El sueño americano de Máximo Álvarez

El pasado mes de marzo, desde el despacho oval de la Casa Blanca, durante una de las conferencias de prensa en las que se refirió vagamente a las negociaciones que su administración lleva con el régimen cubano, Donald Trump contó la historia de uno de esos cubanos exitosos en Estados Unidos que quizá puedan visitar la isla una vez esta sea «tomada». La historia, narrada por el republicano a grandes rasgos, habla de un exiliado que empezó su nueva vida «con nada», pero que ahora es «el mayor propietario de estaciones de gas en el país». Trump no dijo su nombre, pero al menos en el sur de Florida todos saben que se trata de Máximo Álvarez. 

Ciertamente, Álvarez posee una gran fortuna, pero quizá su mayor capital sea esa historia que no en vano Trump se tomó el trabajo de resumir. Si hay un relato que responde aún al viejo mito del sueño americano, ese es el suyo. De él, escribió una vez el congresista cubanoamericano Mario Díaz-Balart: «Max es la prueba viviente del sueño americano. Su historia debería contarse una y otra vez…». 

Máximo Álvarez nació en Cuba. Sus padres, dos españoles que emigraron a la isla con apenas dieciocho años, rechazaban los temas políticos con la misma fuerza con que abrazaban el catolicismo. Por eso matricularon a Álvarez en un colegio religioso y luego, cuando este tenía catorce años, creyeron que la Revolución les quitaría la patria potestad de sus hijos, un rumor que corrió, en gran medida, gracias a la propia iglesia católica. 

El muchacho fue uno de los más de catorce mil menores de edad que entre 1960 y 1962 llegaron sin acompañamiento a Estados Unidos como parte de la llamada «Operación Pedro Pan». Se suponía que, tras arribar a tierras estadounidenses, Álvarez viajaría de inmediato a España, específicamente a un colegio católico en La Coruña, donde su hermano lo esperaba. Sin embargo, su hermano murió de manera repentina el mismo día en que él llegó a Estados Unidos. Sus padres creyeron entonces que debía quedarse en Estados Unidos. «No puedes perder ese país», ha dicho Álvarez que le aconsejó su padre.

De un campamento en Kendall, donde compartía espacio con otros niños cubanos como él, salió a ganarse la vida. Lavó autos, arregló jardines, fue empleado de un Burger King. Después estudió y se involucró en el negocio petrolero, aunque reconoce que su primera oficina fue el maletero de su coche. Acá la historia sufre una elipsis y continúa unos años más tarde, cuando ya era reconocido como fundador y presidente de Sunschine Gasoline Distributors, una de las mayores distribuidoras independientes de gasolina en Florida. Entre la comunidad hispana de ese estado destacó también como un furibundo republicano anticomunista y se volvió una especie de filántropo a pie de calle, famoso por regalar bolsas de Nochebuena en sus gasolineras. 

Máximo Álvarez ha sabido explotar el relato de su éxito: sin negar sus orígenes cubanos, recuerda siempre que pertenece al país que lo acogió y le dio la oportunidad de hacerse rico. «Soy cubano. Amo a Cuba. Quiero que Cuba sea libre. Pero amo a Estados Unidos, porque soy estadounidense», dijo en un discurso ofrecido el pasado 17 de marzo, cuando la Fundación Conmemorativa de las Víctimas del Comunismo le otorgó la Medalla de la Libertad Truman-Reagan. 

En su relato, siempre ha deja claro que el sueño americano solo es posible porque existen patriotas estadounidenses que han sabido mantener el comunismo a raya. Álvarez es un republicano militante de vieja guardia, de los que sienten que la Guerra Fría aún no ha acabado y que en cualquier momento una conspiración de «rojos» tomará el país. Álvarez es también más trumpista que Trump. Del actual presidente de Estados Unidos ha dicho que «es una gran persona y ama a los inmigrantes», y que es una «falsedad» que lo cataloguen de racista. En 2020, cuando fue invitado a hablar en la Convención Republicana, comparó a Joe Biden con Fidel Castro, llamó comunista al Papa Francisco y apoyó abiertamente la necesidad de que Trump fuera reelegido: «No estamos eligiendo a Trump en este momento; estamos eligiendo entre libertad u opresión, libertad o comunismo». 

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Darío Alejandro Alemán
Darío Alejandro Alemán
Nació en La Habana en 1994. Periodista y editor. Ha colaborado en varios medios nacionales e internacionales.

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