La espera bajo la Torre K

La imagen de estos transeúntes en La Habana, cada quien avanzando a solas consigo mismo, bajo la vigilancia de la Torre K —un menhir tecnocrático erguido sobre la decadencia nacional, altísimo hotel de lujo en el centro neurálgico de un país del que la gente emigra en masa y al que llegan cada vez menos turistas—, irradia a un tiempo el halo opresivo de las fábulas kafkianas y el sarcasmo frívolo de la opereta poscomunista.

Al final de esta historia esperaba el fantasma del capital. Porque, a fin de cuentas, eso es presumiblemente lo que se discute en la mesa de negociaciones entre la élite del poder cubano y los emisarios —sea el secretario de Estado o el director de la CIA— de la administración Trump: una salida que beneficie a todas las partes

No hay agua. La Habana, 2026
No hay agua. La Habana, 2026 / Foto: Marcel Villa

El 3 de enero último, una incursión militar estadounidense sirvió para extraer a Nicolás Maduro y para instaurar en Caracas un régimen subordinado y clientelista liderado por los propios secuaces del dictador. La democracia quedó aplazada allí, mientras el petróleo venezolano empezaba a fluir en la dirección correcta: es decir, hacia Chevron o ExxonMobil, y ya no más hacia La Habana.

Hacia La Habana, en cambio, fueron enviados los 32 cadáveres de los militares y agentes cubanos, encargados en secreto de la seguridad de un gobernante extranjero, que cayeron esa madrugada, casi unánimemente, a manos de la Delta Force norteamericana.

Verduras, bicitaxi y hombres sin hogar. La Habana, 2026
Verduras, bicitaxi y hombres sin hogar. La Habana, 2026 / Foto: Marcel Villa

El gobierno cubano arreó entonces a las masas para recibir los cuerpos de unos «héroes» cuya presencia en el país aliado había negado una y otra vez durante años, y, por supuesto, convocó a renovar los votos antimperialistas ante la Embajada de Washington.

Durante el recibimiento oficial de los 32 cadáveres de militares cubanos ultimados en Caracas. La Habana, enero de 2026
Durante el recibimiento oficial de los 32 cadáveres de militares cubanos ultimados en Caracas. La Habana, enero de 2026 / Foto: Marcel Villa

Tras la orden ejecutiva de Trump que designó a Cuba como una «amenaza inusual y extraordinaria» y decretó, a finales de enero, un estricto cerco energético, la isla entró en una nueva fase de catalepsia general en que el agravamiento de la larga y profunda crisis material —que desde mucho antes hacía hablar de «colapso» a no pocos observadores— se nos presenta sazonada con la «máxima presión» de la espera y la incertidumbre política.

Mientras, en las calles de La Habana la noción de «masa» ha encontrado una corporeidad aún más estridentemente orgánica y feroz que en las «marchas del pueblo combatiente»: los basureros toman las esquinas y no hay noche de apagón —que son todas las noches— que no se alumbre aquí o allá con la tea incendiaria de los vecinos.

A veces ese fuego se enciende con el combustible de alguna protesta local. A veces amanece en algún muro de la ciudad un mensaje urgente: «Abajo los Castro». 

«Abajo los Castros». La Habana, 2026
«Abajo los Castros». La Habana, 2026 / Foto: Marcel Villa

La mayoría del tiempo es que la gente común anda intentando prender la candela para cocinar lo que haya… y aguantar un día más a ver qué pasa. 

Como este individuo, macilento, envejecido, que se recuesta en la miseria y a estas alturas ni siquiera ha podido despojarse del hábito verde olivo de aquel otro fantasma —gregario, triunfal, teóricamente emancipado— que en otro tiempo llamamos «hombre nuevo».

Otro hombre de verde olivo. La Habana, 2026
Otro hombre de verde olivo. La Habana, 2026 / Foto: Marcel Villa

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