Hacía casi un año de mi llegada a México cuando visité con mi esposa un bar-restaurante que encontramos por casualidad en la nueva barriada a la que nos mudamos. El menú era una variada lista de platos bastante sencillos. Casi por instinto pedí la «torta cubana», aunque no supiera exactamente de qué iba. 

El platillo resultó ser varias plantas de milanesa, carne frita, pavo, jamón, quesos, lechuga, tomate, aguacate y una fina capa de frijoles encerradas en dos tapas de pan: un sándwich ostentoso, que retaba y vencía la capacidad de mi mandíbula. Lo disfruté, lo recomendé, fui otras veces a probarlo y hasta invité a gente cercana a comerlo. Siempre tuve la oportunidad de elegir cualquiera de las muchas opciones del menú, aunque solo fuese por curiosidad o capricho del paladar, pero la verdad es que estaba muy feliz de haber descubierto la «torta cubana». Comida de Cuba, de mi tierra, cu-ba-na.

Tardé en percatarme del autoengaño. No hay ni hubo en Cuba tal cosa llamada «torta cubana». Su origen real, dicen, es mexicano, específicamente chilango, de cuando en la calle República de Cuba, en el centro de Ciudad de México, vendedores de comida sin mucha creatividad para bautizar sus ofertas comenzaron a servir «tortas» repletas de todo lo que encontrasen. Sin embargo, durante un tiempo hubiese jurado que me recordaba al país que un año antes había abandonado, donde jamás probé algo similar y a nadie se le ocurriría mezclar queso y frijoles en un pan. 

La experiencia me hizo pensar en las deformaciones de la realidad que pueden sucederse en la conciencia del emigrado y el exiliado, casi siempre asociadas al país de origen. La consecución de pequeños autoengaños como el de la «torta cubana» termina, irremediablemente, por dar forma a un imaginario construido desde la nostalgia y la esperanza, que nos hace creer real lo que en verdad es una proyección del deseo, una ficción. Es decir, comenzamos a habitar en la distancia un país que no existe ni existió. 

A ese país, por cuestiones didácticas, le llamaré «Cubalandia». 

Es difícil asumir que se extraña un lugar que no existe. La idea de que se lucha y se sufre por un país que no es del todo cierto, con gente que tampoco es del todo cierta, puede resultar tan terrible como absurda en un primer momento; por tanto, es natural que se rechacen a priori semejantes afirmaciones. Siempre hay quien prefiere los juegos de sombras en la pared de la caverna platónica y acepta la píldora azul antes que la roja. 

La construcción imaginaria de Cubalandia es un proceso de autoengaño mediante el cual, inconscientemente, algunos comenzamos a cambiar nuestra percepción de la realidad isleña. El corolario de los elementos descartados y ponderados en esa reconfiguración de nuestra visión es un lugar que valdría la pena añorar, por el que a todas luces deberíamos «luchar» y «sufrir». 

Dicho esto, debe entenderse que Cubalandia no es enteramente veraz ni ficticia. A menudo se trata solo de una redistribución arbitraria —maniquea y moralista— de culpas, que divide a los cubanos en malos y buenos absolutos, en victimarios y víctimas absolutos, en culpables e inocentes absolutos: es la reducción de lo real a las lógicas simples de un cuento infantil. 

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En 1961 se celebró en Israel el juicio contra Adolf Eichmann, el cerebro detrás del sistema logístico y de transporte que durante el nazismo hizo del exterminio judío un proceso mecánico veloz y eficiente. El proceso fue seguido por medios de prensa de todo el mundo. Uno de ellos, The New Yorker, tuvo el buen tino de enviar como corresponsal nada más y nada menos que a Hannah Arendt

Arendt, filósofa y humanista interesada en el estudio de los totalitarismos, sumó a su informe del juicio algunas consideraciones que terminarían por dar forma al libro Eichmann en Jerusalén. Fue en este texto donde acuñó el que sería un concepto muy discutido desde entonces: «la banalidad del mal». 

Muchos arremetieron contra Arendt y su categoría, la cual intentaba explicar que Eichmann no era el «monstruo» o el «pozo de maldad» pura que la prensa y los dolidos sobrevivientes de los campos de exterminio decían. Para la pensadora judía, el acusado era parte de una estructura mucho mayor conformada por sujetos «insignificantes», más o menos como él: funcionarios y burócratas que cometieron actos de «genocidio contra la humanidad» movidos más por el instinto de obedecer y el deseo de escalar en la jerarquía política alemana que por un odio visceral hacia la comunidad hebrea. Eichmann en Jerusalén señala el colaboracionismo y la irracionalidad de los individuos como dos de los pilares fundamentales que sostienen cualquier régimen totalitario. Incluso, en algún momento se acerca a tabúes como el hecho de que hubo judíos que ayudaron a los nazis en la identificación de otros miembros de su comunidad que terminaron alimentando los campos de concentración. El texto de Arendt fue duramente criticado en Israel, donde resultaba más cómodo reducir la memoria del Holocausto al resultado natural de una maldad diabólica, y hacer de Adolf Eichmann un árbol de proporciones suficientes para cubrir ese terrible bosque. 

Apenas dos años después, Stanley Milgram, psicólogo en la Universidad de Yale, echó mano a los rezagos positivistas de la época para intentar corroborar o negar las ideas planteadas por Hannah Arendt. Mediante una serie de pruebas en las cuales varios sujetos fueron capaces de infligir daño físico a otros desconocidos (en realidad no lo hicieron, aunque ellos creían que sí) por algo de dinero y, sobre todo, por el mero hecho de cumplir una orden que les eximía de responsabilidad, Milgram demostró que la «banalidad del mal» es una realidad latente y con un potencial que se extiende más allá de lo que las democracias occidentales consideran regímenes totalitarios. Una década después, tras revisitar su experimento, el psicólogo estadounidense concluyó que el principal descubrimiento de sus estudios era «la extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad». 

Uno de los rasgos distintivos de Cubalandia es que en ella no suele haber cabida para la aceptación de la banalidad del mal. Quienes construyen este país semificticio hablan de totalitarismo, pero una y otra vez parecen obviar una constante: este tipo de regímenes hace que una considerable cantidad de ciudadanos opere, más o menos inconscientemente, en los engranajes de un sistema que actúa contra sus iguales. El totalitarismo apela a la irreflexión de las masas, y también a cierta autopercepción de inocencia en los individuos, que consiste en una anulación de toda responsabilidad por actos atroces con la excusa de que estos fueron realizados por orden de otro. Nada es más natural que escudarse en la coacción, en culpar al «otro», que bien puede ser el superior inmediato en una jerarquía burocrática determinada, unos pocos líderes, una entelequia como «el sistema». 

Cualquier régimen totalitario depende para sobrevivir de la complicidad de muchos que actúen en favor del poder con algo más que silencio y aceptación. De tal forma, la construcción imaginaria de Cubalandia desde el exilio pasa por esquivar con éxito cualquier asomo de señalamiento ético serio. Se evade, incluso, lo que es una cuestión de aritmética elemental: un centenar de miembros de la élite no puede subyugar por sí solo a millones de personas por más de seis décadas. De manera inconsciente y «por necesidad», escondemos bajo el tapete el hecho de que los contramanifestantes del 11-J, esos que fueron movilizados por el Gobierno, una parte de los cuales tomaron las calles armados con palos, eran tantos como los que salieron a exigir libertad y respeto a los derechos humanos; que el 1 de mayo no fueron un puñado de funcionarios quienes desfilaron bajo el sol para legitimar la dictadura; que los policías, militares y cuadros políticos son también ciudadanos y suman una cantidad nada despreciable de personas; que existen delatores y colaboradores con los órganos represivos del régimen y no son pocos… Esas dolorosas verdades son también, y en gran medida, Cuba. Cubalandia, por su parte, es más inspiradora. 

Cubalandia se divide en unos pocos «malos muy malos» y muchas «víctimas del sistema». 

Cubalandia es un estandarte de lucha y esperanza. 

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Para cuando Willy Chirino estrenó su icónica canción, más de una generación de exiliados había crecido —una incluso había envejecido— segura de que nuestro día ya viene llegando. Esa certeza, tres décadas después, sigue viva. Durante más de medio siglo, muchos sintieron en infinidad de ocasiones la cercanía de ese momento, de «nuestro día». Sin embargo, no deja de resultar curioso que en tantos años hayan sido pocos quienes, objetivamente, pensaron que la caída del régimen estaba aún muy lejos. Cubalandia, una nación siempre próxima a ser libre y próspera, es tan antigua como el castrismo. 

La construcción de ese país semi-imaginario es un proceso que se vive tanto individual como colectivamente. Convertimos el conjunto de ideas que conforman nuestra utopía en un elemento decisivo en la conformación y cohesión de determinados grupos de exiliados o emigrados a los que pertenecemos o queremos pertenecer. 

Los cambios en nuestra percepción de Cuba se deben a desfases. El primero de estos ocurre en el momento mismo de instalarnos en otra realidad, cuando empezamos a notar la distancia espacial —y también temporal— que nos separa de la isla. Esta distancia luego muta —a veces influenciada por la pertenencia o la aspiración de pertenecer a un colectivo con el que compartimos o creemos compartir ciertos valores y experiencias— en una divergencia entre la realidad y nuestro deseo. 

No hay nada extraordinario ni complejo en todo esto; se trata solo de los resortes y las consecuencias del deseo. Y el deseo por sí solo puede llevar a una frustración existencial de la cual nos defendemos, de manera casi instintiva, mediante la abstracta reafirmación de sus posibilidades. Eso que llamamos «esperanza» es una estructura endeble e incapaz de sostenerse por sí sola, que necesita del autoengaño. Comenzamos entonces a habitar una mentira —o verdad a medias, si se quiere—, y nace así el país que queremos que sea

Por supuesto, no existe una sola Cubalandia, sino que esta difiere tanto como nuestras experiencias individuales, las características de los grupos con los que nos identificamos y las de las sociedades que habitamos. Tampoco todos los cubanos emigrados o exiliados participan de este imaginario, pues hay quien no necesita de esta invención para mantener vínculos afectivos con su país, su cultura, con la gente que quiere y tal vez no vuelva a ver en la vida. No todos buscan este anclaje para manejar con éxito sus «duelos» -que es como los psiquiatras llaman al proceso de asimilar las pérdidas socioculturales y afectivas que enfrentan los migrantes-, ni lo aceptan como tarjeta de membresía de una comunidad cuyo principio de cohesión es la creencia compartida en una Cuba que no es. 

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Para 1540 era común que en las plazas y tabernas de España y sus colonias se hablase de las maravillas de «El Dorado». La creencia colectiva en una ciudad de oro escondida en los intrincados parajes paganos de América ganaba cada vez más fuerza gracias a los curas, esclavistas y aventureros que aseguraban su existencia. El miedo a los peligros que esperaban en tierras desconocidas paralizó muchas tentativas expedicionarias, pero no la empresa del explorador Hernán Pérez de Quesada. 

Ese año, Pérez de Quesada financió y dirigió un viaje a través de las agrestes selvas de Suramérica con la única intención de descubrir la maravillosa ciudad. Se dice que salió al frente de 300 españoles, mil 500 indios, 300 caballos y 800 cerdos, de los cuales, apenas dos años después de iniciada la travesía, quedaron 64 españoles, cuatro indios y 18 caballos. Pérez de Quesada regresó a Quito arruinado y sin el más mínimo indicio sobre la ubicación de El Dorado.

Lo anécdota histórica nos deja una lección tan obvia como valiosa. 

Creer en Cubalandia, de tan cómodo que es, impide ver más allá de la fantasía. Nos convida a formar guetos a la vez que fortalece nuestra idea de comunidad y nos hace sentir menos extranjeros. Pero esto también atenta contra la posibilidad de integrarnos del todo en las sociedades que nos acogieron como exiliados o emigrados y aprender de ellas cuestiones que podrían ser útiles —tanto para incorporarlas como para descartarlas— en la construcción de una democracia en Cuba. Esta ausencia de análisis crítico de otras realidades, unido a la «incultura» política que nos llevamos al partir de Cuba, es responsable de que desde el exilio muchos prediquen indiscriminadamente abstracciones como «sociedad democrática donde se respeten los derechos humanos» sin tener la más remota idea de, simplemente, qué significan esas palabras o del reto que implica llevar esto a la práctica en las condiciones reales de la isla. 

Por otro lado, la redistribución de las culpas y las simplificaciones inconscientes atentan contra la posibilidad de encontrar soluciones factibles al problema cubano. Inventarnos un país para mantener una cruzada personal y comunitaria significa que dicha cruzada está llamada a liberar algo que no existe tal y como lo pensamos. Así, las soluciones, iniciativas y proyectos que proponemos no son los que necesita Cuba, sino Cubalandia. 

No enjuiciar éticamente a otros y a nosotros mismos, no reconocer las pequeñas dosis de complicidad con el régimen de muchos en la isla y de un gran sector de los que hoy están fuera —«los arrepentidos», «los manipulados», «las víctimas del sistema»—, pudiera justificarse como acción política. Siempre será más fácil ganar adeptos convirtiéndolos en víctimas absolutas que juzgándolos como victimarios parciales, sobre todo porque, de hacer esto último, se estaría responsabilizando a una considerable cantidad de personas. Sin embargo, los intentos de «borrón y cuenta nueva» suelen ser detonantes de fracturas sociales que podrían definir el tipo de democracia que construyamos. El vacío ético y la irreflexión de la masa no son del todo definitivos, como tampoco lo es el olvido. Creer en Cubalandia o aceptar creer en ella por conveniencia no significa que la realidad desaparece por completo, y es muy probable que los viejos rencores resurjan de vez en cuando y tarden muchas décadas en resolverse por completo. No existen las transiciones perfectas, solo algunas mejor planeadas que otras y, por ende, menos dolorosas. Ese es el precio a pagar en las postdictaduras. 

Pese a lo anterior, podríamos encontrar una utilidad política en la construcción de una Cuba semi-imaginaria de la que muchos participamos. Cubalandia no es solo un autoengaño, sino también un ensayo (de proyecto) de transición en el cual, inconscientemente, distribuimos las culpas de forma tal que la responsabilidad del mal de la dictadura termina por ser endilgada a unos pocos, mientras los demás nos percibimos como víctimas que necesitan ser resarcidas y merecen la democracia que una minoría les privó mediante el terror. Cubalandia puede ser, en fin, nuestro simulacro más exitoso de reconciliación nacional. El mejor remedio hasta ahora conocido para disimular los efectos de eso que algunos llaman «daño antropológico». 

5 Comentarios

  1. Extraordinario tu análisis. Para muchos, como es mi caso, la desconexión con aquello es casi total por los largos años ya transcurridos. Sucesos como el 11-J hacen fluir la adrenalina, aunque fugazmente, pero algo es algo. Sin ánimos de ofender, lo siento por aquellos que pudieron haber hecho más en otro lugar y se les hizo tarde. Me quedo con la «torta cubana». Saludos.

  2. Durante mi exilio boliviano, solia ir a una fonda de barrio donde servian «plato cubano», (arroz blanco, huevo frito y platanos maduros hervidos), osea, un asco de comida, pero yo insistia en tragarme aquel bodrio por el nombre que tenia. Estaba creando mi «Cubalandia» en medio de mi soledad y mi anoranza. A ese sentimiento lo bautice hace mucho como «la Cuba paralela» y a pesar de los casi 26 anos que han pasado, no he podido desprenderme de ella, pero no dejo de comprendrer que es una Cuba ficticia y muchas veces mierdera. Tu articulo es excelente Dario, muchas gracias.

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