ternura es, en Juan, una forma de pensar el país. En sus poemas, la denuncia más dura convive con una compasión que no se ahorra el dolor, pero tampoco lo convierte en arma.
La cárcel cubana funciona, entre otras cosas, como una máquina de desgaste de los vínculos. Resistirla es, en buena medida, sostenerlos: con Layda, con los hijos, con los compañeros de causa, con ese preso amigo que dibuja a partir de sus poemas. Por eso, cuando Layda fue a la visita y le mostró las fotos de sus poemas y sus dibujos colgados en la galería de Washington, Juan dijo que se le paralizó el alma.
Y cuando me escribió, lo que me dijo fue esto: «Mi hermana, por almas como la suya, existen hombres como yo que pueden contarle al mundo sus penas con orgullo, las razones por las que luchan y el valor ante sus miedos. […] Mi conciencia activa nunca olvidará tu nombre, pero el subconsciente cubano debería llamarla Fe».
No sé qué hacer con una frase así. Lo único que se me ocurre es transcribirla bien, dejarla donde está y entender que esa también es una manera —la suya— de devolvernos algo. Acaso la más alta.

Luis Manuel
Vuelvo entonces a Luis Manuel Otero Alcántara y al dibujo que acompaña esta exposición: un reloj que es un corazón que se desangra. Durante semanas hemos hablado de esa imagen, de su potencia inmediata, de la manera en que condensa una idea simple y brutal: el tiempo de la prisión no pasa por fuera del cuerpo. Lo atraviesa.
Pero de lo que casi no hemos hablado es de la nota que Luis escribió detrás del dibujo: «El reloj se quedó sin arena. Usa un corazón. Cada grano que se desprende del órgano es un segundo pasado. Termina el dibujo, toca invertir la burbuja de cristal; para ese momento, nadie sabrá de dónde salió la arena».


Esa nota cambia la imagen. Ya no se trata solo de un corazón encerrado en un reloj, sino de una forma distinta de medir el tiempo. Para quienes estamos libres, el tiempo pasa de muchas maneras: se organiza, se pierde, se aprovecha, se posterga. Para ellos, el tiempo cae. Cae sobre el cuerpo. Cae como condena, como espera, como visita suspendida, como llamada interrumpida, como día que no vuelve.
Luis ha hecho de ese tiempo su mejor obra, porque es la única manera que ha encontrado de darle sentido y de sobrevivirlo. No porque la prisión produzca algo bueno, sino porque él se ha negado a dejarle la última palabra al encierro. Otros han hecho algo parecido con los materiales que tenían a mano: poemas, canciones, cartas, cuadernos, dibujos, esculturas de jabón. Cada pieza es una forma de convertir el tiempo muerto de la cárcel en presencia.
Por eso, las obras reunidas en La prisión invisible —también las que no pudieron llegar físicamente a la sala, pero que existen— son, ante todo, una afirmación identitaria de esas vidas. Una manera de decir: seguimos aquí, seguimos siendo.

*La autora del texto es la historiadora del arte y activista exiliada Anamely Ramos, en representación del ODC.
