La Aldea contra sí misma

«El rap es guerra» era una buena consigna porque sonaba a amenaza y también a absolución. Si el rap era guerra, entonces todo estaba permitido; la furia, la exageración, el golpe bajo y la fantasía heroica. Los Aldeanos, el dúo más importante del rap cubano de los 2000, hicieron de esa frase algo más que un lema. Aldo y El B la convirtieron en un sistema moral; ellos contra el Estado, la calle contra el poder y la palabra contra la maquinaria. Antes de que Patria y Vida se volviera consigna y una canción de protesta exportable, ellos fueron los raperos que muchos cubanos escuchaban cuando querían sentir que alguien decía en voz alta lo que la mayoría prefería callar.

Más de una década después de su ruptura, Los Aldeanos ya no pelean contra el Estado, sino contra el mito que construyeron juntos. Desde hace meses, Aldo y El B se responden con canciones, indirectas y acusaciones cruzadas. La secuencia tiene todos los ingredientes reconocibles de una tiradera, desde barras y teatralidad hasta puyas personales y el público convertido en jurado. Lo triste es que no se están disputando quién rapea mejor ni quién fue más leal al grupo, sino que se acusan de complicidad con la misma dictadura que denunciaron durante años.

Al2 El Aldeano / Foto: Yerson Pedraza

Una tiradera, en teoría, tiene reglas. Se contesta en la música, la sangre corre metafóricamente y la crueldad se perdona si la barra es lo bastante buena. El B es un MC de precisión quirúrgica, de esos a los que se les oye la mecánica mientras arman la frase. Aldo, por su parte, es un veterano de los pugilateos verbales, capaz de producir canciones de confrontación con pasmosa facilidad. A principios de año, Aldo lanzó un tema donde deslizó el nombre de El B. Lo que algunos leyeron como un gesto nostálgico fue para este último el detonante que rompió una década de silencio. En mayo, El B expuso en un video lo que asegura haber callado por años, desde hostigamiento a través de terceros hasta expedientes por difamación. Si alguien albergaba alguna esperanza de reencuentro, ahora puede ponerla a dormir, aunque lo que se rompió definitivamente no fue el grupo, sino el aura de los dos héroes que salieron a la intemperie para cantarle las verdades al tirano.

A finales de mayo, Aldo respondió con Ataque de Calma, una canción que dura unos seis minutos y hace el amago de no querer pelea. Hay algo casi religioso en el tono inicial, una serenidad de hombre que se presenta como obligado a hablar, como cuando dice que «no necesita alterarse aquel que tiene la razón». Pero la calma le dura poco, y enseguida aflora el inventario de complicidades; quién no marchó, quién no cuidó una urna, quién no le echó flores a Camilo o quién no tuvo un comunista en la familia. La canción dice, eficaz y venenosamente, que todos somos culpables. Hay pocas verdades y pocas trampas más cubanas. En la Isla casi nadie tiene las manos completamente limpias porque el sistema se ocupó de ensuciarlo todo. Todos somos, en algún grado, hijos de la Revolución, y Aldo usa esa afirmación incontestable como escudo. Así, la culpa compartida, que podría servir para comprendernos mejor, termina sirviendo de bozal.

Aldo conoce bien ese idioma; lo ha usado con frecuencia. Desde la Florida lleva años disparando tiraderas en las que la palabra «chivatón» aparece como una sentencia rápida que se le endilga por igual a funcionarios, artistas cercanos al oficialismo y figuras a las que acusa de ambigüedad o cobardía política. En esa lógica, el agente, el colaborador y el tibio terminan muchas veces en el mismo saco. Y en casos como el de El Taiger, además, la acusación no solo incluyó el cargo de delator, sino el de maltratador de mujeres. 

Entre esos insultos, el de «golpeador de mujeres» carga una gravedad particular. La actriz Zajaris Fernández lleva tiempo acusando de maltrato a Aldo, pero la escena la escuchó como suele escuchar a las mujeres cuando no hay un hombre útil que valide su dolor, como un incómodo ruido de fondo. Cuando El B recoge la acusación en Hybris, una canción que podría entenderse como su respuesta a Ataque de calma, la mueve de lugar, y lo que antes fue un reclamo solitario de Zajaris sirve como munición en la guerra entre dos hombres.

El B acusa a Aldo de haberlo perseguido, aislado y fusilado moralmente igual que Fidel, y cierra dándole la vuelta al insulto, «No soy yo con esta barba el que más se parece a él», acusando a su ahora rival de haberse convertido en aquello que decía combatir. En esa herida descubierta podemos apreciar con nitidez la sombra que organiza toda la pelea. El régimen cubano forjó un amplio vocabulario denigrante que servía, entre otras cosas, para fabricar enemigos y para vigilar la masculinidad. A fuerza de oír esas palabras toda la vida, incluso quienes se opusieron al régimen terminaron heredándolas. Fidel lleva años muerto, pero sigue siendo el tercer integrante de esta tiradera. Es la voz que se les escapa cuando intentan decir la verdad. Es el padre invertido, el insulto final, la vara con la que miden el poder, la traición, la hombría y el castigo.

Sería fácil reducir todo esto a un duelo entre dos hombres con demasiado orgullo y demasiado pasado. Aldo y El B no inventaron las armas que usan; les fueron entregadas por la sociedad en que crecieron. La delación como prueba moral, la pureza como documento de identidad y el pasado del otro como munición son prácticas heredadas. Ambos creen estar destruyendo al otro con las mismas herramientas con las que el régimen desmontó durante décadas la vida privada y la reputación ajena.

Al2 El Aldeano y Silvito El Libre / Foto: Yerson Pedraza

Cuba está llegando a una zona de agotamiento histórico; el régimen ha durado más de lo que muchos deseamos, pero su ciclo simbólico se acerca al final. El día después no será un borrón y cuenta nueva; habrá que construir con gente dañada, cómplice en distintos grados, que calló y que gritó, que se fue y que se quedó. Una transición necesita precisamente aquello que esta pelea contamina, la capacidad de permitir que alguien sea algo más que su peor día. Eso no significa impunidad, la justicia tendrá que poder más que el deseo de repudio, pero haber sido víctima del Estado no vuelve a nadie inocente para siempre, ni una mancha cancela lo que esa persona tenga para decir. Una comunidad adulta distingue entre castigar, reparar y perdonar.

Hybris termina con El B pidiendo perdón a los raperos que él y Aldo atacaron, deseando volver al día en que Los Aldeanos nacieron para impedirlo todo. Pero ningún país se levanta a fuerza de borrones. Nos toca preguntarnos si una comunidad entrenada durante décadas para vigilar, acusar y expulsar puede aprender a discutir sin anularse. El verdadero triunfo sobre la dictadura no llegará cuando se le pierda el miedo, sino cuando el pueblo que la vive deje de organizarse alrededor de su enemigo.

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Rafa G. Escalona
Rafa G. Escalona
Sobreviviente de la nakba cubana en proceso de recolocación. Príncipe del aleatorio y procrastinador por vocación. A ratos escribo sobre música.

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