La hija

Yunaiky de la Caridad Linares Rodríguez tenía un plan para sacar a su familia de la pobreza. El plan, considerado en detalle, era este:

  1. Esperar el «sí» de unos amigos que le prometieron contratarla de chef en un restaurante. Su talento innato para la cocina, avalado por demás con un título de obrera calificada en Elaboración de Alimentos, aseguraría el éxito de los platillos que pudiera preparar. 
  2. Abrir con los ahorros extraídos de su salario una cafetería destinada a crecer en ofertas gastronómicas y clientela; una tan buena como no se ha visto jamás en las calles de Arroyo Naranjo. Para entonces ya debería tener en mente un nombre comercial pegajoso. 
  3. Vender la cafetería. Con el dinero de la venta emigrar, preferiblemente a Estados Unidos. 
  4. Trabajar mucho. Doblar el lomo a más no poder. Dormir poco. Relajarse, nunca. Ahorrar y sacar de Cuba a su familia. 
  5. Ser feliz y, sobre todo, próspera.

Esto se le ocurrió a finales de junio de 2021. Cumplir los cinco puntos llevaría algo de tiempo, pero estaba dispuesta a pagarlo. Eso sí, nunca más de 15 años. Para el verano de 2036 suponía haber alcanzado su meta. Tendría entonces 39 años, una buena casa y un auto, y a su madre y a su abuela como reinas, y a sus hermanos en la escuela o trabajando.

Yunaiky de la Caridad Linares Rodríguez tenía un plan para sacar a su familia de la pobreza que ya no va a poder ser, que existe solo como un recuerdo. En el verano de 2036, como mucho, celebrará el primer aniversario de su salida de prisión.

La madre

Niurka Rodríguez

Como cada jueves en la mañana, Niurka Rodríguez prepara «el saco». Así le dice a la bolsa de tela mediana en que lleva víveres y medicinas a su hija en prisión. 

—Esta semana Yunaiky se va a alegrar. ¡Encontré cigarros! —le dice a su madre, y muestra dos cajetillas para luego colocarlas con cuidado en un rinconcito de la bolsa. —Espero que se los reparta bien, que a lo mejor no vuelvo a encontrar.

—Voy contigo. Quiero ver a mi nieta —exige la abuela, de 62 años.

—No, mami, no. La semana que viene, si te mejoras, vamos las dos. Te da un desmayo o una cosa ahí y, dime, ¿qué hago?

La anciana refunfuña. Niurka no la dejará ir hasta que esté mejor de su crisis nerviosa, que comenzó hace casi un año, cuando se llevaron a Yunaiky. 

—Tráeme la carne. Está en un pozuelo plástico, dentro del refrigerador —ordena Niurka.

—Dile que se la coma hoy mismo, que con estos calores se le va a echar a perder.

Niurka levanta la bolsa brevemente, sonríe, y la vuelve a poner sobre la meseta de la cocina. La alegra el peso considerablemente mayor al de otros jueves. 

—Que no se te olvide decirle lo que te explicó el abogado. 

—Claro que no. Va a ser lo primero que le diga. Eso y que se esté tranquila.

Niurka intenta imaginar a su hija dando brincos de alegría cuando le cuente que hay esperanzas de que disminuyan su condena de 14 a diez o, con suerte, a ocho años. El abogado confía en las posibilidades del recurso de casación que presentó. Yunaiky también debería poner de su parte y evitar problemas con las guardias. Es lo más aconsejable, aunque sea difícil pasar desapercibida en su situación. 

Las guardias, le ha contado su hija, no pierden la oportunidad de joderla. Hace un mes, por ejemplo, entraron a su colectivo tirándolo todo al suelo. Yunaiky sospecha que fue por algún chivatazo, porque la requisa se detuvo en cuanto encontraron la libreta donde escribía una suerte de diario sobre cómo había sido su vida desde el 11 de julio de 2021. Quemaron la libreta, como suelen hacer con los objetos incautados a las reas, y a Yunaiky la enviaron por unos días a la celda de castigo. En otra ocasión la acusaron de modificar el uniforme, y otra vez fue a parar a la celda de castigo. «Pero eso sí no fue mi culpa. ¿Con qué hilo y con qué aguja voy a apretar el uniforme? Lo que pasó fue que yo entré aquí echa un huesito y he vuelto a coger libras», le explicó a su madre.

—Mami, cuida a los niños. Vengo por la tarde —dice Niurka, y sale de la casa con la bolsa en la mano.

En la Calzada de Diez de Octubre para un taxi y pide que la lleve hasta el Guatao, lo más cerca posible de las puertas del Centro Penitenciario Mujeres de Occidente, muy al este de La Habana. El taxista le cobra mil pesos por el viaje y ella acepta sin regatear. Es un buen precio comparado con los mil 500 pesos que pagó la semana pasada. 

De camino, casi siempre, se prepara para el encuentro. No practica lo que dirá, sino lo que debe reservarse a toda costa. Cada jueves, en algún momento, Yunaiky suelta un «cómo va la cosa por la casa», y a Niurka le entran unas ganas tremendas de contestarle: «Mala, malísima». Si lo hiciera, cree que pasaría dos horas hablando de cómo suben los precios por día y desaparecen los productos básicos de las tiendas. Le contaría, por ejemplo, que la ausencia del pollo que le lleva en un pozuelo plástico se va a sentir en la mesa de su familia de seis; que sus dos hermanos más pequeños (de dos y tres años) están muy mal por el asma y que ahora deben compartir una única cuota de leche en polvo —ahora más diluida en agua que de costumbre— porque vendió la otra para comprarle productos de aseo; que los calores son tremendos y que de noche, cuando quitan la luz, no hay quien duerma en ninguno de los dos cuartos; que, si tiene que vender media casa para llevarle todos los jueves un saco como el que tiene ahora sobre las piernas, lo hará. 

Pero Niurka no dirá nada de esto. Cuando Yunaiky pregunte, responderá lo de siempre: «Ahí, bien».

La hija

Yunaiky de la Caridad

«Antes de que pasara lo que pasó, cada vez que miraba para la cocina veía a mi hija con aquellos dichosos audífonos puestos, escuchando música», recuerda Niurka.

Yunaiky no dejaba los audífonos. Ponía música en su celular y se aislaba del mundo. Todo lo hacía tarareando alguna canción y moviendo las caderas a un ritmo que solo ella escuchaba. Así, por ejemplo, se internaba en la cocina y preparaba los mejores platos posibles con los pocos ingredientes que la familia podía conseguir. Cocinar le gustaba, casi tanto como que le celebrasen la comida. «Esa es mi magia. Cuando tenga mi propia cafetería, ya verán», solía responder a los halagos. 

La casa es un apartamento pequeño y oscuro, techo de tejas, con una minisala, dos cuartos, una cocina también minúscula, un baño y un patiecito ocupado por dos tanques de agua. Rara vez salía de ahí, excepto para realizar algunos mandados. Mientras tanto, hacía las labores del hogar y esperaba a que sus amigos le dieran luz verde para empezar a trabajar.

«Así se pasaba el día, con los audífonos puestos y el volumen de la música a todo dar», dice Niurka. 

El domingo 11 de julio de 2021, en horas de la tarde, Yunaiky retiró los audífonos de sus oídos. Un griterío aún más fuerte que la música llegaba desde la calle. 

—Vengo ahorita —le dijo a su madre, y salió a ver qué pasaba.  

La madre

—¿Y ahora qué pasó? —soltó Niurka frente al televisor cuando fue interrumpida la programación dominical. 

De pronto, en la pantalla, apareció el presidente Miguel Díaz-Canel. En casa nadie entendió de qué iba todo aquel discurso sobre enemigos, contrarrevolucionarios, comunistas a las calles, neoliberales, intentos desestabilizadores, órdenes y combates. Lo único que supo Niurka fue que no se trataba de nada bueno, y se preguntó ¡¿dónde coño se había metido Yunaiky!?

A las 9:30 p.m., la joven entró en casa. Estaba agitada, empapada en sudor. Niurka notó algo raro en su caminar, y que doblaba el torso con frecuencia.

—¿Dónde tu estabas metida? ¿Qué te pasó?

—Mira la pedrá que me tiraron por la espalda —dijo volteándose y subiéndose la blusa. Justo a la altura de los pulmones mostraba una mancha entre verde y violácea. Niurka preguntó, alterada, quién le había hecho aquello. 

—La Policía, mamá, la Policía —contestó asustada. 

Niurka buscó algo de hielo para el hematoma. Le pidió a su hija que se sentara y les contara a todos qué había pasado.

Yunaiky había salido a curiosear esa tarde. Quería saber de dónde venían los gritos. No tardó en descubrir que el bullicio llegaba de la Calzada de Diez de Octubre, donde una multitud avanzaba, ocupando el ancho de la avenida. Coreaban «Patria y Vida» y «Libertad» y «Díaz-Canel, singao». 

De pronto, Yunaiky interrumpió su narración:

—Yo creía que este país no lo arreglaba nadie, que «esto» no había quien lo tumbara. Pero en ese momento, delante de toda esa gente, creí que sí, que se iba a caer. 

Enseguida se unió a la multitud y caminó y gritó como los demás. Algunas caras le resultaron familiares, seguro de ahí mismo, del reparto Santa Amalia. Todos muy alegres. Era como como una fiesta popular, como una gran comparsa arrolladora. 

Alguien gritó que la Policía lanzaba piedras, que tuvieran cuidado. La multitud entonces se replegó. Casi todos, incluyendo a Yunaiky, se refugiaron en las aceras, detrás de las columnas. Fue entonces que vio, más adelante, una especie de cordón policial y a varios oficiales lanzando pedruscos en plena calle. Algunos manifestantes salieron de sus escondites y respondieron con las mismas piedras que les habían lanzado. Los agresores retrocedieron un poco y los manifestantes, envalentonados, volvieron al centro de la calle, aunque algo más dispersos que al principio. 

Mientras fue a pedradas, los manifestantes tuvieron ventaja numérica. Sin premeditación alguna, desarrollaron una táctica de combate urbano efectiva: la mayoría avanzaba a paso lento mientras unos pocos unos metros más adelante, en la vanguardia, lanzando piedras sin parar. El cordón policial se rompió y los oficiales retrocedieron varios metros, dejando una patrulla en plena calle, a merced de los manifestantes. La multitud alcanzó la patrulla y entre varios la volcaron, convirtiéndola en un fragmento de barricada. Muchos estaban extasiados por lo que creían una victoria. Algunos, eufóricos, comenzaron a destrozar el auto con palos y a patadas. Otros más temerarios se subieron encima de la perseguidora. Entre ellos, Yunaiky. 

—Entonces sonó el primer tiro. Y luego dos, y así. No eran salvas. Eran balas de verdad, de las pistolas que llevan en el cinto. Y las estaban tirando de frente a nosotros. 

La multitud se dispersó rápidamente tras los disparos, excepto por unos pocos que contestaron con piedras los balazos. Yunaiky corrió a toda velocidad, lejos de la Calzada. No se detuvo hasta llegar a casa. 

La hija

Yunaiky de la Caridad

Su madre le ordenó no salir de casa en un mes. Yunaiky obedeció, aunque le preocupaba que en ese tiempo sus amigos la llamaran para empezar en el trabajo. Mientras tanto, la familia se reunía frente al televisor cada noche para saber qué pasaría con detenidos en las protestas del 11 y el 12 de julio. Como el noticiero no daba mucha información al respecto, se informaban a través de las redes sociales. 

Durante los primeros cinco días Yunaiky estaba segura de que, en cualquier momento, quizá de madrugada, aparecerían unos hombres y se la llevarían esposada. En Facebook no se hablaba de otra cosa; ya eran varios los detenidos para entonces. También en las redes supo que lo sucedido en Arroyo Naranjo también sucedió en otros lugares del país, que todo empezó con una protesta en San Antonio de los Baños y que un muchacho había sido asesinado por la Policía en La Güinera. 

Para el 17 de julio todo parecía más calmado, o al menos no recibía información sobre nuevos detenidos. Aun así, su familia insistió que no debía salir.

El miércoles 21, sobre las 4:00 p.m., alguien llamó a la puerta. En casa solo estaban ella, su abuela y sus hermanos más pequeños. 

—No se preocupe. Lo único que quiero es conversar con su nieta —escuchó Yunaiky, quien salió al encuentro del oficial del Ministerio del Interior (MININT). Al verla, el hombre pidió que lo acompañase. 

—¿A dónde se la llevan? —preguntó la abuela.

—A ningún lado, señora. Le haremos unas preguntas, y se la traigo en un ratico. 

La madre

—Una hora. Si no está aquí a las seis, vamos a buscarla —dijo Niurka en cuanto su madre le contó lo que había ocurrido. Cuando el reloj marcó las 6:00 p.m. ordenó a su segundo hijo que se hiciera cargo de los pequeños y que la llamara al móvil si Yunaiky aparecía. 

Junto a su pareja y su madre, Niurka visitó las dos estaciones de Policía más cercanas, pero en ninguna aparecía registrada Yunaiky. Era ya de noche cuando su hijo la llamó.

—Dicen que está en la estación de Aguilera.

—¿Dicen quiénes?

—No sé. No dijo el nombre. Un tipo que llamó a la casa. Dijo eso y colgó. 

En la estación de Aguilera, en Lawton, los oficiales negaron que tuvieran detenida a una joven de 24 años llamada Yunaiky de la Caridad Linares Rodríguez. Niurka insistió en que buscasen mejor, y citó la misteriosa llamada a su casa, pero eso de nada sirvió. Antes de regresar, amenazó con ir a la Fiscalía Provincial y presentar una denuncia contra los policías de Aguilera. 

A la mañana siguiente recibió una llamada corta. Un sujeto, que se identificó como «instructor», le recomendó preguntar por «el oficial Guevara». Niurka regresó a la estación de Aguilera y preguntó si estaba el oficial Guevara. Una vez delante del hombre, preguntó por su hija.

—Ayer la trasladamos a 100 y Aldabó —dijo Guevara. 

—Pero si ayer estaba aquí, ¿no? Yo vine y me dijeron que no estaba. Me dijeron mentiras. 

—Sí estaba aquí. Lo que seguro pasó fue que, cuando usted vino, todavía no habían actualizado el registro. 

La hija

En 100 y Aldabó los presos vivían sumamente aislados, apenas sin comunicación entre ellos. El MININT, según supo Yunaiky por una compañera de celda, tenía miedo de que el coronavirus se expandiera por la prisión y arrasara con los desnutridos reclusos.

En los interrogatorios previos al encierro le hicieron muchas preguntas: ¿Alguien te dijo que salieras a la calle el 11 de julio? ¿Te prometieron dinero? ¿Por qué lo hiciste? ¿Conoces a alguien más que haya ido? Ya instalada, solo le informaron que su caso estaba en proceso de investigación y que, mientras tanto, permanecería bajo medida cautelar de prisión provisional. Cuando ella preguntó por qué su madre no la había ido a ver, nadie supo darle una respuesta. 

Una semana después le avisaron que tenía visita. Yunaiky vio a su madre y se lanzó a abrazarla. Niurka narró cómo supo que estaba en 100 y Aldabó, y también de cómo le negaron verla durante una semana. Le dijo, además, que ya tenía abogado.

—Estás muy flaca.

—¿Qué quieres que haga? La comida aquí es una mierda. 

—Pero tienes que comer. Mira, te traje una pila de cositas.

 Niurka comenzó a sacar jabas de un pesado maletín. Panes, mantequilla, refresco, galletas, leche en polvo, leche condesada, café, un pozuelo con comida cocinada, desodorante, champú, jabones, pasta dental, ropa. Discutieron. Por más que su madre dijese que le quedaban unos ahorros, que los niños estaban bien, y que tenía amigos que la ayudaban, Yunaiky no le creyó.

—¡No me traigas más esa cantidad de cosas! En la casa están mis hermanos y mi abuela. ¡Yo no quiero ser una carga para la familia, oíste!

No volvió a ver a su madre durante el siguiente mes que pasó en 100 y Aldabó, aunque continuó recibiendo bolsas con productos de aseo. La prisión reforzó sus medidas contra la pandemia, hasta el punto de prohibir las visitas. 

—Dale, recoge, que te vas pa’ tu casa —dijo un oficial desde fuera del calabozo—. Tú eres Yunaiky de la Caridad, ¿no? Recoge, que te vas pa’ tu casa. 

Guardó sus pertenencias a toda prisa y se despidió de su compañera de celda, con quien había hecho amistad. Antes de irse, decidió dejarle sus productos de aseo. 

El oficial la escoltó hasta un pequeño ómnibus, y subió con ella. Tras unos minutos de camino, Yunaiky empezó a notar que el paisaje que alcanzaba a ver por la ventanilla era completamente desconocido.

—Oiga, pero, ¿a dónde vamos? —preguntó.

—Sí, sí, vamos para tu casa: la prisión.

La madre

Después de una semana de intentar convencer a los oficiales de 100 y Aldabó de que debía ver a su hija, y de recibir negativas con la excusa del coronavirus, Niurka pudo entrar. Un oficial del MININT se ofreció a guiarla. Justo antes de encontrarse con Yunaiky, el hombre se detuvo para decirle: «Cuando la vea, fíjese en que no le hemos dado golpes. A ella la tratamos bien». 

No volvió a tener noticias de Yunaiky en más de un mes. De hecho, fue en la propia entrada de 100 y Aldabó, cuando se disponía a entregar el saco, donde supo que su hija había sido trasladada hacía una semana al centro penitenciario «Mujeres de Occidente». 

—No la volví a ver hasta un mes y medio después, porque allá también me quitaron el derecho a visitas. Por esas fechas salió la petición de Fiscalía: 17 años por el delito de sedición. Para cuando la volví a ver… no sé, no estaba preparada para eso —recuerda Niurka.

Yunaiky estaba frente a ella, casi en los huesos, el rostro demacrado, triste. La entrada del cabello se le había corrido y mostraba algunos claros en la cabeza. Había perdido mucho pelo. Cuando preguntó qué había pasado, su hija comenzó a hablar rápido, sin pausas, como quien tiene muchas cosas tristes y duras que decir y necesita sacárselas de adentro con urgencia. 

Habló de la depresión que sintió durante los días posteriores a su primera visita, de cómo le asqueaba la comida que le había enviado. Nada más verla se le revolvía el estómago y se llenaba de culpa.

—¿Culpa de qué, Yunaiky? ¿Qué culpa?

—Culpa de ser una carga, de que toda esa comida se la quitaron ustedes para dármela a mí.

Una noche, le dijo, agarró la sábana, ató un extremo a un hierro alto y con el otro hizo un nudo alrededor de su cuello. El ruido despertó a su compañera, que la bajó y llamó a los guardias de 100 y Aldabó. Durante un tiempo le suministraron antidepresivos por vía oral, y hasta le pusieron un suero de «no sé qué». Además, todos los días debía lidiar con el maltrato de los guardias, que acompañaban sus órdenes con amenazas o chantajes, como aquel que prometió arrancarle una oreja de cuajo por contestona, o la reeducadora del Guatao que le pidió su cabello a cambio de una llamada telefónica. Habló del hongo que le había salido en los pies, para el cual no tenían remedio en la enfermería, y de la broma cruel del día en que la trasladaron a la nueva prisión.

«Hasta ese momento yo pedía en todos lados que liberaran a mi hija», dice Niurka Rodríguez. «Pedía su libertad en redes sociales. Cuando Yunaiky me contó todo aquello, cuando la vi quebrarse así frente a mí, pensé que debía haber muchas madres sintiendo lo mismo que yo. Ya no pido la libertad de mi hija solamente, sino la de todos los presos políticos».

La hija

El juicio de Yunaiky se celebró en los últimos días de enero de 2022. Junto a ella, fue enjuiciada una treintena de detenidos tras los sucesos del 11 de julio de 2021. La sentencia de su causa (la número 11 de 2021 de la Sala de Delitos contra la Seguridad del Estado del Tribunal Provincial Popular) se dictó un mes y medio después. 

Los fiscales del proceso fueron Alexis Almeida Vilaplana y Yohandris López Parra. Ambos pidieron sanciones que oscilaban entre los 13 y los 25 años de privación de libertad, muchas de ellas por el delito de sedición (Artículo 100 del Código Penal vigente). La severidad de las peticiones, alegaron los fiscales, se justificaba en el hecho de que los acusados desobedecieron, con la manifestación, las medidas dictadas por el Gobierno para evitar contagios por COVID-19. 

La jueza encargada fue Gladys María Padrón Canals, quien fue también responsable de penas entre 15 y 25 años de prisión contra varios ciudadanos por motivos políticos durante la llamada «Primavera Negra». A lo largo de su carrera como magistrada, Padrón Canals ha negado solicitudes de procedimientos de habeas corpus presentadas en favor de artistas y activistas independientes detenidos por los órganos de la Seguridad del Estado, entre ellos, Denis Solís, Félix Modesto Valdés, Nancy Vera, Luis Ángel Cuba, Yuisan Cancio, Katherine Bisquet, Camila Ramírez Lobón, Yamilka Latifa, Ányelo Troya, Néstor González y Camila Acosta Rodríguez. Además, fue quien firmó la negativa a retirarle la medida cautelar de prisión preventiva al preso político Luis Robles Elizástegui, quien luego sería sancionado a cinco años de privación de libertad por portar en público un cartel que exigía el cese de la represión política en Cuba y la liberación del rapero contestatario Denis Solís

En su sentencia, Padrón Canals catalogó el 11 de julio de 2021 como un «fatídico día» y culpó a los acusados de «[hacerle] el juego a todos aquellos que en el exterior del país abogan por el derrocamiento de la Revolución cubana, y que, en medio de una fuerte campaña mediática, incitaron a la población a salir a las calles en actos de este tipo, violentos y agresivos en contra de los dirigentes del Estado y del Gobierno, sus instituciones y la estabilidad del Estado, para avivar la furia de los enemigos de la Revolución». 

Yunaiky fue hallada culpable, a pesar de que no fueron presentadas pruebas suficientes que demostrasen los «actos vandálicos» adjudicados. El hecho de que no contase con antecedentes penales y de que el proceso de investigación arrojara datos como que «es una persona respetuosa y colaboradora y de buenas costumbres», o que mientras fue secretaria de la Federación de Mujeres Cubanas en su zona de residencia obtuvo «buenos resultados», o que fuese una de las organizadoras en el barrio del «proceso para la consulta popular de la actual Constitución de la República», solo sirvieron para rebajar tres años a la petición de la Fiscalía. El 16 de marzo de 2022, la jueza Gladys María Padrón Canals dictó el siguiente veredicto: «Se sanciona a la acusada Yunaiky de la Caridad Linares Rodríguez por el delito de sedición, cometido de forma intencional, en concepto de autor directo, a la pena de 14 años de privación de libertad».

Al conocer la sentencia, la joven comenzó una huelga de hambre que abandonaría seis días después. 

La madre

El 31 de enero de 2022, Niurka Rodríguez y su madre se sumaron a una iniciativa de protesta pacífica creada por activistas y familiares de presos políticos. La acción consistió en exigir la libertad de quienes guardaban prisión por los sucesos del 11 y el 12 de julio de 2021, justo frente al Tribunal Municipal de Diez de Octubre. Para entonces, según datos de la organización civil Justicia 11J, del total de mil 393 personas detenidas en relación con las manifestaciones, 730 continuaban en reclusión. De estas últimas, 72 eran mujeres. 

Los órganos de la Seguridad del Estado respondieron a la iniciativa con la detención violenta de los participantes. Frente a la sede judicial, miembros de las llamadas «Brigadas de Respuesta Rápida», en coordinación con agentes del MININT, trasladaron a los activistas y familiares de los prisioneros a estaciones policiales, donde fueron liberados horas más tarde. Niurka y su madre regresaron a casa luego de que esta última se desmayara a causa de un ataque de nervios. 

Desde entonces, Niurka Rodríguez ha participado en pedidos de ONG cubanas al Parlamento Europeo para que se condene el presidio político en la isla y ha expuesto el caso de su hija para diversos medios independientes cubanos.

«Yo no me voy a rendir», dice Niurka. «Y los que tienen a mi hija presa y a mi madre enferma de los nervios, y a una pila de muchachos y muchachas condenados injustamente, “esos” la van a pagar muy caro. Tarde o temprano tendrán que pagar». 

Nota

El 22 de junio de 2022 se dieron a conocer los resultados del recurso de casación presentado en favor de varios de los sancionados en la causa número 11 de 2021 de la Sala de Delitos contra la Seguridad del Estado del Tribunal Provincial Popular. Uno de los requisitos tomados en cuenta para rebajar condenas fue que los acusados reconocieran su participación en las protestas del 11-J, tal y como antes dictaminó el tribunal. Los beneficiados, además, tuvieron que admitir que «existió error de derecho al calificar sus conductas, pues no tenían motivaciones contra el sistema social para cometer los hechos y desconocían el propósito que perseguían». 

La defensa de Yunaiky calificó a su clienta como «una revolucionaria confundida, con una compleja situación familiar», y a su favor pidió «una oportunidad». El tribunal, por su parte, decidió atender el caso «de manera particular» y reconocer a la sancionada su «correcta actitud social en su zona de residencia, con intervención en las actividades de las organizaciones sociales y de masas». Asimismo, vio con buenos ojos que la joven «admitiera su intervención en los hechos desde el comienzo». 

La pena por el delito de sedición contra Yunaiky de la Caridad Linares Rodríguez fue rebajada de 14 a ocho años de privación de libertad. 

*Lea también «Lázara Karenia, la presa política con 18 semanas de embarazo», y «La batalla de Bárbara Farrat».