Es 20 de agosto del año 2006, y a las manos de los lectores del Sur de la Florida llegará la edición dominical de El Nuevo Herald con una portada que anuncia la destacada actuación del campocorto Hanley Ramírez en los Marlins, la venta de boletos en el Centro Carnival, y algún anuncio de comida en Orlando; todas noticias menores, a las que se le ha dado muy poco espacio en portada, en comparación con la que parece ser la gran pieza clave del domingo, un bombazo que va a caer en Miami y, por extensión, en La Habana. Se trata de una pieza con la foto del entonces presidente en funciones de Cuba y un titular a modo de confirmación: «Raúl Castro ordenó el derribo de las avionetas». Firma: Wilfredo Cancio Isla.
Hacía solo unos días que Castro había ocupado el mando de la isla, tras la diverticulitis de colon de su hermano Fidel, que luego evolucionó a una hemorragia intestinal y una peritonitis que lo obligaron a ceder el poder del que se había agarrado por casi medio siglo. Una persona, cuyo nombre hasta hoy no se puede revelar, creyó que era el momento indicado para publicar la prueba que demostraba la responsabilidad de Raúl en el derribo de las avionetas Hermanos al Rescate diez años atrás, donde murieron cuatro personas.

Había que poner ese documento en las manos de un periodista, y ese periodista iba a ser Cancio (Sancti Spíritus, 1960), entonces reportero de asuntos cubanos del Herald, doctor en Ciencias de la Información por la Universidad de La Laguna, España, quien había sido por 12 años profesor de la Facultad de Periodismo de la Universidad de La Habana. Paralelamente, se había desenvuelto como cronista cultural del diario Trabajadores y crítico de cine y teatro en revistas como Revolución y Cultura, El Caimán Barbudo, La Gaceta de Cuba o Cine Cubano.
Cancio siempre tuvo una «obsesión por reportar», dice. Desde que era niño, sus padres apostaban porque se hiciera médico, físico nuclear o ingeniero civil, mientras él prefería la anotación de pelota tras su frustración como atleta. «Yo no iba a ser periodista, yo estoy en el periodismo debido a la pelota», confiesa. Ahora, en Miami, lejos de todo lo que dio por sentado alguna vez, lejos del país «del que nunca quiso irse», llegaba a sus manos una exclusiva: la de hacer saber al mundo que había pruebas para culpar al dictador cubano de uno de los grandes lutos del exilio.
Aquel día del año 2006, lo llamaron desde la agencia Nueva Prensa Cubana, dirigida en Miami por la periodista Nancy Pérez Crespo. La grabación había llegado desde Cuba unos años antes, bajo orden de protección. Era hora de convertirla en noticia. Cancio se presentó en la agencia, le entregaron unos discos compactos y regresó a su casa. De inmediato comenzó a oír la cinta, en la que aparecía una voz que le resultó inconfundible.
«Yo decía que traten de tumbarlos arriba del territorio, pero ellos entraban en La Habana y se iban… Claro, con un cohetazo de esos, avión-avión, lo que viene para abajo es una bola de fuego y que va a caer arriba de la ciudad», dice un hombre. Resulta innegable que es la voz de Raúl Castro. En algún momento del audio de 11 minutos y 32 segundos, que fue grabado en 1996, el entonces ministro de Defensa y jefe de las Fuerzas Armadas, dice: «Bueno, túmbenlos en el mar cuando se aparezcan; y no consulten los que tienen las facultades».
La cinta no había llegado sola a las manos de Cancio, sino acompañada de dos fotos. En una de ellas, Castro, vestido con su habitual traje verde olivo, aparece rodeado de periodistas oficialistas en la sede del Partido Provincial de Holguín, el 21 de junio de 1996. Cancio se sumergió en la prensa cubana de la época y supo que, ciertamente, Castro había estado en ese lugar en la fecha indicada. Según el relato reconstruido de la jornada, un periodista levantó la mano para preguntar por el suceso que había ocurrido unos meses antes, el 24 de febrero de 1996, cuando dos avionetas Cessna C-337 fueron abatidas por cazas MiG de la fuerza aérea cubana. Castro, como puede oírse en la grabación, reconoció que él mismo había dado la orden de derribar los aviones, pero los periodistas fueron advertidos por el propio Castro de no publicar nada al respecto.

Lo primero que hizo fue avisarle del material a Humberto Castelló, entonces director de El Nuevo Herald. «Me dijo: deja todo lo que estás haciendo, y ponte a hacer esta historia de inmediato». Cancio verificó la grabación con varios especialistas y con Alcibiades Hidalgo, ex secretario personal de Castro. «Me dijo: de eso no hay dudas, ese es Raúl», cuenta el periodista.
—¿Siempre supiste que ibas a destapar un suceso periodístico?
—En la medida en que lo fui oyendo, pensé que iba a ser una revelación importante.
Tras un trabajo imparable durante 20 días, el reportaje fue publicado el 20 de agosto de 2006 e inmediatamente replicado por medios locales e internacionales. «En el Herald tuve muchas historias importantes, pero esta fue una de las de más impacto», dice Cancio. El periodista aclara que «el reportaje nunca fue publicado en el diario The Miami Herald en medio de circunstancias tensas y relaciones accidentadas entre las dos redacciones periodísticas». «Esa es otra historia que está por contarse», afirma Cancio, que trabaja actualmente en un libro testimonial sobre su experiencia como reportero en El Nuevo Herald.
Veinte años después, la grabación que obtuvo se convirtió en una prueba esencial del Departamento de Justicia de Estados Unidos para procesar a Castro por el asesinato de cuatro personas. La primera acusación al gobierno cubano por el derribo de las avionetas no contaba con el audio, y por tanto fue imposible tener pruebas para inculpar a Raúl o a su hermano Fidel, a pesar de que este último dijera a Dan Rather, en una entrevista con la cadena CBS en 1996, que habían dado la orden del derribo.
—Un audio publicado hace dos décadas vuelve a revivir ahora, ¿qué demuestra sobre el periodismo como poder?
—Es, sobre todo, el periodismo como registro de documentación histórica. Es indiscutible el papel que juega esta profesión en revelar acontecimientos ocultos y potenciar giros en la historia. En ese momento no pasó por mi cabeza que eso iba a tener una dimensión judicial, ni iba a cobrar la importancia que cobró al final. Mi foco era que la historia fuera lo más completa posible, con la mayor cantidad de fuentes, con la mayor cantidad posible de personas integradas al relato, como los familiares de las víctimas, o José Basulto, líder de Hermanos al Rescate, las fuentes del Gobierno de Estados Unidos y la Fiscalía.
—¿Qué te mueve el hecho de que uno de tus trabajos periodísticos haya terminado siendo uno, si no el testimonio más importante de un crimen de Estado? ¿Hay satisfacción profesional en eso?
—De alguna manera uno tiene satisfacción por el trabajo hecho. Cuando lo hice, el interés era informativo y de servicio público. También pretendía exponer la manera desfachatada con que había actuado el Gobierno cubano. Estoy consciente de que Hermanos al Rescate había transgredido anteriormente el espacio aéreo cubano; había tirado octavillas, obviamente había un desafío al Gobierno cubano por parte de la organización, y había preocupaciones de la administración Clinton sobre lo que estaba pasando. En el momento del derribo yo era un exiliado cubano que llevaba dos años en la comunidad de Miami. El derribo de las avionetas fue un desgarramiento emocional para mí. Me pareció también un acto de arrogancia absoluta. Me llegó muy profundo el dolor de las madres y las familias que habían sido golpeadas. La pérdida de un hijo no se recupera. La composición del grupo de los cuatro pilotos fallecidos también representaba lo que es esta comunidad: un veterano de Vietnam que vino en la primera ronda migratoria del exilio histórico; un balsero y dos jóvenes cubanoamericanos de primera generación, pero inyectados con la pasión cubana. En esas cuatro personas había una identidad cubana muy profunda, de manera que yo desde el primer momento estuve muy sensibilizado con el suceso.

—Por otro lado, genera mucha contradicción en algunos sectores el hecho de que la «justicia» a Raúl Castro esté llegando de manos de una administración que ha atentado contra la democracia en su propio país… ¿Qué opina Cancio?
—Creo en el acto de justicia de esta acción. Estoy decididamente de acuerdo con que se haya hecho el encausamiento como un acto de legítima justicia histórica. Hay un crimen que fue premeditado, calculado, organizado, como demostraron todos los mensajes de la Dirección de Inteligencia con la jefatura de la Red Avispa en Miami; fue un ataque de aviones de guerra contra avionetas civiles, que ocurrió en aguas internacionales. No oculto mis diferencias con la actual administración, sobre todo por la política migratoria, por las preocupantes medidas sobre la redistribución de distritos electorales y las exigencias con la documentación de los votantes de cara a las elecciones de medio término. Pero en el tema de Cuba —aunque discrepo en muchas estrategias que se están valorando, como la posibilidad de una intervención militar— no hay dudas de que nunca antes había estado con tanta intensidad en la agenda de Washington, en la atención mediática, en los oídos de los americanos. Eso sí lo tenemos que reconocer, ha habido una prioridad cubana que durante mucho tiempo se aplazó y en la que ha jugado un papel decisivo Marco Rubio como Secretario de Estado. Quisiera que hubiera una solución lo más viable para el bienestar del pueblo cubano, que es quien siempre ha sufrido las consecuencias del diferendo político entre ambos países. Eso es lo que me mantiene en mi voluntad de seguir preocupado por Cuba.
Hace 28 años que Cancio no ha vuelto a su país. Todo este tiempo ha desarrollado su trabajo periodístico desde el sur de la Florida. Además de su labor en el Herald (1998-2009), trabajó para medios como las agencias Inter Press Service (IPS) y France-Press (AFP), las estaciones Telemundo 51 y América TeVé-Canal 41, y fue subdirector de Diario Las Américas y director de noticias de la emisora Radio Martí. En todo este tiempo ha sido amado por unos, odiado por otros. Tildado de «comunista» desde Miami, o de «agente de la CIA» desde La Habana, Cancio nunca ha dejado de buscar obsesivamente el sentido de la verdad.
«Yo he estado bajo fuego cruzado casi todo el tiempo en los medios de Miami, al filo del abismo, tratando siempre de cumplir mi labor con la mayor responsabilidad profesional posible para llegar a la verdad menos imperfecta», asegura. Hace 15 años fundó y trabaja de manera independiente con su espacio Café Fuerte, donde informa sobre la realidad cubana, ya sea en la isla o en su diáspora.
—¿A dónde debería mirar la prensa cubana hoy? ¿Cuál es esa gran historia cubana aún por contar?
—Cada generación tiene sus historias que contar, mi gran preocupación es que el periodismo no abandone su esencia de rigor informativo. En este momento tengo realmente grandes temores sobre los rumbos que ha tomado el ejercicio periodístico, sobre cómo ha ido degenerando el rostro de la profesión, cómo se ha ido simplificando, banalizando, o cómo la ligereza se ha impuesto en la mayoría de los productos periodísticos. Dentro del mapa complejo y difícil de la prensa independiente cubana, en Cuba y en la diáspora, hay expresiones muy auténticas de voluntad profesional y resultados periodísticos muy loables. Creo que toca a la nueva generación en ascenso buscar o rastrear un poco más en la historia de las cosas que han pasado, que han quedado olvidadas, marginadas o sepultadas dentro del gran torrente informativo del fenómeno cubano. Para mí el periodismo informativo, que sigue siendo la base de esta profesión y, sin dudas, lo más difícil, se define no solo con la precisión del dato, sino con el complemento de su contextualización.
—¿Qué periodismo merece una Cuba del futuro?
—Mi sueño es que en una Cuba futura de convivencia democrática y libertades cívicas podamos rescatar el espacio que el periodismo tuvo en la República, a pesar de todos los pesares, de todas las etapas de autoritarismo dictatorial, el periodismo jugó un papel clave incluso dentro de los períodos de censura y restricciones informativas más severas. Tenemos delante una tarea ciclópea. Con la experiencia de lo sucedido tras el derrumbe del campo socialista, hay que prever que no suceda lo que ocurrió con muchos de los sistemas y medios de prensa en Europa del Este, que fueron devorados por los efectos de la publicidad, los bandazos políticos y la superficialización de sus contenidos. En un país abierto a expresar la diversidad de sus habitantes, creo que los periodistas tendrán la obligación de emplazar sus cámaras y enfocar sus coberturas en las voces de la gente, compartir sus anhelos y dolores más profundos. El cubano mantiene una condición esencial de gracia y pasión, de comunicación y expansividad, y quisiera que el periodismo de los tiempos del cambio pudiera captarlo y reflejarlo a plenitud, porque esa será siempre nuestra carta irrenunciable de identidad.
