Yo no cambié mi refrigerador

    El 26 de julio de 1989, en Camagüey, Fidel Castro expresó en su discurso por el aniversario del asalto al Cuartel Moncada: «…y porque si mañana o cualquier día nos despertáramos con la noticia de que la URSS se desintegró, cosa que esperamos que no ocurra jamás, ¡aun en esas circunstancias, Cuba y la Revolución cubana seguirán luchando y seguirán resistiendo!».

    Con el Tratado de Belavezha, firmado el 8 de diciembre de 1991 por los presidentes de Rusia, Ucrania y del Soviet Supremo de Bielorrusia (Boris Yeltsin, Leonid Kravchuk y Stanislav Shushkevich, respectivamente), se ponía fin al Tratado de Creación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas de 1922 y se desintegraban las estructuras políticas y federales y el Gobierno Central del imperialismo de ideología comunista más poderoso del mundo. Desde marzo del año anterior estaba en marcha el proceso de independencia de las 15 repúblicas que conformaban el bloque; comenzó en los tres países del Báltico —Estonia, Lituania y Letonia— y culminaría en diciembre de 1992.

    Tras asumir pocos años antes la Presidencia de la Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov emprendió una reestructuración económica, conocida como «perestroika», y una apertura hacia la transparencia política, la «glasnost», en un país marcado por la inestabilidad económica, la corrupción galopante y el descontento de la población. Para muchos, ese fue el inicio del fin de la URSS.

    Con la desintegración de la considerada invencible Unión Soviética, Cuba entra en una crisis económica y social de consecuencias devastadoras para una nación que había vivido en las últimas décadas, sin un desarrollo orgánico de su economía, gracias al petróleo de la URSS y las importaciones del CAME (Consejo de Ayuda Mutua Económica). El 13 de julio de 1990, Fidel Castro reconoció la gravedad de la situación, para la cual se inventó el término eufemístico de «Período Especial en Tiempo de Paz».

    En un país que dependía del petróleo para la generación de energía eléctrica, el corte brusco de los suministros provocó apagones de hasta 16 horas diarias; hubo severas interrupciones del suministro de gas que obligaron a la población a hacer uso de keroseno, carbón y madera. En algunos hogares se utilizaron no solo muebles, sino incluso ventanas o puertas de madera para cocinar.

    En el transporte público la situación fue tan grave que las personas se veían obligadas a caminar largos tramos para llegar a sus trabajos y escuelas; una circunstancia que se trató de aliviar con la compra de un millón de bicicletas a China que luego se vendieron por centros de trabajo o estudio.

    Se realizaron urgentes reformas en la agricultura; disminuyó el uso de automóviles; hubo un reacondicionamiento en la industria, la educación y la salud, así como un racionamiento severo de productos básicos. Las construcciones cesaron, excepto las vinculadas al nuevo sector turístico y a la defensa del país; disminuyeron drásticamente las importaciones y las exportaciones; se cerraron fábricas; aumentó el desempleo; se paralizaron programas sociales…

    Con su obsesivo pensamiento guerrerista Fidel Castro encontró el motivo ideal para desviar la atención de las verdaderas causas del fracaso de su proyecto social. Como había hecho decenas de veces, y seguiría haciendo, incentivó la histeria colectiva; había que prepararse porque el enemigo, aprovechando la situación internacional, planeaba acabar con «el último bastión del socialismo en el mundo». Sin escatimar recursos materiales o humanos se construyeron cientos de túneles como refugio ante posibles bombardeos aéreos. A través de los CDR se formaron las Brigadas de Producción y Defensa, organizadas de tal forma que un grupo —fundamentalmente mujeres con hijos o de edad avanzada— se ocuparía del cultivo y la elaboración de alimentos, mientras que otro asumiría la defensa de los territorios en las situaciones excepcionales que sobrevendrían en caso de decretarse lo que se denominó «opción cero». Se trataba de «la Guerra de Todo el Pueblo».

    La escasa alimentación y la falta de medicamentos provocaron el aumento de enfermedades. El hecho más grave y más conocido fue la epidemia de polineuritis óptica que comenzó a finales de 1991, con casos aislados en Pinar del Río, y que para 1993 se ampliaba exponencialmente a todo el país. 

    Entre marzo y abril de 1993, un equipo formado por el Ministerio de Salud Pública (MINSAP) con especialistas de varias ramas del saber investigó un poco más de un centenar de casos. Según los resultados preliminares, la enfermedad, que afectaba fundamentalmente el nervio óptico y los nervios periféricos, no estaba vinculada a la presencia de un virus, y mucho menos a «agentes químicos de origen desconocido», idea sostenida por Fidel Castro. Más bien las conclusiones apuntaban al grave déficit nutricional de la población y a la pérdida de peso de una parte importante de la misma, sobre todo en los lugares más pobres. Se señalaba también la influencia de algunos hábitos tóxicos como el tabaquismo y el consumo de alcohol de dudosa procedencia. Unos días después, en una de las frecuentes reuniones que el gobernante sostenía con funcionarios, médicos y científicos para analizar los resultados de la pesquisa, el doctor Héctor Terry Molinet, viceministro del MINSAP, y reconocido especialista en Higiene y Epidemiología, presenta la hipótesis sugerida por el grupo investigativo. Con su arrogancia característica, luego de una fuerte discusión, Fidel Castro decide la destitución inmediata del doctor Terry.

    A mediados de mayo de 1993, llegó a Cuba el prestigioso oftalmólogo estadounidense Alfredo Sadum, contactado a través de la OMS, para ayudar en el esclarecimiento de la enfermedad, que ya había afectado a más de 50 mil personas, según cifras oficiales. Las conclusiones de Sadum y sus colaboradores resultaron similares a las planteadas por el doctor Terry. Hacia septiembre de 1993 se logró controlar la epidemia con la producción y distribución aceleradas de suplementos del complejo vitamínico B.

    En el año 2002, la Academia de Ciencias de Cuba le otorgaría la Medalla de Honor al doctor Alfredo Sadum por sus aportes al establecimiento de las causas de la epidemia de polineuritis óptica en Cuba. El doctor Héctor Terry Molinet murió olvidado el 2 de octubre de 2021 debido a complicaciones de la COVID-19, sin que nadie, nunca, le pidiera disculpas.

    ***

    La década de los noventa marcó mi vida y la de mis hijos de forma particular. A mediados de 1989, mientras observaba por la televisión el juicio del general Arnaldo Ochoa Sánchez y otros altos cargos del Ministerio de las Fuerzas Armadas (MINFAR) y el Ministerio del Interior (MININT), acusados de corrupción y narcotráfico, a mi madre le dio la primera isquemia. Los médicos de urgencias diagnosticaron una mala digestión; tres días después, un mejor clínico, en un mejor hospital, nos informaba que había sufrido un accidente isquémico transitorio y que, probablemente, sería el principio de otros. Tres años después tendría el último. Su muerte me dejó un vacío inmenso, y no solo por lo que representa perder a un ser tan importante en nuestras vidas, sino porque sentí que se marchaba cuando más la necesitaba. Había estado a su lado desde mi primer aliento y su apoyo había sido imprescindible en mi existencia. Durante los dos años anteriores a su fallecimiento mi matrimonio había comenzado a resquebrajarse, y apenas unos meses antes había terminado. 

    En un momento en que el país sufría su peor crisis, mi vida se enfrentaba a un futuro incierto, con una hija que comenzaba los estudios preuniversitarios y un hijo que aún estaba en el nivel primario. Lo único que ocupaba mi mente era el temor a ese camino que tenía que seguir transitando sola, a pesar de mis tristezas y mis dudas, y la fuerza que necesitaría para no flaquear.

    Las caminatas hasta y desde mi trabajo se convirtieron en una especie de terapia para mi dolor. En aquellos cinco kilómetros me obligaba a no pensar en otra cosa que no fuera sobrevivir el próximo mes. Poco me importaban el futuro del socialismo en el mundo o en Cuba. El temor a la lástima, uno de los sentimientos que más detesto, me llevó a encerrarme en una especie de ostra donde permití entrar a muy pocas personas. Mi vida se redujo a una rutina protectora: cumplir con mis obligaciones laborales; realizar las tareas domésticas antes de que quitaran la corriente eléctrica (o el agua, o el gas); poner todos los días sobre la mesa desayuno y comida para mí y para mi hijo; reforzar su almuerzo en la escuela y acopiar alimentos para darle cada semana a mi hija, interna en el preuniversitario, lo mínimo indispensable para que no muriera de hambre. Era una más en el rebaño que habíamos sido y éramos todos. Fue una época que he tratado de olvidar, en la que me debatía entre la seguridad de un empleo que no alcanzaba para vivir y la decisión de acudir a otros medios para mejorar algo mi economía. Pero nunca me dejé vencer por el desánimo y evité transitar por caminos alejados de la honradez y la ética que había aprendido tan bien de mis padres. Me ayudé vendiendo algunas cosas que no eran imprescindibles, y dos sucesos, muy diferentes entre sí, resultaron relevantes.

    Primero, necesitamos vender una consola de videojuegos que un querido sobrino, recién emigrado a Colombia, había enviado de regalo a su primo. Como no teníamos televisor, mi hijo se iba a las casas de sus amigos para usarlo. Un colega me había sugerido que alquilara el Super Nintendo, algo común en aquellos tiempos, incluso a través de los propios niños, pero yo me resistí a la idea de involucrar a un menor en una cuestión de negocios. Finalmente tomé la decisión de venderlo para tener un pequeño respiro en nuestra economía. Como mi hijo siempre fue poco apegado a las cosas materiales y disfrutaba más con sus amigos que jugando —una y otra vez los mismos juegos— ante un televisor, sentí, no sé si erróneamente, que ello no le causaría una gran decepción. Varios años después mi hija me confesó que a ella sí le había dolido mucho que su hermano se desprendiera de un juguete para contribuir a la economía de la familia.

    También vendí los angulares que habíamos comprado mi marido y yo para las ventanas de la casa de nuestros sueños; una casa de viga y losa en Santos Suárez a donde nos habíamos mudado años antes con el objetivo de restaurarla. Al separarnos, la reparación quedó inconclusa. Con el divorcio y la crisis en el país, no era muy difícil tomar esa decisión. Un conocido de la familia los fue comprando poco a poco, en la medida de sus posibilidades, pero los últimos no me los pagó nunca. No recuerdo cuántos, pero la estafa me causó una enorme decepción y me mostró a dónde estábamos llegando en la pérdida de valores.

    Mi trabajo como profesora universitaria no solo me brindaba la posibilidad de compartir con un maravilloso colectivo, sino también el acceso a las ideas cada vez más críticas, libres y sabias de jóvenes inquietos que me llevaban a replantear las mías. Junto a las medidas tomadas por un líder ególatra y de pensamiento errático, las cuales afectaban fundamentalmente a las capas más desprotegidas de la población, aquellos intercambios de opiniones con estudiantes y algunos de los profesores más jóvenes fueron revelándome el verdadero significado de un proyecto al que había entregado todas mis energías, y comencé a sentirme culpable por mi ceguera. Lo que hasta ese momento había hecho por convicción empezó a dejarme el sabor amargo de la doble moral que significaba pensar una cosa y hacer otra, obligada por las circunstancias.

    A finales de 1998, viajé por dos meses a España gracias a un intercambio académico con la Universidad Autónoma de Barcelona. Una vez fuera de la isla, la mayor parte de mi tiempo libre, tras cumplir con mis obligaciones investigativas, lo dediqué a informarme sobre lo que se decía y escribía en el extranjero sobre Cuba y su Revolución. Leí ávidamente los libros y los artículos que me sugerían, me prestaban o me regalaban. Enfrentarme con otros enfoques de la realidad cubana, tan diferentes a lo que tenía acceso en Cuba, fue un motor que me impulsó a seguir buscando más y más información y a descubrir una historia que desconocía totalmente. Iba despertando del letargo en que había vivido durante tantos años.

    El viernes 11 de abril de 2003, un poco después del mediodía, caminé como de costumbre con una compañera de trabajo hasta la parada de la guagua en la esquina de Infanta y Carlos III. En una calle vecina vimos dos patrullas de la policía y un movimiento inusual de fotógrafos extranjeros. Un señor que se encontraba en la parada nos oyó comentar al respecto, y nos dijo que en esa cuadra vivía la madre de uno de los involucrados en el intento de secuestro de la lancha Baraguá que realizaba el trayecto entre Regla y La Habana Vieja. Según él, unas horas antes, cuando visitaron a la mujer para informarle que su hijo había sido fusilado al amanecer de ese día y que ya estaba enterrado, ella se había puesto muy mal, y la policía tenía cerrado el acceso a la calle para evitar que la prensa extranjera pudiera contactarla. Los medios oficiales cubanos habían dado una gran cobertura noticiosa a este suceso, ocurrido unos días antes, y precisamente la víspera se informaba que la fiscalía había pedido la pena máxima para los tres jóvenes involucrados, aun cuando en el incidente no hubo víctimas fatales. Lo que yo no podía asimilar era que en tan poco tiempo se hubiese cumplido esa sentencia, por lo que comenté con mi amiga que seguramente habría algún error en lo que nos decía aquel señor. Al llegar a mi hogar me encontré con unos familiares de mis hijos que estaban de visita. Después de saludarlos, relaté lo que acababa de conocer, con la secreta esperanza de que ellos me dieran alguna información diferente. Pero, al contrario, confirmaron que la noticia era cierta. Allí se encontraba un joven que pertenecía a la Seguridad Personal de Fidel Castro, y a mi comentario de que no podía ni siquiera imaginar el dolor terrible de aquella madre, le oí, perpleja, responder: «Ah, eso fue un ataquito de culo». Ese joven se había criado en una familia excelente, decente, humilde; lo vi crecer desde niño, con su carácter jovial, cariñoso, familiar. Hacía años que no lo veía, justamente por su posición y su trabajo. El sentimiento que me embargó en ese momento, y que no me abandonó nunca, fue una pena enorme. Comprendí a cabalidad lo que puede lograr en un ser humano el adoctrinamiento constante. Y me alegró pensar en mis dos hijos, tan diferentes en sus ideas, tan humanos, tan limpios en sus corazones. Sentí que en esos valores había un poco de mi educación, pese a todas las cosas que me había tenido que enfrentar. 

    A medida que mi mente se abría a nuevas informaciones, y que me enfrentaba a mi propia conciencia, la estancia en la universidad se fue haciendo más complicada. Aun cuando me sentía realizada compartiendo mis saberes con estudiantes maravillosos, rodeada de un colectivo de profesionales competentes, y de que me creía con el vigor y la capacidad para seguir enseñando varios años más, las contradicciones que enfrentaba al pensar de una forma y tener que actuar de otra, y la necesidad de callar mis opiniones ante muchas tareas que no entendía, me llevaron a la decisión de jubilarme. Había otro incentivo: el deseo de ayudar a mi hija en el cuidado de mis dos nietos. Así fue como en 2005 comencé una nueva etapa, la de abuela feliz, y, como sucede con las decisiones que se valoran bien antes de tomarlas, nunca me arrepentí de dejar lo que tanto amaba. La libertad mental que sentí a partir de ese momento fue suficiente para no dejarme aplastar por la falta de libertad real que me rodeaba.

    ***

    En el año 2004, Fidel Castro lanzó otro de sus megaproyectos, la llamada Revolución Energética, que consistió en la sustitución de bombillos incandescentes por bombillas LED, el cambio de refrigeradores capitalistas, rusos y cubanos por otros de fabricación china, y la venta de módulos de electrodomésticos que incluían ollas eléctricas y cocinas de inducción, fundamentalmente para sustituir el keroseno en la preparación de los alimentos.

    El primer refrigerador que hubo en mi hogar llegó en el año 1973, cedido por uno de mis hermanos. Era un refrigerador General Electric, comprado en 1958, que había pasado ya por dos familias. Tenía un significado especial para mí, pues fue uno de los mejores regalos que llegó a las manos de mi madre. Cuando empezó el censo para el cambio de los refrigeradores, yo decidí, con un sentimiento en cierto modo infantil, que no me embarcaría en esa aventura. Me molestaba enormemente la apatía de las personas ante las condiciones injustas del cambio, pues el refrigerador que se entregaba tenía que funcionar perfectamente y no se recibiría ningún dinero por él, mientras que el nuevo era de marca desconocida, dudosa calidad, y tendría un costo nada despreciable. Recuerdo las muestras de asombro, incredulidad y hasta temor cuando algún amigo o familiar se enteraba de mi decisión. Casi sin excepciones, todos repetían una frase: «Pero es que lo tienes que cambiar». Tantos años acatando todo lo orientado desde arriba no dejaban pensar a la mayoría de la gente en otra opción. Algunos pronosticaban que me arrepentiría cuando no tuviera posibilidad de arreglar cualquier desperfecto de mi viejo General Electric; otros repetían el slogan de que «nuevo es la mejor marca», y más de uno predijo que me obligarían a cambiarlo en contra de mi voluntad.

    Una sobrina supo de mi decisión. Al principio se angustió pensando en si habría consecuencias por no aceptar una orden del Gobierno. A medida que le transmitía mis razonamientos se fue calmando y, de pronto, estalló en una sonora carcajada. Como en una película de humor negro, me visualizaba agarrada con fuerza a mi viejo refrigerador mientras me llevaban con él hasta el camión que lo transportaría. Lo cierto es que, cuando los vecinos que ayudaban en el traslado de los refrigeradores llegaron a mi casa y yo les dije que no deseaba hacer el cambio, sus caras reflejaron una sorpresa que nunca he olvidado. 

    Ese simple hecho representó para mí algo muy importante: tomar esa decisión individual, diferente a la que tomaba el colectivo, me hacía sentir libre. Y esa libertad, aunque solo fuera mental, ya nadie podría quitármela. Por cierto, mi querido General Electric sigue en casa. Ya no es práctico usarlo y tengo otro, pero no me deshago de él. Está en una habitación, desconectado, y lo uso como armario; un armario que me encanta. Con relativa frecuencia cedo a la tentación de conectarlo solo por el placer que me produce escuchar cómo arranca, en medio del silencio, su viejo motor.

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    6 COMENTARIOS

    1. Se le agradecen a Inés estos testimonios… Aunque a veces presente las cosas más complicadas de lo que fueron. Por ejemplo: los que decidieron no cambiar sus refrigeradores (que fueron varios) se evitaban dar explicaciones diciendo simplemente que estaba roto. La autora (sin quererlo) lo reconoce cuando dice: «el refrigerador que se entregaba tenía que funcionar perfectamente».

    2. Se le agradecen a Inés estos testimonios… Aunque a veces presente las cosas más complicadas de lo que fueron. Por ejemplo: los que decidieron no cambiar sus refrigeradores (que fueron varios) se evitaban dar explicaciones diciendo simplemente que estaba roto. La autora (sin quererlo) lo reconoce cuando dice: «el refrigerador que se entregaba tenía que funcionar perfectamente».

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