Randy Arozarena: el cubano más mexicano

    «Los mexicanos nacemos donde se nos da la chingada gana.»

    Chavela Vargas.

    De camino al cajón de bateo del Chase Field de Phoenix, en Arizona, Randy Arozarena intenta recordar, sin éxito, el nombre de aquel niño que le cambió la vida una mañana calurosa de inicios de los 2000. Se pregunta, además, qué será de su vida. Si logró convertirse en pelotero o si ahora vive en España o en Estados Unidos, o si se habrá quedado en Arroyos de Mantua, aquel pueblito pinareño donde el mar y el surco se han disputado, de una u otra forma, el sudor de sus habitantes. A lo mejor ese niño, por no desvincularse del deporte, da clases de educación física en una escuela o entrena muchachos que tampoco desean ser absorbidos por los botes y los sembrados. Quizás es un entrenador competente y ofrece buenos consejos: hasta dónde adelantar la pierna para que la cadera gire bien y el swing sea perfecto, o en qué ángulo debe estar el codo para que el golpe a la bola sea más fuerte y evitar lesiones, o no faltar jamás a un encuentro porque, nunca se sabe, puede llegar un extraño y robarse tu futuro. Un consejo así sería injusto, piensa Randy, porque si bien aquel niño influyó sin querer en lo que sería su vida, también lo hicieron el índice indiferente de su profesor, las olas de cinco metros que se apiadaron de la barca que años después abordó casi con los ojos cerrados de tanto miedo, y sus brazos fuertes, oportunos y agradecidos. El destino solo da unos pocos empujoncitos hacia la buena fortuna. Lo demás, aprovechar el impulso, es cosa de uno. Y él, Randy Arozarena, lo aprovechó.

    La historia de lo sucedido aquella mañana calurosa de inicio de los 2000 comenzó en el right field del terrenito de beisbol de Arroyos de Mantua, que era el único espacio con césped cortado del pueblo. En esa zona, sin nada que la delimitara del resto del campo, entrenaba el improvisado equipo infantil de fútbol de la localidad cuando el plantel de beisbol no lo hacía o realizaba rutinas que no implicaran batear muy lejos la pelota. Dentro del mismo estadio, más parecido a un potrero que a una zona de entrenamiento, compartían espacio las aspiraciones de una banda de chiquillos que buscaban jugar en la Serie Nacional y las de otra que soñaban con competir en las ligas de fútbol europeas. Es decir, el pasatiempo nacional, con la correspondiente carga simbólica y patriotera que le confería más de un siglo de hegemonía en el país, junto a un deporte extranjero y sin referentes en el patio, que recién comenzaba a ganar seguidores entre los cubanos. 

    Randy, el mayor de los tres hermanos Arozarena, hijo de una familia negra y relativamente pobre de la región más noroccidental de la isla, por aquel entonces pertenecía a ese segundo grupo, pequeño todavía, que apreciaba la elegancia y la picardía de una gambeta más que el ajuste milimétrico y la velocidad de un lanzamiento.

    La mañana en cuestión, Randy jugó con sus compañeros como siempre, imaginando que el estrecho right field era un Santiago Bernabéu abarrotado y que él, atacante y fanático del Real Madrid, era uno de los «galácticos», específicamente Ronaldo Nazário, El Fenómeno, su primer ídolo de la infancia. El juego se detuvo cuando el profesor de fútbol ordenó que formasen en fila. Junto a él estaba el entrenador de beisbol sudado, ansioso. «La cosa es que tenemos una competencia hoy con otro municipio y me faltó un jugador, así que necesito a uno de los tuyos para completar el equipo. No hace falta que sea bueno ni nada. Es solo para que haga bulto, dijo». El profesor de fútbol, dispuesto a corresponder al favor de dejar a sus muchachos entrenar sobre un trozo de césped en vez de condenarlos al asfalto caliente de algún parque, movió el índice al azar y lo detuvo justo frente a Randy. ¿Este te sirve? Sí, ese mismo. Da igual.

    Apenas jugó en aquel partido. Sin embargo, el entrenador quiso darle una oportunidad. Nadie esperaba nada de él, que se suponía que fuera mejor con las piernas que con los brazos. Tú solo pónchate y dale paso al siguiente, debieron decirle. Pero Randy caminó confiado al cajón de bateo, agarró el mazo de madera y golpeó la bola con tanta fuerza que la envió a donde ninguno de los jardineros alcanzaba, justo como haría muchos años después en el Chase Field de Phoenix, en Arizona.

    ***

    Randy Arozarena / Foto: Times

    La pelota se aleja por el left field y cae más allá de la cerca, en el mismo lugar donde hace apenas unos minutos la mandó un batazo espectacular del colombiano Reynaldo Rodríguez. El público del Chase Field se levanta para ovacionar a Arozarena, el número 56, por haberle respondido de una manera tan elegante y contundente a la selección de Colombia. Hay empate al finalizar el quinto inning: 3-3. Randy recorre el campo con una risa de oreja a oreja hasta llegar adonde sus compañeros de equipo, que lo reciben con abrazos y palmadas, y le colocan en la cabeza un excéntrico sombrero de charro con lentejuelas para que todos vean que este muchacho de 29 años es cubano, sí, pero también más mexicano que el mole y el nopal. 

    Nada de eso hubiera sido posible sin aquel video que hace unos meses, en 2022, Randy subió a sus redes sociales, donde suele ser muy activo y ya supera los 231 mil seguidores en Facebook y los 723 mil en Instagram. No era un video cualquiera, como los de sus jonrones o esos en los que se muestra a sí mismo entrenando de forma poco ortodoxa, golpeando con una mandarria una gigantesca cámara de rastra, sudoroso, confiado en la recompensa de ese sudor, como el personaje de Stallone en la mítica secuencia de Rocky. Esa vez, frente a su celular, rogó a sus fanáticos que intercedieran por él ante el presidente de la república para que le otorgara la nacionalidad mexicana. «Tengo una hija que nació aquí. Esta es la tierra de mi niña, dijo». Y también: «Me gustaría representar a México en el Clásico Mundial. Es lo único que quiero».

    Randy suplicaba por una oportunidad para saldar la deuda que creía haber contraído con este país hace siete años, cuando ni siquiera soñaba con ser uno de los peloteros más prometedores de la MLB. México, en su cabeza una tierra con alma, le había acogido como a un hijo adoptivo, pero aún no le daba su apellido. De manera que Randy se sentía de aquí y a la vez de allá, de la isla, y también de ninguna parte. Le faltaba una raíz para aferrarse a algo que no sabía bien qué era, pero que necesitaba.

    Su súplica llegó a oídos del presidente Andrés Manuel López Obrador, quien, en uno de sus programas matutinos, haciendo alarde de su frecuentemente caprichosa manera de dirigir el país, resolvió el asunto. «Le vamos a pedir a Francisco Garduño, que es el director de Inmigración, que entre en comunicación con él y lo vea. A mí, que me gusta el beisbol, les puedo comentar que tenía mucho tiempo que no veía a un bateador tan efectivo como Arozarena», dijo antes las cámaras. López Obrador parecía entonces no solo estar cumpliendo los deseos del cubano, sino también un capricho personal. Mientras en el resto de los mexicanos el fútbol despierta desde las más bellas pasiones hasta las más terribles y violentas, al presidente, el líder más atípico que se ha permitido el sistema político gatopardista del país, le puede valer madres el Mundial de Qatar porque su deporte favorito es el beisbol. 

    Cuando decidió nacionalizar a Randy Arozarena, el presidente estaba lejos de imaginar que había cambiado la historia del beisbol de México, que históricamente ha contado con tantos peloteros estelares como con pobres resultados en competiciones internacionales. Aunque, de momento, todo sigue igual. No hay indicios de que en este Clásico Mundial los mexicanos logren burlar la infranqueable maldición de la derrota. Al cierre del décimo inning, y a pesar de haber dado un buen juego, Colombia sentencia su victoria por un marcador de 5-4.

    ***

    Durante su infancia, Randy aprendió a dividir el tiempo en dos. Con precisión quirúrgica separó las horas que pasaba en el terrenito del pueblo pateando balones de las que compartía en el cajón de bateo junto a su hermano Raiko, que siempre tuvo claro que quería ser pelotero y, por azares del destino, terminaría siendo el mejor guardameta del país.

    En esa época Randy parecía un adulto en el cuerpo de un niño. En las fotos familiares se mostraba siempre muy serio, con los labios apretados, el mentón alto y la mirada desafiante. No importaba que llevara un gorro de cumpleaños en la cabeza y una cornetita de cartón en la mano, ni que a su lado Raiko y Ronnie sonrieran con inocencia, felices. La estampa de Randy era, invariablemente, la de un púgil envalentonado y con ganas de comerse el mundo, como un Kid Chocolate en miniatura, pero más circunspecto. 

    Todavía no cumplía los 15 años y ya tenía prisa por definir su futuro. Estaba claro que no se iba a dedicar a otra cosa que a hacer goles o jonrones. ¿Pero cuál?

    Finalmente, se decidió por el beisbol, el deporte más valorado en Cuba, con el que pensaba sacar a su familia de la pobreza. Del fútbol le quedaría la capacidad de correr a toda velocidad y burlar a los rivales sin ser atrapado, con la que años después lograría imposibles robos de base; y también su amor por el Real Madrid, aunque el pedestal de Ronaldo Nazário terminará siendo ocupado por otro Ronaldo, el portugués. Por esos tiempos, además, comenzó a seguir la carrera deportiva de un muchacho de veintipocos años que entonces defendía la camiseta del equipo de Sancti Spíritus y que se volvería otro de sus ídolos: Yuliesky Gourriel.

    A golpe de entrenamiento, Randy logró establecerse como un jugador clave dentro del equipo juvenil de beisbol de Pinar del Río. En casa, donde alguna vez esperaron que fuera médico, ingeniero o cualquier otra cosa, lo aceptaron sin peros. Jesús Arozarena, el padre, que trabajaba de administrador en un abandonado y nada glamuroso club social de la costa, nunca supo de qué rama de la familia sacaron sus dos hijos mayores el talento deportivo, porque esas cosas se llevan en los genes y él ni siquiera era del tipo de cubano que en las noches seguía la Serie Nacional desde el televisor. No obstante, siempre buscó algo de tiempo para ir a verlos jugar, al menos en los partidos importantes. 

    Randy no habrá de olvidar nunca, ni siquiera durante los momentos más felices de su vida, aquella tarde en que su padre entró al estadio mareado y con la mirada perdida. Jesús solía llegar antes de que iniciara el encuentro de turno. Ambos practicaban su rutina de abrazos y dales duro, campeón, y claro que sí, papá, hoy la voy a botar del estadio, pero esa tarde no fue así. Randy le preguntó por qué la cara tan pálida. Le dijo que si no era mejor que se fuera a casa, que ni siquiera era un juego decisivo. Pero el padre eligió quedarse y le achacó el malestar a un plato de arroz y langosta que había comido antes de salir. Retortijones de estómago. Boberías, dijo. Minutos después, Jesús Arozarena se desplomó. Murió de un shock anafiláctico antes de que una ambulancia pudiera llevarlo al hospital más cercano. Para una familia negra y pobre, aun viviendo en un pueblo pesquero, la langosta era un alimento de lujo, de una sola vez en la vida. Quizás por eso el padre de Randy nunca supo que era alérgico a los mariscos.

    Randy Arozarena en Cuba / Foto: Wikipedia

    Con la muerte de Jesús empeoró la situación económica de los Arozarena. La mayor parte de los ingresos de la familia venía entonces de Randy, que ya había jugado una Copa Mundial de Beisbol sub-15 en 2011 y una Copa Mundial sub-28 en 2013, donde Cuba se llevó la medalla de bronce. Aunque sus números eran buenos, estaban todavía muy lejos de augurar un futuro prometedor. El tiempo pesaba sobre él. Cada noche le resultaba tortuosa porque significaba el fin de otro día sin que pudiese demostrar su potencial, todo lo que creía poder dar sobre el terreno. Volvió a la ansiedad de su infancia y las malas rachas se convirtieron en su mayor temor, uno del que nunca podrá desembarazarse a pesar de los éxitos y de la pose de confiado, y hasta de engreído a veces, que aprenderá a mostrar ante las cámaras. La prisa por ser aquello a lo que siempre se creyó destinado le hizo tomar la decisión de emigrar. Él y su familia ahorraron para contactar con gente del mundo del beisbol en México que lo llevara a Estados Unidos, así como para pagar un viaje en lancha hasta las costas de Yucatán. Entonces le juró a su madre y a sus hermanos que jugaría en Grandes Ligas y que después vendría vuelto millonario a sacarlos a todos de Cuba y de la miseria, dos sustantivos que para él ya resultaban tan inseparables como intercambiables. 

    Muchos años después, Randy Arozarena habría de recordar en una entrevista lo que pensó la noche en que partió de Cuba. Se tomó su tiempo antes de subir a aquella lancha sobrecargada de migrantes que lo esperaba en un trozo de costa deshabitada de Pinar del Río. A esas horas, con la oscuridad, el mar se le hizo más inmenso que nunca, como si en vez de terminar en el horizonte se hubiese doblado y extendido hasta tomar el cielo. Y dime, Randy, ¿qué pensaste cuando decidiste tirarte al mar y abandonar Cuba? Me dije: es mi vida o la de mi familia. Y me la jugué.

    ***

    La selección de México ha comenzado el Clásico Mundial con el pie izquierdo y no puede darse el lujo de otra derrota. Sin embargo, todo apunta a un adiós temprano. Su nuevo rival, Estados Unidos, es uno de los favoritos indiscutibles a llevarse el trofeo. 

    Hombre por hombre, Estados Unidos es superior. Cada uno de sus jugadores se conocen muy bien y llevan años compitiendo juntos o entre sí en la MLB. Los de México, aunque son todos excelentes peloteros, apenas han convivido cuatro días. Las probabilidades ya tienen su ganador. Pero qué es el deporte si no la apuesta a la posibilidad remota, al desenlace inesperado. Entre los jugadores de México, no obstante, hay química, complicidad alegre que toma forma en cosas como, por ejemplo, la entrega colectiva a la fe en las «botas del poder», un ritual totémico que Randy popularizó entre sus seguidores y que va de creer que, si se pone un par de botas altas de cuero justo antes del partido, la victoria está garantizada.

    En uno de sus turnos al bate, Randy le extiende uno de sus puños a Will Smith, el cátcher del equipo gringo, un viejo conocido de las Grandes Ligas que ahora juega para los Dodgers. Smith, sin embargo, rechaza el saludo y exige que se concentre en el juego. Las cámaras enfocan la escena, que se convertirá en las más comentada del partido. Los narradores hablan, cada uno en su idioma, del gesto grosero del estadounidense. Un gesto fronterizo como el Río Bravo. La toma adquiere de inmediato muchos significados: es la ética protestante que, según Weber, dio forma al espíritu del capitalismo industrial vs. el carácter generalmente afable y familiar del ser latino; la mentalidad competitiva del gringo históricamente triunfador vs. la pasividad del latinoamericano históricamente jodido; el «yo soy el mejor» vs. el «que gane el mejor»; y más: los articuluchos incendiarios de William Walker vs. algún poemita insuflador de orgullo latinoamericano de Benedetti; la Doctrina Monroe vs. la Gran Colombia; Adams vs. Bolívar. 

    El roce entre Smith y Arozarena enciende también el nacionalismo de muchos mexicanos que no olvidan que fue su vecino quien les robó hace más de un siglo la mitad de sus tierras, el mismo vecino que ahora los somete a una agenda neoliberal que impide el desarrollo del potencial económico del país. El gesto del gringo es un dedo con sal hurgando en viejas heridas abiertas. Por eso, cuando Randy batea un doble al center field, y luego otro al left field que permite dos anotaciones, el juego se siente como la guerra que nunca ganó México y se celebra como si los territorios de California y Texas no fueran ya más «del norte», sino «norteños».

    El partido concluye con un inesperado 11-5 a favor de México. Mientras, en la sede del gobierno mexicano, López Obrador habla de Randy Arozarena como de un héroe nacional, uno que, nadie lo olvide, él permitió.

    ***

    Las aguas tranquilas de la costa ya en altamar se volvieron salvajes e impredecibles. Olas de cinco metros intentaban volcar la lancha, que amenazaba con despedazarse por la proa. La oscuridad reforzaba la incertidumbre de los navegantes. Pero, contra todo pronóstico, la embarcación resistió. Excepto por unas pocas horas de retraso, todo salió de acuerdo al plan. Mareados y empapados de agua salada, Randy y el resto de los migrantes tocaron tierra firme en Islas Mujeres, Yucatán, una zona turística y llena de hoteles de lujo, muy cerca de Cancún.

    Quienes le ayudaron a salir de Cuba lo presentaron a varios entrenadores de Mérida, los cuales le ofrecieron pasar una suerte de cuarentena en la que se prepararía físicamente, no fuera a ser que se oxidara ese talento del que tanto habían oído. No es que dudaran de su potencial como pelotero, pero primero debía exhibirse, como en una vitrina, hasta que alguien se interesara en comprarlo.

    Randy llamó la atención de varios conjuntos del país, por los que desfiló brevemente hasta caer en la plantilla de los Mayos de Navojoa (Sonora), un equipo profesional de la Liga del Pacífico mexicana sin más palmarés que dos campeonatos (1979 y 1990) y nueve subcampeonatos, aunque estos últimos solo le hacían una suerte de Sísifo del beisbol mexicano. 

    En los Mayos ganó fama de tipo alegre y dado a la cábala, algo que agradó mucho a los aficionados. Sobre el terreno actuaba confiado, como brujo que se sabe protegido por un sortilegio imbatible, el de sus botas. Su ritual comenzó cierto día en que se quiso probar un par de botas altas de cuero, que traía uno de sus compañeros en los pies, parte esencial del atavío clásico norteño. No le quedaron, pero igual posó con ellas para unas fotos. Durante el siguiente encuentro no hubo lanzamiento que pudiera esquivar su swing. Fueron las botas, dijo él, y las convirtió en su amuleto. En cuestión de semanas, los seguidores de los Mayos aceptaron el culto a estas «botas del poder» que, se suponía, estaban bendecidas de buena vibra. La suerte, sin embargo, se agotó, y Randy, como era de esperar, culpó al calzado. Como la energía de las baterías, la fortuna de los talismanes disminuye hasta desaparecer, explicó luego, así que debía probar con otras botas prestadas hasta dar con la correcta, porque, eso sí, para que la magia funcione deben ser de otro.

    Para integrarse en México, Randy recurrió a todos los clichés nacionales a su alcance, desde salir al terreno con máscaras de lucha libre hasta ofrecer entrevistas con un sombrero de charro en la cabeza. La gente percibió su esfuerzo y se lo tomó con gracia, al punto de dedicarle desde las gradas un cántico popular que, en este país, viene a ser la credencial de ciudadanía otorgada por el pueblo: «¡Randy, hermano, ya eres mexicano!» A pesar de la buena aceptación de su juego, los resultados no fueron los esperados. Randy brilló en los Mayos, pero no lo suficiente como para darle un campeonato a su equipo. Eso hizo que reaparecieran los temores y las prisas de siempre, que no duraron mucho, pues poco tiempo después le llamaron para firmar por un equipo de Grandes Ligas. 

    Randy escribió su nombre sobre un papel que, de momento, lo ataba a los Cardinales de San Luis, y acto seguido se hizo de 1.25 millones de dólares. Había pasado entonces un año y tres meses desde su desembarco en las costas de Isla Mujeres.

    El talentoso joven negro, pobre y huérfano de padre que un día se jugó la vida en el mar para alcanzar sus sueños comenzaba a cosechar los resultados de su sacrificio. Contada de esta forma, la historia de éxito de Randy Arozarena se volvía de golpe el cliché de las historias de éxito, un guion de telenovela de Televisa, tanto así que, pocos años más tarde, el relato llegó a las oficinas de la productora de Wonder Film, que ya agendó una posible adaptación cinematográfica sobre su vida. Pero todo es real, todo, incluso el happy ending y la promesa cumplida de volver, ya millonario, a sacar a su familia y a sus amigos cercanos de Cuba y de la miseria.

    Randy Arozarena / Foto tomada de Twitter

    ***

    A duras penas México consigue una victoria de 2-1 ante Gran Bretaña en lo que se suponía un partido fácil. Ben Gil, el manager, teme que la embriaguez del éxito ante Estados Unidos haya levantado los ánimos de sus jugadores al punto de volverlos imprudentes. El equipo se rearma de seriedad y regresa al terreno, esta vez contra Canadá. Randy vuelve a vestirse de héroe para la ocasión y manda dos dobles al left field, consigue una base por bolas e impulsa cuatro carreras. Su fildeo también es impecable. La victoria de los mexicanos (10) sobre los canadienses (3) es apabullante. El siguiente encuentro es frente a Puerto Rico, un país caribeño donde se respira beisbol, toda una potencia, aunque dormida, de este deporte. El partido es reñido. Randy consigue dos bases por bolas y alcanza a mandar un sencillo, como siempre, al left field. México gana con un marcador de 5-4.

    La novena mexicana, ahora sí, se gana la atención de todos los mexicanos, incluidos aquellos que no siguen este deporte. Jamás una novena nacional ha alcanzado las semifinales en un Clásico Mundial. La posibilidad de ganar el torneo está más cerca que nunca, casi al alcance de la mano. Mientras el fútbol no se recupera de una decepción para causar otra, el beisbol coloca al país en lo más alto de un top que no sea el de las nefastas listas de las ciudades más homicidas del mundo o de los países donde más periodistas y defensores del territorio son asesinados. 

    Ahora se sueña en grande aquí, y en gran medida gracias al cubano, que ha sido el elemento aglutinador de este equipo tan variopinto. Randy contagia su carisma. La gente adora verlo embasarse y cruzar los brazos en una impostada pose desafiante que luego se derrumba con su amplia sonrisa infantil; y también verle en sus pies las «botas de poder», que dé autógrafos y que, en pleno juego, le devuelva los aretes que se le cayeron al terreno a una señora en las gradas. El público aplaude lo ufano y jactancioso que se muestra en las entrevistas cuando dice que todo lo que tiene se lo debe a Dios y, en especial, a él mismo, que para algo se levanta a entrenar muy duro cada día. Y le ríen sus chistes, como aquella vez en que una periodista le preguntó, muy poética ella, qué llevaba bajo el uniforme que lo hacía dar siempre lo mejor de sí, y él, después de hurgar dentro de la camiseta, fingiendo estar decepcionado, dijo: «Por lo que veo, nada». Randy hizo como que no había secreto alguno, pero lo hay, solo que no se trata de algo escondido. Basta verlo jugar para reconocerlo, para saber que, si bien antes de cada partido lo consumen los nervios, ya sobre el terreno deja de ser el pelotero profesional, la estrella de Grandes Ligas, y se vuelve un niño cualquiera, de los que juegan al taco en una calle, alegre, sin más compromiso que el de pasarla bien.

    «San Randy Arozarena», reza un letrero sobre una estampita de Judas Tadeo, patrón de las causas perdidas, cuyo rostro ha sido cambiado por el del número 56 del equipo nacional. La imagen se vuelve viral en redes sociales, tanto como ese otro montaje en el que alguien retiró a Benito Juárez para poner en un billete de 500 pesos la cara del «cubano más mexicano», que es como han comenzado a llamar a Randy en el país.

    ***

    En agosto de 2019 fue promovido de las ligas menores de los Cardinales a Grandes Ligas, y apenas unos meses después fue parte de un canje entre su equipo y los Tampa Bay Rays. Si alguna vez lo apesadumbraron las demoras, ahora podía a duras penas adaptarse a la velocidad con la que los éxitos y las buenas noticias se acumulaban en su carrera. 

    Con los Tampa Bay Rays sintió por primera vez que daba lo mejor de sí. El estilo de los entrenamientos y, en general, del juego en Grandes Ligas le permitían explotar al máximo su rendimiento y hasta atreverse a probar su audacia sobre el terreno. Sus batazos fuertes y oportunos le hicieron ganarse la admiración de los seguidores del equipo, tanto como su habilidad para robar bases y lanzarse en carreras cortas, atrevidas y desequilibrantes incluso para alcanzar el home a espaldas de los pitcher. Su debut fue inmejorable. En la Serie Mundial rompió el récord de jonrones en una postemporada y superó la marca establecida por el legendario beisbolista Derek Jeter de más hits conectados también en una postemporada. Además, obtuvo el MVP en la Serie de Campeonato de la Liga Americana, lo que lo convirtió en el primer novato en obtener este reconocimiento. 

    En México se hizo de una mansión de ensueños, donde viven su madre y su hermano menor. Desde ahí, a veces, Randy convoca sorteos entre sus seguidores, a quienes premia con los uniformes, bolas y guantes que suele guardar como recuerdo en sus partidos. Solo un episodio parece manchar su meteórica y hollywoodense historia de éxito. Sucedió en 2020, cuando fue detenido durante unas cuántas horas por las autoridades policiales de Mérida, Yucatán, por violencia doméstica. Los hechos nunca quedaron claros, aunque varios medios locales aseguraron que el pelotero intentó llevarse a la fuerza a su hija, cuya custodia pertenecía a la madre. La exesposa decidió no presentar cargos y el asunto fue olvidado por la prensa de este país que ha llegado a registrar 11 feminicidios diarios y donde la impunidad de los homicidios alcanza un insultante y espantoso 99 por ciento. 

    También la prensa, ahora que es famoso, insiste en mencionarle Cuba. Los periodistas buscan la pregunta incómoda y la respuesta polémica que les permita construir un titular sensacionalista. Randy, por su parte, se limita a decir que no está de acuerdo «con las cosas de allá». Mantiene una distancia prudente de los asuntos políticos, no tanto porque estos no le interesen o porque prefiera mantenerse al margen de la polarización para evitarse enemigos. La manera en la que habla de Cuba responde únicamente a la idea que tiene de su país, que para él resulta solo un escenario más del relato de su vida, un lugar del que se marchó sin odios ni nostalgias, donde no podía ser su mejor versión. En una canción de trap que grabó hace unos meses con un grupo de amigos, sin otra intención que divertirse y alabarse a sí mismo, la isla, entendida como un opresivo trozo de tierra en medio del mar, es mencionada como parte de un pasado anecdótico. Sin embargo, Cuba, entendida como la matriz de su identidad cultural, resalta en cada línea.

    «Yo ya llegué./ Salí de Cuba en una lancha y coroné,/ los santos me dijeron que yo estaba iré».

    ***

    Randy va al hotel donde se hospeda el equipo Cuba y se reúne con los jugadores de Pinar del Río que conoce de su tiempo en las inferiores provinciales. El encuentro es agradable, pese a que no es precisamente el mejor momento para una visita así. Mañana los cubanos enfrentarán a Estados Unidos en la semifinal y no es poca la presión que sienten por ello.

    El equipo Cuba lo tiene difícil. La derrota ante México no desanimó a los gringos, que siguen siendo los favoritos a llevarse el título. Por otro lado, desde la isla, los cubanos sienten la presión de ganar lo que en las mentes obtusas de los capitostes ideológicos del régimen se entiende como algo más que un juego de pelota. El reflejo invertido de esta presión sucede en Miami, sede del encuentro, donde una parte de la comunidad de cubanos exiliados aspira a posicionamientos políticos a la vez que se opone a la decisión de algunos peloteros emigrados de representar a su país. El equipo Cuba parece disputado como objeto de propaganda desde ambas orillas, aunque esta pugna por la instrumentalización política ya está ganada de antemano. En la isla la existencia del llamado Team Asere ha intentado borrar con relativo éxito décadas de proscripción sobre los peloteros emigrados y le ha servido al dictadorcillo de turno para imaginarse líder de masas y convocar actos de apoyo al equipo y, de paso, forzar a un olvido momentáneo de su administración incapaz, violenta y corrupta. El exilio, por su parte, reclama y espera por un gesto de insubordinación, y a la vez es consciente de que esto no ocurrirá, de manera que todas sus expresiones terminan por tributar a esa frustración. 

    A Randy estos temas no le interesan. De adolescente soñó con representar a Cuba en Clásico Mundial, pero entonces no sabía de su país lo que sabe ahora. Además, ya es tarde para pensar en presentes alternativos; lo fue desde la noche en que subió a una lancha rumbo a México para reinventarse en otro lugar. Pero ni siquiera así puede librarse de quienes le exigen posicionarse. 

    ¿Y tú eres de Patria y Vida?, pregunta un periodista. 

    Randy Arozarena, con una sonrisa de oreja a oreja, como si le hubiesen contado un chiste, da una respuesta desconcertante que se confunde entre la ingenuidad y la genialidad: 

    «Yo soy de Patria y Vida, y de Randy y vida, y de siempre vida porque, si nos morimos, nos vamos del parque».

    En el hotel, no les aconseja a sus amigos que emigren, que «se queden». Tampoco los desalienta. Pero sí les pide que ganen, a ver si, con suerte, puede enfrentarse a ellos en la final. 

    Cuba pierde. Estados Unidos le propina al Team Asere una paliza que el régimen en vano intenta vender como un triunfo. «Victoria moral» es el término que usa, uno que la neolengua castrista patentó para blindar contra la vergüenza sus derrotas y fracasos. 

    Varios periodistas le preguntarán a Randy por este partido. Él se limitará a decir que, aunque no lo deseaba, la eliminación del Team Asere era inevitable. El beisbol, dirá también, es algo más que reflejos, fuerza y agilidad, y que el juego de Cuba, aun con sus refuerzos de peloteros profesionales, es obsoleto y poco puede hacer frente a beisbolistas adaptados a las dinámicas y las condiciones de entrenamiento de Grandes Ligas. 

    Mientras el equipo Cuba se prepara para lo que será su peor partido en el Clásico Mundial, Randy Arozarena dice frente a las cámaras estar seguro de la victoria de México sobre Japón. Se muestra demasiado confiado, incluso imprudente. Le preguntan por sus estadísticas en el torneo, que sin dudas son excelentes, pero afirma no estar al tanto de eso, que cada juego es para divertirse y no para pensar en cifras. Le preguntan también por sus rivales de hoy, si ha estudiado la manera de acertarle a los potentes e impredecibles lanzamientos de Roki Sasaki, el virtuoso pitcher japonés al que se enfrentará. Pero Randy dice que no suele hacer eso de estudiar a sus rivales, que ya sabe que está mal, pero qué se la va a hacer. 

    El juego de México contra Japón es, quizás, el más emocionante y reñido del torneo. Sasaki domina a Arozarena, que a la ofensiva logra solo un doble al right field y una base por bolas. Sin embargo, su destreza brilla a la defensiva, sobre todo en el instante en que, de un salto, atrapa una bola que parecía ir inevitablemente fuera del campo. Su aterrizaje, pelota en guante, es intencionalmente épico y despierta las esperanzas de México de jugar una final. Pero ni las «botas del poder» ni el sombrero de charro que lució antes del partido ni su destreza para dominar el left field salvaron a su equipo de la derrota; una que supo a victoria y selló lo que es el mayor logro de una selección mexicana de beisbol.

    Acabado el Clásico Mundial para México, Randy Arozarena, con un merecido lugar en el All Star del torneo, sigue cosechando éxitos en la MLB y recordando, cada vez que camina confiado al cajón de bateo, la historia que comenzó en Arroyos de Mantua una mañana calurosa de inicios de los 2000.

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    Darío Alejandro Alemán
    Darío Alejandro Alemán
    Nació en La Habana en 1994. Periodista y editor. Ha colaborado en varios medios nacionales e internacionales.
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