Fue Caridad Silvente, una señora de pelo copioso y cano y rostro sereno, quien observó desde la cocina a dos hombres, «nerviosos y con intriga», arrimándose a la puerta de su casa en Alamar, al este de La Habana. Uno de los hombres se presentó como «oficial», pero nada en él sugería que lo fuera, excepto su actitud esquiva. No vestía de uniforme, ni con camisa de cuello almidonado, sino con chancletas azules, pantalón beige, pullover rojo copia de Guess, y nada en su vestimenta lo cubría tanto como la gorra de visera negra y las grandes gafas tornasol que procuraban esconder el rostro casi por completo. Tampoco era su intención mostrarse demasiado: hay gente que va tocando puertas, avergonzada de sí misma. Un detalle nada menor resaltaba sobre el atuendo: el bolígrafo enganchado al cuello del pulóver, como esos que los funcionarios de siempre llevan en las camisas de cuadros, para imponer respeto u obediencia, pero que en un pulóver copia de Guess era casi un chiste. El hombre mostró un carnet de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR). «Dígame su nombre», le dijo Caridad. El hombre desvarió. «No, no, dígame su nombre», insistió Caridad. El hombre viró la cara y, sin mirar de frente a la señora, le dijo: «Yoel».
Un segundo hombre se mantuvo todo el tiempo de espaldas, mientras Yoel transmitía el mensaje: la Seguridad del Estado les encargó llevarle una citación a Caridad para el día siguiente, 11 de marzo, a las dos de la tarde. Luego los dos hombres se subieron a una moto, miraron a ambos lados y se perdieron en la carretera. Después, la hija de Caridad, la influencer de 21 años Anna Sofía Benítez Silvente, o Anna Bensi, exponía en sus redes sociales aquel encuentro, tras haber sido captado en video. Sabía que la amenaza a su madre era, en realidad, una amenaza directa a ella. «No les tengo miedo», dijo la joven en el clip. «No me intimidan y, sobre todo, no me voy a callar. Porque yo, simplemente, estoy ejerciendo mi derecho a expresarme. Abajo la dictadura, abajo el comunismo. Libertad para Cuba y libertad para todos los presos políticos. Patria y vida. Y claro, que Dios bendiga a Cuba».

Después del episodio, Anna Bensi siguió siendo la que hasta entonces era: una chica cristiana, que visita la iglesia los domingos, con hobbies como el canto, la guitarra, la lectura, la música y la escritura de guiones. Siempre ha sido, dice, «bastante tranquila». Le gusta permanecer en su cuarto. Terminó los estudios —primero en el Preuniversitario Vocacional Vladimir Ilich Lenin, y luego se graduó de técnico superior en prótesis estomatológica—, y desde hace un tiempo se había convertido en una de las principales creadoras cubanas de contenido de crítica social, con videos en los que denuncia los frecuentes apagones, la crisis de alimentos y la falta de libertades totales en la que viven los cubanos.
A oscuras, por las horas encadenadas sin electricidad, Anna se convirtió en una influencer cuando tenía todo en contra para que no lo fuera: la poca luz que garantizara la calidad de los videos, la escasa señal de Internet para compartirlos con los seguidores, y la vigilancia sistémica para poder decir lo que cree y piensa. «Últimamente he optado por grabar en el apagón porque, en primer lugar, se siente más real lo que digo y también me ahorra tiempo de estar esperando el día que se pueda grabar con electricidad», dice. «Claro, que también algunas veces, grabando en medio del apagón, se me ha apagado el móvil y no puedo seguir el video». De madrugada, le gusta escribir guiones a mano, cuando siente que nada a su alrededor le estorba, excepto «el calor y los mosquitos».
Casi cinco meses después de que los dos funcionarios de la Seguridad del Estado cubano tocaran a la puerta de su casa, las autoridades les hicieron saber que ambas, Anna y Caridad, serían llevadas a juicio por haber publicado en redes sociales el video del momento en que les llevaron la citación por escrito. Estaban acusadas de un delito contra «la intimidad personal y familiar», luego de que Yoel se sintiera expuesto y amenazado tras ver su rostro —que trató de esconder lo mejor posible— en las redes sociales. El artículo 393 del Código Penal cubano sanciona este delito con penas que fluctúan entre dos y cinco años de prisión.
«Hicimos todo para nuestra seguridad y para dejar constancia de lo que ocurrió en ese momento, ya que esos ‘policías’ vestidos de civil que se presentaron en mi casa entregando una citación de la Seguridad del Estado a nombre de mi mamá, realmente lo que parecían eran delincuentes”, asegura Anna. «Y cuando sabemos que nuestras convicciones no son agradables a la vista de la dictadura, pues más todavía tengo que exponer toda la represión que se sufre por pensar diferente».
El Gobierno cubano ya había tratado de intimidar a Anna Bensi de todas las formas posibles, pero la chica seguía haciendo sus videos, que acaparaban más likes, le agenciaron más seguidores, y por tanto, arrastraban el descontento de miles y miles de internautas que, en la práctica, eran los mismo que sufrían la adversidad cubana: la gente que pasa hambre, las madres separadas de los hijos, el enfermo que no tiene con qué curarse.
«Me encanta lo que hago», dice Anna. «Me encanta crear y dejar salir todo lo que siento. Hasta ahora mis convicciones gritan más alto que el miedo. No sé si realmente valga la pena y estoy segura de que un simple video no va a arreglar nada, pero es mi forma de desahogarme y denunciar mi día a día bajo este régimen comunista. Estar quieta no es opción para Anna Bensi. Lo mejor de todo esto es que lo hago porque me nace. Lo seguiré haciendo hasta que sienta que es lo correcto y lo que toca hacer en este momento; y cuando eso cambie, no será nadie más que yo quien influya en esa decisión».
Su convicción, que viene de alguien de apenas 21 años, un rostro bello y joven que expresa con gracia todo aquello de lo que las autoridades no se hacen cargo, ha descolocado al gobierno. Desde su primer video viralizado en octubre del año pasado, donde denunciaba la burocracia a la que se enfrentaba para obtener su título universitario, hasta los últimos, en los que compara a los gobernantes cubanos con la basura que inunda su barrio, o aquel en que come de un plato vacío, o el otro en que los llama «ciegos a conveniencia», no han dejado de amenazarla. Su primer interrogatorio llegó en abril de este año, cuando los funcionarios archivaron el caso por la divulgación del video a Yoel. Nadie olvida su primer interrogatorio.

«Primero entran a mi mamá para la oficina y después a mí. Luego de firmar, el instructor policial me dice que aún no me puedo ir, y veo que él sale de la oficina y en ese mismo momento entran tres agentes de la Contrainteligencia. Así fue como me sometieron a mi primer interrogatorio», cuenta. «Este interrogatorio duró aproximadamente casi dos horas y dejaron claro que, si seguía haciendo mis videos, estaba a nada de caer presa o tendría que salir del país. También insinuaron un reclutamiento para que trabajara para ellos y así callarme. A pesar de que ninguno de los presentes levantó el tono de voz, hubo tensión y declaraciones claras de intimidación y amenazas por parte de los agentes».
Ha habido dos ocasiones en que a Anna Bensi le han impactado particularmente las estrategias que el Gobierno inventa en su contra. Una, el día que citaron a su mejor amiga en marzo. «Fue cuando sentí que el régimen cubano había escalado a un nivel más imponente de represión. Ya no solo era yo, sino que estaban intimidando a mi círculo cercano y eso me envió un mensaje de alerta», dice.
La segunda ocasión fue cuando su hermana decidió viajar a Cuba en abril por tres días para visitarlas a ella y a su madre. Siempre habían sido solo ellas tres, muy unidas. De hecho, cuando parte de la familia y los amigos le dieron la espalda a Anna, el día en que comenzó a crear contenido político, su hermana siempre estuvo ahí. «Ella pudo vivir la persecución constante por parte de la Seguridad del Estado. Estábamos pasando tiempo en familia luego de años sin vernos, a pesar de la amarga estancia sin electricidad, el calor y los mosquitos. Pero nada de eso les interesa a ellos y decidieron, la tarde anterior al día del vuelo de mi hermana, venir a citarla para hacerle un supuesto checking de su pasaporte. Y al otro día en la mañana, cuando llegamos al lugar, mi hermana fue separada de sus hijos pequeños y fue sometida a un interrogatorio donde la intimidaron y la amenazaron de muerte, con la vida de nuestra madre y la mía», sostiene Anna.
El último interrogatorio llegó en julio, uno en el que permaneció retenida por casi once horas en la estación de la PNR de Alamar. Cuando salió de la estación, cerca de las 9 de la noche, parecía que había visto, por primera vez, el verdadero rostro desfigurado de un régimen. Querían impedirle asistir a una invitación del embajador estadounidense, Mike Jammer, por la celebración del 450 aniversario de la independencia de Estados Unidos en la sede de su consulado en La Habana. Así que la mantuvieron encerrada durante casi la mitad de un día, mientras su madre y algunos amigos esperaban afuera de la estación policial. Cuando pasó suficiente tiempo como para que la celebración hubiese acabado, y tras dejarle claro que en el juego del castrismo son ellos quienes ganan siempre, Anna Bensi salió ahogada en llanto de la estación policial.
«Fue un llanto de impotencia, tristeza y rabia», asegura. «Supongo que mi cuerpo se descongestionó de esa manera. También ver a un grupito de personas esperándome afuera de la estación, desde por la mañana hasta por la noche, me emocionó. No soy una persona que normalmente llore, pero nunca imaginé sentirme tan atada y vulnerable. Yo sabía por qué lo estaban haciendo y era injusto».
Una semana después, les notificaron a ella y a su madre que debían presentarse en un juicio del que aún desconocen la fecha, mientras permanecen bajo prisión domiciliaria. «Un proceso muy injusto porque no tiene ningún tipo de argumento sólido», dice la joven, quien admite estar preocupada. «Creo que siempre estará la preocupación por lo que pueda pasar ese día, pero confiamos en Dios plenamente. Sé que todo lo que acontezca será porque Él así lo ha permitido». A pesar de que varios abogados rechazaron defender su caso, ya ambas cuentan con uno, aunque son conscientes de que en Cuba «no existe la abogacía independiente y todos los que están ejerciendo en bufetes estatales responden, de alguna forma u otra, a los intereses y conveniencia de la Dictadura», sostiene Anna.
Mientras el tiempo pasa lento, como si la pesadilla del castrismo nunca fuera a terminar, Anna ha pensado en cómo se ve de aquí a unos años: no le interesa la política, asegura, «eso jamás me ha pasado por la cabeza porque tengo metas claras en las que sé que sería útil, y en ninguna de ellas está la política».
«Me encantaría verme con mi familia unida, llevando una vida tranquila, yendo a la iglesia, trabajando en algo que me apasione y me cubra las necesidades básicas; al menos para vivir como merece cualquier persona que lucha por salir adelante», dice. «Yo, en lo personal, me considero una simple joven cubana que expresa lo que siente y aboga por un cambio en su país. No me considero líder en lo absoluto, ni tampoco quiero serlo, aunque me da fortaleza que tantas personas se identifiquen con lo que digo. A lo largo de estos meses tan adversos me he sentido muy bien conmigo misma. Es muy reconfortante desahogarse en voz alta y ver que tantas personas se identifican con lo que dices. Y aun si nadie se identificara, también diría que fue bueno hacerlo, porque es como quitarse un peso de encima, es sentir que se está haciendo lo correcto».
