¿A quién le interesa la reconstrucción de Cuba?

No conviene reconstruir Cuba. No porque sea costosa, dígase impagable; no porque alrededor de un millón de cubanos en edad económicamente activa hayan salido del país luego del 11J sin evidencia de querer regresar; no porque falten expertos en políticas públicas; no porque la dictadura siga enquistada en el poder. Cuba no se reconstruirá porque no le importa a quienes de verdad mueven el tablero.

Los medios no paran de publicar declaraciones de gente que nadie sabe de dónde sacó lo que dice; congresistas que usan a Cuba solo para movilizar electores; presuntos periodistas y activistas que quieren ganar anunciantes; expertos cocinando arroz con mango. La reconstrucción se mezcla con reformas, cambios, marxistoidismos como «liberar las fuerzas productivas», prompts de ChatGPT y hasta cartas astrales. Mucho ruido.

Pero nada de eso importa tanto como lo que hacen —o dejan de hacer— los tres actores con peso real: el núcleo duro del castrismo, la administración Trump y el lobby pro acercamiento. A ninguno de los tres le interesa la reconstrucción de Cuba, o mejor dicho, no es el escenario en que más ganan.

Reconstruir Cuba costaría decenas de miles de millones de dólares —unos 60 mil, según estimaciones propias. Estados Unidos no está dispuesto a asumir eso en un momento de America First, de recortes al gasto, y menos en año electoral. Al gobierno americano no le conviene hablar de una reconstrucción como necesidad, si no la va a financiar; mejor hablar de comunismo, de cosas indefinidas y, sobre todo, postergar.

Por su parte, el castrismo no tiene cómo generar ese dinero. La única alternativa sería acceder a préstamos de instituciones financieras internacionales, que solo desembolsan montos así bajo condiciones de transparencia y auditoría incompatibles con una dictadura. Dicho de otro modo: reconstruir Cuba, para el castrismo, significa salir del poder.

Por último están los lobbistas del acercamiento, que son los que merecen más explicación. Este grupo no es esencialmente malo, pero lo que importa es el negocio. Conocen a fondo ambos extremos y son los únicos que saben conectar ambas orillas. Muy probablemente, saben mejor que nadie que castrismo y trumpismo no van a converger en el terreno de la reconstrucción. Además, no hay evidencia de que tengan relevancia en un escenario de «fondos internacionales de reconstrucción». Por eso se adaptan y promueven donde sí tienen oportunidad.

Su negocio es convencer a cada lado de que su esquema es la solución. Al trumpismo le venden que un sector privado cubano —vigilado, sin parlamento, sin capacidad de organización política— es el germen del cambio (Obama, con su doctorado y su experiencia, se lo creyó). Al castrismo le venden que se puede prosperar dando bienestar a la gente, que una dictadura puede ser más eficiente y sobrevivir. Si lo logran, serán los facilitadores de un multimillonario flujo comercial mayor al actual — y ganarán mucho (más) por ello.

Por si fuera poco, dicha posición también le sirve al discurso de parte del exilio que cree que va a levantar Cuba yendo a invertir cuando haya cambios. Y es que, en el fondo, hay un punto donde el anticastrista sancionador y el lobbista del acercamiento no se diferencian: los dos pueden contentarse con la oportunidad de negocio (y no es malo per se). Así que dichos lobbistas solo necesitan un acuerdo que permita ese flujo económico, sin necesidad de reconstrucción.

Las cuentas cuadran: para que cada parte logre su objetivo, la reconstrucción real tiene que quedar fuera de la negociación. El castrismo podría hacer cambios que parezcan una transición a mediano plazo, mantener su poder económico y gansteril y acercar su centro de gravedad a Washington. El trumpismo podría vender eso como cambio de régimen y obtener permisos de inversión en Cuba, sobre todo la de cubanoamericanos multimillonarios cercanos al presidente. Los lobbistas cobrarían su comisión, armarían negocios nuevos y ganarían influencia. (Sin dejar el poder del todo, sin costear la reconstrucción y sin perderse la tajada, respectivamente.)

Por eso, en la práctica, ninguna de las partes habla de un diagnóstico serio de la realidad económica cubana. Ninguna basa su discurso en el colapso real de la infraestructura del país como el problema central y la reconstrucción que ello amerita. Todas bordean el tema de modo que puedan presentar su propuesta como la correcta — ya sea la agenda trumpista, castrista o la del lobby.

Reconstruir Cuba sería muy engorroso. Para nadie es personal; son solo negocios (e intereses).

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2 COMENTARIOS

  1. Cuba será reconstruida por quien tenga garantía que sus ganancias económicos estarán garantizadas. Nadie debe arruinarse poniendo un centavo en nada que no vaya a darle dividendos. Es la base fáctica de la humanidad: se invierte para ganar todos, no para que pierda primero el inversor y después todo lo invertido.

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