Si hasta hace poco le robaban el tiempo, ahora le han quitado su espacio. Su nueva condena será observar, a la distancia, que Cuba ni siquiera es aquella que dejó de ver el 11 de julio de 2021.
Por eso, las obras reunidas en ‘La prisión invisible’ —también las que no pudieron llegar físicamente a la sala, pero que existen— son, ante todo, una afirmación identitaria de esas vidas. Una manera de decir: seguimos aquí, seguimos siendo.
Para Otero, este grupo de santos en Párraga, milagrosos, desvalidos, pero también más potentes que todo lo demás, nos enseñan que, «a pesar de los diferentes colores o tamaños, tenemos que salir y romper la vitrina de cristal».
«Eso sí, es justo decirlo, cada vez que hice una exhibición dije lo que quise sin cortapisas, aun desde temáticas sensibles porque interpelan directamente al poder: delitos de cuello blanco y propensión social a delinquir, lo peligroso de la creación artística bajo censura, la casta militar devenida empresarial, la pérdida del valor de la condecoración y la simbología revolucionarias, las distorsiones de la comunicación en los totalitarismos y el espionaje, fueron temas tratados y exhibidos por mí en Cuba».
Había enfermado en los años en que Cuba internaba obligatoriamente en sanatorios a las personas diagnosticadas con VIH. Fuera de ellos, el miedo a la enfermedad convivía con el rechazo hacia quienes la padecían. Para Crespo, El Mejunje no fue solamente un sitio donde escuchar música: fue uno de los primeros lugares donde pudo volver a mezclarse con los demás.