La prolongada huelga de Guillermo del Sol

El activista religioso mantiene una huelga de hambre que se ha dilatado durante casi dos meses, con la exigencia de la liberación de presos políticos a un Estado cubano que responde con silencio y vigilancia.

El pasado domingo Guillermo del Sol Pérez se desmayó. De a poco, su cuerpo dejó de sostenerse. Cincuenta y tres días sin probar alimentos sólidos son demasiados; aún más para quien lidia con hipertensión severa, una cardiopatía y diabetes tipo dos. A la unidad de urgencias del Hospital Provincial Arnaldo Milián Castro, en Santa Clara, llegó totalmente deshidratado. Horas después, tras recibir unos sueros, fue dado de alta. Esa tarde, con un hilo de voz, Guillermo del Sol transmitió en vivo desde casa para explicar por qué no permaneció ingresado ni un minuto más de lo necesario: «el huelguista, para ir a un hospital, tiene que estar muerto».

Sesenta años tiene el predicador y director de una pequeña agencia de prensa independiente en el centro de Cuba. Desde el 19 de junio, dejó de comer para exigirle al régimen la liberación de 18 personas procesadas por motivos políticos. En el sillón de una casa vigilada, rodeada de cámaras instaladas por la Seguridad del Estado, sufre el desgaste dilatado de quien encuentra en la inanición el último método a su alcance para protestar ante una arbitrariedad. 

No es la primera vez que recurre a la huelga de hambre. En 2017 fueron 20 días bajo la exigencia de la devolución de equipos de filmación confiscados por la policía. En 2019 protagonizó su ayuno más largo hasta entonces —cincuenta y cinco días—, después de que impidieran a su hijo, Adrián del Sol Alfonso, viajar al extranjero para asistir a un evento sobre libertad religiosa. Aquella protesta, a la que denominó «Ni un regulado más», terminó en reivindicación por los más de ciento cincuenta cubanos a los que el gobierno prohibía la salida del país.

La actual tiene otra naturaleza. Dos hechos la detonaron. Su detención por la Seguridad, que lo acusó de haber robado una motorina, pese a que el activista contaba con la documentación legal del vehículo. El segundo y más determinante: la revocación de la licencia extrapenal a Leonel Tristá García, preso del 11J que había salido de la cárcel en enero de 2025, como parte del paquete de excarcelaciones anunciado por el gobierno, y que posteriormente sería reingresado a la prisión de Guamajal, en Villa Clara, para que terminara de cumplir la condena de ocho años.

Del Sol decidió entonces exigir la libertad no solo de Tristá, sino de un grupo de otros diecisiete presos políticos que él mismo escogió —según ha explicado— a sabiendas de que el gobierno no los liberaría a todos. Una cifra manejada para que el reclamo no se disolviera en la abstracción de la represión, sino que pudiera conocerse cada nombre. 

Figuran presos del 11J opositores de larga trayectoria y personas detenidas durante las protestas más recientes. Uno de ellos, Jonathan David Muir Burgos, era menor de edad cuando fue detenido el pasado mes de marzo, en Morón, Ciego de Ávila. Muir fue recientemente liberado. 

En la lista se encuentran, además, Mayelín Rodríguez Prado, Donaida Pérez Paseiro, Saylí Navarro Álvarez, Lizandra Góngora Espinoza, María Cristina Garrido Rodríguez, Alexis Gonzáles Gonzáles, Alexie Martínez Rojas, Alexander Mesa Rodríguez, Armando Guerra Pérez, Víctor Ángel Martí Pérez, Miguel Díaz Bousa, Loreto Hernández García, Félix Navarro Rodríguez, José Gabriel Barrenechea Chávez y los hermanos Jorge y Nadir Martín Perdomo. Entre ellas, personas mayores o con enfermedades crónicas. 

Guillermo del Sol Pérez, predicador y opositor cubano
Guillermo del Sol Pérez, predicador y opositor cubano / Foto: Facebook/Guillermo del Sol

El huelguista

Guillermo del Sol Pérez, nacido en Villa Clara, en 1965, se ha convertido en una de las figuras más persistentes —y reprimidas— del activismo religioso y periodístico independiente en el centro de la isla, en las últimas tres décadas. Es miembro de una rama de la Iglesia Católica independiente de la apostólica y romana dirigida desde el Vaticano, y que se enfrenta al monitoreo y las presiones del Estado cubano a través de la Oficina de Atención para los Asuntos Religiosos, adscrita al Comité Central del Partido Comunista. 

El opositor dirige, además, la agencia de prensa independiente Santa Clara Visión y forma parte de la plataforma opositora Cuba Decide, que preside la activista Rosa María Payá, hija del histórico disidente Oswaldo Payá.

Si bien se ha enfrentado antes a numerosas huelgas de hambre, nunca ha sido la inmolación el objetivo del activista. Al deponer la huelga de 2019, manifestó su intención de no dejar de luchar, pese a poner fin al ayuno, pues bien podía ser el próximo regulado. Afirmó entonces que en Cuba hacía falta gente viva, no mártires. Siete años después, con un cuerpo más castigado por las enfermedades y el tiempo, se expone a la muerte. 

El cuerpo como último medio

El ayuno de Guillermo del Sol, en casa, fuera del sistema penitenciario, dificulta el hermetismo del gobierno y desarticula la narrativa histórica de calificar las protestas de activistas al interior de sus cárceles como indisciplinas penitenciarias, en el intento de restar legitimidad a los reclamos. Pero la mayor visibilidad nacional e internacional del caso ha dejado en evidencia la vigilancia permanente, cortes de internet y un cerco policial que dificulta las visitas de familiares y periodistas independientes.

A pesar de las regulaciones, el avance del deterioro físico ha sido comunicado. Al cumplir treinta y siete jornadas sin alimentos sólidos, ningún médico había acudido a evaluarlo pese a la evidente pérdida de masa muscular y grasa corporal. Para el día cuarenta, enfrentó una crisis hipertensiva. Adrián, su hijo, describió el cuadro de deshidratación severo que sufría su padre el día cuarenta y seis de la huelga. Entonces varios agentes de la Seguridad del Estado visitaron la vivienda, pero no ofrecieron respuestas concretas sobre las peticiones del huelguista.

El día cuarenta y ocho, ya casi sin fuerzas para hablar, Guillermo concedió una entrevista al canal colombiano NTN24, en la que resumió su diagnóstico sobre la represión en la isla: «matan a los hombres con impunidad». Dos días más tarde, el 6 de agosto, su familiar alertó sobre una nueva crisis hipertensiva y pidió la intervención de la comunidad internacional. El desmayo y la hospitalización de emergencia llegaron poco después, en el día cincuenta y tres, cuando el cuerpo empezó a marcar los límites de la protesta.

Actualmente, no es el único activista en huelga de hambre en Cuba. A pocos kilómetros de su casa, el preso José Ramón Solano Randiche, condenado a trece años por sedición tras participar en las protestas del 11J, lleva varias semanas sin comer, mientras exige un régimen penitenciario menos severo. No son casos aislados. 

Cubalex, ONG que brinda asesoría jurídica a quienes defienden los derechos humanos en Cuba, ha documentado la huelga de hambre como un recurso al que presos políticos y activistas recurren cuando consideran agotadas o ineficaces otras vías para reclamar sus derechos. Entre los motivos recurrentes identificados por la organización figuran los malos tratos penitenciarios, la falta de atención médica, los traslados y las restricciones de comunicación.

Una ciudad que lo ha vivido

Santa Clara conoce este tipo de protestas. En el mismo hospital donde este fin de semana fue atendido Del Sol, el Arnaldo Milián Castro, fue ingresado, en 2016, el disidente Guillermo Fariñas tras perder el conocimiento en el día dieciséis de una de sus huelgas de hambre. 

Fariñas, psicólogo y periodista independiente también radicado en Santa Clara, ha protagonizado veintiocho huelgas de hambre y se convirtió, en 2010, en Premio Sájarov a la Libertad de Conciencia del Parlamento Europeo. Una de ellas —cuatro meses de ayuno, la mayor parte hospitalizado— la había iniciado por la liberación de presos políticos enfermos, poco después de la muerte del disidente Orlando Zapata Tamayo, el 23 de febrero de 2010, tras ochenta y cinco días sin comer. 

En julio de 2010, el Gobierno cubano anunció la excarcelación de los 52 integrantes del llamado Grupo de los 75 que aún permanecían en prisión. En los meses siguientes, tras las gestiones de la Iglesia católica cubana y del Gobierno español, el proceso de liberaciones alcanzó a 116 presos políticos, la mayoría de los cuales fueron trasladados a España.

Desde entonces, el patrón de fondo no ha cambiado. Ante las huelgas, un Estado que responde con silencio o descalificaciones. Solo cuando el costo político se vuelve demasiado alto para sostenerlo, en algunos casos, se producen excarcelaciones a cuentagotas. 

Recientemente, la organización Centro de Denuncias Defensa CD solicitó formalmente a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos medidas cautelares urgentes para proteger la vida del activista Guillermo del Sol, al exigir al Estado cubano que garantice atención médica independiente y que cese el hostigamiento contra su entorno. Hasta la fecha, el organismo regional no había emitido una resolución pública sobre el caso.

Mientras tanto, el gobierno no ha respondido al reclamo, ni ha comentado sobre el estado de salud del opositor. La estrategia hasta ahora ha sido de no reconocimiento, mientras mantiene la vigilancia alrededor de la vivienda. 

Por su parte, Adrián del Sol Alfonso demandó recientemente el aumento de la presión internacional sobre el régimen cubano para que ceda ante las demandas de su padre. 

«La indiferencia ante este sufrimiento equivale a una complicidad silenciosa. Escuchar el clamor de un hombre dispuesto a morir por sus principios no es un signo de debilidad, sino una oportunidad para la cordura. Las más de 40 libras perdidas revelan la severidad de un ayuno prolongado que consume sus músculos, que deja la piel adherida al hueso. Cada día que transcurre, su salud empeora. Su estado se vuelve más crítico. Es el eco de un reloj biológico que avanza implacable hacia un desenlace irreversible», aseguró.

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