Yo quería escribir sobre Luis Manuel, pero quizás más alarmante incluso que su historia sea como la gente, de alguna manera, encuentra pureza en la socarronería del sistema legal cubano. Los estándares de libertad en Cuba son tan pobres que hay a quien le parece temerario que otro se exprese en contra del gobierno en la cola del pan (¡La cola del pan!), pero régimen o totalitario son palabras que todavía muchos, cuando no ridículas, encuentran excesivas para calificar al gobierno. En el imaginario colectivo de la nación, digamos, hay un sentido extraviado que unos llaman sentido común y otros quizás llaman sentido de preservación y que viene siendo, dentro de esa innombrada dinámica dictatorial, el que en realidad establece la ley. En esa dinámica la acción aislada o conjunta que viole dicho sentido es en sí misma el delito; y el que ejecuta el delito no es otra cosa que el culpable. O sea, en la sombría frontalidad de la represión la gente encuentra una forma de justicia. Y si una persona hace algo que atente o que pudiese parecer que atente contra el status quo del régimen en Cuba, esta persona no solo está renunciando a su derecho de libertad sino además a su derecho de apelación. Y este es el razonamiento, solo explicable dentro de una lógica tiránica, que en diversos niveles de conciencia aprueban muchos cubanos. Guerra avisada no mata soldado, es como sonaría en la boca de los más viejos, incluso cuando dicho aviso no es sino la tradición oral de una mordaza transmitida de padres a hijos como una herencia valiosa. La injusticia, si alertada, pierde el cariz de lo injusto, y el valiente que se atreve a desobedecerla no es valiente, sino cualquier cosa en esa gama caricaturesca que va desde el payaso hasta el malhechor, y que hace del honesto un criminal.

Luis Manuel Otero Alcántara es, sin dudas, un ser humano con el temple que turbas y turbas de cubanos no reunimos aún si nos juntásemos, no sé, en una plaza. Y lo preocupante, quizás, es que muchos de los que lo oyen nombrar de lejos piensan que es un excéntrico o un loco o un delincuente. Uno que hizo lo que no se podía hacer, sin importar lo que fuese, porque es exactamente eso lo que lo incrimina. La insensatez es un delito grave. Y el que se juega la cárcel es un insensato que pierde todo tipo de credibilidad.  ¿Acaso es eso posible? ¿Que el gobierno cubano o lo que sea que hay en Cuba haya logrado subvertir hasta ese punto los referentes de la virtud humana? El que se expone está de antemano descalificado porque el que se expone renuncia al sentido común (el sentido extraviado). El sacrificio no es una muestra de valor sino una muestra de estupidez. Solo el listo que dice las cosas sin decirlas o que las hace sin hacerlas merece respeto y admiración; solo el que habla con disfraz y a medias o muy bajo. Pero el que es digno y es audaz, como lo es Luis Manuel, no es a los ojos de muchos sino un extraviado que se juega la vida a saber por qué. Y claro, por qué habría de jugarse nadie la vida en Cuba, donde lo que es, es lo que es y es lo que será, y donde la gente pone una jaba delante del televisor porque ahí la verdad y la libertad se reparten en racimos a las seis y media de la tarde.

Pero hay, quizás, un momento en que no se puede culpar más al estado cubano, un momento en que cada individuo tiene que tomar responsabilidad y tiene que trascender el daño que le ha sido causado por otro, sea ese otro un padre o un gobierno o un gobierno que juega a ser padre. Un momento inevitable en la vida de un ser humano en el que tiene que romper el cascarón de su propia cabeza, aunque en el acto de romperlo desgarre la membrana de todas las cosas en las que ha creído hasta ese día.

Luis Manuel Otero Alcántara es un muchacho joven, es un artista y es un valiente (una combinación explosiva en el sistema que sea) que espera, ya rapado, juicio sumario en una cárcel de La Habana. Y si los cubanos viviésemos engañados, quizás solo la ceguera se nos podría recriminar, pero el gobierno cubano no se toma ya esos trabajos con nosotros. Los juicios en Cuba, las elecciones en Cuba, la libertad de expresión en Cuba, son todos números del mismo acto, la misma acrobacia circense y todo el mundo lo sabe. Sin embargo, muchos de los mismos que lo saben son los que no saben que en Cuba hay una dictadura. Es ahí donde se abre el vacío moral. Es ahí donde la razón se aparta y entran en juego otros mecanismos mucho más profundos y oscuros que cualquier ejercicio de razón, y donde se escuchan cosas tan temerarias como “aquí no saben lo que es una dictadura de verdad”. Una cosa con la que uno no ve qué hacer porque, francamente, dicha así, palabra a palabra, qué se puede hacer con una cosa como esa.