«Dos de cada tres cucharadas de azúcar consumidas en Estados Unidos provienen de Fanjul Corp». La frase, aunque suena más a una campaña de marketing que a un dato estadístico, no estaba muy lejos de la realidad hace unas décadas. Los Fanjul son el último gran emporio del azúcar de caña, aun cuando no pasen precisamente por sus mejores tiempos.
Su fortuna tiene más de un siglo de historia, y algo de abolengo aristocrático. Entre finales del siglo XIX y principios del XX, sus antepasados fueron fundadores de la poderosa sacarocracia cubana. Edelmira Sampedro, tía abuela de los actuales patriarcas de la familia y condesa de Covandonga, llegó incluso a emparentarse con el primogénito del rey Alfonso XIII, aunque el matrimonio le costó al Príncipe de Asturias la renuncia a sus derechos dinásticos. De aquella relación, sin embargo, quedó un vínculo casi familiar con la corona española. De hecho, el exrey Juan Carlos I ha llegado a decir que uno de sus mejores amigos es un Fanjul.
Los actuales patriarcas de esta dinastía son los octogenarios hermanos Alfonso «Alfy» y José «Pepe» Fanjul y Gómez Mena, nacidos de la unión de dos de las familias más ricas del país, dedicadas ambas al negocio del azúcar. Para enero de 1959, el clan contaban con diez ingenios y un considerable número de propiedades inmobiliarias en Cuba, que perderían en menos de un año a manos de la Revolución. El proceso de expropiación no pasó por negociación alguna. Según ha contado Alfy, la familia convocó a sus abogados para llegar a un acuerdo con los hombres enviados por Fidel Castro, pero estos últimos resolvieron el asunto sin enredos y en apenas unos segundos: pusieron una ametralladora encima de la mesa y dijeron: «Nos los quedamos todo». Los hermanos huyeron entonces a Estados Unidos. Allí compraron mil 600 hectáreas en Pahokee, Florida, algún que otro pequeño ingenio en Louisiana, y con eso reconstruyeron su imperio: Fanjul Corp.
El conglomerado de los Fanjul comprende subsidiarias como Domino Sugar, Florida Crystals, C&H Sugar, así como vastos cañaverales e ingenios en Estados Unidos, Veracruz (México), Belice, República Dominicana, y negocios de bienes raíces y resorts en el Caribe. Aun lejos de sus mejores tiempos, en 2025 la revista Forbes calculaba la fortuna familiar en cuatro mil millones de dólares, una cifra superior al PIB que en los últimos años han registrado países como Belice, Cabo Verde o Gambia.
El «poder dulce»
En sus memorias, que recogen más de dos décadas de experiencia en los complejos tejemanejes de Washington, el expresidente republicano de la Cámara de Representantes John Boehner lanzó un curioso consejo a los políticos estadounidenses: «No juegues con el azúcar». La advertencia da cuenta del enorme poder de los emporios azucareros, entre los que se encuentran, por supuesto, los Fanjul. Durante décadas, más que adaptarse a la política estadounidense, la familia ha incidido directamente en esta, e incluso más allá: se sabe, por ejemplo, que una de sus subsidiarias con presencia en Inglaterra, Tate & Lyle, presionó a sus empleados para votar a favor del Brexit, ya que, según sus directivos, las políticas arancelarias europeas afectaban las finanzas del conglomerado.
Hay un mito que desde los años sesenta los propios Fanjul han alimentado. Según esta creencia, uno de los hermanos sería un ferviente demócrata mientras que el otro un devoto republicano. Algunos hechos parecen confirmarlo, entre ellos que Alfy, el demócrata, fue copresidente de la campaña presidencial de Bill Clinton en 1992 y Pepe, un generoso donante a la causa republicana. Sin embargo, lo cierto es que la lealtad de ambos hermanos no entiende de partidos políticos, sino de conveniencias circunstanciales, y quizá nada lo ejemplifique mejor que sus posturas respecto a Cuba.
Históricamente, los Fanjul se hicieron notar como furibundos defensores del embargo económico y financiero a la isla, pero en 2014, tras el restablecimiento de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos —el famoso «deshielo» de Obama— cambiaron radicalmente su discurso. Ahí los dos hablaban de la necesidad de «la reunificación de la familia cubana», un giro de 180 grados que fue catalogado por el entonces senador Marco Rubio como «decepcionante». Siete años después, una de las empresas de la familia, ASR Group International Inc., recibió una demanda por haber violado el título III de la Ley Helms Burton, activada por Donald Trump en 2019. Supuestamente, ASR, considerada la refinería y comercializadora de azúcar más grande del mundo, envió de Cuba a Reino Unido azúcar producido en las tierras de Guayabal, las cuales fueron expropiadas por el castrismo a la Francisco Sugar Company, también de origen cubano y radicada en Estados Unidos. Los Fanjul, sin embargo, lograron salir ilesos del proceso judicial.
A inicios de marzo, en una de las conferencias de prensa en la que le preguntaron a Trump sobre Cuba, este dijo: «Acabo de estar con una persona fantástica, que es cubana e hizo una fortuna con el azúcar. Ya saben, la familia Fanjul. Esta familia quiere volver a Cuba de visita. No han estado ahí como en 50 años». Trump se equivocaba: los Fanjul sí han visitado Cuba en los últimos veinte años. De hecho, un reportaje de BBC asegura que Alfy Fanjul, durante la presidencia de Obama, viajó en varias ocasiones a la isla, donde se reunió con funcionarios del régimen cubano. Uno de esos viajes, afirma el texto, fue financiado nada menos que por la Cámara de Comercio de Estados Unidos.
La manera en que la riqueza de los Fanjul se reprodujo en Estados Unidos —y qué decir de sus tiempos en Cuba— recuerda aquella famosa frase de Balzac que, más de un siglo después, Mario Puzzo usó de epígrafe para su novela El Padrino: «detrás de cada gran fortuna hay un crimen». Aunque en el caso de los hermanos cubanos es posible que haya más de uno.
En 2018, un informe publicado por Cato Institute, titulado Candy-Coated Cartel: Time to Kill the U.S. Sugar Program(Cártel recubierto de caramelo: Es tiempo de acabar con el programa azucarero en Estados Unidos), resumía muy bien cómo se construyó la fortuna Fanjul tras su exilio: «estableciendo vínculos estrechos con políticos e intentando doblegar las políticas gubernamentales a su antojo». Uno de los primeros ejemplos rastreables de este modus operandi ocurrió en la década de los noventa, cuando Alfy, muy cercano a Clinton, presionó al demócrata para que frenara la propuesta de gravámenes medioambientales que pretendía impulsar el vicepresidente Al Gore. Y aunque se desconoce el alcance real de estas presiones, lo cierto es que Clinton actuó de acuerdo a los intereses del cubanoamericano.
Los Fanjul han sido acusados de contaminación atmosférica y de redes fluviales, así como de mantener a sus trabajadores en el Central Romana (República Dominicana) bajo un sistema de trabajo forzado. Otras denuncias también apuntan a que las personas que habitan las comunidades cañeras alrededor de este central sufren condiciones de precariedad extrema, falta de acceso a servicios médicos básicos y malnutrición. Varias organizaciones de derechos humanos han insistido en estas acusaciones durante años, aunque no fue hasta 2018, con el estreno de la serie documental Rotten, de Netflix, que se conocieron a nivel internacional.
En 2022, la Administración Biden, a raíz de lo anterior, prohibió la importación a Estados Unidos de azúcar proveniente del Central Romana, lo que bastó para que los hermanos Fanjul destruyeran el mito bipartidista familiar. En 2024, ambos apoyaron abiertamente la candidatura de Donald Trump, y apenas unos meses después donaron casi un millón de dólares para la celebración de la investidura del republicano. Trump, por su parte, no tardó en revocar la prohibición de su predecesor y en empujar a Coca-Cola a retomar el azúcar de caña en sus bebidas —aun cuando él mismo se ha declarado consumidor de las versiones light—, mientras que su secretario de Salud, Robert F. Kennedy Jr., inició una campaña contra el jarabe de maíz (principal competidor de la sacarosa de caña), calificándolo de «veneno». No hay pruebas de demuestren categóricamente la influencia del giro trumpista de Alfy y Pepe en estas decisiones, pero una cosa es cierta: los Fanjul son los más beneficiados.
