Un barrio entero sale a protestar; el gobierno devuelve la electricidad; la protesta se dispersa; 20 minutos después vuelve el apagón, y los mismos vecinos regresan a la calle.
En esa secuencia hay un aprendizaje político. Los cubanos entendieron que el Estado solo escucha cuando la inconformidad ocupa el espacio público. Que las quejas dentro de las casas no alteran nada. Que el poder solo reacciona cuando la calle deja de pertenecerle, aunque sea por unas horas.
Las masivas protestas del 11 de julio de 2021 demostraron que el miedo podía romperse. Las que hoy recorren Cuba demuestran que esa lección sobrevivió a la represión. El 11J dejó un manifestante muerto por disparos de la policía —Diubis Laurencio Tejeda—, cientos de condenas de prisión, interrogatorios, vigilancia permanente, actos de hostigamiento y un mensaje inequívoco del régimen: protestar tendría un costo. Lo tuvo. Pero no alcanzó para devolver el silencio.
Cinco años después, los calderos vuelven a sonar en barrios de todo el país. La basura que el Estado no recoge termina ardiendo en las esquinas y su humo acompaña las consignas antigubernamentales. En las paredes reaparece una palabra que el poder intenta borrar una y otra vez: «Libertad». Vuelve a escucharse «Patria y Vida». Los vecinos caminan hasta estaciones de policía o sedes del gobierno municipal para exigir respuestas, conscientes de que al día siguiente puede llegar una citación policial.
El miedo sigue ahí. Nadie sale porque haya dejado de sentirlo. Sale porque el hambre pesa más; porque la frustración ya no cabe entre cuatro paredes; porque la tristeza de una vida suspendida termina empujando a la gente fuera de sus casas y reuniéndola frente al poder.
Mientras el gobernante Miguel Díaz-Canel insiste en discursos sobre «horizontes», «resistencias» y consignas repetidas hasta el cansancio, la realidad transcurre en otro escenario. Está en calles oscuras donde los vecinos se tragan el humo de la basura incendiada y también el miedo para exigir electricidad, comida, agua, dignidad o, simplemente, otra vida.
Las protestas de hoy hablan de un país que aprendió que, aun bajo la amenaza constante de la represión, la calle sigue siendo el único lugar donde el poder se ve obligado, aunque sea por un instante, a escuchar.
Si eso bastará para cambiar Cuba, nadie puede saberlo. Lo que ya cambió es la relación entre una parte de la sociedad y el poder: a lo largo de décadas el miedo mantuvo vacías las calles; hoy son las calles las que obligan al poder a moverse.

La geografía del descontento
La noche del 21 de julio de 2026, en el municipio habanero de Marianao, un grupo de manifestantes —muchos de ellos adolescentes— caminó hasta la sede del gobierno municipal para exigir respuestas ante la crisis generalizada. No se escondieron. Hablaron frente a funcionarios y patrullas policiales. Esa misma noche, en el barrio capitalino de Boyeros, vecinos intentaron derribar una valla propagandística, bloquearon avenidas y avanzaron hacia una sede del Partido Comunista hasta que un despliegue de boinas negras les cerró el paso.
Dos días después, el foco estaba en Luyanó, también en La Habana. Cuatro mujeres ocuparon la calle. Encendieron un colchón, lanzaron madera al fuego y comenzaron a golpear calderos mientras bloqueaban la avenida. Frente a ellas se desplegaron decenas de policías y agentes de la Seguridad del Estado. Detrás, cientos de vecinos observaban y acompañaban la protesta.
«Hay que protestar. ¿Qué vamos a perder? Nos quitaron todo. Tenemos corriente una hora cada dos días. Cocino para el diario, con lo que encuentro. Del agua ni hablar, ni para tomar. Los niños en las aceras tirados hasta la madrugada porque el calor es insoportable. ¿Qué te puedo decir? Tenemos un NO-país, una NO-vida, es como una escena de la película Juan de los muertos, en la que los zombis caminan por La Habana. Así veo la cara de la gente, a no ser cuando están protestando que parece que los exorcizaron por la cantidad de cosas que gritan; se cagan en cuanto vivo hay entre los dirigentes estos malparidos», declaró a El Estornudo Ania Margarita del Valle, una enfermera, de 54 años, del municipio habanero 10 de Octubre, quien asegura que en esa zona no ha dejado de haber manifestaciones en los últimos meses. «O bloquean la Calzada con basura quemada o tocan calderos, o la gente se reúne a gritar y avanzan, incluso varias cuadras… Esto no ha parado este año», precisa.
Marianao, Boyeros y Luyanó no son casos aislados. En las últimas semanas la misma escena se ha repetido, con variaciones, en Regla, Guanabo, San Miguel del Padrón, Jaimanitas, y en la localidad holguinera de Antilla, donde una marcha terminó frente a una unidad policial y dio paso a un amplio operativo represivo. En Santiago de Cuba, la detención de un joven en el reparto Sueño hizo que más vecinos salieran a las calles.
El pasado 24 de julio fue convocado un cacerolazo nacional a las nueve de la noche. Durante días, amplias zonas del país habían permanecido prácticamente a oscuras. Sin embargo, esa noche ocurrió algo que muchos vecinos no habían visto en semanas: la electricidad regresó justo a la hora prevista para la protesta.
Pocos interpretaron aquel restablecimiento como una coincidencia. Aun con las luces encendidas, los calderos sonaron igual.

Del apagón a la confrontación
Lo que ha cambiado en los últimos meses no es solo la frecuencia de las protestas. También cambió la manera de protestar. Cada vez con más frecuencia, los vecinos dejan de limitarse a golpear calderos desde las ventanas y caminan hacia donde creen que debe estar la respuesta: las sedes del gobierno municipal, del Partido Comunista o de la Policía.
También cambiaron los símbolos. La basura que permanece durante días sin recoger deja de ser solo una consecuencia del deterioro y se convierte en barricada. En algunos barrios se canta el himno nacional; en otros, las protestas llegan hasta las inmediaciones de edificios estatales. Durante una manifestación en el reparto Bahía, en La Habana, los vecinos entonaron el himno mientras bloqueaban una calle. Tras aquella protesta, la antropóloga y activista Jenny Pantoja Torres escribió en sus redes sociales, en referencia al anuncio de nuevas medidas económicas con las que el gobierno ha asegurado que aliviará la crisis: «Tú, ciudadano de a pie, no mires para el lado […] que te están robando a ti, a tus hijos y a tus nietos por nacer».
Incluso hubo episodios de enorme tensión, como el incendio de la casa museo dedicada a Orlando Pantoja en Contramaestre, Santiago de Cuba, ocurrido el 21 de junio de 2026 en medio de una noche de cacerolazos y reclamos por los apagones. El incendio fue seguido por un amplio operativo policial y de la Seguridad del Estado: según documentó el centro de asesoría legal Cubalex, las fuerzas represivas se concentraron principalmente en el barrio La Cuba y en los alrededores de Maffo, donde se encuentra la casa museo, símbolo de la propaganda estatal. La organización reportó al menos siete detenidos, entre ellos cuatro menores de edad, y advirtió que las autoridades no habían presentado pruebas que los vincularan con el incendio.
Cubalex ha alertado, en general, sobre el refuerzo de la presencia policial y militar en las calles de la isla desde que las protestas se reactivaron en marzo de este año. El patrón se repite con matices propios en cada testimonio recogido: en Antilla, fue un cerco tras la marcha hacia la unidad policial; en Santiago de Cuba, un cacerolazo respondido con el despliegue de fuerzas con armas largas; en otros barrios, vecinos denunciaron golpes, disparos disuasorios o la vigilancia permanente frente a las viviendas de quienes participaron en las manifestaciones.
Tras una manifestación ocurrida el 21 de junio en Barbosa, un barrio del municipio habanero de Cotorro, el activista y expreso político Alejandro Garlobo difundió el testimonio de un vecino que aseguraba que, después de varias horas sin electricidad y con los alimentos echados a perder, decenas de personas salieron a la avenida principal para protestar. Según ese relato, la respuesta fue el envío de cinco camiones de boinas negras. «Le dieron golpes hasta a los niños», denunció. El testimonio asegura que varias madres fueron agredidas mientras cargaban a sus hijos, que un niño de siete años fue introducido por la fuerza en uno de los camiones policiales y que, al menos, dos jóvenes resultaron heridos. Estos hechos no han podido verificarse de forma independiente por El Estornudo, aunque nuestro medio ha recogido testimonios anteriores de madres cubanas que han denunciado la represión contra ellas y menores de edad en el contexto de las recientes protestas.
Ninguna de estas manifestaciones ha derribado el régimen. Tampoco ha resuelto la crisis que las provoca. Pero han dejado al descubierto otra fragilidad: un Estado obligado a correr detrás de su propio descontento. En ocasiones, la autoridad restablece la electricidad para que la gente regrese a sus casas y cierre la puerta; la mayoría de las veces, despliega patrullas, envía boinas negras, detiene manifestantes, corta los servicios de internet. Y, aun así, días después, en otro barrio, otros vecinos vuelven a salir. No porque esperen una victoria inmediata, sino porque descubrieron que el silencio dejó de ofrecerles algo mejor.
