Tengo una amiga en Gaza

    Yo no sabía que tenía una amiga en Gaza. En los perfiles de Facebook de los rescatistas de animales callejeros, los perros y gatos son siempre los protagonistas. Donde quiera que vivas los casos son muy semejantes: animales encontrados en estado deplorable que florecen bajo los cuidados de personas a las que nadie paga por hacer este servicio. La mayoría son mujeres, y hay de todas las edades.

    Antes del 7 de octubre de 2023, yo no sabía que Maryam Hasan rescataba gatos discapacitados por los ataques israelíes. Entonces leí un post donde decía que les están lanzando bombas de fósforo blanco, prohibidas internacionalmente. Busco en Google y me entero de que estas producen quemaduras graves y también heridas en los pulmones cuando se inhalan.

    Nunca he presenciado una guerra. Apenas he escuchado en vivo la detonación de disparos. El sonido siempre me resulta sobrecogedor, paralizante. Jamás he visto estallar una bomba, excepto en audiovisuales.

    Pienso en mis gatos, que lo son todo para mí. Por ellos no he abandonado esta isla, a pesar de vivir casi proscrita, en un insilio interminable. Por ellos he cubierto con mallas puertas y ventanas, y gracias a una amiga hasta instalé en el balcón una transparente, que permite ver esa franja de mar sin cuadricularla.

    Maryam también vive para sus gatos. Por ellos no abandona su casa, que puede ser demolida por un misil israelí y convertirse en su tumba. En esa ciudad que llaman «la prisión más grande del mundo al aire libre», estos seres indefensos, que prodigan el amor más autónomo, se han convertido en sus hijos.

    Empiezo compulsivamente a buscar información sobre el conflicto entre Israel y Palestina. Recuerdo a un poeta chileno, quien hace años me contó lo que implica que te roben tu país, te saquen de tu casa, te conviertan en un paria dentro de tu propia tierra. Abro YouTube y solo hablan de terroristas de Hamas y de una guerra entre dos ejércitos iguales. Mi hijo me sugiere un buscador neutral, que no esté condicionado por algoritmos parcializados.

    Una amiga argentina me comparte videos donde se ven palestinos entrando a hospitales, cargando cuerpos de niños cubiertos por cenizas y sangre. La náusea se junta con las lágrimas mientras lo comparto en mi muro, e inicio un recorrido que parece inverso: muchos de mis amigos han cambiado su foto de perfil por la bandera de Israel.

    Atacan mi post. Me atacan por Messenger, me preguntan si me volví comunista. ¿Acaso no sabes que el gobierno cubano defiende a Palestina? ¿Y eso qué tiene que ver? También el discurso oficial utiliza a Martí hasta la saciedad. Y al apóstol lo venera el exilio más anticastrista.

    «Estás defendiendo a terroristas», me escribe un amigo exiliado en Holanda. «Esa gente pone a sus hijos de escudos para protegerse de los disparos». ¿En verdad alguien se puede creer eso? Mira los videos, mira cómo corren, cómo sufren por sus bebés. Son padres excelentes, me dice mi amiga argentina, ni siquiera si son pobres los dan en adopción. Ojalá yo pudiera adoptar a alguno de esos huérfanos, ay, me encantaría, pero no hay convenios de adopción entre nuestros países.

    Mi amigo exiliado en Utah me comenta en un tono muy serio: «Si estuvieras con esa gente, ya te habrían matado solo por cómo piensas». ¿Y cómo pienso yo? ¿Qué me haría tan terrible? ¿Que no he leído el Corán? ¿Que no creo necesario cubrirme la cabeza?

    Pasan los días y Maryam no publica. Los amigos llenan su biografía con preguntas, con una angustia cada vez más desesperada. Todos son rescatistas, protectores de unos seres que la sociedad desestima en tiempos de paz, y en ambientes bélicos no valen nada. Ni siquiera se incluyen en las estadísticas de defunciones.

    Por fin Facebook me avisa de un post de Maryam. Las noticias no son buenas: «La casa de mis tíos fue bombardeada y murieron. El lugar se ha vuelto muy inseguro pero no podemos irnos. Creo que esta barbarie terminará cuando se hayan eliminado a todos los habitantes de Gaza. En una escena que presencié con mis propios ojos, barriles-bombas fueron lanzados a la casa de al lado, como si fueran los horrores del Día de la Resurrección. Sentí como si mi casa fuera levantada y devuelta a su sitio… Por un momento creí que había perdido la audición. Todo volaba, incluso los gatos, y vi niños volar en pedazos en la calle, ante mis ojos. Un niño tomó su último aliento al explotarle la cabeza…. Esto es solo una gota del océano que vivimos a diario».

    Enseguida llueven los comentarios. Que se cuide. Que proteja los gatos sobrevivientes. Que están orando por ella. Todos queremos decirle que esta pesadilla terminará pronto. Pero nadie puede prometer nada. ¿Cómo puede cuidarse alguien desarmado y encerrado en una jaula, contra uno de los ejércitos más poderosos? Evitamos usar epítetos ofensivos. Todos sabemos los peligros de la censura.  

    Abro Internet con el buscador neutral, y veo manifestaciones contra el genocidio de Gaza: ¡en Londres, París, Washington DC, en Yemen…! Multitudes con banderas palestinas, y la kufiya, la pañoleta tradicional de tejido de algodón, en blanco y negro. Carteles con consignas de solidaridad y esperanza. Me siento tan feliz que quisiera compartirlo con mis amigos. Pero ninguno reacciona a los videos. En un hermetismo extraño, cargado de odio, parecen preferir la destrucción.

    Maryam vuelve a ausentarse. Los amigos siguen posteando su preocupación. Una amiga de Florida publica que la vio activa en Messenger. Entonces ¡está viva!, pensamos con alivio. Quisiera escribirle que lamento tanto no haber conversado con ella antes de esta guerra absurda. Que aunque reaccionaba a sus publicaciones nunca supe que era una de tantas jóvenes en Gaza, una ciudad sitiada donde no hay futuro, sino para los que tienen doble ciudadanía. Solo me decido a escribirle por privado que ella no puede morir, que no puedo aceptar un mundo donde solo las personas nobles mueren. Cuando chequeo mi mensaje, veo que reaccionó con un corazoncito.

    Desciendo por su muro y veo muchas fotos de Caramel, su gato preferido, también discapacitado. Maryam soñaba con un refugio más grande, con más recursos, para poder apoyar a más gatos abandonados.

    Quisiera poder ser útil. Quizá mucha gente no sabe la verdad y solo consumen noticias de medios parcializados. Comparto los videos de los niños heridos, de los niños que mueren, uno tras otro.  De los cuerpos que alinean sobre el suelo claro, de las tres niñas que juegan a que una ha fallecido y las otras la transportan. Cuando un adulto les pregunta qué hacen, les explican su juego y ríen inocentemente.

    Pasa una hora, dos, diez horas, y los videos tienen solo dos reacciones. Ninguna de mis amigos cubanos. Pasan los días y otra vez el silencio se acumula en el muro de Maryam. Sus amigos llenan el espacio con frases de cariño, con imágenes tiernas.

    Solicito amistad a personas de diversos países que tienen en su foto de perfil la bandera palestina. Comparten imágenes tan fuertes que mi estómago parece descender y un vahído me obliga a cerrar momentáneamente los ojos. 

    Una notificación me avisa que hay un post nuevo de Maryam: «La situación es peor de lo que pueden pensar, aún estoy en peligro. No me he alejado del norte de Gaza y muchos familiares han muerto. Y lo más peligroso es que los tanques se aproximaron a unos metros de nuestros hogares. Todo está siendo arrasado, Gaza ya no es un lugar apto para la vida. Todo lo que ves en la TV es una gota de la realidad que es Gaza. Si no morimos en esta guerra, sabemos que moriremos después, porque la situación es catastrófica, las palabras no alcanzan a describirla. Incluso los sentimientos son disfuncionales. Todas las líneas de Internet han sido permanentemente bloqueadas, ni siquiera sé cómo llegaron estos minutos de conexión».

    Duermo con pesadillas y la comida se me atraganta pensando en Maryam, en los tanques aproximándose a su casa, en esos niños que tiemblan bajo las frías luces de los hospitales. Algunos miran con ojos aterrados y fijos, como si aún estuvieran bajo el bombardeo. Una niña tendida en la camilla le pregunta a su tío mientras le curan unos rasguños en la cara: «¿Esto es real o estoy soñando?».

    Mi amiga colombiana me dice que ha logrado enviar dinero a personas desplazadas, mediante cuentas de PayPal. Que quiere ayudar a Maryam. Pero ella no publica, no responde. Su amiga de Florida dice que no la ha visto más activa en Messenger.

    Mi amigo que vive en Holanda me eliminó de sus amigos. Dijo que él vivió dos años en un campamento de refugiados y no confía en ningún árabe. Mis amigas cristianas me mandan citas de la Biblia que según ellas confirman que todo esto es profético, tenía que pasar porque con el pueblo de Dios nadie se mete. Entonces, ¿Dios quiere la muerte de todos esos niños? ¿De todas esas personas que jamás han cometido un acto de terrorismo ni han tocado un arma? Les mando imágenes que he visto en el muro de una pintora de Gaza: ella pide ayuda para las personas que han perdido sus casas por los bombardeos y ahora viven en tiendas improvisadas. Sin baños, sin alimentos. Ella les cocina dulces para intentar devolver la sonrisa a esos niños.

    «No, lo siento. No puedo ayudar a esa gente. Mi gobierno está con Israel. Mi iglesia está con Israel, el pueblo elegido. No, qué va. Eso es cosa de la ONU y de quien se quiera mezclar con ellos. No, ni loca, aquí te investigan las transferencias y yo no quiero meterme en ningún lío…».

    Y las caras de esos niños, los cuerpos con miembros destrozados que tuvieron que ser amputados sin anestesia. No hay medicamentos. No hay agua. Cortaron la electricidad y el internet. Murieron todos los pacientes dependientes de equipos médicos en cuidados intensivos. Los recién nacidos en las incubadoras. Algunos arrancados a destiempo del vientre de sus madres muertas. Los palestinos no dicen: «asesinadas», no. Dicen «martirizadas». Tan delicados son con esos términos donde su fe está por encima de todo. Porque este cuerpo es una cáscara que en cualquier momento puede ser desechada.

    Recuerdo que Maryam también lo comentó una vez: que esperaban la muerte como una liberación.

    Una protectora me pregunta por qué publico tanto sobre Palestina, como si aquí no tuviéramos problemas. Le digo que he hablado sobre Cuba durante más de una década, y no solamente en las redes sociales. Quiero decirle que si permitimos que prosiga este genocidio, algo sagrado va a terminar de extinguirse. Algo que nos contiene como especie, en un acuerdo tácito de civilización mínima. Pero me canso de antemano. Le digo que publico lo que quiero y la bloqueo.

    Pasan los días y se acumula silencio sobre silencio, interrumpido solo por los posts de los amigos que se aferran a un optimismo casi ilógico. Indago con los conocidos recientes que viven en Gaza y me dicen que allá todo es un caos, los ataques son continuos y el nivel de destrucción es tal que cada vez es más difícil rescatar los cuerpos: miles de fallecidos y heridos yacen bajo los escombros. En esta carrera brutal contra el tiempo lo único seguro son más bombardeos.

    Miro las fotos de Maryam y veo su rostro tan tranquilo, tan dulce: ningún sentimiento de rencor, mientras yo siento una ira casi insoportable. Mi amiga colombiana me comparte otro video: los israelíes arrasaron con bulldozers un campamento de refugiados en el patio del hospital Kamal Adwan. En un amasijo dantesco se mezclan escombros y pedazos de cuerpos humanos. Me acuerdo de aquella publicación que vi al principio de esta guerra: niños que se escribían sus nombres en brazos y piernas para que sus padres pudieran identificar sus miembros.

    Y más filas y filas y filas de sudarios blancos. Mujeres y hombres inclinados, desgarrados por el llanto. Un hombre comenta que ha estado coleccionando, ¡en bolsas!, los restos de sus familiares.

    Entonces llegó, no puedo decir que fue de pronto porque se estableció como una sensación muy suave, una especie de caricia interior. Dejé de sentir miedo por Maryam, por todo lo que pudiera estar experimentando. Quedó atrás la angustia, como algo completamente superado. La amiga de Florida me dice: «Yo siento que ella ya no está en su cuerpo físico. Otra amiga publica que la ve como un ángel, lamenta la crueldad del gobierno mundial y espera que el cielo sea mejor que la tierra».

    Pero la mayoría insiste en una notificación oficial como única prueba irrefutable. Otra amiga pone los datos de Maryam por si alguien puede dar alguna información. Lo compartimos en inglés y en árabe.

    Y el silencio otra vez, cada vez más largo, aunque se desliza con una paz muy dulce, entre los posts de los amigos que envían saludos, ratifican que todavía esperan, se resisten a creer en un milagro que no sea estrictamente material. Aunque para esa población donde cayó el invierno, el hambre, las enfermedades causadas por tomar agua insalubre, la muerte sea un regalo administrado con precisión exacta y amorosa por Alá, su Dios. El único que no les ha fallado en estos tres meses de infierno, aislamiento y olvido de Occidente, que hasta celebró una bulliciosa Navidad ignorando que Jesús nació en Palestina.

    La amiga que publicó los datos de Maryam actualiza que contactó con una persona en Gaza y supo que Maryam finalmente se trasladó a un refugio en Al-Zaytoun, pero este fue densamente bombardeado. No se sabe si sobrevivió.

    En la lluvia de reacciones alarmadas, aún esperanzadas, silencio sobre silencio. Porque el milagro no puede ser otro que el regreso: Maryam con su hermoso Caramel y su sueño de crear un refugio más grande para los gatos discapacitados. Porque la realidad es tan irrespirable como el olor de esas bombas de fósforo, y la visión de la sangre es tan repulsiva que Facebook enseguida cubre las imágenes con un velo piadoso, selectivo. Y hasta los cuerpos de bebés asesinados los considera contenido sexual y amenaza con restringir tu cuenta si insistes en publicarlas.

    El silencio más pesado al final no es el de Maryam, sino el del mundo que ha logrado naturalizar tanto horror, las multitudes ávidas por regresar al espejismo de la justicia y sentenciar que esa guerra caducó con el cambio de año.

    Después de todo, por eso no se censuran las imágenes felices. Para insistir en el milagro físico. En una Gaza otra vez apta para la vida. Mejor aún: sin apartheid. Una ciudad abierta y no una jaula, donde se pueda ser mujer o pájaro o gato, y volar, libremente, sin la imperiosa necesidad de convertirse en ángel.

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    1 COMENTARIO

    1. El horror lo han sembrado las élites de poder que gobiernan al mundo. La compasión y la solidaridad es solo de una minoría. Muchos ni siquiera se atreven a hablar, no creen que esa guerra sea real. Seria real si la vivieran su propio pellejo. La humanidad está enferma y la mueve el dinero y el poder. Tu mirada es la que importa, tu amor y compasión por ese pueblo sufrido. Gracias por el texto.

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