Soy de la generación que no le debe nada al castrismo. Ni una salud pública asequible, ni un sistema de educación robusto. Mucho menos la épica esperanzadora de un futuro en construcción. Nací justo al inicio de siglo, en un año 2000 que nada tuvo que ver con alguna «maravilla que silbaba el porvenir». Al contrario. Abrí los ojos en la Cuba posterior a los años del Período Especial, donde un pueblo desgastado se sometía a nuevos experimentos económicos, ideológicos y políticos que supuestamente construirían el «socialismo».
Vengo de un hogar obrero. Mi madre, profesora; mi padre, trabajador de la Industria Eléctrica. Sobrevivimos en un solar de La Habana. En un cuartucho sin baño, construido a retazos, destruido inevitablemente por el empobrecimiento y el abandono. Existimos en los márgenes, entre una familia disfuncional y la diaria incertidumbre de si habría comida en la mesa. Nada nos garantizaba nada. Todo sucedía por inercia. Los años tomaron su ritmo y el calendario nomás importaba para saber cuándo debía llegar el pollo normado a la carnicería.
Me tocó vivir de niño la Batalla de Ideas, la Revolución Energética, el tránsito de poder en 2008 y Raúl Castro de presidente, los Lineamientos en 2011, y a un Fidel Castro esporádico, más allá del culto a su imagen. Mi adolescencia la marcó el deshielo, el período Obama y la acelerada brecha socioclasista que propició la normalización de relaciones diplomáticas con el gobierno de los Estados Unidos, el auge del turismo y los tantos beneficios para una oligarquía económica que anunciaba una etapa de prosperidad en la isla —que objetivamente fue más un reflejo de nicho que una realidad popular.
Me reconocí como un sujeto político en un país cada vez más desigual. Donde por pura necesidad me vi obligado a trabajar con un rigor impensable desde los 14 años. Donde mis padres estaban sometidos a un régimen laboral extremo en comparación con sus salarios. Donde mi familia y mis vecinos del solar no tenían acceso a otra realidad que a la marginación y el empobrecimiento. Donde crecían hoteles de lujo justo al lado de barrios ahogados en carencias. Donde La Habana, nombrada Ciudad Maravilla, recibió sus 500 años maquillada por el exotismo de cara al mundo y por el abandono a sus habitantes.
Mi generación vio morir a Fidel Castro. Enterró al ícono invencible del régimen, la figura colocada en altares, ese que se impuso fundamental e irremplazable. En nuestra infancia conocimos a un Fidel casi senil, que inspiraba más pena que respeto, contradictorio totalmente con el ícono revolucionario y la foto en el mural. De adolescentes lo encontramos muerto, y de tan forzados a despersonalizarnos por él a base de vítores —«Yo soy Fidel»—, se nos convirtió en puro tedio vomitivo.
El emblema de legitimación incuestionable del castrismo resultó para la generación 00 cubana un símbolo de aversión y desapego por todo lo que orbitara alrededor suyo. Si para los nacidos en los sesenta Fidel fue una esperanza, un guía divinizado para aquellos de los setenta y ochenta y ya algo visto con recelo por quienes vieron la luz en los noventa, fue simplemente un problema para los del nuevo siglo.
Desde 2019, Cuba padece una crisis extrema, generada por la pésima gestión económica del poder político, la dependencia de capitales externos, los ínfimos índices de producción y de autosostenibilidad, las medidas coercitivas de las diferentes administraciones estadounidenses y la inestabilidad del panorama internacional agravado por la pandemia de COVID-19, las tensiones geopolíticas y otros tantos factores. Mi generación maduró en un país colapsado, con un sistema de salud precario, con niveles de insalubridad alarmantes, sin transporte público, entre apagones interminables, la escasez de alimentos y la falta de agua, sin acceso a la comunicación, a trabajos dignos o a una educación de calidad.
Además, en medio de una de las crisis más grandes de nuestra historia, cuando las estadísticas señalan un empobrecimiento generalizado, nos tocó padecer los niveles de represión popular más altos en la historia del castrismo, la embestida del régimen ante cualquier gesto disidente, un clima de terror impuesto por los órganos represivos y las instituciones judiciales, principalmente, tras las protestas masivas del año 2021.
Mi generación no le debe nada al castrismo, y es una verdad tan asumida como irreparable. No sentimos sino rabia y desprecio. Rencor. Somos la juventud del colapso, la del éxodo más grande en nuestra historia, la de las tantas protestas populares, la que rompió el silencio. Nos tocó la responsabilidad de ser protagonistas activos de un cambio de paradigma para la Cuba castrista y de una transición política que poco a poco suena más cercana.

Social-sismo en Cuba
Ser opositor en Cuba significa soportar la censura, la criminalización y los incontables procesos represivos del régimen. Ser opositor y de izquierdas en Cuba se traduce en invisibilización, moralización, abandono y desprecio por parte de la otra oposición, más visible, mayoritaria, que se reconoce de derechas. En un terreno de exclusiones, donde la posverdad y el sensacionalismo determinan los rumbos hacia el futuro, para alguien como yo no queda más que vivir expuesto a un fuego cruzado. Mi formación política parte de paradigmas dentro de la izquierda radical, principalmente del posmarxismo y el socialismo libertario. Esa es la génesis de mi total aversión al castrismo y mi postura frontal ante su régimen tiránico.
Un régimen político dirigido por una burguesía militar/empresarial, sostenido en prácticas oligárquicas y que instauró un sistema de capitalismo centralizado, burocrático y explotador, no es socialista ni de izquierdas. Un sistema que precariza a la clase trabajadora en beneficio de la élite, que no ofrece derechos laborales, que prohíbe la sindicalización y las organizaciones de militancia independiente, no es socialista ni de izquierda. Un sistema que promueve medidas económicas antiobreras y antipopulares, que no redistribuye la riqueza, que se rige por un modelo jerárquico y vertical, y que no atiende a las necesidades del pueblo, no es socialista ni de izquierdas. Un sistema que pone límites a la participación de las mayorías en la vida política, que no democratiza el acceso al trabajo, la salud, la educación y al ocio nunca será, bajo ningún concepto, socialista ni de izquierdas.
Oponerse al régimen castrista no significa, en ningún sentido, una adhesión automática al capitalismo o a las políticas de Estados Unidos, como vende la propaganda tankie e impone el discurso oficial en la isla. Muy por el contrario, la lectura parte también, precisamente, de una exigencia socialista. La emancipación de la clase trabajadora y los sectores precarizados no puede lograrse sin libertad política, crítica pública y control popular efectivo. Cuba funciona bajo un sistema centralizado y autoritario de partido único en que el Partido Comunista (PCC) se define constitucionalmente como la única fuerza dirigente de la sociedad y del Estado. En este caso, donde la pluralidad queda anulada y todo se rige de modo vertical desde las estructuras del poder político, las matrices fundamentales de cualquier pensamiento emancipatorio —democratización, dignificación, participación— quedan aplastadas por la maquinaria del poder.
En cualquier análisis marxista, la distinción entre socializar la economía y socializar el poder es distinguible. La propiedad estatal, por sí sola, no equivale a propiedad social. Si la clase trabajadora y el pueblo en general no tienen control ni decisión sobre la producción, ni pueden deliberar, organizarse autónomamente, criticar libremente ni sustituir a sus gobernantes, el Estado y sus funcionarios existen como una capa jerárquica separada de la sociedad y no como representantes de los intereses de la mayoría. Desde ese punto de vista, la oposición al castrismo nace también como una demanda de democracia obrera y republicana. Un orden político que impide la organización independiente de sindicatos, medios, movimientos o partidos críticos contradice —con todo el rigor del pensamiento marxista— la aspiración de construir una sociedad justa, equitativa y sin explotación.
El problema no es que exista un «partido comunista», como se repite miméticamente desde muchos nichos del anticastrismo, sino que este monopolice la representación del pueblo. Cuando un partido se declara intérprete exclusivo de los intereses nacionales y populares, y cree poseer la absoluta credencial de legitimidad, toda muestra de oposición o descontento puede presentarse como traición, «mercenarismo» o contrarrevolución. Esa lógica convierte cualquier debate político en un terreno de violencia institucional, donde los de arriba imponen, determinan y castigan. Esto es fundamental desde la tradición marxista, porque las clases y los intereses sociales no desaparecen por decreto, como básicamente intentó hacer el castrismo. Por el contrario, esa pretensión solo consiguió agrietar más las brechas socioclasistas: aumentar el empobrecimiento y crear una clase oligárquica sostenida por una cúpula militar/empresarial/partidista.
Un gobierno que se llama socialista debería permitir el escrutinio público, la organización popular, la democratización de la economía y la disputa horizontal de las políticas públicas. Sin embargo, el castrismo siempre se decantó por la imposición, la verticalidad y la represión ante el disenso. La libertad de expresión, reunión y asociación no son lujos liberales ajenos a la lucha de clases, son instrumentos mediante los cuales la clase trabajadora, los sectores populares y, en general, el pueblo, pueden defender derechos, exigir mejoras laborales, salarios dignos, denunciar abusos, exponer la corrupción, cuestionar privilegios y exigir cambios. Y esos son pilares incuestionables de cualquier meta socialista.
Una política de oposición coherente radica en reconocer todos los factores que precarizan y oprimen al pueblo cubano. Se puede condenar simultáneamente el bloqueo estadounidense y la falta de derechos políticos dentro de Cuba, por ejemplo. No son posturas antagónicas, sino complementarias. Rechazar una intervención extranjera no significa aliarse al régimen. Defender la soberanía cubana no exige identificar al Estado con la nación, con el pueblo. La posición entonces debe ser abarcadora, internacionalista: contra el bloqueo, contra el autoritarismo, por la justicia social, por la pluralidad, por los derechos humanos, por la autonomía sindical, por la libertad y por la participación democrática. Esa crítica no abandona el ideal emancipador sino reclama que deje de ser un lenguaje estatal y se convierta en una verdad incuestionable del pueblo.
Efectivamente, por mi postura marxista, socialista y de izquierdas es que aborrezco y combato el castrismo y su régimen de terror.

Los nietos del nuevo siglo
Soy nieto de la Revolución popular que triunfó en enero de 1959. Soy heredero del pensamiento republicano, democrático y de justicia social que impulsó el levantamiento armado contra la tiranía de Fulgencio Batista. Soy resultado de la Revolución que hicieron mis abuelos y por la que tanto sacrificaron mis padres. El castrismo secuestró el proceso de renovación y dignificación popular más grande que ha visto Latinoamérica.
Limitar la Revolución a un grupo de dirigentes, a una familia política, a una élite militar o a un partido que se atribuyó el derecho de hablar en nombre de toda la nación, es faltar a la historia.
La Revolución fue mucho más que los Castro y la élite del M-26-7, más que las estructuras de poder que se consolidaron después del triunfo, más que el régimen posteriormente impuesto. Fue la expresión de un pueblo frente al empobrecimiento, la corrupción, la violencia institucional, la desigualdad, la falta de libertades, y la muerte. Pero, sobre todo, fue un impulso desbordante en pos de construir un futuro con dignidad. La Revolución se hizo por una Cuba digna, con educación, salud, trabajo y justicia, con participación y equidad. Para acabar con los privilegios de unos pocos y colocar el bienestar colectivo como destino. El pueblo hizo la Revolución.
Quienes lucharon por el cambio entonces no se jugaron la vida para sustituir una dictadura por otra. Quienes luchamos por el cambio hoy debemos aprender de la historia. La Cuba del mañana no necesita caudillos ni más promesas de salvadores mesiánicos. Necesita reconocer su diversidad, sanar las heridas de la división y recuperar la confianza entre los cubanos. Reclamar democracia no equivale a renegar de la Revolución popular de 1959; significa rescatar su impulso original, aquel que aspiraba a una república de ciudadanos libres, justa, horizontal y verdaderamente soberana. La historia de Cuba no pertenece a quienes monopolizan el poder, sino a su pueblo, y será el pueblo cubano quien tenga el derecho y la responsabilidad de construir su futuro.
Hoy nos toca a los nietos de la Revolución cambiar la historia y arrancarla de las garras de quienes la usurparon y pretenden enterrarla en la fosa de su tiránica narrativa.
