Norah Jones y la ciudad sitiada

    Desde que la cantautora estadounidense Norah Jones anunció que irá a La Habana para ofrecer cuatro conciertos, buena parte de la oposición y el exilio cubanos coincidió en que se trataba de una decisión lamentable y se lanzó a criticarla en redes sociales. Esta no es la primera vez que se manifiesta esta actitud ante la visita a la isla de alguna figura reconocida, o medianamente conocida, del mundo del arte.

    Otros cubanos han salido al paso de las críticas, considerando que los ataques al viaje «educacional» de Jones representan una postura extremista, demasiado radical, coherente, por ejemplo, con la defensa del embargo estadounidense. Y, ciertamente, el objetivo de esos conciertos, al menos para el gobierno cubano, es insuflarle algo de vida a un sector turístico en crisis, en el cual se han depositado muchas de las esperanzas —y una cantidad irracional de recursos— de reflotar la paupérrima economía nacional.

    Otra vez, el «debate» en redes. Otra vez, la gritería millennial que entretendrá a buena parte de la sociedad civil cubana durante unas cuantas semanas, enfrentadas las partes desde sendas trincheras discursivas muy cómodas y aburridas, mientras que el régimen, por ejemplo, se prepara para salir airoso de la visita de Eamon Gilmore, el representante especial para los Derechos Humanos de la Unión Europea.

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    Si en algo no se equivocan quienes defienden la visita de Norah Jones a Cuba es en cuanto a la pésima imagen que del exilio cubano dejan los recurrentes llamados al boicot y al aislamiento cultural de la isla. «Gritones», «radicales», «acosadores», «oradores baratos de Facebook», son solo algunos de los apelativos —a menudo generalizaciones injustas— que he escuchado a extranjeros más o menos interesados en «el tema Cuba».

    El problema, sin embargo, no está precisamente en el nivel promedio del debate político en Cuba, porque este, gracias a esa arma de doble filo que es la libertad de expresión, suele ser bajo en casi todos los países del mundo. Lo preocupante es que en casi ningún caso este «debate» pase de dardos de algodón lanzados de un lado a otro; que, actualmente, desde el exilio apenas se supere la vieja pretensión de aislar al régimen, al tiempo que se exige a otros cierta coherencia ética. La ausencia de un programa político con alcance en la isla y la triste realidad de que los esfuerzos para derrocar a un régimen totalitario se reducen hoy, en gran medida, a «denuncias» y peleas en redes sociales, o bien a youtubers adoradores del chisme y el like, hacen que, en efecto, la imagen de este «exilio cubano» resulte en ocasiones caricaturesca y repulsiva.

    Por su parte, quienes defienden la visita de Norah Jones —casi todos residentes en la isla— llaman a pensar en «los de adentro» o, simplemente, a entender que no todo debe ser politizado y que la artista ganadora de nueve Grammy es libre de hacer lo que quiera y que, en virtud de ello, no debería ser acosada por la parte más vociferante de comunidad alguna. Estos son, hasta ahora, los argumentos favorables que he encontrado, y probablemente sean los únicos razonables, pues la inmensa mayoría de quienes apoyan la venida de Jones no puede darse el placer de gastar una cifra entre tres mil 499 y ocho mil 599 dólares para acceder a los paquetes (pensados principalmente para turistas, no para residentes en la isla) que propone «Norah Jones: Vive en La Habana».

    Llama también la atención que el ímpetu en la defensa de los conciertos de Jones no se haya visto en ocasiones anteriores, cuando otros artistas extranjeros han anunciado su visita a la isla y los «radicales» e «insensibles» cubanos del exilio se han lanzado —muchas veces con éxito— a boicotear sus presentaciones. ¿Hablamos de cierto elitismo entre quienes, pese a también ser críticos del régimen, defienden la decisión de Jones? ¿Será que actúan movidos por sus gustos musicales? Es difícil ofrecer certezas al respecto. Lo que sí queda claro es que, por algún motivo, no se movilizaron de igual forma cuando llovieron los reproches al rapero Tekashi 69 por su participación en el Santa María Music Fest o a los artistas en decadencia que Lis Cuesta, la esposa del presidente Miguel Díaz-Canel, invitó a aquella farsa llamada San Remo Music Award.

    Comentarios de usuarios al anuncio de la visita a Cuba de Norah Jones
    Comentarios de usuarios al anuncio de la visita a Cuba de Norah Jones / Imagen: Captura de pantalla de Facebook

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    El llamado a despolitizar los conciertos de Norah Jones es absurdo, vacío. Dotar de sentidos políticos un acontecimiento no debiera ser de ninguna manera reprobable. No existe hecho público que escape a la política o no pueda ser visto desde ese prisma. Despolitizar solo sirve al poder establecido y suele ser una afrenta contra la democracia. Despolitizar ayuda a disolver responsabilidades. Despolitizar es una acción profundamente neoliberal, digamos.

    No he encontrado mejor definición de lo que implica despojar de sentido político a los sucesos de la vida pública que aquellas palabras que escribió Carlos Monsiváis para el suplemento «La Cultura en México» de la revista Siempre!: «Despolitizar es privar de signos morales, de posibilidad de indignación a una sociedad. Es aniquilar la vida moral como asunto de todos y reducirla al nivel del problema de cada quien».

    Puede que alguien crea que Norah Jones es solo una artista, que lo suyo es la música y, por eso mismo, no debiera preocuparle si canta o no al amparo de una dictadura que mantiene en prisión a más de mil personas por motivos políticos. Puede que alguien piense que ella está más allá de la política, que los asuntos internos de un país que no es el suyo —de nuevo la individualización de la moral como expresión de la despolitización— no son de su incumbencia. Aceptemos que ese alguien tiene razón. Sin embargo, ni siquiera así podría escapar Jones de los señalamientos políticos.

    La estadounidense pretende ofrecer conciertos a precios entre tres mil 499 y ocho mil 599 dólares en un país donde el salario promedio mensual, de acuerdo a estadísticas oficiales, ronda los cuatro mil 200 pesos. Esos son, al cambio de «la calle» —que realmente define el poder adquisitivo de la ciudadanía—, unos 16 dólares. En otras palabras, un cubano promedio debe pagar un mínimo de hasta 18 años de salario para acceder al paquete de conciertos que Norah Jones intenta vender como parte de un «intercambio cultural y educativo».

    Es entendible que alguien ajeno a Cuba, viciado quizás por la imagen que el régimen de La Habana vende de sí mismo al mundo, aplauda esta decisión de Jones y, sin embargo, repruebe que la artista ofrezca, por ejemplo, conciertos al mismo precio en un país como Haití, donde el salario mínimo este 2023 se ha mantenido por encima de 17 mil 810 goudes, es decir, alrededor de 130 dólares, según datos de la ONG Oxfam Intermon. En cambio, resulta difícil asimilar que algún cubano o cubana, más aún si reside en la isla, piense de esa manera.

    ***

    El boicot es una vieja estrategia de resistencia política, tan legítima como cualquier otra. No obstante, por sí sola es, digamos, infértil. Que desde el exterior casi todas las iniciativas políticas se centren en una especie de asedio al régimen —y también al país, hay que decir—, en generar y sostener una suerte de estado de sitio —presuntamente para evitar que la cúpula del poder se haga con recursos que en muy poca medida determinan una mejoría en las condiciones de vida de los ciudadanos—, y en buscar apoyos internacionales casi siempre oportunistas o insignificantes, resulta lamentable. El exilio y la oposición cubanos no presentan ningún programa político sólido, ninguna organización masiva y bien articulada con fuerza tanto fuera como dentro de la isla. Creo que quienes nos oponemos al régimen castrista, por lo general, carecemos de espíritu propositivo.

    Ningún régimen ha sido derrocado exclusivamente a golpe de videos de YouTube y campañas en redes sociales; de la misma manera que ninguna muralla ha caído a gritos, excepto las de Jericó, y esas, como sabemos, pertenecen a un relato ficticio. Vale decir, sin embargo, que para que el milagro de la toma de Jericó fuese posible, de acuerdo con las escrituras bíblicas, las huestes hebreas del patriarca Josué tuvieron que gritar al unísono, hasta el último hombre y la última mujer.

    'Epaminondas en su lecho de muerte' de Isaac Walraven
    ‘Epaminondas en su lecho de muerte’ de Isaac Walraven / Imagen: Rijskmuseum

    Hablando de ciudades sitiadas, quizás un mejor —y verídico— ejemplo sea el de Tebas. Cuentan que poco después de la guerra del Peloponeso, allá por el 379 a.C., la ciudad de Tebas fue tomada por Esparta. El general tebano Pelópidas y coterráneos suyos, obligados al exilio, lograron una importante alianza con Atenas y marcharon a liberar la ciudad de las siete puertas, cuyas murallas parecían inexpugnables. Mientras Pelópidas preparaba la invasión, Epaminondas, un ilustre ciudadano que vivía tras los muros de la polis, organizó e instruyó a los jóvenes tebanos para combatir la tiranía espartana. La acción combinada de ambos llevó a buen término la reconquista, a la cual siguieron los años de mayor esplendor en la ciudad. Sin Pelópidas y sus exiliados, la revolución de Epaminondas hubiera sido sofocada en sangre; sin la revuelta interna de Epaminondas y sus jóvenes compañeros, el sitio de Tebas hubiera sido desgastante e infructuoso.

    Llegado al final de este texto, descubro algo irónico: mientras usted lee sobre las murallas de Jericó y la reconquista de Tebas, y algunos protestan por la futura visita a Cuba de una cantante estadounidense de jazz, y otros más critican a los que critican dicha visita, la inmensa mayoría de los cubanos, los que sufren apagones diarios, los que no tienen qué comer, los que carecen incluso de medicamentos básicos para tratar enfermedades fácilmente curables, deben estarse preguntando, retóricamente: ¿quién carajos es Norah Jones? A muchos de ellos, estoy seguro, ni siquiera les importa.

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    Darío Alejandro Alemán
    Darío Alejandro Alemán
    Nació en La Habana en 1994. Periodista y editor. Ha colaborado en varios medios nacionales e internacionales.
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