Asamblea de cineastas

    Solo quienes hacen cine saben lo difícil que es hacerlo. Solo quienes hacen cine en Cuba saben las complejidades materiales e ideológicas que son cotidianas en el gremio. La libertad de expresión es esencial para emprender cualquier obra artística, cualquier obra humana, y bajo este axioma se reunieron este 15 de junio una vez más los cineastas cubanos, en asamblea abierta y sincero debate.

    La censura ejercida por las autoridades culturales sobre el documental La Habana de Fito, de Juan Pin Vilar, exhibido sin autorización por la televisión cubana, fue el detonante para una asamblea que integró a cineastas cubanos que viven en la isla y a otros, no pocos, que asistieron a través de las plataformas digitales. Directores de gran obra y reconocido prestigio se unieron a jóvenes realizadores, productores, críticos, actores y demás hacedores del cine cubano, en un conato de libertad donde se escribieron en mayúsculas, aunque después los censores las derriben, varias ideas imprescindibles para ejercer sin miedos las labores cinematográficas.

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    «Tenemos una política cultural que está cada vez más de espaldas a la realidad del país», dijo el director Fernando Pérez, paladín de la libertad de creación y padre espiritual del nuevo cine cubano independiente. «La política cultural de la Revolución se basa en un pensamiento excluyente», dijo el director Enrique Álvarez y, en este sentido, la directora Rebeca Chávez, con tino, dijo sentirse «en medio de una emboscada, en la que la política cultural separa a los creadores de las instituciones». «Una política cultural que se ejerce, pero no se discute», puntualizó Fernando Pérez. Durante mucho tiempo, demasiado tiempo, los decisores culturales de este país se acostumbraron a trabajar bajo el axioma de ordeno y mando, sin generar diálogos ni espacios para debatir con libertad, sin miedos, ni vetos, ni restricciones ideológicas. La política cultural y sus abominables acólitos han dañado y siguen dañando la cultura cubana, que ha demostrado ser mucho más rica y valiosa que cualquier burócrata censor, por más poder que tenga el burócrata y más arbitraria que sea la censura. 

    Los cineastas no creen en las instituciones y las instituciones no creen en los cineastas, en medio de prejuicios que, en buena medida, han sido generados por las instituciones que detentan el poder cultural. «Del lado de acá», dijo Fernando Pérez refiriéndose a los cineastas, «hay un pensamiento, del lado de allá hay una política de imposición». «Los cineastas tenemos voluntad de diálogo», dijo Rebeca Chávez, «pero no hay diálogo».

    «La libertad de expresión es un problema del arte y del cine, pero es un problema de todos los cubanos», dijo el director Ernesto Daranas, a tono con esta otra frase medular de Enrique Álvarez: «No hay proyecto de nación si se coartan el pensamiento y la duda. Creo en un proyecto social que acoja a todos, y ese proyecto social no es el que tenemos». «Los atropellos en la cultura», dijo Daranas, «tienen consecuencias en el tejido social de este país».

    Es entonces que el gremio cinematográfico, como la isla toda, vive en condiciones de indefensión, con poca o nula confianza en las instituciones y a expensas de que la censura, que sobrevuela siempre como un ave rapaz, baje de pronto y nos picotee el cráneo. «Los linchamientos mediáticos deben terminar», dijo el actor Luis Alberto García. «Acallar al rebelde y amedrentar a los que pudieran ser rebeldes no puede ser la política cultural de este país», agregó el popular actor. «O se para esto o Cuba seguirá siendo una fábrica de disidentes».

    «Cállate, no te expreses, no hables de este tema, así funcionan nuestras instituciones», dijo el crítico Gustavo Arcos, y se refirió a la voluntad del poder de controlar el espacio público, el pensamiento y la memoria. En el documental que dio origen al debate, Fito Páez se refiere a Fidel Castro y a la desaparición de la avioneta de Camilo Cienfuegos, dos de esos tantos temas nacionales que parecen ser intocables. No lo hace a tono con la historia oficial, lo hace en sentido crítico y, en consonancia, Arcos señaló que «siempre que se menciona a Fidel Castro en el cine, y no es para rendirle honores, hay problemas». Son varios, públicos y notorios, los ejemplos que ratifican dicha afirmación.

    Los cineastas demandan libertad de expresión y creación, demandan diálogo, participación, políticas culturales inclusivas, y demandan, sobre todo, que no sea esta otra batallita estéril, terminar con la agónica espera, con las reuniones huecas y las tantas veces en que, durante tantos años, han planteado los mismos asuntos sin que nada se resuelva. «¿Hasta cuándo va a ser esto?», se preguntó Fernando Pérez enrabietado. Y son pocos los que, en su fuero interno, creen que en este país tan ajado tengan solución los problemas del cine cubano, pero son muchos los que plantan cara y asumen con tenacidad los riesgos de la pelea que, sí o sí, hay que dar como gremio, como jóvenes y como nación.

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    El desarrollo, con ímpetu y dominio tecnológico, del cine cubano independiente, así como la mengua del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), tanto en el ímpetu como en el dominio tecnológico, han abierto las puertas a una muerte simbólica de la institución que, por muchos años, constituyó el monopolio cinematográfico en la isla. ¿Acaso es posible el equilibrio? ¿Hay equilibrios en la cultura cubana?

    El cine cubano independiente ha emergido como un espacio de discusión en que la Cuba futura vibra con un poco más de intensidad. Es un movimiento con fuertes marcas políticas que lo convierten en un territorio emocional y simbólico permeado por las mil vicisitudes que atenazan la sociedad cubana contemporánea, y es además una búsqueda y una batalla constante por la legitimidad frente a la vetusta y raída institucionalidad.

    El teórico inglés Raymond Williams planteó hace muchos años dos conceptos que resultan atinados para referirse a la relación entre el ICAIC y los cineastas independientes: lo residual y lo emergente. La dicotomía debe entenderse como una lucha cultural entre el pasado (que vive de la melancolía, de lo que una vez fue) y las matrices culturales del futuro. De ahí que lo residual es lo condenado a fenecer y lo emergente es el clamor romántico y la construcción identitaria de una sociedad en trance.

    Cuando lo residual no desaparece y lo emergente no logra aún imponerse, suelen crecer las disputas culturales, y es esta una etapa de ambivalencias, crudas ambivalencias, en que el cine cubano independiente pisa con fuerza y el ICAIC se derrumba en silencio. Las producciones independientes han otorgado una renovación al séptimo arte nacional y, por tanto, representan el inicio de la segunda vida del cine cubano; una segunda vida que, por fuerza, tendrá que ser, por muy difícil que parezca el empeño, mucho más rica y diversa que la anterior. Mientras tanto, seguirá viva la pregunta que tomó fuerza en la asamblea de cineastas: «¿Qué hacemos con estas angustias?».

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