Una de las marcadas características del sistema presidencial bipartidista en Estados Unidos es que, dada la imposibilidad cuasi matemática de la aparición de otros partidos, las diferencias ideológicas deben dirimirse en el seno de alguno de los existentes. Históricamente, este proceso se ha manifestado como una lucha entre lo que se llama el establishment, compuesto por élites políticas comprometidas con el statu quo, y grupos insurgentes que buscan empujar el partido hacia sus objetivos o capturarlo completamente. Estas tensiones muchas veces se han manifestado como conflictos generacionales en que una nueva camada de políticos exige un espacio o bien acontece una reacción populista motivada por el deterioro económico.
A comienzos de 2009, en medio de la crisis financiera, los rescates bancarios y una creciente oposición conservadora al recién elegido presidente Barack Obama, surgió el movimiento populista Tea Party, evocando la rebelión antiimpuestos del Boston Tea Party en 1773, y movilizando una base que desconfiaba de Washington, las élites políticas y, en específico, los dirigentes republicanos tradicionales. Organizado de manera descentralizada alrededor de principios como la reducción del gasto y del déficit federal, impuestos más bajos y un gobierno federal más limitado, hacia 2009 y 2010 organizaciones como Tea Party Patriots y FreedomWorks convirtieron ese descontento popular en una poderosa fuerza dentro del electorado republicano. En las elecciones legislativas del 2010, usaron tácticas agresivas dentro de las primarias con el objetivo de desbancar a republicanos tradicionales. Más tarde, el partido retomó el control de la Cámara de Representantes y numerosos candidatos respaldados por el movimiento llegaron a Washington; entre otros, Marco Rubio (quien pasó de republicano tradicional a activista), Rand Paul, Michele Bachmann y Mike Lee. Este giro al populismo conservador trajo también un espíritu de oposición férrea a la colaboración o el compromiso con otros partidos o facciones, incluidos los republicanos tradicionales y los demócratas de cualquier tendencia
Tras la derrota definitiva del tradicionalismo republicano, con la fallida apuesta por Mitt Romney para la Presidencia en 2012, aquella base se movió aún más hacia un populismo nacionalista y personalista alrededor del candidato Donald Trump, reconociéndose en sus posiciones extremas sobre inmigración, comercio y política exterior, y convirtiéndose en el movimiento MAGA. Muchos votantes y activistas del Tea Party se integraron naturalmente en la coalición de Trump. Al punto de que, durante la campaña electoral de 2016, y con la elección de su hombre fuerte, MAGA terminó dominando el Partido Republicano y sustituyendo su programa ideológico y de gobierno. Los insurgentes se consolidaron en el poder y absorbieron a figuras poderosas del establishment, como el recientemente fallecido Lindsay Graham, o bien llevaron al retiro de la política a gente como Jeff Flake y Bob Corker.
Luego del shock que supusieron la fallida candidatura de Joe Biden y la trunca campaña de Kamala Harris, que determinó el regreso al poder de Trump, el Partido Demócrata se enfrenta a una insurgencia similar dentro de sus filas. Al auge precedente de políticos progresistas como Bernie Sanders y Elizabeth Warren, y la elevación de figuras de renovadoras como Alexandria Ocasio-Cortez, se suman ahora candidaturas de políticos de extrema izquierda como Angie Nixon, Darializa Avila-Chevalier, Melat Kiros, Chris Rabb y Abdul El-Sayed. Mención también merece la elección de Zohran Mamdani como alcalde de Nueva York, que le dio al movimiento una nueva dimensión nacional al demostrar que un político demócrata-socialista podía alcanzar uno de los cargos ejecutivos más importantes del país. Todos ellos, menos El-Sayed, comparten una característica: son miembros de o son apoyados por una organización que muchos observadores identifican como el equivalente a la izquierda del Tea Party: Democratic Socialists of America (DSA).
¿Hasta qué punto es certero este paralelismo? Primero, el DSA ha usado el mismo método de atacar a políticos demócratas moderados durante las primarias, utilizando su membresía como una infraestructura electoral capaz de identificar candidatos y de movilizar a las urnas a votantes progresistas, especialmente en distritos fuertemente demócratas donde más fácil aprovechar la baja participación electoral en el verano y donde, además, en la práctica, ganar la primaria equivale casi siempre a ganar el cargo en noviembre. Así se han anotado victorias como la de la novata Darializa Avila-Chevalier contra Adriano Espaillat, un político experimentado que llevaba una década representando el distrito. Otra victoria sorpresiva llegó en la primaria para el Senado en la Florida, donde Angie Nixon derrotó al teniente coronel retirado Alexander Vindman, quien fuera protagonista del primer impeachment de Donald Trump. Segundo, estos candidatos insurgentes también utilizan una retórica de corte populista con base económica: plantean regular el capitalismo y reducir el poder político de las grandes corporaciones y de las personas de mayor riqueza; se centran en el aumento de la inflación y el costo de vida; proponen cuidado de salud universal («Medicare for All»), cuidado infantil universal y mayores impuestos para los multimillonarios. Y, tercero, varios dirigentes del DSA han dicho explícitamente que su objetivo final es mover el partido Demócrata definitivamente hacia la izquierda y, por supuesto, desplazar al liderazgo actual que consideran demasiado vinculado a intereses empresariales y grandes donantes.
Esta insurgencia ha traído una atención mediática a nivel nacional, alimentando el debate sobre si DSA representa una corriente todavía minoritaria dentro del partido Demócrata o si está en vías de tomar las riendas políticas. Pero es prematuro decir que este movimiento ha alcanzado resultados comparables al Tea Party o MAGA, incluso que esté en camino de lograrlo. En 2010, el Tea Party produjo una ola electoral nacional que contribuyó a que los republicanos ganaran 63 escaños en el Congreso y cambió sustancialmente los incentivos políticos dentro del Partido Republicano: incluso dirigentes que no pertenecían al movimiento tuvieron que adaptarse a sus demandas ante el riesgo de ser derrotados en primarias. En contraste, DSA continúa teniendo una representación muy pequeña en el Congreso y concentra sus éxitos en distritos urbanos fuertemente demócratas. No ha demostrado todavía que pueda provocar una ola electoral nacional, dominar primarias en regiones muy distintas del país o imponer su agenda sobre la dirigencia demócrata.
Los republicanos, por su parte, ven en el auge de DSA la oportunidad de pintar al partido rival entero como extremista de cara a las elecciones legislativas de noviembre de 2026, utilizando una táctica tan vieja como efectiva: el red scare (temor rojo). Empleado en Estados Unidos durante los años veinte y durante el macartismo en las décadas de 1940 y 1950, se ha convertido luego en un recurso retórico electoral. Antes de Ocasio-Cortez, la congresista Bella Abzug fue acusada de radical en los años setenta, y, antes de Mandami, el primer alcalde negro de Nueva York, David Dinkins, fue atacado por supuestas simpatías comunistas. Ahora, Donald Trump y otros políticos como Mike Johnson han comenzado a emplear deliberadamente términos como «marxistas», «socialistas» y «comunistas» para describir a sus opositores demócratas, mientras que los comités electorales republicanos intentan vincular a candidatos demócratas moderados de distritos competitivos con las propuestas más controvertidas de DSA. No se limitan a criticar a quienes se identifican realmente como socialistas democráticos, sino que buscan convertir sus victorias en evidencia de que todo el Partido Demócrata está desplazándose hacia el socialismo o el comunismo.
En realidad, sin tanta atención mediática, pero con más efectividad, son precisamente los candidatos demócratas moderados quienes están presentando un desafío real a la hegemonía republicana tanto en el Congreso como en varias elecciones gubernativas. Estos candidatos están construyendo un programa electoral que comparte con los socialistas democráticos el poner en primera plana asuntos cotidianos como la inflación, la salud pública y el costo de la vida, pero, también, están adoptando posiciones como el control fronterizo, la defensa y seguridad nacional o la responsabilidad fiscal que habían sido abandonadas por el partido en elecciones anteriores. Además, no se dejan arrastrar a las viejas guerras ideológicas alrededor de temas como la diversidad de género. Juntos constituyen un movimiento de renovación del partido, aunque aún no tengan un nombre llamativo ni la suficiente atención mediática para escribir titulares.
Son los casos de las ya elegidas gobernadoras Abigail Spanberger (exagente de la CIA), en Virginia, y Mikie Sherrill (expiloto de la Marina), en New Jersey. En estas elecciones destacan también aspirantes al Senado como Roy Cooper (exgobernador), en Carolina del Norte; David Jolly (congresista republicano que cambió de partido por su oposición a Trump), en Florida; Sherrod Brown (quien como senador se destacó por la defensa de la clase obrera), en Ohio; Josh Turek, en Iowa; Mary Peltola, en Alaska, y, muy significativamente, James Talarico, un seminarista que utiliza con frecuencia lenguaje religioso para intentar disputar a los republicanos el voto cristiano en Texas. Entre los aspirantes al Congreso destacan Eileen Laubacher (almirante retirada de la Marina), Eliott Rodriguez (veterano presentador de CBS Miami), Elaine Luria (comandante retirada de la Marina), Rebecca Cooke, Jamie Agery, Leela Gray (general de brigada retirada), Jessica Killin y el ganadero Blake Gendebien. Cabe añadir aquí que fueron los líderes de las minorías demócratas en ambas cámaras, Chuck Schumer y Hakeem Jeffries —además del Comité Nacional Demócrata (DNC, por sus siglas en inglés)— quienes han reclutado a estos candidatos y les han dado apoyo financiero. Estas son dos de las figuras más criticadas como parte del establishment anquilosado, pero, si los demócratas retoman la mayoría en ambas cámaras, se lo deberán mucho más a ellos que al trabajo de los progresistas o la DSA.
Dos contiendas electorales ejemplifican esta tensión entre candidatos demócratas moderados y socialistas democráticos por ver qué lado es capaz de obtener la mayor cantidad de votos y por ende definir el futuro del partido. Una, ya dirimida, fue la elección en la primaria por la gubernatura en Wisconsin de David Crowley, quien derrotó estrechamente a Francesca Hong, una socialista democrática. Crowley tiene un historial de acuerdos con los republicanos en la legislatura estatal y se presenta como pragmático, especialmente en seguridad pública, economía y coste de vida. Otro ejemplo, aún más interesante, es la presencia en la misma boleta de David Jolly a gobernador y Angie Nixon al Senado por la Florida. Esto presenta para los demócratas tanto una oportunidad como un riesgo: Jolly, excongresista republicano convertido en demócrata, intenta atraer a independientes, moderados y republicanos descontentos con Trump, mientras Nixon, miembro de DSA, y claramente más progresista, puede movilizar a votantes jóvenes, afroamericanos y sectores de la izquierda que tradicionalmente participan menos. La combinación podría ampliar la coalición demócrata si ambos consiguen concentrar la campaña en temas comunes como el costo de la vivienda, los seguros y la atención médica. Sin embargo, también plantea un problema evidente: los republicanos ya están utilizando la afiliación socialista de Nixon para vincular a Jolly y a otros demócratas con DSA, algo potencialmente perjudicial en un estado que Trump ganó por 13 puntos porcentuales en 2024. Jolly ha respondido marcando claramente sus diferencias —«rechazo el socialismo» y «soy capitalista»— sin repudiar personalmente a Nixon, una estrategia de balance en la cuerda floja que intenta mantener entusiasmada a la base progresista sin perder el perfil centrista que constituye uno de sus principales argumentos para recuperar votantes moderados.
Las victorias conjuntas de candidatos demócratas moderados y socialistas demócratas podrían impulsar una renovación del partido al demostrar que existe un camino electoral basado en ampliar la coalición en territorios tan disímiles como Texas y Wisconsin. Si esta diversidad de candidatos logra en conjunto recuperar una coalición de jóvenes, independientes, clases trabajadoras y antiguos republicanos en estados y distritos competitivos, la novedosa retórica haría al partido Demócrata también más competitivo en territorios que ha perdido en los últimos años. En general, se daría espacio a nuevos grupos y tendencias ideológicas sobre fundamentos comunes. Si, por el contrario, la facción socialista demócrata es la única que logra victorias electorales, podemos esperar que la incipiente insurgencia gane aún más fuerza y quizá incluso un candidato apoyado por DSA para presidente en 2028.
