El artista y activista cubano Luis Manuel Otero Alcántara ha llegado hoy a Estados Unidos tras pasar los últimos cinco años en la prisión de máxima seguridad de Guanajay, en Artemisa, una provincia al oeste de La Habana. Hace unos días fue noticia que había sido extraído de la cárcel por la policía política del régimen que lo condenó por los delitos de «ultraje a los símbolos nacionales», «desacato» y «desorden público». El jueves 9 de julio había cumplido la sanción de cinco años de privación de libertad, pero las autoridades no informaron sobre su paradero. Hoy ha llegado a Miami gracias a un parole humanitario del gobierno norteamericano. A estas horas debe estar siendo recibido por viejos amigos que hoy son exiliados. Al abrazarlos, Luis Manuel Otero, sin más opción que esta, abraza el exilio.
Junto con el rapero contestatario Maykel Osorbo Castillo, era uno de los presos políticos cubanos más conocidos a nivel internacional. Durante esta condena fue reconocido como «preso de conciencia» por Amnistía Internacional, recibió el premio Prince Claus Impact Award y, en 2021, fue incluido por la revista Time en su lista de las cien personas más influyentes del mundo. Su nombre, además, ha sido mencionado en escenarios como el Parlamento Europeo y por figuras como Marco Rubio, actual secretario de Estado norteamericano. Pero ninguno de esos reconocimientos y atenciones pueden regresar los años perdidos. Cuando fue encarcelado, tenía 33 años. Hoy tiene 38. Su hijo, entonces un niño de 11 años, hoy es un adolescente de 16.
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Si algo lo ha preocupado en estos últimos años es el tiempo. Y, como artista, esa preocupación ha sido también el disparador de un impulso creativo que no pudieron detener los barrotes de la prisión de Guanajay ―«este sitio que es como una catedral del mal», como la llamó una vez. Entre otras obras, desde el presidio realizó Retrato al carbón del gato de Schrödinger, una suerte de almanaque a través del cual, quien quisiera, podía comprar un día o varios de su encierro. La idea es ingeniosa: vender el tiempo que le han quitado. En Retrato al carbón… Luis Manuel Otero asume el estado del famoso animal de la paradoja de la superposición cuántica: estar vivo y muerto a la vez dentro de una caja sellada.
Luis Manuel Otero es hoy libre, o todo lo libre que puede ser un exiliado. Si hasta hace poco le robaban el tiempo, ahora le han quitado su espacio. Su nueva condena será observar, a la distancia, que Cuba ni siquiera es aquella que dejó de ver el 11 de julio de 2021. Ese día, miles de cubanos tomaron las calles para exigirle libertad al régimen. Él salió de su casa, ubicada en un barrio pobre de La Habana Vieja llamado San Isidro que para entonces él ya había puesto en el mapa político de la isla. Hizo un video para redes sociales donde anunciaba que se uniría a las protestas populares, pero nunca llegó. La Seguridad del Estado se apresuró a detenerlo y encarcelarlo. Hasta hoy. Desde aquel día de su encarcelamiento, Cuba ha sido el país del estallido social y la brutal represión desatada contra el pueblo, los más de mil presos políticos, uno de los mayores éxodos migratorios puntuales en la historia de la región; el país de los apagones, la falta de medicamentos, la miseria absoluta, los cacerolazos, el bloqueo petrolero de Estados Unidos y las amenazas de intervención de Donald Trump, las reformas económicas a destiempo y los nietos de Fidel y Raúl Castro convertidos en influencers y figuras políticas de peso. Y aunque seguramente algo de esto llegó a la oscura y recóndita celda donde lo mantuvieron estos cinco años, es mucho lo que deberá asimilar.

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Muchas veces, Luis Manuel Otero ha dicho de sí mismo que es solo un artista negro y marginal de un barrio negro y marginal de La Habana. De esta forma asume los calificativos que el gobierno cubano le ha endilgado, excepto por lo de artista. Eso se lo ha puesto él porque se lo ha ganado y porque incomoda a ese mismo régimen al que no le debe nada. Luis Manuel Otero, el gran proscrito de las instituciones culturales cubanas, es un artista autodidacta que rompió con todo lo política y estéticamente correcto en su país.
En 2016, cuando era prácticamente un desconocido, ideó un proyecto atrevido al que bautizó Museo de la Disidencia en Cuba, donde puso a compartir espacios a importantes disidentes de la historia de Cuba: desde Fidel Castro, el guerrillero convertido en dictador, hasta el fallecido opositor anticastrista Oswaldo Payá. Poco a poco, se convirtió en el epicentro del arte independiente y contestatario en Cuba. A cada novedad en la isla ―la sustracción del busto de un héroe nacional para convertir un edificio histórico en un hotel de lujo, la llegada de Internet a Cuba, etc.―, Luis Manuel Otero respondía con una performance desafiante. El régimen, a su vez, intentó destruir su obra, desacreditarlo como creador, y, cada tanto, lo encarceló. Una de esas piezas fue Drapeau, que consistía en usar la bandera nacional como un manto que lo cubriera todo el tiempo, una suerte de segunda piel. Con Drapeau, el artista desacralizaba el significante gastado de un símbolo patrio para resaltar, si no rescatar, sus significados valiosos. Tiempo después, el castrismo echaría mano de aquel performance para imputarle una de las causas penales por las que pasaría un lustro en prisión.

Luis Manuel Otero Alcántara.
La Habana, 2018.


Luis Manuel Otero Alcántara con la colaboración del artista Anyelo Troya.



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Del 5 al 15 de mayo de 2018, Luis Manuel Otero, junto a otros artistas y curadores, lanzó #00Bienal, un evento al margen de las instituciones culturales del gobierno ―las únicas permitidas― que, nuevamente, fue desmantelado por la policía política. Pero aquella iniciativa sirvió para consolidar un núcleo dentro de la comunidad artística cubana que, un año más tarde, pondría en jaque al castrismo. En 2019, el presidente Miguel Díaz-Canel firmó el Decreto Ley 349, una norma oscurantista que le permitía a las autoridades cubanas parametrizar y censurar la producción cultural en todas sus manifestaciones. Él fue uno de los cabecillas de la oposición de los creadores a aquel Decreto, lo que le costó varias detenciones, interrogatorios policiales y amenazas.
De aquel grupo surgió el Movimiento San Isidro (MSI), conformado por artistas y curadores independientes que exigían libertad creativa y de expresión en Cuba, y que solían reunirse en Damas 955, la casa de Luis Manuel Otero. Desde entonces, la represión fue más asfixiante sobre él. Casi todas las semanas era noticia que había sido multado, golpeado o detenido arbitrariamente por la Seguridad del Estado. Varias veces declaró sentirse molesto al respecto: no tanto por los agravios recibidos (que también), sino porque se resistía a que le conocieran únicamente por su condición de víctima. Su deseo, contaba, no era ser un opositor político, sino que lo dejaran hacer su arte en paz.
A pesar del hostigamiento constante, Luis Manuel Otero se mostraba optimista y seguía apostando por la reconstrucción del tejido social y la unión de los cubanos como única forma de hacer frente al totalitarismo. También rechazó siempre cualquier liderazgo porque creía en la acción coordinada y horizontal. Por aquel tiempo en Cuba ya se había hecho conocido por una frase: «Estamos conectados».

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En 2020, a raíz de la detención arbitraria del rapero Denis Solís, miembro del MSI, Luis Manuel Otero, Maykel Osorbo y otros artistas y activistas realizaron, a manera de protesta, lecturas públicas de poesía, en plena calle, y también frente a la estación policial donde se encontraba su compañero. En poco tiempo, el régimen los orilló a acuartelarse en la casa de Damas 955, donde varios de los involucrados, incluido Luis Manuel Otero, iniciaron una huelga de hambre y, en algunos casos, de hambre y sed. La llamada Huelga de San Isidro conmocionó al país y acaparó titulares en la prensa internacional durante aquellos días de noviembre. No obstante, fue desmantelada a la fuerza por la Seguridad del Estado.
Inmediatamente después, en la noche del 27 de noviembre, ocurrió algo insólito en la isla: cientos de personas, entre artistas, periodistas e intelectuales se plantaron frente al edificio del Ministerio de Cultura para exigir justicia para los huelguistas y el fin de la represión por motivos políticos. El gesto sirvió para que el régimen se viera forzado a dialogar con los manifestantes y prometer una serie de encuentros para redefinir la política cultural del país. Con la esperanza de haber llegado a un acuerdo, la protesta se disolvió. Sin embargo, menos de una semana después, las autoridades del país anunciaron que desconocían aquel pacto. La represión volvió como si nada.

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Luis Manuel Otero fue apresado mientras pretendía unirse a las protestas populares del 11 de julio de 2021, que dejaron un saldo de más de mil presos políticos, varios heridos y al menos una persona asesinada a manos de la policía. Poco menos de un año después, se dictó sentencia en un proceso junto a Maykel Osorbo (encarcelado desde mayo de 2021): cinco y nueve años de prisión, respectivamente.
En febrero de 2024, un tribunal del régimen ―en Cuba todos los poderes del Estado se subordinan al Partido Comunista― desestimó la solicitud de libertad condicional para Luis Manuel Otero, a pesar de que este cumplía con los requisitos para ser beneficiario de dicha medida. Según el juzgado, el reo debía cumplir hasta el último día de su sanción porque no se habían alcanzado «los fines de la pena». Es decir: no había recibido aún castigo suficiente por su insolencia. Al respecto, dijo entonces el jurista cubano Raudiel Peña, miembro de la organización Cubalex: «La exclusión de presos políticos de estos beneficios, a pesar de cumplir con los requisitos legales, refleja una estrategia deliberada del Estado para mantener el control y enviar un mensaje de advertencia a opositores y activistas, evidenciando así la instrumentalización política de la justicia en Cuba».
En prisión, su salud estuvo comprometida varias veces. Contrajo herpes, hongos, parásitos y chikungunya, una enfermedad infecciosa que puede causar severos y prolongados daños físicos. Pero nada de esto detuvo su producción artística, que contó con el apoyo de algunos cubanos y cubanas en el exilio. «Lo que me ha salvado es el arte», dijo en una entrevista telefónica concedida desde la cárcel a El Estornudo.
Su obra ha sido expuesta en varias ocasiones fuera de la isla. En 2022, tuvo lugar en Art Space de Miami la exposición Alcántara, un artista en prisión. Varias de esas piezas luego fueron parte, en 2023, de la exposición colectiva Ya nada es como antes, en el Museo Hessel del Centro de Estudios Curatoriales del Bard College de Nueva York. Además, piezas suyas fueron presentadas en la exhibición You Know Who You Are de Espacio 23, durante la Semana del Arte de Miami.
Apenas el pasado 19 de febrero, con la curadora cubana Anamely Ramos (desterrada y residente en Estados Unidos), «realizó» en una calle de un popular barrio habanero la performance Meferefun, de la serie Momento cero. Ese día, la calle amaneció poblada de estatuillas de santos, vírgenes y otras divinidades adoradas en el sincretismo religioso cubano. Juntas, vagamente formadas, como listas para echar andar. Todo en ellas ―incluido el poder inconmensurable que parecía animarlas― recordaba la multitud a la que el 11 de julio de 2021 Luis Manuel Otero no llegó a sumarse.



