Comprar granos de maní, sal y azúcar. Conseguir pliegos de papel. Echar los granos en una olla, tostarlos por un par de horas. Cortar el papel, agarrarlo por una punta y pinzarlo hasta convertirlo en un cucurucho. Mezclar la sal o el azúcar con los granos de maní. Meterlos dentro de los cucuruchos de papel. Los cucuruchos en una bolsa grande, y unos pocos en la mano. Salir a la calle, caminar por horas, pregonar, venderlos a un peso cubano, o dos, o cinco, porque los precios han estado subiendo.

Así era la vida antes del 11 de julio de Bárbara Farrat Guillén, madre de Jonathan, un hijo sin padre, pero con padrastro y abuelos. Vender cucuruchos para sobrevivir, para comprarle unos zapatos a Jonathan, para que pueda ir a la escuela o a una fiesta de barrio.

Las discotecas y los bares de La Habana no son para Jonathan ni para Bárbara. Para ellos son las celebraciones en la azotea, con ron peleón y una bocina prestada o alquilada para amenizar con música.

Bárbara y Jonathan / Foto: Facebook

La esquina de Toyo, en el municipio habanero de Diez de Octubre, no está muy lejos del Bar EFE. Menos de cinco kilómetros si se va caminando. Pero lo que separa a Bárbara y Jonathan de sitios como el Bar EFE, propiedad de Sandro Castro, nieto de Fidel Castro, está mucho más relacionado con el país que moldeó su abuelo, que los baches o el sol abrasador de las calles cubanas.

Son dos Cubas, la del que vende maní y la del que paga por la cerveza de turno, enlatada o embotellada, la quinta parte del salario de un obrero cualquiera. Ambos países coexisten separados de forma antiséptica desde los años 90. Ambos países no deben tocarse ni mezclarse.

Pero es 2021 y hay redes sociales y computadoras y memorias USB. Hay reguetoneros e influencers. El Bar EFE aparece en Instagram, da igual el modelo de telefóno móvil que tengas. Se cuela ese mundo en la casa, cómo se colaría poco después el de los vendedores de maní, el de los desempleados, el de los obreros comunes y el de los negociantes que se buscan la vida fuera de lo permitido por el Estado para llegar a fin de mes en las casas más privilegiadas del Vedado y de Miramar.

Hablo del 11J, cuando ocurrieron las mayores protestas en contra del régimen cubano de las que se tienen registro en 60 años, mientras Bárbara bailaba con Jonathan en la azotea de su casa.

Sin duda por eso, cuando hablo con Bárbara Farrat, lo primero que me dice es: «Antes del 11 de julio yo era una simple manisera».

«Vendía maní salado y garapiñado, tengo 33 años, soy nacida y criada en la misma Calzada de Diez de Octubre. Una cuadra antes de la esquina de Toyo».

El destino de Bárbara y de su hijo estaría marcado por esa misma esquina, pues ahí, en las narices de su casa, se desarrolló uno de los mayores enfrentamientos entre los cubanos que pedían un cambio de régimen político y económico, respeto a los derechos humanos, medicamentos y alimentos, el fin de la dictadura y del régimen comunista, con agentes policiales que respondieron con disparos a las piedras lanzadas por los manifestantes.                                   

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«Salí embarazada de mi hijo con 15 años. Él nació el 11 de julio de 2004. Éramos como muchos cubanos, que sabíamos que la situación estaba crítica en este país y nos los callábamos. Me dedicaba a vender maní y sacar el diario para Jonathan», me cuenta Bárbara ahora, cuando tiene un millar de seguidores en las redes sociales y un puñado de agentes del Ministerio del Interior que, vestidos de civil, se rotan en la entrada de su vivienda para impedirle salir a la calle donde nació y vive hace más de 30 años.

Agentes de la Seguridad del Estado a las afueras de la casa de Bárbara / Foto: Facebook

Jonathan, quien hasta el miércoles 25 de mayo cumplió prisión provisional en el penal de Jóvenes de Occidente, conocido como Manto Negro, espera por un juicio en el que la Fiscalía le pide ocho años de privación de libertad por los delitos de «desorden público» y «atentado». Pero el inicio del proceso no parece próximo, pese a que el adolescente ha sido por más de nueve meses otro de los más de mil prisioneros políticos reconocidos en la Isla actualmente. A su expediente le faltan siete hojas y hasta que no aparezcan no pueden juzgarlo, según me cuenta su madre.

Jonathan terminó hace unos tres años el noveno grado y matriculó en una escuela técnica de Soldadura, específicamente en la René Ramos Latour, ubicada cerca de la localidad de Mantilla, más o menos a la misma distancia de su casa que el Bar EFE, pero más acorde al lugar que le tocó ocupar en un país donde las diferencias entre clases sociales son cada vez más visibles.

El 11 de julio Jonathan cumplía 17 años, estaba en segundo año de unos estudios de Soldadura interrumpidos por la pandemia del Covid-19, esperando el nacimiento de su primer hijo y celebrando con sus amigos en la azotea de su casa.

Hasta entonces Jonathan se levantaba cada mañana, compraba pan y salía a venderlo por las calles del barrio. Con el excedente que conseguía ahorraba para comprar la canastilla del bebé que nacería tres meses después.

«Esta pandemia afectó mucho al cubano, de contra ese Ordenamiento, que fue un desorden total, le puso la tapa al pomo. En el tiempo que estuvimos obligados aquí en cuarentena Jonathan trataba de estar tranquilo en la casa, pero se le notaba a veces en la carita el aburrimiento, me miraba serio y me pedía que le grabara alguna serie. Yo pensaba que se me iba a volver loco aquí adentro, pero él trataba por todos los medios de no darme dolores de cabeza», me cuenta Bárbara ahora.

El caso es que Jonathan todavía es un adolescente, fan a teleseries españolas como «La Casa de Papel», «Aída», «La que se avecina», u otras fantásticas como «Los Protegidos», que cuenta la historia de un grupo de jovenes con poderes sobrenaturales.

Su principal hobby es jugar al fútbol, pero con las restricciones impuestas por el Covid-19 tuvo que conformarse con ver los escasos partidos del Barcelona que transmiten por la televisión y agenciárselas para conseguir los demás, aunque tras la salida de Neymar, su ídolo, y Messi, el otro jugador al que profesaba admiración, las alegrías que le brinda el club catalán se hicieron cada vez más esporádicas.

La vida de Jonathan Torres Farrat no fue fácil nunca, por más que su madre se esforzara en ello. Cuando solo tenía seis meses de nacido el hombre que le dio su primer apellido se alejó, hasta que con diez años Bárbara comenzó una relación con un vecino, Orlando Ramírez Cutiño, que acogió al niño como suyo, razón por la que tiempo después las autoridades del país también le pusieran vigilancia policial.

«Hace poco, mirando una foto con él, recordé una cosa que sucedió en la cuarentena. Un día se quedó sin zapatos, pero él sabía que la cosa estaba dura, él lo veía diariamente. Los tenis no había ya por donde pegarlos ni por donde coserlos, y él muy calladito le dijo a su padrastro que le comprara una goma loca. Orlando me dijo y cuando regresé a la casa fui a revisar los tenis, pero me di cuenta de que no tenían solución, pues se habían despegado por donde estaban cosidos, y le dije que había que comprarle un par de tenis nuevos, a lo que me contestó: «Estás loca, estos no son tiempos de tenis, sino de reparar y seguir andando».

Bárbara y Orlando / Foto: Facebook

Tales recuerdos, hechos cotidianos meses atrás, provocan una mezcla de ternura y rabia en Bárbara, a quien su vida dice importarle poco tras el encarcelamiento de su hijo.

Tan poco le importa que, a modo de protesta, dejó de tomar el tratamiento de retrovirales que la ha mantenido con una salud bastante «buena» desde que se enfermó de VIH hace más de una década.

Cuando Jonathan tenía 12 años fue que supo de la enfermedad de su madre, quien cuenta que a partir de ese momento se convirtió en su papá: «Preocupado por mis medicamentos, por si desayunaba, por si almorzaba. Ha vivido la vida como un viejito pendiente de mí».

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El 10 de julio, víspera de su cumpleaños, Jonathan lo pasó en su casa junto a tres amigos que esperaron con él la medianoche. Según cuenta su madre, no tenía idea de que le preparaban una fiesta al día siguiente, pues el nacimiento de su primer hijo absorbía todos los esfuerzos económicos de la familia.

Creyendo que a esa reunión de amigos se resumiría la celebración, el adolescente trató de estirarla todo lo posible y estuvo hasta las cuatro de la mañana escuchando música. Al día siguiente se levantó pasado el mediodía, lo que permitió a sus padres organizar los preparativos para «celebrar que ya era un niño grande e iba a ser papá», cuenta ahora Bárbara.

«Ese 11 de julio había muchas cosas que iban a ser únicas, ya Jonathan no iba a ser más solito, tenía que pensar en su bebé, y no queríamos dejar pasar ese momento. Le habíamos comprado hasta un cake, alquilamos una bocina para poner música en la casa, lo que nos faltaba era la bebida porque pensamos que no vendría mucha gente, pero muchos amigos suyos se acordaron y vinieron», cuenta Bárbara.

Y fue justamente la llegada de tantos amigos lo que provocó que su padrastro, Orlando Ramírez Cutiño, saliera a la calle en busca de un poco de ron.

Bárbara cuenta que ese día fue la única vez que bailó con su hijo, más bien tímido. «Él estaba contento. Nosotros no estábamos viendo las noticias ni habíamos visto la voz de mando que dio Díaz-Canel, pero notamos que la calle se llenó de gente y eso me puso nerviosa, porque mi esposo no regresaba, entonces intenté salir a buscarlo, pero Jonathan no quiso».

La fiesta era en la planta alta de la casa, pero por el volumen de la música no se dieron cuenta de lo que sucedía en la calle hasta que el ruido de la masa enfurecida superó al de las canciones de reguetón que salían del bafle alquilado, y se asomaron.

«Cuando vimos la Calzada de Diez de Octubre repleta, con la gente gritando ‘Patria y Vida’ y ‘Díaz-Canel singao’, yo me ericé. Era impactante, bonito, ver a tantos cubanos unidos por un solo objetivo, la libertad, pero mi esposo estaba en la calle y antes de que yo me diera cuenta el niño salió a buscarlo», cuenta.

Según le dijo Jonathan a Bárbara, encontró a su padrastro escondido detrás de un muro esquivando las balas, las piedras y los perros que soltó la policía. Ambos llegaron a la casa corriendo y no volvieron a salir. La novia de Jonathan estaba muy asustada y con dolores bajo vientre, por lo que él prometió que se quedaría, aunque la curiosidad de sus 17 años lo impulsara a otra cosa.

Ahí comenzó a bromear con que la gente había salido a celebrar su cumpleaños mientras desde la azotea de su casa gritaba «Patria y Vida».

«Por la noche se sintieron los tiros, la cosa se puso fea, quitamos hasta la música, y él se paró desde dentro de la casa a gritar, a desahogarse de la miseria humana que ha sufrido desde que nació. Yo como madre no se lo iba a impedir», me dice Bárbara.

Los recuerdos de ese día pasan de la ternura al espanto. Alrededor de las cinco de la tarde quitaron el internet, y a las siete de la noche los agentes policiales cubanos formaron un cordón que Bárbara describe como «de película de terror» entre la Calzada de Diez de Octubre y Vía Blanca.

«Los policías no dejaron a pasar nadie, pero los que iban adelante, que eran Boinas Negras con cascos y escudos, tiraban piedras a la vez que caminaban para echar al pueblo para atrás. Ante la resistencia de la gente comenzaron a disparar, y fue cuando el pueblo empezó a esconderse hasta que solo quedaron los gritos desde las azoteas. Poco después los manifestantes tuvieron que retirarse porque los iban a matar».

Un vecino del barrio, que lanzó piedras a los policías, recibió un disparo en un pulmón que lo tuvo más de un mes ingresado entre la vida y la muerte, pero se negó a denunciar su caso por miedo a ir preso. Otro vecino recibió un tiro en la rodilla.

«Cuando los cubanos vieron que eran piedras contra balas se tuvieron que esconder. Se dieron cuenta de que los policías tomaron el control. Supimos que como pueblo habíamos perdido. Estaban disparando a la gente».

Los días siguientes a la protesta Bárbara no tuvo tranquilidad. Sabía que Jonathan había lanzado una piedra, y que lo podían ir a buscar por ello. No lo dejó salir de la casa, mientras se convencía a sí misma, para calmarse, de que no se lo llevarían preso, pues los policías habían disparado balas y su hijo solo había lanzado una piedra.

«El 12 de julio en el pedazo de la Calzada de Diez de Octubre donde vivo no sucedió absolutamente nada. Era un terror enorme salir a la calle. Empezaron a pasar los camiones antimotines con los Boinas Negras plantados en la puerta de las guagüitas blindadas, apuntando a todo el mundo, mirando las caras de todas las personas lentamente. Ellos pasaron incluso por delante de mí, a mí me cogió eso en la calle, daba miedo, terror. A una vecina mía se le parqueó la guagua delante y la cargaron por la cintura, la metieron dentro y se la llevaron sin dar explicaciones. A mí me causó miedo. En esta zona más nadie salió. Hasta pánico yo cogí».

A inicios de agosto Bárbara dejó a Jonathan salir a vender el pan después de que este insistiera mucho, pues necesitaba ahorrar para la canastilla del bebé que venía en camino. El viernes 13 de ese mes, antes de las diez de la mañana, ya el adolescente estaba de vuelta en la casa y aprovechó para dormir un rato. Fue entonces cuando la madre de Bárbara la llamó para decirle que había tres oficiales del DTI en la puerta.

«Los oficiales se identificaron, me preguntaron si yo era Bárbara Farrat Guillén, pues necesitaban que los acompañara. Yo estaba con ropa de andar por casa, entonces les pedí que me dejaran cambiarme, y me dijeron que sí. Pero el niño escuchó que había tres oficiales en la puerta y bajó a ver qué pasaba, entonces le preguntaron si él era Jonathan Torres y dijo que sí. Ahí le dijeron que necesitaban que los acompañara para una entrevista y que viraba en media hora más tardar, y todavía lo estoy esperando», me dijo entonces.

Bárbara Farrat / Foto: Facebook

No había pasado una hora de la salida de su hijo y ya Bárbara ya estaba desesperada. Volvieron todos los malos pensamientos. Le pidió a su esposo que fuera a la Unidad de la calle Acosta, donde le dijeron que sería la entrevista, mientras ella fue hacia la de Aguilera. En ambos lugares les dijeron no saber dónde estaba Jonathan Torres Farrat. Cuando llevaba tres horas en Acosta lo vio llegar en una patrulla. Su hijo solo atinó a pedirle que le diera un beso. El policía no la dejó, entonces Bárbara empezó a llorar y le permitieron acercarse y besarlo.

“Parece que en esas tres horas que estuvo perdido comprobó que no era una entrevista, sino que la cosa iba para más y se quiso despedir de mí. Yo nunca he tenido problemas con la justicia ni con nada, pero no admito injusticias contra mí ni contra mi hijo. El mismo 15 de agosto, cuando me di cuenta de que no iba a ser tan fácil, empecé con las denuncias. Supe desde el minuto cero que la única forma que tenía de hacer por él eran las denuncias, porque si me quedaba callada iba a ser otro cubano más que se pudre en una prisión”.

Ya con su único hijo preso, Bárbara iba a conocer de primera mano los mecanismos coercitivos de la Seguridad del Estado.

«Por una de las cosas que me levantaron un Acta de Advertencia por el delito de ‘incitar a delinquir’ es porque yo pienso que la solución nunca va a ser callarse. A pesar de que lo tienen en prisión y cometieron violaciones con él, lo tratan con pinceladas, intentan no cometer más errores, y eso es gracias a las denuncias. Me puede haber provocado amenazas y acoso a mí, pero, por otro lado, lo dejan a él más tranquilo».

Desde el 12 de julio, cuando Bárbara vio cómo una patrulla de Boinas Negras se llevaba a una vecina suya en plena calle, supo que se venía una cacería y comenzó a prestarle atención al tema. En Facebook vio una publicación de la madre de Brandon Becerra Curbelo, la leyó, la compartió, reaccionó con un «me entristece» y se juró que si a su hijo le pasaba algo así ella haría lo mismo.

«Hay padres que se tienen que dar cuenta de que si sus hijos tuvieron el valor de hacer lo que no hicimos nosotros, ahora tenemos el deber de ayudarlos, porque es lo menos que esperan por nuestra parte. Si hoy he logrado que a mi hijo, a pesar de ser una de las zonas más calientes, no le estén pidiendo sedición ni nada de eso, es por haber denunciado. Yo soy la madre de Jonathan y no va a haber dios que me calle mientras tengan a mi hijo preso», dice.

Bárbara Farrat / Foto: Facebook

La primera denuncia Bárbara ocurrió el lunes 15 de agosto en las afueras de la estación policial de Acosta. Le pidió a una persona que le enseñara dónde tenía que tocar para hacer una directa en Facebook, apretó el botón y contó lo que estaba sucediendo con su hijo, pero apenas lo vieron tres o cuatro usuarios. Así pasó toda la semana, hasta que impaciente le pidió el móvil a su pareja, y envió uno de los videos en los que contaba lo sucedido con Jonathan a todos los grupos de Facebook y Whatsapp donde estaba. Al despertar al día siguiente tenía el buzón lleno de mensajes preguntándole, y poco después dio con Cubalex, Justicia 11J, la periodista Cynthia de la Cantera y la activista Camila Rodríguez, quienes la apoyaron en las denuncias.

«De ahí para acá fue una cosa grandísima, impresionante cómo el caso de Jonathan empezó a subir. Al punto de que un día me escribieron por si quería mandar denuncia a la UNICEF».

Pero el activismo de Bárbara no se quedó en las denuncias, pues enseguida realizó varias convocatorias a las madres de los niños presos para realizar ayunos, lo que provocó las primeras amenazas de la Seguridad del Estado. En su caso la policía política cometió un error, pues según su lógica, si la amenazan es porque sus actos están surtiendo efecto, y con cada interrogatorio le echaban más leña al fuego.

«Si no te visitan, si no te sucede nada, es que lo que estás haciendo no está teniendo impacto, porque aquí lo primero que hace el Gobierno es mandarte a la Seguridad del Estado. Es verdad que el 24 de diciembre a mí me secuestró la policía en la misma Calzada de Diez de Octubre, pero ese mismo día llevaron a mi hijo al Hospital William Soler a verse su corazoncito», me explica.

Le pregunto si siente miedo y me contesta que a su miedo se lo llevaron preso. «Solo lo puedo ver una hora y media por semana, solo lo puedo abrazar y besar en la hora y media de visita. Y cuando pasa esa hora y media, que yo tengo que despedirme de él, me entra un coraje tan grande, una impotencia de saber que mi hijo se queda en una prisión y yo me voy».

Además de impedirle salir de su casa por largos periodos al menos en cinco ocasiones, ni siquiera para comprar alimentos, la Seguridad del Estado la ha amenazado con meterla presa, con trasladar a su hijo hasta una prisión en Guantánamo, a más de 900 kilómetros de su residencia, o desterrarla. En el primero de los casos contestó que le hacían un favor si era junto Jonathan, en el segundo, que se mudaba a donde lo mandaran a él, y en la tercera, que si no la desterraban con su hijo, mejor la mataran.

Pero nada de eso le importa, porque como me dice, ha surtido el efecto necesario para que a Jonathan lo traten «con pinzas». Lo que sí le duele es lo que ya no puede cambiar, los primeros meses de arresto del adolescente.

«Los 15 días que pasó en Instrucción de Acosta fue maltratado física y psicológicamente. Lo esposaban a la reja y cada vez que gritaba le apretaban más las esposas. Lo metieron 24 horas en una oficina con el aire acondicionado al máximo, al punto de que les pidió a los oficiales que lo llevaran a prisión. En prisión, como él es TP (tirapiedras), le trataron de provocar una situación con dos o tres presos comunes, de la que él afortunadamente supo defenderse. Pero cuando se defendió los guardias se encabronaron y le dieron golpes. Me enteré de eso porque en aquellos días estaban abriendo las visitas y le vi un arañazo. Mi hijo me trata de esconder las cosas, de lo que me he enterado es porque soy demasiado persistente. Él era un muchacho con una mirada limpia, y hoy por hoy esa mirada ya no se la encuentro. Es señal de que no le ha tocado vivir nada bien allá adentro. Estamos hablando de una prisión, no de un centro de rehabilitación como dice el Gobierno».

El hijo de Jonathan nació el 27 de octubre, pero no le permitieron ir a verlo al hospital por ser un TP, la nomenclatura que se usa en prisión para llamar a las personas que lanzaron piedras a la Policía. Tampoco le permitieron ponerle sus apellidos. Jonathan vino a conocer al bebé a los cinco días de nacido, pues la primera salida del infante del hospital fue directamente a la cárcel. Bárbara le prometió que el pequeño no iba a faltar a ninguna visita, y así lo cumplió.

Bárbara con su nuera y su nieto camino a la prisión / Foto: Facebook

En las visitas tratan de hablar de todo lo que pueden. Jonathan suele tener cargado al bebé todo el tiempo y juega de manos con la novia «porque son muchachos», me cuenta Bárbara.

«Aún sabiendo que lo voy a tener conmigo en mi casa algún día, porque sé que de la prisión lo voy a sacar, eso no es un cementerio, me han causado tanto dolor y me han hecho tanto daño que me declaré activista y aunque lo tenga durmiendo al lado mío voy a seguir denunciando a los que tengan presos. Porque son tan malos que ellos a todos no los van a soltar. A los que menos se han mencionado los van a dejar allá adentro», me dijo convencida cuando conversamos en el mes de abril.

***

Es 26 de mayo y alguien me escribe: «Parece que liberaron a Jonathan». Intento comunicar con Bárbara para confirmar. Minutos después inicia una directa en su perfil de Facebook.

«Buenas tardes, familia», grita con la voz temblorosa y una sonrisa que le atraviesa la cara y ocupa la totalidad del plano. Desde fuera se escucha una voz que repite: «No llores, no llores». Luego dice: “No llores, cojone, que ya lo lograste».

Bárbara se sostiene la cabeza con una mano. Se muerde los dedos. No puede hablar. Otra persona dice a lo lejos: «Ya no formes más líos, ya lograste la libertad de tu hijo». Bárbara se toca la cabeza, mira a todos lados. Pasa un minuto de transmisión en el que apenas puede hablar. Su boca sonríe mientras sus ojos se humedecen.

«Esto va a ser algo cortico. Ayer estaba en la visita del niño, como todos saben, tengo las visitas los martes. Ahí no se puede entrar con teléfonos, y cuando salí vi un mensaje de su abogado que decía que lo llamara urgente, y cuando logro comunicarlo era que le habían aceptado una fianza, un cambio de medida, hasta el día del juicio, pero, nada, que se ganó una batalla. Como siempre he dicho, no podemos parar de denunciar, caballero, siempre han sido muy importantes las denuncias. Esto no voy a dejar que ninguno de ustedes se lo pierda».

Entonces invierte la cámara y se ve a Jonathan por primera vez en libertad. Ni siquiera el hecho de que está sentado, cargando a su bebé, disimula que es un niño. Uno de los 56 niños que han pasado por las cárceles cubanas tras las protestas del 11 de julio.

Jhonathan con su hijo / Foto: Facebook

«Miren para acá, después de tanto tiempo no hay quien le diga a mi hijo que se acabó la visita. No hay quien le diga que se tiene que ir su bebé. Va a dormir y va a despertar al lado de su niñito, y esto se lo debo a ustedes que han apoyado desde un principio. Muchísimas gracias a todo el que denunció conmigo, muchas gracias al que nunca se dio por vencido. ‘Patria Vida’ y ‘Libertad’, caballero, eso es lo único que necesitamos. Libertad para nuestros presos. No se ha ganado la batalla entera», finalizó Bárbara con la voz entrecortada.

Se encuentra en la misma azotea donde bailó con su hijo en la tarde del 11 de julio. De pie, contándoselo a sus seguidores, mientras Jonathan sigue enfrente, como aturdido, sentado en una silla jugando con su bebé.

Llegan los vecinos a verlo, su novia. También llegan activistas que se han sensibilizado con la causa. Se hacen fotos. Se respira felicidad, en todos los rostros se dibujan sonrisas. Solo Jonathan se mantiene serio.

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