Pedro Juan Gutiérrez y ‘Trilogía sucia de La Habana’: 25 años después

    Pedro Juan Gutiérrez, a sus 73 años, ya no es el alcohólico adicto al sexo, y con repentinos ataques de ira, que en los difíciles tiempos del Período Especial resultaba un espécimen ejemplar de la resiliencia cubana. Desde 2007 abrazó el budismo Nichiren, una rama del budismo Mahāyāna que se fundamenta, entre otras cosas, en la idea de que cada persona posee una innata naturaleza de Buda, es decir, que todos tenemos el potencial para alcanzar la iluminación. Pero continúa escribiendo; quizás ahora con la mirada un poco hacia el pasado, con la misma prosa directa, descarnada que lo lanzó a la fama en 1998.

    Hace ya más de dos décadas que Pedro Juan Gutiérrez tomó una selfie literaria de Centro Habana, marginada, al borde del colapso, y la tituló Trilogía sucia de La Habana. Hoy aquel retrato se mantiene más o menos igual: los mismos edificios destruidos (ahora todavía más ruinosos), el hacinamiento, la alienación (ahora con Internet). A 25 años de su publicación, dice, Trilogía… podría volverse a escribir y, a grandes rasgos, no cambiaría mucho. Eso sí, agrega, debiera escribirla otro.

    A la postal turística de la mulata, el tabaco, el ron y las palmeras, Trilogía… le descubrió un reverso de jineteras, hambre, alcoholismo y edificios atestados en peligro de derrumbe. Tristemente, esa Habana, más real que la de los turistas y las consignas, sigue ahí, frente al mar, habitada por varias generaciones de supervivientes que todavía, de una u otra forma, se entregan a la «gozadera» postapocalíptica que a duras penas los salvó de la locura durante los primeros años de la década de 1990.

    Trilogía…, además, superó con éxito el temible reto del sexo en la literatura, que no es cosa menor, sobre todo cuando pesos pesados como Haruki Murakami han quedado en la short list del Bad Sex in Fiction Award (otorgado desde 1993 por Literary Review a la «peor escena de sexo en una novela por lo demás buena») y otros como Tom Wolfe se han llevado el premio a casa. Pedro Juan Gutiérrez, sin embargo, hizo algo más que escribir de sexo y no resultar patético en el intento: entendió su naturaleza en el contexto cubano, muy lejos de ciertos clichés que aún perduran internacionalmente, y también la contradicción antropológica que, en momentos extremos, hace del placer más próximo un paliativo alienante contra los golpes de la miseria.

    Trilogía sucia de La Habana ha cosechado considerable éxito a nivel internacional; cuenta con traducciones a 21 idiomas. Sobre la obra y su autor dijo el periodista estadounidense Richard Bernstein para The New York Times: «En la brutalidad de su honestidad, Gutiérrez recuerda a Jean Genet y a Charles Bukowski. Nos lleva en un viaje inolvidable a un mundo donde la política, la anomia espiritual y el deseo hacen su problemático acomodo».

    Este mes se cumple un cuarto de siglo de su publicación, la excusa perfecta para, una vez más, conversar con Pedro Juan Gutiérrez en El Estornudo.

    DAA: Pedro Juan, en tus cuentos y novelas desarrollas un estilo muy directo, nada rimbombante, alejado de los vicios lezamianos que uno encuentra con bastante frecuencia en muchos textos literarios cubanos más o menos recientes. ¿De dónde viene ese estilo? 

    PJG: En realidad, en mi escritura no hay influencias de escritores cubanos porque empecé a leer, muy jovencito, a grandes narradores norteamericanos como Sherwood Anderson, Hemingway, Carson McCullers. Eran, sobre todo, cuentos. Tampoco faltaron los de Guy de Maupassant y los de Chéjov, que fueron muy importantes en este sentido. Pero incluso antes de esta etapa, creo que influyeron mucho los cómics que leía desde los siete años: Superman, Batman, todo eso. Mi tía era la que llevaba la distribuidora de prensa en el pueblo de San Luis (Pinar del Río), así que, cuando iba allí de vacaciones, tenía todos esos textos a mi alcance, además de la revista Mecánica Popular y la National Geographic. También tengo que mencionar el cine. ¡Importantísimo! En Cuba se dejó de ver cine norteamericano en algún momento y comenzaron a poner cine francés e italiano de esa época, los años sesenta y setenta, que tenían maneras muy diferentes de contar historias. Pero lo que más marcó mi manera de escribir fue la lectura de los cuentistas norteamericanos. Nada como eso.

    Y supongo que también el ejercicio del periodismo, que la mayoría de las veces exige ir al grano.

    El periodismo fue fundamental, sobre todo, para crearme una disciplina de trabajo. Sabes que en el periodismo te dicen que mañana tienes que entregar cuatro cuartillas antes de las 12 del día, y tienes que correr y hacerlo con rapidez, pero con calidad. Y no solo me ayudó con la disciplina, sino también con la conciencia de investigar antes de escribir la primera palabra. Incluso, si mi texto llevaba fotos, las tenía ya organizadas antes de redactar. Siempre he sido muy ordenado y disciplinado. Aunque no lo parezca, soy así. A veces creo que en una vida anterior fui alemán.

    Sobre la influencia en mi estilo narrativo, me ayudaron mucho mis experiencias en la Agencia de Información Nacional (AIN), que hoy es la Agencia Cubana de Noticias. Allí se tenían unas reglas de redacción como las de Prensa Latina, que fueron copiadas de France-Presse y Reuters, las que inventaron las normas de redacción cablegráficas: que si tales complementos debían estar de determinada manera, que si el gerundio… bueno, el gerundio estaba prohibido…, que si las subordinadas de tal forma, que si el verbo en voz activa, que si los verbos compuestos. Yo trabajé ocho años en la AIN, que era muy estricta, y eso me ayudó mucho a controlar el idioma, a darle valor a las palabras. Muchos escritores parecen no hacer esto y creen que escribir va de agregar palabras y palabras y palabras, y para lo que pueden decir en cinco líneas usan dos páginas. Cuando haces esto, el libro se convierte en un plomo y se te cae de las manos porque no hay quien lo lea. Nuestro idioma es muy excesivo, es extraordinario, y si no tienes una guía para usarlo racionalmente, te pierdes en él.

    El escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez.
    El escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez / Imagen: EFE

    Decía Walter Benjamin en Calle de sentido único que «la obra es la máscara mortuoria de la concepción», y sí, es lo que queda de lo que el autor concibe, pero inamovible, o casi sin vida; muchas veces está lejos de esa idea o primer impulso entusiasta. Sin embargo, creo que la obra es también la culminación de un proceso que puede ser, en principio, una idea vaga, algo perdida, que adquiere sentido a medida que toma forma mediante el lenguaje. En este sentido, ¿cómo ves tu proceso creativo? 

    Yo soy más bien de elaborar muy lentamente lo que voy a escribir. Creo que los poemas son lo único que me sale con relativa rapidez. Cuando estoy leyendo algo, pensando en algo, cuando alguien me dice tal cosa… pum, sale un poema. Pero los cuentos llevan más preparación, apuntes, organizar las ideas de aquí para allá, pensar muy bien el orden de las cosas. ¡Y una novela ni te cuento!

    Yo recuerdo que a Fabián y el caos estuve 21 años dándole vueltas y vueltas, tomando apuntes. Y no me decidía, sobre todo por razones éticas, pues es casi, casi, casi una biografía de un gran amigo mío. Pasó todo ese tiempo entre que entendí que ahí había una novela y que pude escribirla. Increíble. Y uno pensando, tomando notas, viendo por dónde podía entrarle. Escribir una novela me parece muy complicado. La idea va adquiriendo forma, tamaño y cuerpo a medida que voy escribiendo, y también aumentan su fuerza y su energía.

    Yo no puedo improvisar con estas cosas. A veces me han pedido un cuento para una antología, y yo les digo: no, yo no tengo nada escrito. Y me responden: pero es solo un cuento, lo puedes escribir en una semana. Y yo: déjenme tranquilo. ¿Cómo voy a escribir un cuento en una semana, como si fuera un artículo periodístico? Pues no, no funciona así.

    Antes de entrarle de lleno a tu narrativa, quisiera mencionar tu poesía visual. Sé que en algún momento quisiste estudiar artes plásticas y no pudiste. Sin embargo, esa necesidad de expresarte mediante las artes plásticas se ha mantenido. ¿Cuándo comenzaste a experimentar con la poesía visual? ¿Crees que existen nexos entre esta y tu narrativa?

    Bueno, cuando tenía 16 años ya había dibujado mucho. Tenía varias libretas con dibujos a plumilla, con tinta china. Entonces fui a la Escuela Nacional de Arte (ENA) y hablé con el director. Eso fue en septiembre de 1966. Cuando él vio los dibujos, me dijo: sí, ven el lunes pa’cá, que ya tienes la beca. Así de sencillo. Pero yo estaba en un instituto tecnológico de la construcción en Rancho Boyeros (La Habana), y ya estaba también en el servicio militar. Entonces no pude entrar a la ENA. Mis estudios de pintura se frustraron y tomé otros rumbos. Pensé luego en estudiar Arquitectura, pero terminé con una licenciatura en Periodismo en la Universidad de La Habana. Y en eso pasé 26 años.

    Comencé con la poesía visual en 1980. Yo tenía 30 o 31 años y escribía poesía, pero un día se me ocurrió coger unos poemitas míos, de los más cortos, y ponerlos en un papel, colocarles unas figuritas, y así, sin ninguna intencionalidad ni aspiración artística. Mi mujer trabajaba en el banco en ese momento, era secretaria y tenía una fotocopiadora, así que le pedí que les sacara fotocopias a estos poemas para mandárselos a varios amigos por correo. En realidad, tomé esa costumbre para mantener a los amigos. Así, poco a poco, aquello tomó fuerza en mí y los fui haciendo más grandes, en formatos mayores.

    Por esos años hice tres exposiciones personales en Pinar del Río, La Habana y Matanzas. Después empecé a ir a México, a las bienales de poesía visual y experimental, hasta que se convirtió en un violín de Ingres, algo paralelo a mi escritura. Y sí creo que hay vasos comunicantes entre mi poesía y los cuentos y las novelas. Lo creo porque hay determinados ambientes, determinados sentidos que comparten todos.

    Muchos escritores, sobre todo aquellos que crean su propio universo literario, tienen un «gran tema» que atraviesa cada una de sus obras. A veces se nota más, a veces menos, pero siempre está ahí. ¿Cuál es el gran tema de Pedro Juan Gutiérrez? 

    Ese tema llega a mí por algunas de las grandes preocupaciones que tenía con 20 o 21 años, cuando decidí que quería ser escritor. A esa edad terminé de leer Desayuno en Tiffany’s, de Truman Capote, y me gustó tanto que me propuse ser escritor. Fue una decisión muy tajante en mi vida. Yo había leído muchísimo ya, pero ese libro fue increíble, me dio un shock. Entonces me dije: yo quiero escribir como este hombre, así, que no parezca literatura. Y eso es lo que todavía me mueve. A mí no me interesaba escribir como Thomas Mann, Hermann Hesse, Lezama Lima o Carpentier. Para nada. Lo que yo quería era hacer algo aparentemente muy simple, muy sencillo, muy directo, y que no pareciera una pieza literaria. Y, bueno, me llevó como 30 años aprender a hacerlo, pero ese fue mi camino.

    Luego me pregunté: de qué escribo, cuál será mi tema, qué haré. Yo sabía que Hermann Hesse tenía su universo, que Rulfo tenía su universo, cada uno muy bien definido, muy claro; pero el mío se empezó a formar precisamente por mi estilo de vida, que siempre fue muy divertido: mujeres, alcohol, gozadera. Ese era mi mundo y de eso comencé a escribir: de quienes me rodeaban, de mis amistades, de algunas mujeres que conocí. Así se fue definiendo mi gran tema, el que creo que atraviesa todos mis libros: la gente pobre, la gente sencilla, la gente que tiene que luchar todos los días para subsistir, que tiene su propio lenguaje, que habitan un mundo en el que el sexo y el alcohol forman parte de la vida cotidiana. Esos personajes, que siempre me han parecido antihéroes, no tienen voz, y yo quise darles una. Creo que ahí está mi gran tema.

    ¿Qué crees que se quebró en Cuba con el Período Especial, y qué se quebró en Pedro Juan Gutiérrez?

    El inicio del Período Especial coincidió con el divorcio de mi primer matrimonio, un divorcio muy traumático. Entonces también empezaron los problemas económicos. Recuerdo que mi salario como periodista equivalía a un cartón de huevos en el mercado negro. Entre la crisis personal por el divorcio y el cataclismo económico, social, político y de todo que había en esos años, opté por quedarme en una casa en Centro Habana, donde no tenía ni una silla para sentarme.

    Portada de 'Trilogía sucia de La Habana'.
    Portada de ‘Trilogía sucia de La Habana’ / Imagen: Anagrama

    El Período Especial rompió muchas cosas dentro de mí y de mi generación, dentro de todos los que nos habíamos dedicado con mucha fuerza a un proyecto político que, de pronto, vimos que se estaba desmoronando. ¿Qué está pasando aquí?, me preguntaba. Y no entendía. Me llevó muchos años no solo comprender qué pasaba, sino aprender a sacar músculo ante una nueva situación para la que no estaba preparado. Creo que a toda mi generación le pasó lo mismo. Todos estábamos acostumbrados a vivir de un salario, a tener un título universitario, y de la noche a la mañana nos tuvimos que enfrentar a una vida mucho más individualista, más luchadora, mucho más valiente.

    Todos incorporamos esos nuevos mecanismos que entonces se empezaban a desarrollar en el país para ganar dinero y no morirte de hambre. Y lo digo literalmente, no estoy exagerando una anécdota ni nada parecido. Así fue para casi todos. Y mi generación, bueno, unos se fueron del país, otros se metieron a religiosos, otros a alcohólicos. Yo empecé a tomar mucho alcohol y tuve mucho sexo. Ahora me doy cuenta de que todo ese exceso era como un escape. También fumé mucho y hasta tuve un enfisema que por poco me mata cuando tenía 44 años. Dejé de fumar un tiempo, pero luego seguí, a pesar del enfisema. También tuve un shock proteico. Imagínate, llevaba dos o tres años comiendo solo arroz con frijoles, y de pronto, un buen día, una amiga, malagueña ella, que estaba de visita en Cuba, me invitó a comer en Varadero un pollo y unas salchichas y cervezas. Entonces perdí el conocimiento y me caí. Tenía la presión en 40 con 40. La enfermera que me atendió decía: Técnicamente, estás muerto. No me creo que esté hablando contigo. Luego tomé unos cafés, se me niveló aquello y no morí. Pero fue tremendo. Cada vez que lo recuerdo, me da por reírme.

    ¿Cómo llegó a publicarse Trilogía sucia de La Habana? 

    Los dos primeros libros de la Trilogía… los mandé a la editorial Oriente, que buscaba libros para publicar de nuevo, pero creo que se asustaron mucho, porque las muchachitas que trabajaban allí nunca contestaron. Después pude recuperar el manuscrito y se lo llevé a una editora que estaba en Cuba, si mal no recuerdo, de jurado en el premio de testimonio de Casa de las Américas. Eso fue en enero de 1998. Ella se llevó el libro, lo leyó en Francia y le pareció muy fuerte. Se lo envió entonces a una agente literaria en Madrid, a la que también le gustó. De ahí terminó en Anagrama, lo leyó Herralde y ya. Fue todo muy del azar, creo.

    ¿Y en Cuba cómo fue recibida? 

    Al principio, nadie había leído el libro, que tuvo muchísima prensa, sobre todo en España. Yo estaba allá, y cuando regresé a Cuba, en enero de 1999, me echaron a la calle de la revista Bohemia. Me quedé muy solo aquí, en La Habana. Por suerte, en la UNEAC (Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba) me defendieron. Después de unos días de zozobra e incertidumbre, continué con mi vida normal. Es decir, me dejaron tranquilo y yo seguí escribiendo mis libros. La Trilogía… fue publicada mucho después, en febrero de 2019. Imprimieron unos tres mil ejemplares… y sin quitarle ni una palabra.

    Publicar en Cuba costó mucho. El primer libro que se publicó fue Melancolía de los leones, de ediciones Unión. Pasé años sin publicar nada y tuve que hablar con este editor y con el otro, hasta que, al fin, se fue organizando poco a poco la cosa y empezaron a salir mis libros. Se han publicado unos 15 o 16 títulos, no recuerdo bien. Eso significa que, de mis casi 30 títulos, incluyendo la poesía, se han publicado la mitad en Cuba. Ahora no ha salido ninguno porque no hay papel, pero hay dos o tres preparados.

    Poema visual de Pedro Juan Gutiérrez
    ‘No podemos garantizar siempre un final feliz’, poema visual de Pedro Juan Gutiérrez / Imagen: Cortesía del entrevistado

    Muchas veces un gran éxito puede condicionar la escritura, estilística o temáticamente. ¿Te sucedió esto tras el éxito de Trilogía sucia de La Habana? 

    Yo creo que nunca me he dejado arrastrar ni paralizar por el éxito. Si lo piensas, mis libros posteriores a la Trilogía fueron muy coherentes: El rey de La Habana, Animal tropical. Iban saliendo uno detrás del otro. Por ejemplo, Animal tropical nace de una idea, la del amor. Yo había escrito una novela terrible, que fue El rey de La Habana, y antes la Trilogía…, que también es muy fuerte. Pero me dije: necesito escribir un libro sobre el amor. Y eso hice. Animal tropical cuenta una historia un poco dramática, pero, sobre todo, romántica. Luego escribí los libros de cuentos Carne de perro y El insaciable hombre araña, con los que completé los cinco libros del Ciclo de Centro Habana. Después sí empecé a cambiar de ambiente: Nuestro GG en La Habana se desarrolla en el año 55, El nido de la serpiente en Matanzas. Creo que he ido buscando otros lugares que me interesa explorar porque, a la larga, la escritura es eso: explorar en tus experiencias, en tu vida, dentro de ti.

    ¿Has escrito alguna vez pensando en quienes te leen, en si les va a gustar o no, en si el libro tendrá éxito o no? 

    No, nunca, porque en el fondo yo escribo para olvidar. Escribo desde muy dentro de mí, y lo que hago es rascar cosas que deben ser olvidadas y quedarse tranquilas. Sin embargo, la vida del escritor te obliga a buscar en cosas que ya pasaron hace muchos años y trabajar con eso. Cuando termino un libro y lo entrego, me siento bien. El último lo entregué en junio, y me sentí bien porque ya llevaba mucho tiempo revisándolo. Así me pasa con cada libro: me canso de revisarlo, de corregirlo, y un buen día me decido y lo entrego. Luego empieza el proceso del olvido.

    Yo escribo para olvidar, para ver si así estoy más tranquilo y sereno.

    ¿Cómo crees que sería escribir ahora la Trilogía…, 25 años después de su publicación? ¿Cambiaría mucho?

    Yo no podría, porque ese libro es una gran gozadera de alcohol, sexo, locura, de viajes de acá para allá, de buscar dinero. Y en buena medida esa era mi vida en aquel momento. No te voy a decir que el cien por ciento, pero quizás sí el 98. Ahora, a mis 73 años, me sería imposible.

    Sin embargo, creo que el ambiente es más o menos igual en Centro Habana. En el barrio se mantiene casi la misma atmósfera de entonces, los mismos personajes, el mismo estilo de vida. Y creo que sí: hoy se podría escribir Trilogía sucia de La Habana. Lamentablemente, el barrio no ha cambiado mucho. Pero, claro, no sería yo el autor.

    Creo que ahora más importante que escribir un libro como este es escuchar los nuevos contextos, las nuevas voces de los jóvenes, que tienen otros temas, otras maneras de expresarse, otras angustias y motivaciones en la vida. Cada día son más los jóvenes de treinta y pico de años que publican. Ese relevo es muy importante.

    Poema visual de Pedro Juan Gutiérrez

    Cuéntame de ese último libro que entregaste hace poco y que ya empiezas a olvidar. 

    De manera breve te puedo contar que hace dos años compré unas cuantas revistas Mecánica Popular, de las que leía cuando era niño. Las tenía un librero, de estos que venden libros de uso en la calle Galeano, y compré como cinco o seis. Yo las quise mucho en mi infancia y copiaba los planos de las casas que allí venían. Incluso, aprendí a hacer dibujo técnico copiando aquellos planos. Pues empecé a leerlas después de tanto tiempo y, sin darme cuenta, me metí en su mundo de los años sesenta. Comenzaron a aparecer en mi memoria los vecinos de Matanzas, de Pinar del Río, mi madre, mi padre, los amigos, gente de La Habana, donde tenía tíos y primos. Cuando vine a ver, ya tenía los dos primeros cuentos escritos. Vi que había un mundo que se estaba abriendo ahí, uno que se destapó cuando volví a leer esas revistas. Supongo que abrí una gaveta en mi subconsciente o no sé en dónde. El año que viene saldrá en Anagrama.

    ¿Es autobiográfico?

    No se trata de un libro de memorias ni nada de eso. Son solo cuentos, como los que escribo, que se van entremezclando unos con otros y a veces aparecen los mismos lugares, los mismos personajes. Es un libro de cuentos —aunque reconozco que tiene un despliegue que lo hace parecer una novela— que explora el interior de las personas de la época en que lo sitúo. La Cuba de 1959 a 1962 estaba en transición y era muy diferente a la de hoy. Creo que me metí muy adentro de eso, y que salió un libro interesante.

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    Darío Alejandro Alemán
    Darío Alejandro Alemán
    Nació en La Habana en 1994. Periodista y editor. Ha colaborado en varios medios nacionales e internacionales.
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    3 COMENTARIOS

    1. Trilogía sucia de La Habana ha cosechado considerable éxito a nivel internacional; cuenta con traducciones a 21 idiomas.

      Y no entiendo la razon. Copio de memoria. «Se la meti por el culo. Le saque mierda. A ella no le gusto, a mi si

      Un amigo:

      No me gusta, pasa de lo rico, sexy a lo prosaico y demasiado vulgar
      Hasta esqueroso

    2. Tengo una opinión semejante a la anterior. De todas formas no me parece nada. Creo que todo autor tiene un público que lo necesita y al cual le dice algo. A mí como lector no me dice nada y si fuera a escribir un libro como ese, lo escribiría distinto, no mejor o peor, pero tampoco le gustaría quienes leen a este autor. Pienso que a quien Dios le da lo que le da, será por algo, y ¿Quién soy para estar en contra? La realidad es lo que es, no lo que yo quisiera que fuera. Y ponerse bravo porque la realidad sea diferente de lo que yo supongo que debía ser, sería muy arrogante de mi parte. De momento, sigo escribiendo sin encontrar quien me publique, y no pienso suicidarme por eso. De momento, escribo en mi blog que nadie lee y por si acaso te resulta curioso,
      Visita mis sitios:
      http://analectasdedwacor.blogspot.com/?m=1

      https://www.linkedin.com/mwlite/in/eduardo-n-cordov%C3%AD-hern%C3%A1ndez-07b04922a

    3. El entrevistador Alemán, llama vicio Lezamiano a todo aquello q no sabe leer… se nota q es solo un periodista, q más q un vicio, es una enfermedad

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