Los estadounidenses terminan el verano lamentándose en las gasolineras, donde el creciente precio del petróleo está generando un promedio 4.33 dólares por galón, justo en el momento en que deben llenar sus tanques para llevar a sus hijos a la escuela cada día. Hay una guerra impopular en el Medio Oriente, sin una estrategia clara de salida en el horizonte; las promesas de una victoria rápida han dado paso a la realidad de un empantanamiento militar. Mientras tanto, el índice de popularidad del presidente ha caído alrededor del 30 por ciento cuando su partido necesita mantener una ventaja mínima para seguir controlando ambas cámaras del Congreso.
Estas condiciones serían perfectas para una «ola azul» con la cual los demócratas retomarían el control del Congreso…, y eso fue exactamente lo que sucedió. Estamos hablando del año 2006; George W. Bush es el presidente y la guerra es en Irak. Las elecciones de medio término de 2006 pusieron fin a 12 años de control republicano en el Congreso. En la Cámara de Representantes, los demócratas obtuvieron una ganancia neta de 31 escaños, pasando a controlar la Cámara por 233 a 202 sin perder ningún escaño propio. En el Senado, los demócratas lograron una ganancia neta de seis escaños. La ola demócrata se extendió también a las gubernaturas, donde consiguieron una ganancia neta de seis gobernadores, pasando de encabezar 22 estados antes de las elecciones a 28 después de ellas. Por primera vez desde 1994, el Partido Demócrata terminó unas elecciones controlando simultáneamente la Cámara de Representantes, el Senado y la mayoría de los gobiernos estatales. El presidente Bush declaró los resultados como «una paliza»; un comentario que después repetiría el Barack Obama cuando los republicanos hicieron lo mismo en 2010.
Veinte años después, el presidente Donald Trump y los republicanos en el Congreso se enfrentan a unas condiciones increíblemente similares —guerra, ansiedad económica, elevado precio del petróleo, bajos índices de popularidad—, al tiempo que múltiples encuestas y resultados en las primarias apuntan a una intención entre los votantes de restablecer el sistema de balances eligiendo un Congreso que ponga freno a las peores políticas de Trump. Y ello se suma a altos índices de intención general de voto, pese a las medidas desesperadas del mandatario y sus acólitos para suprimir el sufragio. (De hecho, la Corte Suprema acaba de propinarle a Trump una gran derrota al bloquear por seis a tres su intento de obstaculizar el voto por correo, a menos de dos meses de las urnas).
La historia nos da una guía, pero no necesariamente una receta. Aunque las condiciones sean similares a los momentos citados, e históricamente los votantes castiguen en las midterm al partido en el poder (2006 y 2018 para los demócratas, 2010 y 2014 para los republicanos), predecir resultados electorales es muy difícil. Más importante es analizar el contexto electoral teniendo en cuanta los cambios demográficos, el creciente tribalismo del electorado e, imposible de pasar por alto, la presencia de una figura tan polarizante como volátil de Donald Trump. El presidente, siempre personalista, ha proclamado que el mejor argumento para los republicanos es «háganse la cuenta de que yo estoy en la boleta», mientras analistas consideran que ese es precisamente el talón de Aquiles del partido.
El reto demócrata de producir una ola azul tiene dos requerimientos fundamentales. Primero, sobrepasar su propia baja popularidad, que, si bien ha remontado en los últimos meses, sigue oscilando entre 40 y 45 por ciento en las encuestas, Y, segundo, ser capaces de presentar a los votantes un programa de gobierno enfocado en reducir la inflación, encaminar la economía, y contener los impulsos imperiales de Trump (por ejemplo, tomando el control de la guerra en Irán mediante el presupuesto de defensa), sin basarlo todo en la oposición cerrada al presidente —mucho menos en promesas de castigos como el impeachment. Los votantes han dejado claro que están hartos de un discurso político reducido a la adoración o el odio hacia Trump y quieren alternativas que conduzcan hacia un gobierno normal. (Démosle aquí crédito al liderazgo demócrata que ha evitado dos veces votar en línea partidista sobre una resolución para remover al presidente).
La matemática electoral no favorece a los demócratas en el Senado, donde necesitan una ganancia neta de cuatro escaños para llegar a los 51 que les permitirían romper el voto de desempate del vicepresidente JD Vance. El mapa es especialmente difícil porque, entre los principales escaños republicanos potencialmente competitivos, solo uno está en un estado (Maine) que Kamala Harris ganó en 2024; North Carolina, Ohio, Alaska, Iowa, Texas y Florida votaron por Trump. Por tanto, incluso ganando Maine, los demócratas tendrían que arrebatar al menos tres puestos republicanos en estados que Trump ganó en 2024, al mismo tiempo que defienden sus propias posiciones vulnerables, especialmente en Georgia y Michigan, dos estados que también ganó Trump. Entre ellos, Michigan y la Florida son campos de batalla donde se juzgará si los votantes creen que el Partido Demócrata se ha corrido demasiado a la izquierda. En Michigan, el candidato progresista Abdul El-Sayed mantiene una ventaja en la mayoría de las encuestas, si bien dentro del margen de error. En la Florida, otra candidata progresista, Angie Nixon, está bastante detrás de Ashley Moody, quien sustituyera a Marco Rubio en el Senado.
En la cámara baja es mucho más probable que se produzca un cambio de liderazgo. Actualmente hay 218 republicanos, 214 demócratas, un independiente y dos vacantes: para controlar la Cámara se necesitan 218 escaños. Por tanto, los demócratas necesitan una ganancia neta de aproximadamente tres escaños para recuperar la mayoría, suponiendo que el independiente continúe alineándose con los republicanos, y varias encuestas señalan que alrededor de 50 de los 435 distritos son competitivos en noviembre. En específico, hay varios distritos republicanos ganados por Trump en 2024 donde los demócratas tienen probabilidades claras de arrebatar el escaño, con Marni von Wilpert y Randy Villegas en California, Manny Rutinel en Colorado, Denise Powell en Nevada, JoAnna Mendoza en Arizona y Christina Hines en Michigan. Puesto en perspectiva histórica, esos tres escaños son un umbral pequeño comparado con las últimas grandes olas: los demócratas ganaron 31 escaños republicanos en 2006 y 41 escaños netos en 2018, mientras que los republicanos ganaron 64 en 2010. Así que, incluso, es posible que los demócratas retomen la Cámara de Representantes sin necesidad de una ola azul.
Además de las encuestas y el simple precedente de que el partido de la Casa Blanca suele perder terreno en las elecciones de medio término, hay varios indicadores que muestran un entorno más favorable para los demócratas. Uno es la participación y el entusiasmo de los votantes en las elecciones internas: un análisis del Washington Post de 990 primarias encontró que la participación demócrata aumentó, respecto a 2022, en aproximadamente el 93 por ciento de los sufragios competitivos para la Cámara, frente a 57 por ciento de los republicanos. El otro son las elecciones especiales: según un recuento también del Washington Post, en 110 elecciones especiales, desde enero de 2025, los candidatos demócratas han obtenido un 12.5 por ciento de votos más que Kamala Harris en esos mismos distritos en 2024. Y, por último, y quizá aún más importante, la recaudación financiera también favorece a los demócratas. El respetado Cook Political Report ha registrado que los candidatos demócratas en escaños competitivos han recaudado más que sus contrapartes republicanas, aunque el GOP mantiene una ventaja en la recaudación para los PACs y SuperPACs.
¿Qué pueden hacer los republicanos para detener una eventual ola azul? Los esfuerzos se han concentrado en dos estrategias: aumentar el número de escaños favorables a los republicanos mediante el redibujo de los mapas electorales estatales (gerrymandering), y una campaña de propaganda destinada a pintar a los candidatos demócratas como radicales de extrema izquierda. El plan de redibujar los mapas funcionó a primera vista, consiguiéndose una probable ganancia neta de diez escaños, puesto que nueve estados produjeron mapas propicios al GOP, mientras que los demócratas solo ganaron puestos virtuales en Utah y California. Sin embargo, hay análisis que muestran que esta estrategia no solo no ha dado los resultados esperados, sino que es posible que se traduzcan en ganancias para los demócratas, al haber contribuido a un entusiasmo mayor entre los votantes demócratas de esos estados, decididos a negarles una victoria amañada. La segunda estrategia es tan vieja como efectiva, pero también hay signos de que no está dando los resultados esperados. Por un lado, los votantes identificados como independientes consideran a los republicanos en la era de Trump aún más extremistas que los demócratas —aunque de signo contrario. Por otro lado, la atención mediática que se le ha dado a organizaciones insurgentes como los Socialistas Demócratas ha contribuido a una escalasda de su popularidad. El 59 por ciento de los votantes demócratas se considera simpatizante de la DSA, lo cual, unido a la probada capacidad de organización de los socialdemócratas, el énfasis en temas económico-populistas, y la popularidad de figuras como Bernie Sanders y Ocasio-Cortez, los convierte en una fuerza capaz de movilizar a votantes entre grupos apáticos.
A menos de dos meses de las elecciones, la combinación de mayor entusiasmo y participación demócrata, buenos resultados en elecciones especiales, fortaleza en la recaudación y un número creciente de distritos republicanos competitivos hace plausible una ola azul en noviembre, aunque su magnitud sigue siendo incierta. Pero, de hecho, no es ni siquiera necesaria para un cambio de control en ambas cámaras del Congreso.
Más importantes son las consecuencias para el presidente Trump, quien se ha aprovechado de un Congreso tan sumiso que ha abdicado su responsabilidad constitucional de equilibrar de poder, así como de una Corte Suprema conservadora, aunque no siempre vote a su favor. Perder la Cámara baja obligaría a la Casa Blanca a negociar buena parte de su agenda legislativa y daría a los demócratas el control de los comités, las citaciones y las investigaciones de supervisión sobre su administración, lo cual —dada la corrupción sin precedentes bajo esta administración— resultaría en un empantanamiento político que muy probablemente sobrepase los dos impeachments de su primer mandato. Perder además el Senado tendría consecuencias todavía mayores, porque permitiría a los demócratas bloquear nuevas confirmaciones de jueces y altos cargos durante los últimos dos años de su presidencia, además de un posible voto decisivo para removerlo del cargo. En la era trumpista, que ya dura una década, una verdadera ola azul no significaría solamente una derrota electoral republicana a mitad de mandato, sino un cambio sustancial en el equilibrio institucional que ha permitido a Trump gobernar saltándose límites constitucionales y normas de gobierno.
Eso sí, lo que venga después por parte de los demócratas, y especialmente la reacción de Trump y sus acólitos, podría llevar a un caos aún mayor que el que culminó en la insurrección de enero de 2020.
