Yo no debería estar haciendo estas fotos ni escribiendo estas palabras.
El viernes 5 de junio de 2026, murió Carlos Alberto Solari. El Indio. Murió en su casa de Ituzaingó, en la zona oeste de la provincia de Buenos Aires —no en el centro, un dato no menor. Era la voz inconfundible de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota (1976-2001) y, para quienes crecimos en los años del Y2K, la voz también de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado (2004-2020).

La noticia fue un golpe en el pecho. Lloré y me sentí una impostora porque, al momento de leerla, solo podía recordar una canción.
Aquella solitaria vaca
Aquella solitaria vaca cubana.



No soy argentina de nacimiento. No crecí escuchando cada uno de sus discos. No fui a ninguno de sus recitales, cuando todavía él podía subirse a un escenario. No estuve en Tandil, en 2016, cuando ante más de 200 mil personas confirmó los rumores sobre el Parkinson que terminaría apartándolo de la vida pública. Lloro porque el Indio, un bastión de la cultura popular, se ha ido en la Argentina de 2026.
La Argentina de Javier Milei. La Argentina donde los fotorreporteros recibimos balas de goma y gas pimienta. Donde las jornadas laborales de 12 horas vuelven a ser legales. Donde se reivindican las dictaduras. Donde los desaparecidos vuelven a desaparecer. Y también lloré por mis amigos que en las horas siguientes llorarían su muerte.

El viernes, hubo una misa ricotera en Plaza de Mayo. Hubo represión policial. El sábado, miles de personas se reunieron en el Obelisco para despedirlo. También hubo represión. El domingo, una multitud lo veló en el microestadio municipal José María Gatica, dentro del Parque Domínico de Avellaneda. La fila llegó a extenderse por más de diez kilómetros. Ese día las fuerzas federales no reprimieron.
Tres generaciones del proletariado argentino lloraron al paso del féretro, pero también rieron y cantaron. Dicen que el argentino es hincha tanto para la alegría como para el dolor. Cuando siente, siente de manera italiana, con las manos, con el cuerpo y con el acento, aunque profundamente latinoamericano.

Marcelo Figueras, quien junto al Indio escribió el libro autobiográfico Recuerdos que mienten un poco (2019), intenta explicar ese fenómeno, ese amor casi religioso, como un producto de los años noventa y del menemismo. Una década después del regreso de la democracia; eran tiempos difíciles.
«En esa Argentina de pobreza devastadora y profunda desmovilización, había millones de jóvenes que no se sentían representados ni contenidos por nadie. ¿La excepción? Los Redonditos de Ricota, una banda liderada por el más improbable de los frontmen: un pelado que vestía como alguien que tiene planeado ir a un asado después del show», escribe. «Los shows eran un experimento sociopolítico, muy parecido a una democracia verdadera, de manual. Un espacio de libertad al que accedían los que podían pagar la entrada y los que no también, sin que nadie se molestase. Desde el escenario, el Indio ensayaba su pedagogía de hermano mayor: cagándonos a pedos cuando hacía falta, pero insistiendo en que aprendiésemos a cuidarnos entre nosotros, ya que nadie más lo haría desde el Estado menemista».

No son los noventa, aunque por momentos lo parezca.
Cuba no atraviesa el Período Especial; el nombre de la escasez ya es otro —aunque sea la misma sintomatología. Carlos Menem ya no está en la Casa Rosada, pero está Javier Milei. Milei ama a Menem; no importa que haya sido peronista. Coloca en la Casa Rosada bustos en su honor y comparte cama con sus examantes.
Pero no, no son los noventa, aunque por momentos lo parezca.

No son los noventa porque ya no habrá otra «misa ricotera» en la cancha de Huracán. Larga vida al único «indio» que hizo bailar a los filósofos y llorar a los ladrones.
Rumiaba el silbido del viento
Rumiaba el silbido del viento, ay, ay, ay
La civilización la amaba
La civilización la amaba y justo a tiempo.
Paula Luna (fotógrafa argentina, 33 años)

El Indio fue un padre, un amigo, un guía que me abrazó en los momentos más difíciles. «Donde hay dolor habrá canciones», dijo.
Mi último recital fue con mi hijo Joaquín en la panza. Ese día me subieron a unos hombros mientras sonaba «Juguetes perdidos», y en mi retina quedó grabada para siempre esa marea humana inmensa. Frente a mí, un señor pelado, de lentes y camisa cuadrillé, contándonos y haciéndonos mover el alma a miles y miles de personas. Nunca pude entender ese fenómeno. Tampoco quiero entenderlo.





Juan Pablo (músico argentino, 30 años)

El viernes me levanté para ir a trabajar y lo primero que vi al abrir Instagram fue la noticia de la muerte del Indio. Me costó reaccionar. Caí recién el sábado cuando tocaba en Quilmes con mi banda, Guacho Bestia. Siempre hacemos algún tema de Los Redondos, y ahí caí. El Indio atravesó mi vida entera.
El domingo en Parque Domínico de Avellaneda sentí mucho amor. No sé cuál fue la última gran muestra de amor colectivo que hubo en Argentina. Capaz el velorio de Maradona, pero era otro contexto; es distinto. Porque cuando estás solo de madrugada, sin saber qué hacer con tu vida o sintiéndote perdido, no te ponés a ver los penales contra Francia. Te ponés una canción del artista que te conmueve. Y para muchísima gente ese artista fue el Indio.





Yaima Morales Castellón (cubana, 46 años) y Constanza Comune (argentina, 40 años)

Y: «La dicha no es una cosa alegre» es una de las canciones que más escucho en loop.
Encontré al Indio después de los 40 años, cuando llevaba casi una década en Argentina. Para mí tuvo un sentido muy ligado a mi vínculo con ellas, mis amigas. Antes lo escuchaba, pero no lograba entrar.
Entré porque ellas me llevaron de la oreja a ver qué pasaba en los conciertos, a entender qué le pasaba a la gente cuando tocaba. Ahí sentí algo que me impactó: un fervor popular genuino. Un amor colectivo. Un «nosotros» unánime. No conoces a la mayoría de las personas que están ahí, pero entiendes que todos comparten un mismo amor.




C: En un mundo cada vez más individualista, todos son bienvenidos en los conciertos del Indio. Una Argentina que lo dice en su propia Constitución, aunque ahora parezca que nos estamos olvidando de eso: «para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino».

