Las reacciones que ha suscitado la excarcelación de Luis Manuel Otero Alcántara y su llegada a los Estados Unidos son señas de una trágica realidad. La oposición cubana se le ha ido de las manos a la propia oposición, de modo que es incapaz de prestarle servicios a su causa última: a saber, el cambio de régimen en Cuba. Los unos porque dictan cómo debe ser la oposición y ahogan cualquier iniciativa que no entre en su canon; los otros, porque dedican buena parte de su atención y energía a combatir esa conducta.
El rencor, con sus altas y bajas, ha sido parte constitutiva de la oposición cubana. Dadas las circunstancias, no ha podido ser de otra forma. Digamos más, toda iniciativa de cambio político comienza con la indignación. La cuestión está en que esta evolucione hacia formas racionales, y quienes se impliquen en política tienen la responsabilidad de facilitar este proceso. Es lo que no sucede en Cuba, y ello da cuenta de la minoría de edad de su actual oposición.
Uno de los experimentos más interesantes, no solo de los últimos años, sino, a mi juicio, de la extensa y diversa historia de la oposición cubana, fue la plataforma de acción cívica Archipiélago. Esto no lo digo porque yo haya tomado parte. De hecho, como se verá, quien escribe fue apenas una «esquinita» de Archipiélago, como me dijera un agente de la Seguridad del Estado (SE).
Lo que sigue es mi experiencia. A partir de aquí, como Georges Perec, hablo de lo que «me acuerdo».
Llegué a Archipiélago por recomendación de dos amigos poetas, Javier L. Mora y Zulema Gutiérrez, hoy residentes en Polonia. Ellos ya integraban el equipo de moderación de la plataforma. Hacía años, en una noche holguinera de fiesta, yo había conocido a Yunior García. Vi una de sus obras teatrales y me agradó sobre todo por sus implicaciones políticas. Era directa, sin «metatrancas» ni florituras. Recuerdo que intercambiamos unas palabras breves y significativas. «Concuerdo con tus ideas», le dije. «Todo el mundo concuerda», me contestó, medio en broma medio en serio.
El equipo de moderación estaba compuesto casi únicamente por artistas e intelectuales. Según recuerdo, durante el tiempo en que yo estuve, casi siempre osciló entre los 20 y 25 miembros. Las mujeres eran mayoría, y varios compañeros venían del activismo LGBTIQ+. Los había de izquierdas y de derechas, algunos muy escorados. Recuerdo la indignación mía y de Daniel Triana cuando un compañero publicó en Facebook una loa a Pinochet. Recuerdo a alguien diciendo en cierta ocasión: «este grupo corre el riesgo de terminar en la izquierda, con la cual soy incompatible filosófica y políticamente».
Nos reuníamos en llamadas grupales de Telegram, casi a diario. En principio, la idea era tomar las decisiones de manera horizontal. «Cada decisión tomada en Archipiélago ha sido el resultado de un amplio y profundo debate entre un grupo de moderadores cubanos, de quienes me siento orgulloso. La democracia que ha nacido en ese grupo tan diverso me devuelve cada noche las esperanzas en el futuro de Cuba», publicó en cierto momento García.
Todos los votos valían igual; sin embargo, había opiniones que valían más que otras y, en la práctica, arrastraban votos. El teatrólogo Habey Hechavarría era uno de los pesos pesados del grupo. No por imposición, sino por su inteligencia y lucidez. Y luego estaba el liderazgo de Yunior García. Recuerdo que, al fijar la primera fecha de nuestro objetivo principal, la Marcha Cívica por el Cambio, el régimen respondió anunciando unos ejercicios militares en la misma jornada. La opinión de que la Marcha debía retrasarse hasta el 27 de noviembre fue casi unánime. Era una fecha simbólica; escapaba de las jornadas de ejercicios militares; tendríamos más tiempo para prepararnos, etcétera. García propuso la idea de que no debía retrasarse, sino adelantarse para el 15 de noviembre de 2021. Recuerdo que lo hizo con entusiasmo y contagió a la mayoría. Yo voté por otro 27N. La votación arrojó el 15N.
En lo interno, creo que los mayores logros de Archipiélago fueron la conciliación de la diversidad y el sentimiento de camaradería, la seguridad de tener detrás un equipo dispuesto a desbarrancarse por ti. Recuerdo que fue molesto cuando la Seguridad del Estado me detuvo un día antes de la Marcha, pero puedo afirmar categóricamente que no sentí miedo. Confiaba en mis compañeros y sabía que mi detención activaba la estructura que habíamos construido. De eso se trata, de establecer vínculos, construir redes y canales de acción, comunicación y diálogo. Articularse. El error, a mi juicio, estuvo en no expandir esas estructuras, en no trabajar con las bases. Debimos salir a la calle a como diera lugar, poner el cuerpo, aun si nos costaba la prisión o la vida. Quizás por este motivo la gente no salió a marchar el 15N. No voy a culpar a un país por lo que hace o deja de hacer. Nosotros lanzamos una convocatoria que no se materializó. Algo debimos hacer mal.
Vale decir que en esos tiempos la presión fue horrible. Los tres agentes de la SE que me «atendían» iban a mi trabajo y la directora les cedía su oficina para que me interrogasen. Estando en un parque con mi novia de entonces, llegaban y le decían: «Préstamelo un momento». Cosas por el estilo… Amenazas y amenazas «profilácticas»… «para que no caigas preso». Días antes del 15N, recuerdo que un amigo dijo conocer a una señora cuyo hijo era de las Tropas Especiales. «Salgan a arrancarle la cabeza a quien proteste ese día», dice que le dijeron. Escuché muchas historias así. Camiones de Avispas Negras permanentemente en los parques. Ciudades militarizadas. Quien no ha tomado acción contra un régimen de estas características no puede imaginarse el peso que conlleva, o al menos no de manera precisa. Es una carga odiosa, pero se lleva con dignidad y uno hasta llega a tener la ingenua sensación de que está «a la vanguardia de la historia» o algo semejante.
Recuerdo que el 15N un compañero de Archipiélago me recomendó que no saliera. El día anterior, yo había sido obligado a firmar un documento en la prisión que contemplaba un mínimo de 15 años de privación de libertad si finalmente salía. De cualquier manera, tenía agentes de la SE apostados en cada esquina de mi casa. No hubiese llegado más allá de una cuadra. La Marcha fue un fracaso, pero estábamos dispuestos a continuar.
De pronto, Yunior García no aparecía. Aquello era más o menos usual, porque desde antes el régimen cubano le había cortado las vías de comunicación. No obstante, él siempre se las arreglaba para enviar un mensaje o conectarse desde otro teléfono. Al cabo de dos o tres días apareció en España. Que yo sepa, ningún compañero estaba enterado de lo que se había urdido. Paradójicamente, García había tomado, a título personal, la decisión más importante en la breve historia de Archipiélago. Y nosotros exigiendo una ridícula «fe de vida». «Fe de visa», comenzó a chotear la gente.
Las cuestiones personales o familiares no deben estar sujetas a inquisición, pero en este caso la probidad no solo de la plataforma, sino del movimiento opositor en Cuba estaba en juego. Era un tema personal —de Yunior García—y también nacional. Tuvo que elegir y a nadie se le puede exigir un liderazgo. Si yo fuera él, tendría un fantasma aguijoneándome la cabeza todos los días de mi vida, sobre todo al ver la deriva de Cuba.
Recuerdo aquella reunión, ya con García en Madrid. Ninguna explicación fue suficiente. El grupo implosionó y se anunció una baja tras otra. Quedamos algunos y luego hubo una serie de intrigas que no conocí. Me mantuve como parte del equipo, pero alejado.
Archipiélago naufragó; sin embargo, logró en su momento lo que hoy día es impensable. Basten los siguientes ejemplos para ilustrarlo. Silvio Rodríguez fue el «primero en enterarse» de la idea de Archipiélago. García se la comunicó durante un «fraterno» encuentro, poco después de las protestas del 11J. Un par de meses después, Ramón Saúl Sánchez, veterano opositor afincado en Miami y miembro del grupo radical Alpha 66, daba su apoyo a la plataforma. Con esto no quiero decir que no recibiéramos palos. Los hubo y muy duros. No obstante, el equipo trabajó desde una vocación ecuménica y consiguió atraerse las simpatías de un amplísimo rango de la oposición. Debo decir que los esfuerzos del compañero Leonardo Fernández Otaño y del ya mencionado Habey Hechavarría, ambos católicos, fueron claves en este sentido.
Como hizo Oswaldo Payá a principios de siglo, Archipiélago agotó las reglas del régimen cubano. Intentamos jugar dentro del marco legal y las autoridades rechazaron cada una de nuestras solicitudes. Obligamos al gobierno a pisotear su propia Constitución ante los ojos del mundo. Asimismo, Archipiélago basó su propuesta en el diálogo. ¿A qué otra cosa puede aspirar la oposición política? El eslogan «no al diálogo con la dictadura» es eso: un eslogan vacío, una estúpida entelequia. En algún punto habrá que sentarse a la mesa del diálogo; eso sí, bajo condiciones favorables para la oposición, como se hizo en Argentina, Chile, España o Europa del Este, incluso en Rumanía, después de muerto Ceaușescu, donde varios exmiembros del Partido Comunista fueron llamados al gabinete de transición encabezado por Ion Iliescu.
Y la visibilidad y el alcance de la plataforma fueron, indudablemente, muy amplios. El Noticiero de Televisión dedicaba todas las noches un segmento orwelliano a hablar de Archipiélago y sus moderadores, donde se llegaron a decir lindezas como que nos habían pagado siete millones de dólares, donde se construyó una patética historia de un personaje nombrado el «agente Fernando» que era tan idiota como para pintar a un Yunior García con la mano en el pecho diciendo algo como «consagro mi vida a la contrarrevolución». Nadie les creía. Le habíamos arrancado la hoja de parra a un régimen que ahora caminaba frente a todos como el rey del cuento de Andersen: desnudo. Pero eso fue todo. No fuimos capaces de pararle los pies.
Mirando hacia atrás, desde la distancia, creo que no estuvimos a la altura del juego. No solo García. El grupo nunca supo a cabalidad lo que estaba haciendo, la responsabilidad que tenía, e, incluso, creo que ni siquiera conocía muy bien el tablero en que jugaba. Queda el agradecimiento a todos por su valentía y su compromiso. Y queda la experiencia, que, como alguien dijo una vez, es tan cara que solo es posible pagarla con el tiempo.
