Aquel día en Carcané había llovido mucho. Había llovido tanto que el fango brotaba de todas partes. Un fango espeso, táctil, asqueroso, que emponzoñaba...
Abrió la puerta. Era chiquito, rígido, y adelantaba la cabeza como un boxeador ansioso.
Dijo:
—¿Usted es el médico?
Asentí. Me invitó a pasar de mala gana....
Quizá esa sea la peor secuela de esta semana. No el rash, ni la fiebre, ni el dolor que todavía siento y sentiré al cerrar las manos. Lo verdaderamente peligroso es acostumbrarse a que enfermar sea una consecuencia lógica del lugar donde vivimos.