El Síndrome de La Habana: una historia real de espionaje, armas secretas y geopolítica

    La tensa trama del llamado Síndrome de La Habana, un rocambolesco rezago de la Guerra Fría, continúa. Esta vez, una investigación realizada por The Insider, en colaboración con 60 Minutes (de la cadena CBS) y Der Spiegel, publicada el pasado 1 de abril, arrojó nuevas pistas sobre los misteriosos hechos ocurridos en la capital cubana entre 2016 y 2017. Los datos, recopilados durante un año por estos medios, apuntan a quien ya figuraba como el principal sospechoso: Rusia.

    ¿Qué dice la investigación sobre el Síndrome de La Habana?

    Durante 2016 y 2017, más de una veintena de funcionarios de la CIA y el Departamento de Estado de Estados Unidos (y, en menor medida, canadienses) destinados a Cuba durante el periodo de normalización de las relaciones entre ambos países sufrieron diversas y extrañas dolencias. Las víctimas coincidieron en que estas iniciaron en algún momento muy preciso en el que fueron como alcanzados por un «rayo de energía».

    El hecho, conocido entonces como Síndrome de La Habana, causó una crisis diplomática que terminaría con la reducción del personal en la embajada de Estados Unidos en la isla y la expulsión de funcionarios cubanos del consulado del país caribeño en Washington. A la larga, este fue uno de los acontecimientos determinantes en el enfriamiento de un vínculo que había comenzado durante el segundo mandato presidencial de Barack Obama, aunque para ese entonces la Casa Blanca ya la ocupaba Donald Trump.

    La primera conclusión de la investigación es que el nombre Síndrome de La Habana no hace justicia a los cubanos, pues, aunque fue en esta capital donde se dio la mayor cantidad de casos concentrados en un periodo corto de tiempo, la verdad es que hacía varios años que se registraba este fenómeno en muchos países. Este hecho confirma las declaraciones que diera hace algún tiempo Mark S. Zaid, abogado de las víctimas del Síndrome, quien declaró hace algún tiempo: «[el Síndrome de La Habana] es un nombre que culpa a los cubanos, y nadie que yo conozca sospecha de ellos».

    De acuerdo a la información publicada en el reportaje, se han registrados casos de Síndrome de La Habana en personal diplomático estadounidense, agentes de inteligencia y sus familiares en lugares tan variados como Georgia, Alemania, China, India, Vietnam, e incluso Estados Unidos. De hecho, el texto revela un acontecimiento que hasta ahora las autoridades estadounidenses habían mantenido en secreto: un alto funcionario del Pentágono experimentó los síntomas del Síndrome durante la Cumbre de la OTAN de Vilnius, Lituania, en 2023.

    Se cree que el primer caso registrado ocurrió en Fráncfort en 2014. La víctima, un empleado del gobierno de Estados Unidos en el consulado de esa ciudad alemana, fue diagnosticada entonces con una extraña «lesión cerebral traumática». El hecho, curiosamente, sucedió poco después de iniciada la invasión rusa a la región del Donbás, que terminaría con la anexión de la península ucraniana de Crimea. Pero más curioso resulta que estos supuestos ataques hayan afectado en mayor parte a agentes de la inteligencia estadounidense que en algún momento trabajaron sobre el terreno para contrarrestar el expansionismo de la Rusia de Vladimir Putin en países de Europa del Este y Eurasia.

    En todos los casos (excepto en los ocurridos en Cuba), los periodistas que realizaron la investigación pudieron demostrar la presencia en el lugar, durante la fecha de los supuestos ataques, de figuras importantes de una organización de inteligencia del Kremlin: la Unidad 29155.

    La Unidad 29155 es un famoso escuadrón de asesinato y sabotaje del Directorio Principal del Alto Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de la Federación Rusa (GRU), es decir, el servicio de inteligencia militar de Moscú. Los métodos de sus agentes son internacionalmente conocidos por su eficacia y complejidad, y superan posiblemente los vistos en cualquier película del género de espías en lo que refiere a atentados y asesinatos. La Unidad 29155, por solo citar una de sus acciones más mediáticas, fue la responsable del envenenamiento del doble agente británico Sergei Skripal y su hija en 2018, ocurrido en Inglaterra. Cada vez que el Kremlin busca deshacerse de alguien «peligroso» o crear una situación de inestabilidad política en un país recurre a esta Unidad, que es la heredera oficial del departamento de «operaciones especiales» de la KGB soviética.

    Los resultados de la investigación señalan que fueron espías de la Unidad 29155 quienes provocaron el Síndrome de La Habana en varios funcionarios estadounidenses a través del manejo de armas acústicas o de energía de microondas no letales.

    Tanto la energía de microondas como la de ultrasonido, de acuerdo al texto, pueden dañar las células del cerebro y hacer que las proteínas de las células dañadas se filtren rápidamente al líquido cefalorraquídeo y luego al torrente sanguíneo, por lo que la evidencia del ataque desaparece. Como un arma ultrasónica necesitaría ubicarse a unos diez o 12 metros del objetivo para causar daño, la opción más creíble es la de energía de microondas. El reportaje, además, presenta supuestas pruebas de que dicha arma existe y de que los rusos han experimentado durante años con ella con el fin de optimizarla. La información presentada apunta a que su creación fue obra de uno de los proyectos militares de Rusia más apreciados por Vladimir Putin: la Fundación para la Investigación Militar Avanzada, cuyo objetivo explícito es «crear armas innovadoras».

    La teoría del arma de microondas se basa en el uso de radiofrecuencias que provocan daños en el cerebro de la víctima, lo que deriva en síntomas que van desde dolores de cabeza crónicos, vértigo, insomnio y deterioro psicofisiológico duradero, hasta, en casos extremos, pérdida de la audición y ceguera. Este fenómeno, apunta dicha teoría, se acerca a las afecciones provocadas por el «efecto Frey», llamado así en honor al científico estadounidense que las describió por primera vez cuando notó que quienes trabajaban cerca de los transpondedores de radar durante la Segunda Guerra Mundial sufrían extrañas expansiones termoelásticas del aparato auditivo.

    The Insider, 60 Minutes y Der Spiegel plantean también, aunque de manera algo implícita, una interrogante: si tres medios lograron acumular en un año un número considerable de pruebas incriminatorias contra Rusia, ¿cómo es posible que los altos mandos de la inteligencia estadounidense no hayan reconocido estos hechos y reaccionado con la severidad que merecen? ¿Cómo es posible que lo más cercano a una acusación contra el Kremlin sea el informe de 2023 que emitió la Oficina del Director de Inteligencia Nacional (ODNI) de Estados Unidos, donde se afirmó que era «muy probable» que se tratara de ataques de un enemigo extranjero? Una posible hipótesis, manejada por las fuentes entrevistadas, algunas de ellas víctimas del Síndrome, es que la CIA no ha revelado información porque lo contrario significaría reconocer que Rusia ha cometido un acto de guerra contra Estados Unidos.

    Las respuestas

    Apenas unas horas después de publicado el reportaje, el gobierno ruso se pronunció de manera oficial. Sin embargo, de momento, parece no prestarle demasiada atención (al menos de manera pública) al asunto. La única declaración ofrecida vino de Dmitry Peskov, portavoz del Kremlin, quien dijo:

    «Nadie ha publicado ni expresado ninguna prueba convincente de estas acusaciones sin base en ninguna parte. Así que no son más que acusaciones infundadas».

    Por su parte, el viceministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Carlos Fernández de Cossío, se apresuró a afirmar en su cuenta en X que lo revelado en el reportaje no eran más que «conjeturas» e «historias descabelladas no confirmadas». En una nota publicada por la agencia AP, el doctor Mitchell Valdés-Sosa, director del Centro de Neurociencias de Cuba, no solo desacreditó el reportaje, sino que puso en duda la existencia de algo llamado Síndrome de La Habana. Según Valdés-Sosa, este no tiene ningún fundamento científico y sus síntomas, de tan variados, podrían ser causados por «muchísimas enfermedades».

    En la misma nota de AP fue entrevistada Johana Tablada de la Torre, subdirectora del Departamento de Estados Unidos del Ministerio de Relaciones Exteriores de la isla, quien calificó el reportaje como «una ficción».

    «El Síndrome de La Habana no existe, pues no está registrado como una enfermedad (…) [El reportaje] trata de presentar a Cuba como una amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos. Aun cuando no se ponga a Cuba como el supuesto principal actor, pone al territorio cubano como la plaza que se presta para que potencias extranjeras puedan hacer actos contra Estados Unidos», declaró Tablada a la agencia de prensa estadounidense.

    Sin embargo, la investigación realizada por The Insider, 60 Minutes y Der Spiegel apenas menciona a Cuba. De hecho, aclara que, desde un inicio, la CIA descartó casi por completo la responsabilidad, al menos directa, del gobierno cubano, y se planteó que los ataques podían ser obra de los rusos para obstaculizar el acercamiento entre Washington y La Habana, lo cual ponía en riesgo los intereses geopolíticos de Moscú en la isla.

    La Casa Blanca, en cambio, se mostró precavida en su reacción al reportaje. Pasadas unas horas desde su publicación, el vocero del Departamento de Estado, Matthew Miller, reiteró que la inteligencia estadounidense seguiría investigando los casos del Síndrome de La Habana, aunque, de momento, no hay pruebas concluyentes sobre la responsabilidad de un «adversario extranjero» en ellos.

    La evidencia médica del Síndrome de La Habana

    La evidencia médica de los extraños y variados síntomas padecidos por las víctimas del llamado Síndrome de La Habana es contundente. Sin embargo, los resultados de los estudios clínicos resultan a veces contradictorios en sus conclusiones, lo que arroja todavía más misterios sobre el asunto.

    Varios científicos, incluidos algunos estadounidenses, han apuntado a que quizás se trata de una enfermedad psicogénica colectiva, es decir, que varias personas en situación de estrés manifestaran los mismos síntomas por sugestión. El hecho de que la embajada estadounidense en Cuba estuviera sometida a constante vigilancia y a un asedio implacable por parte de la contrainteligencia cubana, lo que ha sido corroborado en múltiples entrevistas realizadas en los últimos seis años a las víctimas, pudiera apoyar esta teoría. Sin embargo, dicha suposición ha sido descartada con el tiempo, pues muchas personas fueron afectadas años atrás en otras regiones del mundo sin que sus casos se hicieran públicos, ni siquiera dentro de la misma CIA.

    En diciembre de 2020, un informe de la Academia Nacional de las Ciencias, la Ingeniería y la Medicina (NAS) de Estados Unidos concluyó que la hipótesis más realista sobre la causa del Síndrome consistía en el envío dirigido de energía de radiofrecuencia. Esta teoría, ya por entonces popular, ganó más adeptos en los siguientes años.

    No obstante, en marzo de 2024, investigadores de los Institutos Nacionales de Salud (NHI) de Estados Unidos, aunque reconocieron la existencia de los síntomas en las víctimas, dijeron que estos no tenían aún explicación. Por su parte, los resultados de dos estudios clínicos, publicados ese mismo mes en la revista especializada JAMA, arrojaron conclusiones ligeramente distintas. Los estudios, realizados en 86 víctimas del Síndrome, 42 mujeres y 44 hombres, demostraron que no se hallaron diferencias significativas entre estos y otros sujetos de prueba, emparentados profesionalmente con los primeros, en los exámenes de función auditiva, vestibular, cognitiva o visual, así como en los niveles de biomarcadores sanguíneos. Sin embargo, las víctimas del Síndrome sí presentaron síntomas considerables de fatiga, depresión y estrés postraumático. Además, se encontraron en 24 de ellas trastornos neurológicos funcionales.

    Inmediatamente después, JAMA publicó un editorial a cargo de David Relman, científico de la Universidad de Stanford, quien ha dirigido investigaciones anteriores sobre el Síndrome de La Habana. Según Relman, los estudios eran defectuosos, pues las pruebas aplicadas no eran capaces de detectar algunos tipos de lesiones cerebrales. En su texto, además, hizo alusión a las pruebas realizadas por él mismo y declaró que lo encontrado «no se parecía a ningún trastorno descrito en la literatura neurológica o médica en general» y que los traumas «podían estar causados por un mecanismo externo».

    Lo que se sabía y algunas «casualidades»

    Un texto clave para acercarse a lo que pudo haber pasado en La Habana entre 2016 y 2017 es el reportaje «The Mystery of the Havana Syndrome», de los periodistas Jon Lee Anderson y Adam Entous, publicado por The New Yorker en noviembre de 2018. De acuerdo a esta investigación, el Síndrome de la Habana no fue una excusa de la administración Trump para enfriar las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, como ha querido presentar el régimen cubano, sino un problema reportado desde hacía tiempo y que se desató de tal manera en la capital cubana que solo aceleró el proceso de distanciamiento entre ambas naciones.

    Anderson y Entous ponen especial atención en la figura de Alejandro Castro Espín, quien lideraba la contrainteligencia cubana. Ben Rhodes, consejero de Seguridad Nacional de Obama, mantuvo durante los años previos al deshielo, y a través de este, conversaciones directas con él. Ambos, Rhodes y Castro Espín, sospechaban que sus encuentros eran espiados por un tercer actor. Las sospechas, al menos de parte del estadounidense, recayeron sobre Rusia. John Brennan, director de la CIA, también sostuvo encuentros con el cubano, y a pesar de las diferencias, Alejandro Castro se mostró muy asertivo a la hora de negociar. Sin embargo, en 2015 comenzaron inexplicables conductas de intransigencia de la parte cubana, algo que «funcionarios estadounidenses» achacaron a una facción del gobierno de la isla que presionaba para que no se estrecharan más los lazos de cooperación con Estados Unidos.

    Cuando se registraron los primeros casos del Síndrome en Cuba, Raúl Castro les insistió personalmente a altos funcionarios estadounidenses en que su país no tenía nada que ver con los hechos. Incluso, la idea de que una potencia extranjera estuviera involucrada fue «avivada» por el propio Castro en conversaciones secretas, según el texto. Para los órganos de inteligencia de Estados Unidos quedó claro que esa potencia era Rusia, aunque no contaban con pruebas incriminatorias. Sin embargo, intuían que los rusos habían sido apoyados por una facción conservadora del gobierno de la isla, pues «nada sucedía en Cuba sin que el gobierno cubano lo supiera».

    El reportaje indica que, pasado poco tiempo de aquellas conversaciones, el gobierno cubano comenzó a mostrarse más hostil al respecto. Un equipo especializado de Estados Unidos llegó por esas fechas a La Habana para investigar las habitaciones del Hotel Capri y el Hotel Nacional donde sucedieron algunos de estos supuestos ataques, pero no encontró nada. Luego le solicitó a las autoridades de la isla acceso a las cámaras de seguridad cercanas, sin embargo, estas no se lo concedieron. Curiosamente, la investigación publicada por The Insider, 60 Minutes y Der Spiegel plantea que los ataques ocurridos en otros países fueron ejecutados siempre desde fuera de las instalaciones donde se encontraban las víctimas, y hasta identifica a agentes de la Unidad 29155 que estaban en esa posición en momentos cercanos a los hechos.

    También resulta curioso que, tras asumir Cuba una posición hostil referente al Síndrome de La Habana, Alejandro Castro fuera apartado de la vida política del país: no solo no resultó electo como diputado a la siguiente legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, sino que su departamento de contrainteligencia del Ministerio del Interior fue disuelto.

    En febrero de 2023, Anderson y Entous volvieron a abordar el tema, esta vez en el podcast «Unpacking the ‘Havana Syndrome’», de la cadena mediática NBC. Anderson, nuevamente, descartó la posibilidad de una participación directa del gobierno cubano, aunque sí señaló como principal sospechoso a Rusia.

    «Nadie (incluida la gente de la CIA con la que hemos hablado en muchos niveles) piensa que los cubanos fueron los únicos responsables, o incluso mayoritariamente responsables. Que sí, [los ataques] tuvieron lugar en Cuba, y que pudo haber sido un grupo muy pequeño de agentes de la contrainteligencia operando en conjunto con una potencia aliada, probablemente Rusia. Se ha hablado de China, pero se la descarta más o menos debido a sus patrones de comportamiento», declaró.

    El Kremlin era uno de los mayores perjudicados, si no el mayor, ante un escenario de mayor acercamiento y colaboración entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba, pues la isla, además de ser su mayor aliado en la región, representaba la puerta de entrada para extender su influencia por América Latina.

    Tras los supuestos ataques que provocaron el Síndrome de La Habana y el posterior congelamiento de las relaciones bilaterales entre la isla y Washington, Moscú intensificó sus esfuerzos por acercarse al país caribeño. Para 2023, las relaciones entre Rusia y Cuba habían llegado a un nivel nunca visto desde los tiempos de la URSS. A inicios de ese año, el régimen cubano hizo pública su intención de hacer del Kremlin su asesor económico y principal aliado político. Rusia, por su parte, permitió a Cuba comerciar en su mercado de divisas y le ha otorgado durante los últimos tres años continuas ayudas en materia energética, así como todo tipo de insumos. Ambas naciones renegociaron, una vez más, la enorme deuda de la isla con el país eslavo. El gobierno cubano también adoptó en toda su red comercial el uso del sistema de pago ruso MIR, permitió que sus jueces y fiscales se formaran en Moscú y aceptó que Rusia fuera el principal inversor en la esperada reactivación de su industria azucarera. Y a pesar de la significativa pérdida de crédito político que representa, La Habana ha respaldado la invasión imperialista de Putin a Ucrania.

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    Darío Alejandro Alemán
    Darío Alejandro Alemán
    Nació en La Habana en 1994. Periodista y editor. Ha colaborado en varios medios nacionales e internacionales.
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