La noche antes, o más bien, el día cero, iba caminando la calle 12 de El Vedado. Sentí un pinchazo en la rodilla izquierda y lo justifiqué como cansancio muscular. En el último mes he tenido que subir y bajar las escaleras de un alto edificio porque no hay luz para los elevadores. Precisamente, cuando regresaba, subiendo diez pisos, sentí varios escalofríos y un pequeño golpe febril que indicaba la aparición de los primeros pródromos. Pensé que era simplemente el inicio de una gripe por bañarme con agua fría. Estaba equivocado.
Dormía esa misma noche sin pullover por el calor hasta que los escalofríos me despertaron; mejor dicho, me sacudieron. En plena madrugada y a tientas, logré encontrar un edredón en el closet, porque taparme con la sábana, mojada por mi sudor, me hacía temblar más. Di varias vueltas en la cama incómodo, hasta que el cansancio me volvió a vencer.
El día uno comenzó cuando desperté. Amanecí en un charco de sudor; había dejado el ventilador conectado, pero la corriente no volvió en toda la madrugada. El edredón y la almohada retenían el olor y el calor de una noche de fiebre intensa. Mi boca estaba seca y el cuerpo sentía un cansancio extremo como si solo hubiese dormido unos pocos minutos. Necesitaba tomar agua, mucha agua, tenía los labios agrietados por la deshidratación. Cuando intenté incorporarme para ir a la cocina y servirme un vaso, me topé con la certeza de que no era una gripe. Tenía una rigidez y un dolor fortísimos en todas mis articulaciones que no me permitían mover; lo que más dolía eran los dedos de las manos. Lo más probable es que algún mosquito me hubiese picado. Los síntomas parecían conocidos.
Entre mi prima y mis padres determinaron los síntomas y diagnosticaron: chikungunya. Que si el dolor, que si la fiebre, que si la migraña. Mi prima revisó mi espalda y mis brazos y encontró el susodicho «rash». Si tienes rash desde el primer día, es chikungunya, con el dengue te da al final, precisó ella con una confianza increíble. El rash es la sumatoria de todo lo malo; calor mezclado con enrojecimiento de la piel en un formato de sarpullido rojo que da una comezón molestísima que nunca se quita, y estás obligado a no tocarte porque se multiplicará la picazón si te arrascas.
No fui al médico por dos motivos; primeramente, el dolor era tanto ese día que el simple hecho de caminar al baño que está a solo tres metros de la cama ya era en sí toda una odisea; segundo, nadie en la casa, incluyéndome, le tenía algún tipo de fe al hecho de ir al doctor. Ni mi prima cuando lo tuvo, ni los vecinos meses atrás, ni ningún amigo cercano, fue al médico. Y, realmente, ¿qué beneficio traería ir al médico hoy día? No hay reactivos para determinar la enfermedad, te dirán que tomes mucho líquido y que hagas reposo y tomes paracetamol nunca ibuprofeno. Por tanto, cualquier duda que tuve se la pregunté a Google o a Chatgpt; desde hace mucho confío más en Internet que en visitar un policlínico.
Pues el poco dinero que tenía se lo di a mis padres para que, por favor, me compraran gelatina y algún jugo, porque era imposible para mí salir a la calle con mis síntomas. Con tres mil pesos solo se pudo comprar cuatro paquetes de gelatina y dos cajas de jugo de pera. Las pastillas me las regalaron amigos y vecinos, porque se salían de mi presupuesto. El día transcurrió lento, sin electricidad la mayor parte, y fue imposible entretener mi ocio viendo la televisión; además los ojos habían comenzado a dolerme mucho y preferí dormir la mayor parte del tiempo en vez de estar pendiente del celular.
Me levanté el segundo día igual, en un charco de sudor. Alguien había puesto un mosquitero alrededor de mi cama para evitar una posible propagación. Me tomé el último pepino de agua hervida de toda la casa. Les dije a mis padres que no gastaran más gas hirviendo agua, que de la pila era igual. No nos podíamos permitir comprar una balita ahora mismo.
El rash había aumentado y fue imposible no rascarme constantemente. Tuve picos de fiebre de 39 grados; solo me bajaba a 38 dándome un baño de agua fría. Mi madre me ayudó a bañarme; mis articulaciones no me permitían siquiera inclinarme a llenar el vaso de agua y, por supuesto, menos aún enjabonarme la piel. El único repelente que tenemos lo tuve que gastar entero para evitar los mosquitos cuando salía del mosquitero y caminaba por la casa.
El día tres algunos amigos vinieron a verme, la mayoría tuvo la enfermedad en los últimos seis meses. Relataron su dolor, toda la sintomatología que sufrieron. La mayoría coincidía, y lo que más me sorprendió es que ninguno fue al doctor. La desconfianza o la normalización de una enfermedad tan peligrosa me pareció en general una imprudencia por parte de ellos, y por mi parte también; pero todos afirmamos que ir al médico, ahora mismo, no tiene ventaja alguna. No es bueno someter un cuerpo que necesita reposo a una caminata hasta el hospital o el policlínico para, luego, una espera de más de una hora en el Cuerpo de Guardia… Y al final te dirán exactamente lo mismo para dengue, zika, oropouche o chikungunya: reposo y líquido.
Los días cuatro y cinco transcurrieron sin mejoría aparente. Aunque la fiebre se mantuvo en 38 grados y no volvió a 39, la destemplanza del cuerpo tendió a ser mayor. Los escalofríos volvieron, y, como siempre, solo mejoraba con baños de agua fría. El jugo y las gelatinas se acabaron y mi madre decidió hacer una almuerzo bueno y sabroso para su hijo que seguía convaleciente bajo un mosquitero. Tristemente, sobrevino un síntoma, para mí, inesperado. La pérdida del paladar y el olfato. Así que la ropa vieja que se preparó en aquel almuerzo no pude disfrutarla como hubiese querido yo y hubiese querido mi familia. Luego de recabar diversas fuentes y testimonios de algunos amigos, supe que esto era algo posible, pero, ciertamente, pensé que también podía tratarse de COVID-19, lo cual hubiese sido la guinda al pastel.

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Una semana desde el inicio y ha habido algunas mejorías; la fiebre desapareció poco a poco. Bañarme solo no es tan difícil y ya no necesito ayuda para casi nada. Salí de la casa por primera vez y quien sepa o conozca algo de la enfermedad puede notarla en mi cara y mi cuerpo: ojeras inmensas, caminar lento y adolorido, marcas por las manos y piernas debido al rash y, por supuesto, el semblante de alguien que se ha deshidratado y que ha bajado de peso en pocos días.
Mientras escribo estas líneas todavía me duelen algunas articulaciones. Me detengo en cada párrafo y estiro mis dedos. El chikungunya se irá, dicen que se va. Quizá dentro de unas semanas, quizá dentro de unos meses, quizá nunca… Lo que no parece irse es aquello que la hace posible. Afuera siguen los montones de basura creciendo en las esquinas, las aguas estancadas; los tanques y cubos donde miles de familias almacenan agua porque nunca saben cuándo volverá el servicio son, asimismo, focos de mosquitos. Vivimos en medio de las condiciones perfectas para que el mosquito encuentre hogar. Combatimos los síntomas, pero casi nunca las causas. No recuerdo cuándo fue la última vez que fumigaron mi casa.
Lo más inquietante es que hemos aprendido a convivir con todo eso. Con los apagones, con la basura, con la escasez de medicamentos, con el agua que hay que guardar durante días y, ahora también, con enfermedades que hace apenas unos años eran extremadamente raras y hoy forman parte de las conversaciones cotidianas, del acervo colectivo. Cuando alguien dice que tiene chikungunya, ya nadie se sorprende; lo primero que pregunta es cuántos días lleva con fiebre o cuánto le duran los dolores en las articulaciones. Como tantas otras cosas en Cuba, la enfermedad ha terminado normalizándose. Y pienso en aquellos que viven solos o no tienen dinero para comprar lo necesario para vivir la enfermedad con un mínimo de suministros. Pienso también en los ancianos, porque pueden pasarlo peor que nadie con los dolores. Porque lo que sí tiene el chikungunya es que te «tumba» y de la cama no sales en un buen tiempo.
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Quizá esa sea la peor secuela de esta semana. No el rash, ni la fiebre, ni el dolor que todavía siento y sentiré al cerrar las manos. Lo verdaderamente peligroso es acostumbrarse a que enfermar sea una consecuencia lógica del lugar donde vivimos. Porque cuando una sociedad deja de indignarse por aquello que la enferma, el problema deja de ser el virus y empieza a ser la sociedad misma.
