Brasil, territorio de la esperanza

Lula ganó la elección a la presidencia de Brasil con el 51,79 % de los votos válidos. Más de 64 millones de brasileños escogieron reelegir al veterano político de 81 años, dedicado a las causas sociales: el nordestino que fue obrero, que no tiene título universitario y que representa la opción por la democracia y la soberanía brasileña frente a un candidato del clan Bolsonaro, que encarna una agenda autoritaria, entreguista y ultraliberal en lo económico. El bolsonarismo no es la derecha democrática y respetuosa del oponente; el bolsonarismo se aprovecha de la democracia para imponer su agenda autoritaria, de odio y falta de empatía, su negacionismo, su desprecio por lo común, su entreguismo y su subordinación colonial en interés de su grupo. La disputa entre Lula y Bolsonaro no fue entre dos visiones discordantes de una sociedad democrática, sino una disputa asimétrica entre la democracia y su propia negación.

La victoria de la democracia en esta elección brasileña, representada en la figura de Lula, tiene una trascendencia histórica de profunda repercusión mundial. No es una victoria personal del que ya es el mayor líder político que América Latina ha tenido en décadas. Es una victoria popular, de aquella parte del pueblo brasileño que decidió hacer frente y frenar la ola de retroceso social y la agenda reaccionaria que arrasa el continente. Es una victoria del sentido común y la idea colectiva sobre el dominio y el monopolio de las big tech. Ganan el multilateralismo y la soberanía, la ecología y la Amazonía, las conquistas laborales, el derecho a la lucha por una educación y una salud asequibles, y la paz social. La lista podría extenderse mucho más, pero, en resumen, se trata de una victoria de la esperanza.

Brasileños celebran la victoria de Lula / Foto: AP
Brasileños celebran la victoria de Lula / Foto: AP

El mundo entero se ha estremecido, la geopolítica mundial se ha tensionado y todos ponen sus ojos en Brasil, en el fenómeno de movilización social que protagonizó el giro electoral, estimuló la conciencia de millones de personas y contagió de esperanza a un mundo amenazado por la inestabilidad internacional, las guerras, las crisis continuas y el aumento insostenible del costo de la vida. Los 64 millones de brasileños que votaron por Lula protagonizaron un hecho cuya repercusión está por venir. Han despertado al genio de la lámpara, que de vez en cuando aparece en los pueblos para sacudirse aquello que los oprime.

No me gustan los símiles de guerra, pero la última vez que la humanidad padeció síntomas de conflictos económicos y geopolíticos y una profunda crisis social muy similares a los que vivimos hoy, se generaron los monstruos que desataron la guerra más sangrienta de la historia humana: se estima que murieron unos 80 millones de personas para que hoy podamos vivir dentro de las normas civilizatorias que emergieron de la posguerra. Quizá exagero, quizá no, pero esta victoria de la democracia en Brasil puede ser el Stalingrado de la intolerancia, de la ultraderecha, del hiperliberalismo depredador y de toda suerte de ideas neofascistas que han prosperado en los últimos años. A partir de aquí es posible darle la vuelta al juego.

Dicho esto, activo mi sentido crítico para analizar lo que está detrás de la euforia triunfalista, más allá de la emoción de la fiesta democrática. Lula no ha sido ungido por el pueblo brasileño: sale de esta elección con una montaña de exigencias y deudas difíciles de asumir. En su discurso de la victoria, Lula admitió que tenía que cambiar su forma de gobernar. Este es el contexto: Lula gobernará con una Cámara de Diputados y un Senado dominados por el PL, partido del bolsonarismo, que tendrá las mayores bancadas en ambas cámaras, junto al PP y otros partidos de derecha y centroderecha, lo que dificultará la famosa gobernabilidad, es decir, la capacidad de consenso y de acuerdo entre los poderes de la república.

El poder ejecutivo, aislado por el brazo legislativo, sentirá la resistencia a las medidas anunciadas por Lula y al aumento del gasto social necesario para cumplirlas. La Cámara y el Senado agitarán las banderas de la responsabilidad fiscal, que solo importa cuando se le exige al enemigo político y que en Brasil está consagrada en ley: el llamado marco fiscal (arcabouço fiscal), que en 2023 sustituyó al antiguo techo de gastos. Harán chantaje con el tema de la deuda pública, que es importante, pero se mantiene por debajo de la deuda de otras grandes economías como Estados Unidos, Japón, Francia, Reino Unido o Canadá. Brasil, a su vez, posee grandes reservas internacionales, de alrededor de 367 mil millones de dólares, que se ven afectadas por las continuas prácticas especulativas contra el real, la moneda brasileña.

La economía es, en lo esencial, economía política. Los datos del día posterior a la elección lo demuestran claramente. El lunes 26 de octubre el dólar llegó a R$ 5,60 (reales) por US$ 1 durante la mañana y cerró en R$ 5,40, cuando en el último día hábil antes de la elección (el viernes 23) había cerrado en R$ 4,99: un aumento desproporcionado, influido por el resultado de la elección. Se trata de un claro ataque especulativo. El Ibovespa, el índice de la principal bolsa de valores de Brasil, llegó a caer ese mismo día un 17,3 % y cerró con una baja del 13,88 %, solo comparable con las caídas de la pandemia. Resultado: pánico en los mercados y desestabilización económica, sin que se hubiera anunciado una sola medida que marcara el camino del nuevo mandato de Lula. Los expertos dicen que esos movimientos violentos son característicos de los períodos electorales, pero en una economía que presenta números positivos de crecimiento, un bajo índice de desempleo y una robusta balanza comercial, resulta cuando menos sospechoso que se produzcan sacudidas tan violentas.

La apuesta de los dueños del dinero estaba hecha a favor de Flávio Bolsonaro. Su famoso tijeretazo anunciaba recortes de entre el 1,5 % y el 2 % del PIB, que obviamente recaerían, en su mayoría, sobre el gasto social. Algunos se frotaban las manos con las expectativas de privatización de las grandes empresas estatales brasileñas, entre ellas los gigantes Banco do Brasil y Petrobras, y con los jugosos contratos que generaría la apertura de la explotación minera a las transnacionales, solo como comienzo del saqueo de las riquezas nacionales. Y eso sin contar la flexibilización de la legislación ambiental para cultivos intensivos, ganadería y explotación maderera, que aumentaría la deforestación de la Amazonía, heriría de muerte a uno de los biomas más importantes del planeta y contribuiría a la aniquilación de los pueblos indígenas que aún resisten, tras más de quinientos años de exterminio y desplazamiento.

Esta es la realidad de intereses detrás de los falsos argumentos y acusaciones con los que el bolsonarismo impulsó su campaña. Ahora Lula tendrá que buscar la cuadratura del círculo: cumplir sus promesas de campaña y, a la vez, respetar los imperativos del mercado para reducir la deuda pública, controlar el gasto en relación con la inflación y bajar la escandalosa tasa de interés que encarece esa deuda, la Selic, que en Brasil alcanza la obscena cifra del 13,75 % y estuvo en el 15 % hasta marzo de 2026. La tasa real de financiamiento al consumo y a la producción puede llegar al 100 % anual o más en el caso de las tarjetas de crédito. Es una tarea hercúlea en el plano económico.

Lula celebra su victoria / Foto: Reuters
Lula celebra su victoria / Foto: Reuters

Lula tiene que traducir su victoria en una mejoría de facto en la vida cotidiana, no solo de los pobres, sino también de la clase media agobiada y precarizada, que es la masa susceptible al descontento que alimenta las filas del bolsonarismo, asociada a un complejo de clase que teme perder pequeños privilegios. Los programas sociales, por sí solos, no bastan ni sustentan la gobernabilidad: la economía del capitalismo periférico brasileño tiene que funcionar con pujanza para que la herramienta de las políticas distributivas pueda ejercer su función de equilibrio social. Esta es la verdadera trampa del sistema, en la que caen una y otra vez los gobiernos populares y progresistas que llegan al poder a través del voto democrático y que tienen que administrar la maquinaria económica del capitalismo, cada vez más autoritaria y concentrada en el poder de unos pocos. El resultado frecuente es el fracaso de esos intentos. Lula ha esquivado con suerte tales obstáculos, pero el bolsonarismo, la polarización de la sociedad brasileña y la necesidad de continuos pactos con partidos de centroderecha que lo alejan de su base electoral han sido el precio a pagar.

Ahora, cuando Lula dice que asumirá otra forma de gobernar y de hacer política, no veo otro camino que la radicalización. Después de tres mandatos y una profunda experiencia política, Lula ha sido sustentado por la parte más sensata y comprometida del electorado brasileño, y su política tiene que volcarse hacia ese pueblo que lo sostuvo como garantía de la democracia y de la esperanza en un futuro mejor. Lula tendrá que oponer la voz de la calle a los ataques de la Cámara y el Senado contra sus políticas; tendrá que escuchar y comunicarse por canales directos con los movimientos sociales, los estudiantes y los pequeños emprendedores precarizados, ejerciendo la compleja democracia del referéndum popular y dejando atrás las amarras de las burocracias partidarias. Su próximo gobierno debe ser el de un frente amplio, que supere la estrechez de los cargos de confianza que hacen cómodo el ejercicio del poder. Por otro lado, Lula no tiene nada que perder: con 81 años, su legado quedará sellado por este último mandato, en el que puede y debe apostarlo todo.

Brasil es hoy el símbolo de la democracia en el sur global, el freno a la doctrina Monroe, y lo que ha sucedido allí es un mal ejemplo para los creían haber desarmado los resortes de la resistencia y de la conciencia popular ante un orden mundial que se ha vuelto cada vez más incómodo e intolerable para la inmensa mayoría. Brasil es territorio de esperanza.

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