Venezuela | Carmen Teresa Navas y la historia de otra madre 

Tenía 82 años y nunca se cansó de buscar a su hijo, Víctor Hugo Quero Navas, que estuvo 16 meses desaparecido y falleció bajo custodia del Estado. Carmen Teresa Navas murió de un infarto el pasado domingo 17 de mayo, apenas nueve días después de que lograra darle sepultura al cuerpo de su hijo. Este es un relato de su vía crucis.

No pisaba esta funeraria desde que en mayo de 2018 vine al velorio de mi mamá. Muchas veces esquivé volver a este lugar, pero hoy, no más me desperté, tuve el impulso de acercarme para rendirle mis respetos a Carmen Teresa Navas. Sus restos reposan en una urna blanca, en el centro de la capilla imperial que, a esta hora, 9:00 de la mañana, aún no comienza a llenarse de gente.  Mientras me duchaba, me vestía —camisa blanca y pantalón negro, como dicta la etiqueta del luto—, y durante el camino hasta acá, no dejé de pensar en esa mujer… y en aquella historia de otra madre. 

Una madre que está preparando algo en la cocina de su casa cuando de pronto se da cuenta de que un viejo horrible ha raptado a su hijo. El viejo se llama la Muerte. O así le dicen. En medio de la noche invernal, la mujer sale a buscar a la criatura. Se inserta en las entrañas de un bosque de árboles desnudos y caminos tapizados de nieve. Uno siente tanto la angustia como la esperanza que ella alberga. Se adivina inquebrantable. Sobre todo, cuando se encuentra a un personaje que, a cambio de darle pistas sobre el paradero de su hijo, le pide que se saque los ojos… Y ella no duda en hacerlo. 

—Qué no daría yo por llegar a donde está –exclama, llorando. 

Acto seguido, se le desprenden las pupilas: caen en el fondo de un lago y se convierten en perlas.

Ciega, desorbitada, la doña se las apaña para retomar el peregrinaje. 

Ahora se topa con una sepulturera que, para ayudarla en su búsqueda, le propone un trato: «Puedes cederme tu cabellera negra; bien sabes que es hermosa, y me gusta. A cambio te daré la mía; es blanca, pero te servirá».  Se produce el intercambio y la sepulturera la lleva a un invernadero donde reposan otras víctimas del viejo. La madre sabe que ahí está su hijo, pero en ese momento llega la Muerte. 

—¡¿Cómo encontraste el camino hasta aquí?! —le pregunta. 

—¡Soy madre! —responde ella. 

Discute, forcejea, hasta que deja caer la cabeza sobre su pecho, mientras la Muerte se va con su hijo hacia un mundo desconocido. 

***

Y pienso ahora en ese relato de ficción —de Hans Christian Andersen, publicado en 1847— por el paralelismo que ha impuesto la realidad. 

¿Acaso la madre del cuento no podría llamarse Carmen Teresa Navas? El mundo ha conocido la trama que le tocó protagonizar. Ella, una anciana sencilla de 82 años, habitante de Caricuao, oeste de Caracas, se entera de que uno de sus cuatro hijos, Víctor Hugo Quero Navas, de 51 años, está desaparecido. El primero de enero de 2025, mientras caminaba por Plaza Venezuela, pleno centro de la ciudad, se lo llevaron funcionarios de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (Dgcim). 

Como el personaje del cuento de Andersen publicado hace 179 años, Carmen Teresa da tumbos buscando a su hijo.

Va de prisiones a hospitales.

De morgues a tribunales.

Una y otra vez a oficinas policiales.

Exige saber el paradero de Víctor Hugo; ruega que al menos le den una fe de vida. 

«No sabemos nada», le responden sin cesar. «¿Otra vez usted por acá? Hasta cuándo?». Llegaron a tildarla de fastidiosa. Una amiga reportera que la entrevistó me cuenta que, pese a sus dolencias —a veces le costaba respirar; había perdido más de 40 kilos de peso en los últimos tiempos— a doña Carmen Teresa se le percibía llena de vitalidad, elocuente, lúcida. Esta periodista la conoció en Zona 7, una de las sedes de la policía, rodeada de otras madres de presos políticos. Aquel día la ayudó a subir unas escaleras, porque la doña sentía los pies ya cansados. Luego se la encontró en El Rodeo, otra de las cárceles a la que han ido a parar cientos de prisioneros políticos, y donde, según le había dicho un exdetenido, estaba Víctor Hugo. Otro día, la vio a lo lejos, en alguna protesta. 

Siempre estaba activa, con una pancarta que decía: «¿Dónde está mi hijo?». Las redes sociales están llenas de videos de esta mujer recorriendo el vía crucis que, de a poco, la fue convirtiendo en una figura pública. 

En marzo de 2026, el Grupo de Trabajo sobre Desapariciones Forzadas o Involuntarias de las Naciones Unidas le solicitó al Estado venezolano información sobre el paradero y la integridad de Víctor Hugo Quero Navas, pero nunca obtuvo respuesta. 

En abril 2026, la CIDH otorgó medidas cautelares tanto a Víctor Hugo como a su madre, Carmen Teresa, al considerar que «[se encontraban] en una situación de gravedad y urgencia, toda vez que sus derechos a la vida, integridad personal y salud están en riesgo de daño irreparable en Venezuela». 

También en abril, Carmen Teresa, junto a la organización Foro Penal, quiso poner un recurso de habeas corpus para exigir información sobre el paradero y el estado de salud de su hijo, pero el tribunal se negó a recibirlo. 

El Tribunal Segundo de Control rechazó la solicitud de amnistía para Víctor Hugo Quero Navas (el Parlamento de Venezuela aprobó una ley de amnistía por la participación en protestas políticas y en «acciones violentas» durante diversos periodos desde 2002). Al menos esta gestión sirvió para que se conocieran los cargos que le imputaban: traición a la patria, conspiración y terrorismo. 

Pronto tantas diligencias se revelaron inútiles. 

Este mayo, en las vísperas del Día de la Madre, el ministerio de servicios penitenciarios emitió un comunicado informando que «el ciudadano Víctor Hugo Quero Navas» había fallecido en julio de 2025, mientras se encontraba en la cárcel de El Rodeo. 

Una madre había estado buscando a un hijo que llevaba muerto más de nueve meses. 

El texto oficial agregaba que falleció aquejado de problemas gastrointestinales, luego de que lo llevaran a un centro médico, y que, como el detenido no suministró datos filiatorios, y por tanro ningún familiar se presentó a solicitar visita formal, pues fue enterrado sin más.  

Tras la noticia, Carmen Teresa Navas, en sus manos hojas de alguna palmera, se acercó a una tumba en que encontró una lápida con el nombre de su hijo.

Pidió la exhumación para reconocer el cadáver. Así lo hizo. Tan pronto lo vio, se desplomó. Pero recobró el aliento. Siguió apareciendo en los medios. Acudió a una misa en la iglesia de La Candelaria, en el centro de Caracas, adonde mucha gente se acercó a darle el pésame. Estaba apocada, ensimismada, ya ida. 

Pasaron otros nueve días. El 17 de mayo falleció de un infarto. Esa es la causa médica. No es aventurado decir que, en realidad, murió de tristeza.

En el velorio de Carmen Teresa Navas; Caracas, mayo de 2026
En el velorio de Carmen Teresa Navas; Caracas, mayo de 2026 / Foto: Erick Lezama

***

«Se me fue una madre». 

Sentado en un banco a las afueras de la capilla, William Azuaje habla con los ojos llorosos. 

En 1993, él estudiaba en la Escuela de Grumetes, el instituto donde se forma el personal de las Fuerzas Navales. Allí conoció a Víctor Hugo, que también prestaba servicio militar. Tanto William como el resto de sus compañeros lo apodaban «El Ruso», porque era alto y rubio. Cada fin de semana, William y los demás compartían con la madre de Víctor Hugo.  Y de visita en visita, terminaron por hacerse familia. 

—Te he tomado tanto cariño que quiero ser tu madrina de confirmación —le propuso Carmen a William, quien le dio un abrazo y le respondió: 

—Claro que sí, mi vieja. 

Con el tiempo, la vida los llevó por bifurcó sus caminos.  William estudió Derecho, se radicó en Maracay, a hora y media por carretera de Caracas; El Ruso emigró —estuvo entre España y Estados Unidos— y luego volvió a Venezuela. Hace años se reencontraron, crearon un grupo de WhatsApp con otros miembros de aquella promoción de marinos, y esporádicamente hablaban de cualquier cosa. 

Un día de enero de 2025, uno de ellos, David, llamó a William para pedirle ayuda: le dijo que un amigo de Víctor Hugo, que vive en España, no podía comunicarse con él. 

«¿Sabes qué pasa con el ruso?». No, no sabía. Como no quería alarmar a nadie, se vino de Maracay a Caracas, y comenzó a buscarlo en los lugares que Víctor Hugo frecuentaba. Recorrió Sabana Grande, Chacaíto, Chacao, La Hoyada, tratando de ubicarlo. 

Al no localizarlo, William resolvió visitar a su madrina. 

Ella tampoco tenía idea. Y estaba angustiada. 

Durante los cinco meses siguientes, él se quedó en Caracas. Acompañó a Carmen Teresa a Zona 7, a Roca Tarpeya y a la Fiscalía.  Un día, ella, agradecida, le dijo: 

—Ya no te quiero como un ahijado, sino como un hijo. 

—Y yo a ti como una madre —respondió él. 

El 31 de julio de ese 2025, William sufrió un accidente en su moto que lo obligó a guardar reposo. Desde Maracay, seguía pendiente de las gestiones que realizaba Carmen Teresa en Caracas; ahora en compañía de una periodista y un fotógrafo que iban con ella a todas partes.  

«Y, bueno, ya sabes el final de esta historia».

***

Alrededor del féretro, rezan un largo rosario. El hombre que lo dirige habla alto; canta canciones religiosas entre misterios; reflexiona sobre pasajes de la Pasión de Cristo; pide, con énfasis, por el descanso de la madre «que ahora, finalmente, podrá encontrarse con su hijo».  

Conforme avanza el rosario, la capilla se va abarrotando al punto que ya no cabe una persona más. Salgo y me fijo que hay una fila de decenas de personas que quieren acercarse para ver por última vez a doña Carmen Teresa. Han venido activistas de derechos humanos, periodistas de medios nacionales e internacionales, exprisioneros políticos, gente de a pie. «No la conocí, pero soy madre, por eso vine», me dice una señora. 

«Víctor Hugo vivió en Chacao, en El Pedregal, a dos casas de la mía. De niños, jugamos juntos. Comíamos del mismo plato. Él dormía en mi casa.  A los años fue que se mudó a Caricuao. Vine hoy porque vi en las noticias esto que pasó. Lo he lamentado mucho. Carmen Teresa, lo sé, era una buena mujer», me cuenta otra asistente. 

***

William Azuaje pasó el sábado 16 de mayo con doña Carmen Teresa en Caricuao. Ella vivía en el sector CC2, en el piso 17 de un edificio en que nunca funciona el ascensor. Durante la tarde, ella comenzó a decir que se sentía mal. Le dolía el pecho, pero no quería que la llevaran al médico. William tenía que marcharse a su hogar en Maracay, pero antes de hacerlo le insistió que era bueno que la viera un doctor. Hasta coordinó que fuera a buscarla una ambulancia.  

Él se fue, pero siguió al tanto. A eso de las 9:00 de la noche le contaron por teléfono que todo estaba bien: a Carmen Teresa le habían hecho un electrocardiograma, la habían hidratado, y ya la llevaban de vuelta a casa.  

El domingo William cumplía años. Lo pasó celebrando con sus hijos. En la noche se asomó al celular y vio llamadas perdidas. Tuvo un mal presentimiento. Entonces llamó de vuelta. Le avisaron que la doña se sentía mal; que la estaban llevando a urgencias. No pasaron diez minutos cuando le informaron que ella había muerto. 

«Creo que dijo: “Mi propósito está cumplido, ya conseguí lo que quería. Necesito descansar”. Y de verdad, pienso que se fue con él». 

Al escucharlo, vuelvo a pensar en el cuento de Andersen. En la muerte y en la maternidad extendida. Entonces escucho que dentro de la capilla alguien lee «Los hijos infinitos» del venezolano Andrés Eloy Blanco:

Cuando se tiene un hijo,
se tiene al hijo de la casa y al de la calle entera…

La poesía siempre está llena de verdad. De tanta verdad que es capaz de condensar este relato. 

Cuando se tienen dos hijos
se tiene la alegría y el ¡ay! del mundo en dos cabezas,
toda la angustia y toda la esperanza,
la luz y el llanto, a ver cuál es el que nos llega,
si el modo de llorar del universo
el modo de alumbrar las estrellas.

***

Ahora un sacerdote comienza un nuevo oficio religioso. Desde acá afuera escucho las respuestas a las oraciones. Camino tratando de conseguir más testimonios y me topo con dos amigos actores. Muchas veces he ido a verlos al teatro.  Me he sumergido con ellos —o gracias a ellos— en historias inventadas, en tragedias ensayadas. Pero hoy no encarnan personaje alguno. Quisieron venir como lo que son: ciudadanos consternados ante una historia tan real como inverosímil. 

«Esto, en un régimen más o menos normal, sería un escándalo», dice él. 

Me cuesta reconocerlo; ese hombre que suele vociferar en el escenario hoy habla muy bajito, casi en un susurro. A su lado, ella reacciona: «No entiendo cómo el tráfico no está parado, cómo todo sigue como si nada… Uno se siente frustrado, impotente ¿Cómo no evitamos esto? ¿Cómo ahora voy a hacer una obra de teatro como si nada? Sé que debo hacerlo, sé que es lo que me corresponde, pero… no puedo. No puedo». Y niega con la cabeza, los ojos rojos; se queda ahí con la mirada perdida. 

Me siento, muy cerca de ella, en silencio. 

Dentro de la capilla cantan el himno nacional, y quienes están afuera comienzan a entonarlo también. Al terminar, se oye, estruendosa, una consigna: «Justicia, justicia, justicia». Y otra: «Asesinos, asesinos, asesinos».  

Me doy cuenta entonces que traen en hombros el féretro. La procesión avanza lenta hacia una camioneta estacionada en la entrada de la funeraria. 

«Carmen somos todos», gritan ahora. 

Alguien ha repartido hojas de palma —como esas que ella cargaba aquella mañana en que fue a la presunta tumba de su hijo—, y las agitan hacia arriba. 

Otros levantan pancartas. De nuevo estalla un aplauso —más bien una ovación—, y de nuevo entonan el himno nacional, y de nuevo consignas, y de nuevo aplausos. 

Así, hasta que arranca la camioneta en que han introducido la urna blanca: rumbo al cementerio donde la enterrarán en el mismo nicho que días antes ella procuró para su hijo. 

***

Carmen Teresa Navas

Omaira Navas

Carmen Teresa Dávila Yéspica

Yarelis Salas

Yenny Barrios. 

Son las cinco madres que —entre 2025 y lo que va de 2026— han muerto esperando la liberación o buscando el paradero de sus hijos, cautivos o desaparecidos por motivos políticos en Venezuela, según la organización no gubernamental Encuentro Justicia y Perdón.

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