Lo alarmante no es que la turba trumpista de la diáspora cubana haya empezado a hacer trizas a Luis Manuel Otero en cuanto puso un pie en el aeropuerto de Miami, sino que esa reacción no sorprenda en absoluto. Todos sabíamos que sucedería. Ahora contamos con la oposición báscula, gente que decide qué cantidad de kilogramos debe tener una persona para considerarla anticastrista. La disidencia es un gimnasio y Luis Manuel traía un sobrepeso que lo acerca peligrosamente al comunismo.
Como punto de referencia, han utilizado la imagen de Alexander Díaz Rodríguez tras su liberación en abril pasado, un hombre enfermo de cáncer que presentaba un cuadro severo de desnutrición, pero cuyo cuerpo, despojado de toda dignidad por este tipo de tergiversaciones, no importa por sí mismo. Se le exhibe no con compasión ni con espíritu de denuncia, sino como un trofeo, como el tipo de imagen fúnebre que resulta imprescindible que el castrismo produzca.
Ese estándar, aunque pregone lo contrario, establece que los opositores no tienen derecho a salir de prisión y mucho menos a escapar de Cuba, ya que la utilidad con que cuentan para dichos defensores está íntimamente ligada al grado de agonía al que han sido sometidos. No los necesitan afuera. Lo único que se les pide es que soporten y, si pueden, para la obtención de la gloria y el homenaje en Facebook, que se inmolen. Algunos, sin embargo, son ingratos porque, con todos los hashtags, likes y directas desde Homestead o Brickell que han llevado a cabo por ellos, ni siquiera ese mínimo deseo han podido cumplir para sus valedores.
La responsabilidad de que un preso como Díaz Rodríguez haya sido físicamente destruido ya no es tanto del régimen que lo encarcela como de otro preso que comió más, y su calvario viene a servir para enfrentarlo a quien había sido su compañero. De este modo, el anticastrismo exonera al castrismo, pero el juego ha evitado todo escrutinio con el argumento (muchas veces el chantaje) de las falsas equivalencias. Se trata de una cultura totalitaria, uniforme, formulada como un teatro de opuestos, cuyo principio emana de un poder central en La Habana, logra extenderse más allá de las fronteras nacionales y termina hablando, sin hacer demasiados ajustes, la lengua de un mundo oligarca.
Toda ideología genera una forma de cuestionarla que garantiza su preservación, convirtiendo esa respuesta mimética en otro dictado oficial. ¿Qué le importa al castrismo acabarse, si ya logró transformarse en su victimario, y, si llegara a morir, sería a manos de sí mismo? El método trasciende al inventor y el método sabe que no hay lugar más seguro para sobrevivir que el corazón del que lo padece. Cuando en Cuba ya no quedan comunistas, y los que quedan son sombras errantes, hoy la mayor fuerza del Partido reside en haber injertado en el alma de buena parte de sus víctimas la psique del opresor.
Inmediatamente, la policía del lenguaje ha protestado porque Luis Manuel Otero no ha replicado ningún lema de obediencia ni se ha comportado como un pionero. Estos oficiales tienen delante de sí el testimonio vivo de alguien que venció al castrismo, pero lo que necesitan es que el castrismo no deje de triunfar. Luis Manuel debe pertenecer a la Seguridad del Estado porque no habla la jerga del derrotado y no confirma la invencibilidad del enemigo.
Lo ven raro, confuso, flojito, aunque hablemos justamente de la persona que despertó la conciencia política de muchos de ellos, que pasó por varias huelgas de hambre, que sufrió infecciones en la piel, parálisis facial, depresión y que, en suma, pagó cinco años de cárcel en una prisión de máxima seguridad en Cuba, pero que es también un hombre negro, vulgar e indecente, un sujeto que nadie había autorizado a sobrevivir y que tuvo el atrevimiento de llegar al sur de la Florida con un reloj caro en la mano, o con la copia de un reloj caro, y no con una camiseta gastada o unos zapatos rotos. ¿Lujos? ¡Ni falsos puede el preso tener!
Para colmo, dijo no cargar con odio y que la cárcel lo transformó en una persona más humana, lo que acabó de romper toda la performatividad establecida para la desgracia. Lo que hacía falta era que la cárcel volviera al artista más inhumano y que a Miami llegara un pedazo de carne inservible o un ventrílocuo explícitamente de derechas. Todos, incluidos quienes lo queremos, debemos sustraernos al impulso de encerrarlo en lo que nos gustaría que fuera.
En cualquier caso, hay que leer como una buena noticia los insultos provenientes de esta oposición inscrita en la alienación del algoritmo, porque sus insultos pasan, duran tres días y no significan nada más allá del desconcierto inicial. Lo que sí te compra para toda la vida, lo que sí esclaviza, son sus elogios. La semana que viene olvidarán a Luis Manuel Otero, a pesar de que un día removió tantas cosas, y habrán de ensañarse con otro cubano cualquiera, o con ellos mismos, como frecuentemente hacen cuando no tienen a quién hincarle el diente, y a esa práctica desquiciada la seguirán llamando anticastrismo.
Cuando el momento acabe, si Luis Manuel decide quedarse en Miami, podrá todavía encontrar, en una ciudad muy difícil, aquello extraordinario, y discreto, que ha estado ahí también para los demás: la generosidad de los verdaderos presos y disidentes políticos, la memoria cuidada, el milagro de los amigos, y los patios y las noches en las que el exilio supone una tragedia y una felicidad que no renunció a entenderse con la vida.
