La tarde del 24 de junio de 2026 dos sismos consecutivos impactaron la zona norte-costera de Venezuela. El fenómeno natural produjo una catástrofe sin precedentes. En el transcurso de este mes, las cifras no han hecho más que acrecentarse; según el gobierno de Delcy Rodríguez, se cuentan cinco mil 546 fallecidos y 16 mil 740 heridos. En campamentos temporales se han refugiado unos 23 mil damnificados. Según ese parte oficial, 17 mil 907 personas perdieron sus viviendas. Esta crónica recoge los testimonios de tres venezolanos que han vivido y atestiguado la catástrofe desde distintos lugares y puntos de vistas, pero que tienen en común interrogantes sobre el futuro de un país donde, ya desde antes de que la tierra se estremeciera, se sentían en el limbo. Sus voces, como las de tantos en las calles venezolanas, reflejan la incertidumbre de estos días.
—No sé cómo nos vamos a recuperar de esto…
Con la mirada fija en los restos del edificio Rita, en el centro norte de Caracas, Belkis Carmona niega con la cabeza. Es 15 de julio. Han pasado tres semanas desde los sismos del 24 de junio —dos sacudidas de 7.2 y 7.5 grados de magnitud, separadas por apenas 38 segundos—, y a Belkis todavía le cuesta procesar cómo fue que la fuerza telúrica pudo convertir una residencia de siete pisos en esa montaña de placas de concreto apiladas como una torre de panquecas.
—Si alguien me lo contara, no lo creería. Veo esto, veo tantas imágenes de La Guaira, y me cuesta entenderlo.
Belkis tiene 42 años. Es internacionalista, pero está aquí como una ciudadana más. Es vecina de esta urbanización de clase media. Agradece que su apartamento —ubicado en un edificio a dos cuadras de este lugar— no sufrió mayores daños. Solo grietas en las paredes, unas ventanas rotas, y varias figuritas de vidrio que estallaron en el suelo. En cambio, el de Antonieta, su mamá, que queda en otra edificación cercana, sí quedó muy comprometido. Es uno de los 856 edificios que, hasta este 23 de julio, se contabilizan como afectados. Ahora viven juntas.
—Tengo dos amigos, Carlos y María, que murieron allí debajo —continúa Belkis, con la mirada fija en los escombros—. Durante estas semanas me he sentido como en una película postapocalíptica…


Belkis bebe agua, saluda a un vecino, vuelve a clavar la vista en el amasijo de restos sobre el que la gente de esta comunidad se afana tratando de rescatar cuerpos…
—Ojalá que haya alguien con vida aún. La esperanza es lo último que se pierde. Tenemos que apoyarnos unos a otros —asegura—. Estoy aquí haciendo lo que puedo. He llevado donaciones a los centros de acopio; he preparado comida para los que están ahí trabajando; incluso, en días pasados mi marido estuvo echando pico y pala. Este es el presente, pero no dejo de pensar en el futuro, porque aquí las cosas ya estaban complicadas. Ahora tiembla, ocurre esta tragedia… ¡Coño! ¡Éramos muchos y parió la abuela!
Apelando a ese aforismo popular, Belkis quiere decir que Venezuela ya era esto: un país en el limbo, lleno de grietas, de gente tratando de salvar a su gente.
Podría decirse que los terremotos le han revelado al mundo esta imagen. Que, lo sucedido por causa de la naturaleza, ha sido —o está siendo— un gran grito de auxilio.
—Habrá que ver qué viene ahora, porque siento que pasarán años para que nos podamos recuperar —dice Belkis, antes de irse con los ojos anegados en lágrimas—. Uno se siente muy solo, muy perdido.

***
Paolo Andrade vivía en La Guaira, en el litoral central venezolano, una de las zonas más afectadas por la catástrofe. El día de los terremotos, como era feriado, estaba con su mamá, su papá y su hermana en Caracas, viendo una película en el cine de un centro comercial, del que salieron despavoridos cuando todo a su alrededor se estremeció.
La familia nunca volvió a su hogar: el edificio donde estaba el apartamento en que vivían es uno de los 190 que hasta ahora se contabilizan como desplomados: esos 14 pisos ya no existen.
—No me gusta este consuelo, pero al menos estamos vivos… y es cierto. A uno le dicen que lo material se recupera, y es verdad… pero es doloroso haber quedado así, con lo que llevábamos puesto y nada más. Vivimos ahora donde una prima, que nos ha acogido y nos ha ayudado bastante. No sé hasta cuándo estaremos allí. No tengo muchas cosas claras en este momento.
Paolo es contador público, egresado de la Universidad Católica Andrés Bello, una de las principales casas de estudio privadas de Caracas. En la empresa en que trabaja han sido muy solidarios con él y con otros dos compañeros, todos amigos entre sí, quienes también perdieron sus casas.
Ya han vuelto a la oficina. A la hora debida, cuenta, se sientan a comer. O a ver la comida, porque, cuenta Paolo, ni él ni ellos han tenido mucho apetito. Hablan del futuro. Entre risas («porque uno, el venezolano es así, le saca el humor a todo»), él comenta algo que se ha hecho habitual en las conversaciones casuales.
—Si esto fuera una serie, sería un culebrón; o sea, una historia difícil de creer para cualquier espectador.


Tiene razón Paolo. Porque la lista de «momentos históricos» es larga. Ha sido tiempos turbulentos. A las protestas callejeras que dejaron cientos de muertos y heridos en 2014 y 2017, a la hiperinflación que arrancó en 2018, a los apagones que dejaron el país a oscuras durante días en 2019, a la pandemia de 2020, hay que sumar lo sucedido en el pasado reciente, que Paolo recuerda bien y narra con precisión cronológica:
—En 2024, el chavismo no dejó que María Corina [Machado, líder de la oposición] se postulara a la Presidencia. Entonces ella pone a un candidato de consenso, Edmundo González, quien gana por paliza. Pero no logra asumir el cargo porque Nicolás Maduro se robó las elecciones. Luego hacen que Edmundo se vaya del país a España. En 2025, María Corina gana el Premio Nobel de la Paz. Después de estar en la clandestinidad, aparece en Oslo para recibirlo, a donde llegó luego de una travesía en la que, según ha contado, estuvo en riesgo. Luego de meses de tensión, arrancando 2026, Donald Trump mandó a bombardear Caracas y se llevó a Maduro y a su esposa, Cilia Flores, acusados de narcotráfico. Delcy Rodríguez, la vicepresidente, asumió su lugar, con el consentimiento de Trump. El país quedó en este limbo, en una relación con Estados Unidos que uno no sabe bien en qué se basa. Comenzaron a liberar montón de presos políticos; el país gana el Clásico Mundial de Béisbol… Entonces tiembla… tiembla justo días antes de que se venciera el período que establece la Constitución para que Delcy esté en el cargo que sigue ocupando. Y ni señas de que vaya a haber elecciones. ¿A dónde vamos? No sé, no sé. A veces es mejor ocuparse de uno mismo y ni pensar. Digo, porque la salud mental también hay que cuidarla. Y esto da angustia, ansiedad.

***
Román Báez es uno de los ocho millones de venezolanos que migraron a lo largo de estos años de declive. En enero de 2016 se fue a vivir a Perú y allí estuvo hasta que en 2019 se mudó a Chile. La distancia de su familia comenzó a pesarle. Su tía, a quien quiere como una madre, está muy mayor, lidiando con achaques naturales de la vejez.
Por eso se compró un boleto de avión para venir a Caracas. Debía llegar el 6 de enero, pero, con el bombardeo ocurrido tres días antes, con el miedo de quedarse atrapado aquí, prefirió posponer el vuelo. Pidió una semana libre en su trabajo para usar ese pasaje y llegar a Venezuela el 26 de junio, el día en que su tía cumplía 80 años.
Ya tenía las maletas listas cuando tembló y la aerolínea le canceló el vuelo. Hasta la semana siguiente. No pudo negociar en el trabajo, así que una vez más deshizo el plan de venir a reencontrarse con su tierra.
—Tenía la ilusión de ir a la playa. Yo nací y viví siempre en Caracas, a media hora de La Guaira. Y tengo muchos recuerdos allí. Recuerdo que una vez, sin que se diera cuenta, le quité el carro a mi papá y me fui con unos amigos a la playa, y cuando llegué me armó un lío. Recuerdo que una vez me fui solo, a pasar un despecho. Recuerdo que muchas veces de niño fuimos con la familia. Veo los videos, las imágenes, de todos esos edificios que se cayeron y me parece increíble que ese lugar de mis recuerdos ya no exista.

Román dice que todavía quiere volver a Venezuela, pero tiene la sensación de que llegará a un lugar desconocido.
—Desde la distancia a veces me cuesta entender a Venezuela. Pasan muchas cosas, muy rápido. Y hago un esfuerzo por no desvincularme, porque allá está mi gente, pero es complicado. Allá nada funciona. Mi mamá me dice que tiene mucha incertidumbre, que no hay información, que no hay perspectiva de nada, que el país es como un barco a la deriva. Y eso me da pesar.
