Hay una imagen que probablemente sorprendiera a quien haya llegado a España esperando encontrar un país completamente teñido de rojo y amarillo antes de la final del Mundial. Los días anteriores al partido decisivo apenas se veían camisetas de la selección por las calles de Madrid. Alguna bandera en un balcón, alguna bufanda, algún coche con una enseña nacional, pero poco más.
Es una forma distinta de vivir el fútbol a las de sus rivales en la final, los argentinos, quienes se hicieron sentir en la capital española cada vez que pasaron de ronda, especialmente tras eliminar a Inglaterra, cuando salieron a retar a los ibéricos en sus propias plazas y calles.

En España la vida ni siquiera amagó con detenerse. Las oficinas siguieron abiertas, el metro mantuvo su ritmo y los bares continuaron llenándose por las mismas razones de siempre. El Mundial ocupaba todas las conversaciones, pero no colonizó el espacio público hasta el último momento. La euforia aquí se administra.
También ayuda el contexto. Madrid en julio es una ciudad distinta: el calor vacía las calles durante buena parte del día y muchos de sus habitantes aprovechan el verano para marcharse de vacaciones. La aparente ausencia de ambiente es, en parte, un espejismo.




Porque, aunque las calles no sean un mosaico rojo y amarillo, no se hablaba de otra cosa. Bastaba entrar en un bar, el ágora contemporánea de los españoles, para escuchar debates sobre alineaciones, pronósticos y supersticiones. Lo mismo ocurría en una oficina, en un hospital o en el vagón de cualquier metro. La conversación nacional tiene un único tema y, además, una confianza poco estridente: la sensación compartida de que esta selección podía ganar.

El ambiente empezó realmente a cambiar a partir de la victoria contra Francia en semifinales. Pero, incluso así, el entusiasmo conservaba un tono contenido. Nadie hablaba de convertir el partido en un día festivo ni de una fiesta nacional anticipada. La celebración, como el juego de esta selección, parecía dosificarse.
Hay quizá algo profundamente español en esa manera de celebrar. El equipo de Luis de la Fuente juega con paciencia, controlando los tiempos y minimizando el riesgo. Sus aficionados parecen un reflejo de ese estilo: poco dados a la grandilocuencia, bastante inocentes en su entusiasmo y alejados de esa actitud desafiante que en otros lugares forma parte inseparable del folclore futbolero.

España, además, mantiene una relación compleja con sus propios símbolos nacionales. Es un país donde una parte importante de la población no se siente especialmente identificada con la bandera, con determinados emblemas del Estado o, incluso, con la propia idea de nación. Esa realidad atraviesa la política y la historia recientes.
El Mundial, sin embargo, suspende temporalmente esa conversación. Durante unas semanas, la bandera deja de pertenecer a un sector concreto del espectro político para convertirse en un símbolo compartido. Personas que nunca la exhibirían en otras circunstancias la llevan sobre los hombros, la pintan en sus mejillas o la cuelgan de sus balcones.


***
El día de la final, por la mañana, Madrid sigue pareciendo una ciudad cualquiera en pleno verano. Las calles están tranquilas. Pero alrededor de las seis de la tarde comienza una transformación casi instantánea. Familias enteras salen de casa vestidas de rojo. Aparecen las pelucas, los gorros, las capas, las caras pintadas y las banderas. Los bares empiezan a llenarse bastante antes del pitido inicial. La ciudad, por fin, exterioriza lo que llevaba días sintiendo.

Yo camino con una camiseta del Athletic Club. Un amigo me advierte, medio en serio, medio en broma, que quizá alguien pueda increparme. No ocurre nada. La observación, sin embargo, sirve para recordar la complejidad del país. Bilbao será probablemente la única gran ciudad española sin una pantalla gigante para seguir el encuentro. Barcelona, por su parte, solo decidió instalar una para la final de este domingo.
Y, sin embargo, el desenlace parece resumir mejor que cualquier discurso la naturaleza de esta selección. El gol decisivo en la prórroga lo marca Ferrán Torres, futbolista valenciano del Barcelona. La asistencia llega de un jugador del Athletic Club, Nico Williams, hijo de inmigrantes ghaneses. Durante años se ha repetido que España es un país difícil de coser. Esta noche han bastado un pase y un remate.

