Era una de esas tardes que llamamos de atmósfera insostenible: agitadas relecturas habían coincidido con la fiebre y una terca lluvia. (Quizás la misma...
Tocaron a la puerta y Ambrosio preguntó:
—¿Quién es?
Del otro lado le dijeron:
—Abre, Ambrosio, somos tus «amigos de siempre» —afuera aquellos cuerpos respiraban afanosamente, y...
Quizá esa sea la peor secuela de esta semana. No el rash, ni la fiebre, ni el dolor que todavía siento y sentiré al cerrar las manos. Lo verdaderamente peligroso es acostumbrarse a que enfermar sea una consecuencia lógica del lugar donde vivimos.