Abrió la puerta. Era chiquito, rígido, y adelantaba la cabeza como un boxeador ansioso.

Dijo:

—¿Usted es el médico?

Asentí. Me invitó a pasar de mala gana. Me indicó un sofá donde me hundí entre el polvo, los muelles y las revistas de mecánica.

Dijo:

—Mediquito —y se rio como si no tuviera ganas, como si le fueran a dar convulsiones.

Levanté un dedo para protestar. Me mandó a callar, con un dedo tan rígido como su cuerpo:

—El día menos pensado le da un síncope a usted. Mediquito que se muere en el calor tropical.

—Más respeto —me defendí arreglando la portada de una revista.

—¿Para quién trabaja usted?

—Quiero curarlo, a su amigo, el escritor de arañas. Y de paso a usted.

—¿Para quién informa usted?

—Le dije que más respeto.

Hizo una bolita con un papel y me la tiró:

—Ji —dijo.

Luego dijo:

—¿Sabe lo que me pasa cuando oigo a gente como usted, gente de voz pastosa y simuladora, voz de camaján republicano? Sí, porque la máquina totalitaria no ha podido acabar con las voces de los camajanes republicanos como usted. Desde que nací no hago más que encontrarme con farsantes. ¿Por qué? Porque este país es un país de farsantes como usted. Aquí todo el mundo es un chulo de cualquier cosa. Usted es un chulo de la medicina, yo soy un chulo de las musarañas, R. es un chulo de las arañas, mi padre era un chulo de mi madre y mi madre chuleaba a mi padre… En fin, para qué contar. Mi madre es la primera farsante que conocí. Llevo años tirándole tijeras, a ver si le engancho un ojo y se calla la boca de una vez. Pero no le doy. Como no para de hablar y de moverse, no le doy. El asunto es el siguiente: que, si no escribo mis musarañas, tengo que ocupar mi vida en tirar tijeras. Si se miran las cosas bien de cerca, verá que no hay mucha diferencia entre escribir y tirar tijeras. El problema es ver si uno engancha algo. Pero no, casi nunca se engancha nada. Es tan difícil enganchar una palabra como enganchar a mi madre con una tijera. Estuve siete años tratando de enganchar para un verso la palabra trampantojo. Y no estoy muy seguro de si es o no la palabra correcta. La palabra centelleante me costó menos, me costó tres años. Entonces surgió uno de los peores versos que se han escrito en castellano. Preste oído y sujétese bien:

»mirándose mirar allende el abismo

trampantojo centelleante vio

la cúcara

mácara

»¡Trece años para producir los susodichos versos! Es como pescar en el vacío. Cuando lo vi a usted en mi puerta me dije: Este medicuelo quiere algo. Entonces tuve la idea de que me hubiera gustado engancharle un ojo a usted con una tijera. Así usted se acordaría de míwesze y yo me acordaría de usted. ¿Sabe por qué él tiene obsesión por las arañas? Porque no tiene obsesión por las tijeras. Si tuviera obsesión por las tijeras no tendría obsesión por las arañas. Ni por las palabras, que son arañas. Es imposible vivir más de una obsesión si se quiere vivir con la mayor seriedad para ir al cielo que nadie prometió. Por eso él se ha trancado en su cuarto y no quiere salir a ver la verdad.  Prefiere soñar. Prefiere hacerse el que sueña. Prefiere vivir obsesiones menores. Un deficiente del espíritu. ¿Qué es un escritor sino un error de la Naturaleza? Usted me mira y piensa: Pobrecito, está enfermo, loquito de atar. Pero y bien, ¿cuáles son sus perversiones, las de usted, además de “organizar” la información que él le pasa por debajo de la puerta? Pero no se me ponga bravo, mediquito, medicuelo, medicucho, si usted escribiera o tirara tijeras no andaría por ahí intentando sacarle información a la gente para curarlos de una gran enfermedad. Le aseguro que para vivir hay que pescar. ¿Ve estos libros húmedos y absurdos? Donde hay libros hay la oportunidad de que aparezca una araña. ¿Ve este mamotreto de Hegel? A lo mejor de aquí sale una arañita y le tiramos una tijera, a ver si la enganchamos por el centro, no tiene gracia engancharla por los hilos, ni en Prusia ni en La Habana. Todo eso previendo que tengamos una tijera a mano. Porque no abundan, las tijeras. A veces no aparece ni una. Aparecen y desaparecen. Como la realidad. Cuando uno no las necesita hay tres o cuatro. A ver si le engancho un ojo a ella, mi madre, el día menos pensado. Si me ve escribiendo no deja de hablar. Primero habla sin parar de flores, luego habla sin parar del verano. Como si a mí me importaran las flores y el verano. Felicidad (porque se llama Felicidad, mi madre, ¿qué le parece?) se viste de blanco y da vueltas por la casa y no para de hablar poniendo flores dondequiera, y se me aparece cuando menos la espero con su andamiaje quitinoso, con su abyecto bamboleo, con su apestoso tabaco en la boca. Si me ve leyendo tampoco deja de hablar. Me dice: Niño, que te vuelves loco. Es una máquina de producir palabras huecas, mi madre. Una vez me dijo que yo llegaría a ser el rey de Nigeria. Me dijo: Niño, prepárate, que algún día llegarás a ser el rey de Nigeria. Y me preparó durante veinte años, me puso collares, me trajo a Gelabert, ese marindango suyo, un adefesio, a que me enseñara el camino de los muertos. Gelabert, ¿quién ha visto un negro que se llame Gelabert? Dios mío, qué confusión. ¿Pero qué puede esperarse de mi madre si hasta Wittgenstein era una máquina de producir confusiones? Oiga usted su afirmación 2 061: “Los estados de las cosas son independientes los unos de los otros”. ¿Quién le dijo eso a Wittgenstein? ¿A quién se le ocurre decir semejante barbaridad, que los estados de las cosas son independientes los unos de los otros? Hay que estar en las nubes para no darse cuenta de que ocurre todo lo contrario. Fíjese qué bien hubiera quedado la frase si Wittgenstein hubiera escrito: “Los estados de las cosas no son independientes los unos de los otros”. Eso le pasó porque tuvo un leve pero decisivo desliz cinco afirmaciones atrás, cuando dijo: “La forma es la posibilidad de la estructura”. ¿Acaso él no sabía que no hay formas ni estructuras? ¿Usted engancha lo que yo quiero decir? No, no hay tejidos. Solo hay hilos. Y no hay forma ni hay posibilidad de forma. Ni de estructura. Me sé el Tractatus de memoria. Me lo sé porque yo también tuve que escribir el Tractatus, a mi manera, claro. Dice la primera afirmación, según Wittengenstein: “El mundo es todo lo que acaece”. Como ve, este cuento está mal contado. Es el cuento de nunca acabar. Claro que al final del Tractatus se dio cuenta del error que había cometido y dijo: “De lo que no se puede hablar, lo mejor es callarse”. Pero mi madre no se calla. Mi madre es exactamente como este país. O, mejor dicho, mi madre es este país. Una isla de pericos. Pero no una isla de pericos filológicos, como decía Lezamón. Simplemente una isla de periquitos. Una Republiquita Lenguajera. Una isla de loquitos, de sinvergüencitas, de iluminados de tres por quilo. Un perico filológico al menos se engancha con la retórica y produce versos como este: “Porque habito un susurro como un velamen”. Es del gordo Lezamón. Suena demasiado a poesía, pero no es malo. ¿Qué es esta isla sino una confusión entre todas sus especies de pericos cabezas huecas, pericos republicanos, pericos lezamescos, pericos estatales, pericos chinos, pericos albinos, pericos tartamudos, pericos y más pericos metidos en la misma jaula?  Oiga, oiga estos versos que se me acaban de ocurrir: 

»timpantíbiri lunita loca,

vacuola vaca de laca,

bajo el cielo nubarrón

»¿No le gustan? Tiene razón, son malos. Una vez mi madre estaba durmiendo, o hacía como que dormía, mi madre nunca duerme, o, más exacto, duerme y a la vez no duerme, y le toqué la cabeza. ¿Sabe cómo sonó la cabeza de mi madre? Hueca. Toc toc toc. Hueca como un coco. Hueca hueca hueca. Hueca hueca culeca. Entonces llegué a la conclusión de que el lenguaje estaba en ninguna parte del mundo».
*Del libro de ficción Dulce araña de tus sueños.

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