Estamos aquí, con la sensación de no ver la luz,
pero no verla es mejor.
Luces nunca tuvo nuestra casa.
«La casa» de Raúl Marchena y La Trovuntivitis.
Yo tuve una casa que olía a libro viejo, madera mojada y chispaetrén. Una casa siempre abierta en la que dormían los perros callejeros, los estudiantes, los excluidos. Allí escribimos poesía a cinco manos y cantamos una música que era solo nuestra. Hoy en la casa nos falta uno. Crespo murió.
Muchos nos fuimos a otras tierras. Otros, como Jorge Luis Crespo Jacomino, se quedaron hasta la muerte. Emigrar, morir, permanecer. Esos terminaron siendo los caminos de quienes alguna vez habitamos aquel espacio como si la vida durara solamente un día. A veces pienso que los que nos fuimos dejamos solos a los que se quedaron.
Vuelvo entonces a esas fotografías en las que todavía estamos todos: sentados en el piso o en las gradas, los ladrillos rojos desgastados detrás, las paredes grafiteadas, las mesas de una madera eterna bañada cien veces en alcohol. En esas fotos todavía nadie sabe quién se irá, quién se quedará ni quién morirá primero. Pero Crespo parecía pertenecer a otra categoría: Crespo siempre estaba.
Estaba en el patio, en la barra, cargando algo antes de un espectáculo, acompañando una brigada artística que salía hacia algún pueblo, ayudando a recoger después de una función. Estaba con su equipo de música, recorriendo las calles de la ciudad, rodeado de perros callejeros que recogía y alimentaba cuando podía. Estaba conversando con un turista o acompañándolo a algún sitio y resolviendo con lo que después le dieran. Estaba cuando llegábamos y seguía estando cuando nos íbamos. Crespo siempre estaba.
En una sección llamada «Los agradecidos», que finalmente no fue publicada en mi libro San Silverio del Mejunje, intenté contar la vida de los tantos personajes que habitaban ese espacio. Mientras reconstruía la historia de Ramón Silverio —el fundador del centro cultural que desde 1992 reunió en Santa Clara a generaciones de artistas, estudiantes y tribus urbanas excluidas— conversé con quienes parecían formar parte inseparable de la casa. Crespo fue uno de ellos.
«El Mejunje me ha dado energía para seguir viviendo. Yo tengo VIH desde hace 25 años», dijo entonces.

Había enfermado en los años en que Cuba internaba obligatoriamente en sanatorios a las personas diagnosticadas con VIH. Fuera de ellos, el miedo a la enfermedad convivía con el rechazo hacia quienes la padecían. Para Crespo, El Mejunje no fue solamente un sitio donde escuchar música: fue uno de los primeros lugares donde pudo volver a mezclarse con los demás.
«La gente del sanatorio alargaba su vida cada vez que entraba por esa puerta».
Quizá por eso, cuando pudo escoger dónde quedarse, escogió quedarse cerca. Crespo había llegado desde Ranchuelo conduciendo el ómnibus que hacía el recorrido hasta Santa Clara. En el último viaje tenía una hora y media antes de regresar. Salió a caminar para matar el tiempo; encontró El Mejunje, reconoció a varias personas que alguna vez habían subido a su guagua, y entró.
«El lugar me gustó mucho y me sentí como en familia. Ese día regresé a mi casa y cuando volví a hacer el viaje hacia Santa Clara, me quedé aquí para siempre».

Entre sus amigos lo llamábamos el primer «ocupa legal» de Santa Clara porque se había instalado en una casa cercana a El Mejunje y, con el tiempo, consiguió que le reconocieran aquel espacio. Era una casa precaria, sin electricidad, que se caía poco a poco, pero la comunidad que había encontrado alrededor del centro cultural terminó funcionando también como una red de supervivencia.
«Yo no vivo, yo estoy sobreviviendo. Trato de luchar por aquí, inventar por allá y comer donde sea, porque desgraciadamente la casa se está cayendo».
A veces Silverio lo dejaba dormir dentro de El Mejunje. Cuando llegaban los ciclones, Crespo también se quedaba allí. Recuerdo uno especialmente fuerte en Santa Clara: mientras la ciudad esperaba, Crespo decidió pasarlo en El Mejunje, cuidando aquel lugar como quien cuida algo que también le pertenece.
No era empleado en el sentido convencional de la palabra, pero hacía un poco de todo. Cargaba equipos, ayudaba en los espectáculos, acompañaba las giras y las brigadas artísticas por zonas rurales, recogía después de las funciones. Si había que mover algo, Crespo lo movía. Si alguien necesitaba ayuda, aparecía.
Pero su relación con El Mejunje tampoco era una historia edulcorada de salvación. Crespo bebía, se metía en broncas y podía ser insoportable. Una vez, durante una borrachera, utilizó la maceta preferida de Silverio como urinario. Silverio lo expulsó durante tres meses y una banda de rock, Adictox, terminó haciendo una canción sobre el episodio.
Crespo se reía al contármelo. «Ese viejito es mi papá, es mi dios. Silverio no habla casi, pero cuando te dice algo tienes que oírlo».
También recogía perros callejeros. «Ellos son como yo. Los entiendo». Hubo un tiempo en que siempre tenía alguno detrás. Cuando hice aquella entrevista ya no. «Ahora no tengo ninguno porque no hay comida ni para mí». Esa frase me resulta hoy mucho más difícil de leer.
Cuando regresé a Cuba en febrero de 2025, lo encontré sentado en las pequeñas escaleras de El Mejunje que dan a la calle. Tenía a su lado el equipo de música con el que durante años había recorrido la ciudad, pero estaba mucho más delgado y débil que el Crespo que yo recordaba. La enfermedad ya era visible en su cuerpo. Seguía, sin embargo, en el mismo sitio. Había vendido aquella casa precaria y conseguido otro espacio justo enfrente de El Mejunje. Hasta para mudarse había encontrado la manera de no irse.
Después vinieron el hospital, un padecimiento terminal, y una Cuba cada vez más difícil para alguien como él. He pensado mucho en cómo habrá atravesado los últimos meses: los apagones, la comida cada vez más cara, los medicamentos que faltan. Crespo había sobrevivido inventando por aquí y por allá, como él mismo decía, pero envejeció y enfermó en un país donde sobrevivir exige cada vez más recursos que él nunca tuvo.


Pero tenía El Mejunje. Y quizá esa sea también una parte de esta historia. Mucho antes de que la crisis actual hiciera de las redes de solidaridad una forma cotidiana de supervivencia en Cuba, El Mejunje ya funcionaba así. Organizaba, acompañaba, recogía, daba refugio. La comunidad que había sostenido a Crespo cuando era un joven con VIH seguía allí cuando envejeció y enfermó.
Una vez me dijo que sus días preferidos eran los domingos. Miraba El Mejunje desde la mañana, cuando llegaban los niños, hasta la tarde de los viejos y la noche de los travestis.
«Yo me pongo a mirar a esos viejitos bailando felices y me siento agradecido de vivir. Muchos viejitos de esos han muerto horas después de estar aquí gozando con sus amigos, y así me quiero morir yo. Yo quisiera morirme antes que Silverio porque no sé qué va a pasar después en esta ciudad».
Crespo murió primero. No sé cuánto sufrió al final ni cuánto de aquella Cuba pudo seguir soportando. Pero sé que permaneció prácticamente hasta el último momento frente al lugar al que llegó un día, por casualidad, mientras esperaba que saliera un ómnibus de regreso a Ranchuelo. Tenía una hora y media para matar el tiempo. Entró en El Mejunje y se quedó allí el resto de su vida.
