Venezuela: 39 segundos que cambiaron la vida de un país

Quizás una introducción a este tema ya está de más. Todos sabemos lo que pasó el miércoles 24 de junio en Venezuela. El suelo temblando, los edificios colapsando, el país entrando en emergencia; luego, la ineficiencia del gobierno bolivariano expuesta una vez más. La ciudad más afectada fue La Guaira, y la costa central del país fue la región donde hubo mayores. Fueron 39 segundos durante los cuales dos sismos —con magnitud de 7.2 y 7.5, respectivamente— cambiaron la vida de todo un país.

¿Cómo viven los habitantes de La Guaira cuyos edificios han sufrido importantes daños estructurales, pero que no fueron destruidos?, ¿qué es de la vida de quienes han perdido sus hogares?, ¿cómo viven quienes están dedicándose a ayudar?, ¿qué tienen que contar las personas que, sin haber sufrido mayores pérdidas, ha quedado en medio de la zozobra reinante en La Guaira?

Hemos secado nuestras lágrimas y seguimos adelante

Alexis Paz Díaz, de 32 años, trabaja de forma independiente con varias organizaciones cristianas, nacionales e internacionales. Su padre es pastor de la iglesia Ararat, ubicada en Playa Grande, La Guaira, dentro del Urbanismo Hugo Chávez. Su iglesia, de afiliación evangélica, se ha convertido en un centro de atención social. Ahora él pasa el día entero allí, esforzándose para coordinar todas las actividades. En los alrededores tienen un campamento de damnificados. Muestra las donaciones que han recibido de World Vision, Samaritan’s Purse, el Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas y la organización no gubernamental Caritas. Les han dado combos de alimentos secos, como harina, arroz y frijoles. También combos de artículos de higiene personal y lonas impermeables para los campamentos de refugiados. Pero, con el paso de los días, la comida se hace más escasa.  

Esperan que lleguen más donaciones. Hay también aquí personal médico que trabaja las 24 horas del día. Militares de la zona resguardan la iglesia. Han hecho buena relación. El Urbanismo Hugo Chávez fue destruido por el terremoto. Muchos de los fieles de la congregación residían allí. Por eso gran parte de la ayuda viene de otras iglesias. Dadas las altas temperaturas en La Guaira, que pueden llegar a 35 °C, cada seis horas deben apagar las neveras para hacer descansar su fuente de energía. De lo contrario, pudiera romperse y los alimentos se pudrirían. El personal cae de agotamiento. La cantidad de trabajo es proporcional a la devastación que hay en La Guaira: inabarcable.  

La Guaira, Venezuela; junio de 2026
La Guaira, Venezuela; junio de 2026 / Foto: Diego Torres Pantin

—Van a demoler el urbanismo lo; es lo más obvio —dice Alexis—. Hay muchos sitios donde todavía están sacando gente. Ayer sacaron, de los edificios de enfrente, a dos miembros de nuestra iglesia: un señor y su hija con discapacidad.  

Él, quien además ejerce como community manager, utilizó su conocimiento para ir solicitando donaciones. La solidaridad ha sido masiva. En dos semanas, ha sido contactado vía WhatsApp por más de tres mil personas. Unos son voluntarios, otros necesitan ayuda; hay quien quiere donar alimentos u objetos, otros representan a alguna institución.

Son dos empleos de tiempo completo: la gestión de las comunicaciones de la iglesia y la gestión del orden dentro de la misma. No hay descanso durante estas jornadas de trabajo. En cierto momento del día, cuando la lluvia empieza a caer, un damnificado aparece enojado y reclama no tener con qué proteger a sus hijos del agua. Alexis le da una lona. Está cansado. 

Alexis Paz Díaz. La Guaira, Venezuela; junio de 2026
Alexis Paz Díaz. La Guaira, Venezuela; junio de 2026 / Foto: Diego Torres Pantin

—Ven conmigo. Quiero enseñarte algo.

Me lleva a dar un paseo en su moto. Vamos viendo lugares destruidos de La Guaira. En las paradas saluda a algún conocido; muchos se le acercan con las historias de familiares o amigos que han perdido. Varios son miembros de su iglesia, otros, amigos de la infancia. Mientras andamos, él va señalando diferentes edificios colapsados: allí vivían una madre y una hija fieles de la iglesia cuyos cuerpos aún esperaban sacar los cuerpos en ese momento, allá había un restaurante muy bueno, allá hizo un curso en su adolescencia. Todo su mundo, o al menos gran parte de él, parece haberse convertido en escombros. Sus padres y hermana quedaron damnificados también. Pero el apartamento que perdieron no es la peor parte.

Alexis me lleva hacia una zona residencial en la falda de la montaña. Señala una casa destruida. 

—Allí murieron mi hermano y mi sobrino, que tenía 20 años. 

Es una casa completamente destruida. Esa casa era de su hermana. Esa tarde había allí varios miembros de la familia. Fue la misma noche del terremoto cuando supieron… Con ayuda de rescatistas pudieron sacar a los sobrevivientes, y después, los cuerpos de los fallecidos. El primero salió en la madrugada, el segundo al mediodía.

—Hemos secado nuestras lágrimas, aguantamos nuestro dolor, respiramos profundo y seguimos adelante. Hay que salvar personas. Pero creo que contar esto ayuda a sanar.

Alexis Paz Díaz. La Guaira, Venezuela; junio de 2026
Alexis Paz Díaz. La Guaira, Venezuela; junio de 2026 / Foto: Diego Torres Pantin

«Si ellos quieren ayudar, ¿por qué no vienen para acá?»

Almari Paz, 23 años, trabaja en la iglesia Ararat junto a su familia. Es hermana de Alexis. Está preocupada por dónde van a vivir ahora. Ella y sus padres perdieron el apartamento que tenían. Aun así, la prioridad ahora es la atención social. Ella me lleva a recorrer el Urbanismo Hugo Chávez. Cuenta que, en uno de esos apartamentos, una familia tenía a una adolescente de 15 y a un niño de diez. La hermana mayor, en su desesperación, arrojó a su hermanito por la ventana. Ambos sobrevivieron, y los padres también, pero todos sufrieron fracturas.  

Ella cuenta con algo de ira que ese complejo urbanístico, parte del programa social Gran Misión Vivienda, tiene apenas 13 años de inaugurado. Siete meses después de la muerte de Chávez fue abierto oficialmente. Mucha gente se ilusionó en su momento al recibir allí una casa de color celeste. Almari compara eso con el edificio donde ella vivía con sus padres, que tenía 40 años de construido. A ese solo se le cayó la fachada. Aunque no podrán volver a habitarlo, no es la misma destrucción. ¿Por qué esa diferencia?

Almari me llevó a donde estaban los edificios destruidos. Fueron hechos por una compañía turca llamada Summa. De hecho, por eso, coloquialmente a ese lugar le decían Summa. Las casas están hechas con materiales muy endebles. Ella toma una tabla que se desprendió de uno de los edificios y me pide que la foto sea allí. Quiere que el mundo lo sepa. 

Almari Paz. La Guaira, Venezuela; junio de 2026
Almari Paz. La Guaira, Venezuela; junio de 2026 / Foto: Diego Torres Pantin

—Si ellos quieren ayudar, ¿por qué no vienen para acá? La tipa sí ha pasado por aquí, pero en helicóptero.  

Cuenta que el otro día aconteció un hecho peculiar: unos dólares estaban en el suelo junto a una de las casas afectadas. Una funcionaria militar tomó los billetes. Del otro lado de la calle, los civiles empezaron a gritarle que los dejara. Pasaron agentes del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (CIPC) y se la llevaron de una. Almari siente impotencia. Esa mujer debía estar ayudando, no robando.  

Un gobierno en un estacionamiento

Igor Lira, su esposa y su hijo vivían en el edificio Las Brisas, en La Guaira. Desde que el terremoto dejó daños estructurales en el inmueble, el estacionamiento se ha convertido en su vivienda. La de su familia y la de sus vecinos. Estamos hablando de la misma construcción que tiempo atrás los llenó de ilusión. Él tenía ya una carrera de décadas trabajando como técnico de comunicaciones para CANTV, la empresa telefónica del Estado venezolano. Siendo padres de dos adolescentes, parecía un sueño hecho realidad en el año 2007.  

La misma noche del terremoto todos los vecinos acamparon afuera. Una docena de familias vivían allí de forma fija, si bien el volumen de gente crecía durante fines de semana y vacaciones. Sabían que regresar al edificio sería imposible por motivos de seguridad: era posible que una réplica lo hiciera colapsar. Al día siguiente, los vigilantes ya se habían retirado de la entrada. Habían perdido los servicios básicos: agua, electricidad, internet, etc. Entre todos acordaron llevar potes con agua de la piscina hasta el baño para asearse y otras necesidades.  

El primer día después del desastre llegaron ocho camionetas al edificio. Traían una bolsa con comida, botellas de agua potable e insumos médicos. Después empezaron a llegar más personas con donaciones. Todos los días. Los vecinos no podían consumir todos aquellos alimentos. Por eso, dedicaron esfuerzos a distribuir insumos en los edificios cercanos. En los primeros días, la mayoría de las personas que tenían posibilidad de irse a otra parte del país, lo hizo.  

Las jornadas pasan con lentitud. Entre los vecinos hay un ingeniero que se ha dedicado a hacer mediciones de los espacios afectados y de sus torsiones. También revisa si se mueven o no las paredes agrietadas. Igor y los demás vecinos lo apoyan. Además, han ido ayudando a las familias a sacar sus pertenencias de los apartamentos. Usan una cuerda para bajar los objetos. Uno se encarga de ir desplegándola desde arriba; otros reciben abajo. Preparan las comidas con la parrilla de uno de los vecinos. Prácticamente es un gobierno en un estacionamiento.  

Con algo de enojo, Igor menciona que vinieron unos funcionarios al edificio; desde afuera —sin siquiera entrar— lo «evaluaron». Escribieron en la pared unas marcas, sin decirles a los vecinos qué querían decir. Nadie entendió eso. Es algo que se ha hecho habitual en La Guaira: todos los edificios tienen grafitis hechos por las autoridades para marcar el estado del inmueble. Pero Igor considera que eso es una falta de respeto: el proceso debe hacerse con una evaluación profunda, con criterios profesionales. Aunque a la semana siguiente regresó la energía eléctrica, él está claro: tendrán que mudarse a donde vive su hija.  

—Mucha gente tiene esperanza de que esto se va a recuperar. Yo, con esta réplica de hoy, no creo que se pueda recuperar. Fueron 39 segundos que nos regresaron a cero. Esto me enseñó lo que es un segundo… Pero me tendré que ir. Compré este apartamento porque tenía ese paisaje espectacular. Todas las mañanas yo salía de aquí y veía el mar con mi tacita de café. Ese paisaje no lo tiene nadie.

Igor Lira. La Guaira, Venezuela; junio de 2026
Igor Lira. La Guaira, Venezuela; junio de 2026 / Foto: Diego Torres Pantin

«Todas las cosas ayudan»

María de Paz, también de la iglesia Ararat, es madre de Alexis y de Almari. Ella se encarga de la cocina. Pasa sus ratos preparando recetas, haciendo turno junto a cocineras de otras iglesias. Ella recuerda ese día como una bisagra en la vida de toda su familia: quedaron incomunicados por horas. Habían tenido que salir del apartamento con la perrita en brazos. Vieron cómo el edificio perdió su fachada y sufrió algunos daños estructurales. Lo primero que hicieron fue ir a la iglesia.  

La Guaira, Venezuela; junio de 2026
La Guaira, Venezuela; junio de 2026 / Foto: Diego Torres Pantin

Tan pronto llegaron, fieles de la iglesia comenzaron a aparecer. Habían perdido sus casas en el Urbanismo Hugo Chávez. La desesperación estaba en sus rostros. Les dieron un lugar para que se quedaran, mientras los aconsejaban para que no cundiera el pánico.

María y su esposo no podían comunicarse con otros integrantes de la familia. Horas después, ella se enteró del fallecimiento de uno de sus hijos —hermano de Alexis y Almari— y su nieto de 20 años de edad.

Llamaron a un miembro de su iglesia que pertenecía a diferentes grupos de rescatistas. Lograron rescatar a los que estaban con vida. Esa misma noche, aún con el dolor por la pérdida, la supervivencia era prioridad. Tuvieron que ir hablando con todas las personas que llegaban para que se distribuyeran en la cancha. «Lógicamente, todo el mundo quería ocupar un espacio y guardar las pocas cosas que podía rescatar, incluyéndonos a nosotros», cuenta María.

En algún momento aparecieron personas en moto para explicarles que se aproximaba un tsunami. Parecía ser que eso dijeron voces expertas. «¡Nadie se mueve hasta que el pastor lo diga!”, gritó ella. No hicieron caso: se dispersaron. De todas formas, esa gigantesca ola nunca llegó.

Al día siguiente empezó la labor de cocina. Al principio, fue afuera, cerca de la cancha. Después vinieron donaciones y personas dispuestas a participar. Lo primero que hicieron fue reconstruir la cocina, que había quedado destruida por los sismos. Más tarde, se organizaron turnos para preparar las comidas.

—Hemos estado preparando alimentos todo el día. Han sido tres grupos rotándose en la cocina porque el trabajo es bastante fuerte. Para nosotros, como cristianos, nos sostenemos de las promesas que Dios nos ha dado. Y una de esas es Romanos 8:28: «Para los que aman a Dios, todas las cosas ayudan a bien». Nuestra fortaleza viene del Señor.

Abuela, yo nunca te voy a olvidar

Lilia Mena tiene 79 años. Ella estaba en su casa, en la urbanización Maredón, cuando ocurrieron los terremotos. Se encontraba viendo una película con su nieto de 12 años. Escucharon ruidos provenientes del baño. Los muebles empezaron a caerse. Tuvieron que correr. El niño fue a buscar a su padre, y se rompió una pierna en el proceso. Su otro hijo tuvo que salir del baño corriendo, aún mojado, con solo una toalla.  

La Guaira, Venezuela; junio de 2026
La Guaira, Venezuela; junio de 2026 / Foto: Diego Torres Pantin

Su familia, y la de todos los vecinos, fueron a parar a un centro de damnificados en una playa de La Guaira. Todas las pertenencias están al lado de su carpa. Confiesa que las cosas han ido bastante bien: el ejército estadounidense les ha dotado de comida y asistencia médica. Atendieron también la herida en la pierna del niño. Pero cada día aparecen más personas. Lina y sus hijos y nietos no perdieron familiares. Y su vivienda, al parecer, no presenta daños estructurales. Es probable que puedan volver. Pero sabe que no todos viven la realidad con el mismo peso.  

—Hemos estado esperando una respuesta. Ya nos censaron. Yo espero que pronto vayamos a salir de todo esto. Mi nieto me dijo: «Abuela, si te mueres nunca me voy a olvidar de ti. Me voy a acordar de la fecha en que te moriste». Estaba muy asustado el pobre.

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Diego Torres Pantin
Diego Torres Pantin
Fotógrafo y periodista cultural. Licenciado en Artes en la Universidad Central de Venezuela. Me gusta lo rebuscado, lo estético y lo simbólico, quizás porque la vida es más divertida cuando tienes que interpretarla.

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