El término latino universitas —«el conjunto de todas las cosas»— fraguaría siglos más tarde, entre la niebla del medioevo europeo, esa noción feliz: universitas magistrorum et scholarium, vale decir, la comunidad de todos los profesores y todos los alumnos que llamamos «Universidad». 

La Universidad surge para que se haga la luz mediante el conocimiento: el fuego sibilinamente arrebatado a los dioses, a la humedad de las abadías y la mezquindad de la Santa Iglesia, para hacerlo propagarse según dos principios activos entrelazados: lo comunitario y lo universal.

Claro que la idea de Universidad encarnó hasta hoy, en todas partes, realidades disímiles; a menudo contradictorias. Sin embargo, nos gusta creer —y creemos— que ha persistido en el centro de lo que entendemos por tal una fuerza común, universalista, que apunta hacia la mayor libertad posible, individual y colectiva, y que todavía ayuda decisivamente a trazar el perfil, siempre esquivo, del ser humano.

La tradición latinoamericana tiene un hito en la Reforma Universitaria de 1918, en Córdoba, Argentina, que proclamó un radical anticlericalismo y la autonomía académica y administrativa frente a los poderes políticos. Aquel estremecimiento en el sur tuvo réplicas en todo el hemisferio, incluida Cuba hacia 1923.

En cuanto al sistema internacional de derechos humanos, las Naciones Unidas a través de la Unesco estableció en el año 1997: 

26. Al igual que todos los demás grupos e individuos, el personal docente de la enseñanza superior debe gozar de los derechos civiles, políticos, sociales y culturales reconocidos internacionalmente y aplicables a todos los ciudadanos. En consecuencia, todo el personal docente de la enseñanza superior debe disfrutar de la libertad de pensamiento, conciencia, religión, expresión, reunión y asociación, así como del derecho a la libertad y seguridad de la persona y la libertad de movimiento. No se les obstaculizará o impedirá en forma alguna el ejercicio de sus derechos civiles como ciudadanos, entre ellos el de contribuir al cambio social expresando libremente su opinión acerca de las políticas públicas y de las que afectan a la enseñanza superior. No deberían ser sancionados por el mero hecho de ejercer tales derechos. […]. 

27. Se ha de favorecer el cumplimiento de las normas internacionales mencionadas en beneficio de la enseñanza superior en el plano internacional y dentro de cada país. Con ese fin, se debe respetar rigurosamente el principio de la libertad académica. El personal docente de la enseñanza superior tiene derecho al mantenimiento de la libertad académica, es decir, la libertad de enseñar y debatir sin verse limitado por doctrinas instituidas, la libertad de llevar a cabo investigaciones y difundir y publicar los resultados de las mismas, la libertad de expresar libremente su opinión sobre la institución o el sistema en que trabaja, la libertad ante la censura institucional y la libertad de participar en órganos profesionales u organizaciones académicas representativas. Todo el personal docente de la enseñanza superior debe poder ejercer sus funciones sin sufrir discriminación alguna y sin temor a represión por parte del Estado o de cualquier otra instancia. Este principio solo puede aplicarse de manera efectiva si el entorno en que actúa es propicio, requisito que, a su vez, sólo se puede cumplir si el ambiente es democrático: de ahí que incumba a todos la tarea de construir una sociedad democrática. 

Tráiler de «El color de las ideas»

La serie de entrevistas que ahora presenta El Estornudo se propone justamente —según su artífice principal, la académica y activista Omara Ruiz Urquiola— «mostrar el costo humano de la persecución ideológica en las universidades cubanas».

En cada entrega de «El color de las ideas» —una iniciativa auspiciada por el Observatorio de Libertad Académica, adscrito a la Universidad Sergio Arboleda, en Colombia—, se comparten vivencias íntimas y se denuncian episodios de represión estatal en los ámbitos universitarios de la isla. El fin es «construir una memoria histórica» que, a su vez, promueva «una sociedad civil con incidencia en la transformación democrática de Cuba».

Cada uno de los protagonistas de este ciclo —Eliécer Jiménez Almeyda, Boris González Arenas, Joanna Columbié Grave de Peralta, Dimas Cecilio Castellanos Martí, Ariel Hidalgo, José Orlando Cáceres Soto, Lucila María, Joel Rojas, Oscar Antonio Casanellas— se descubrió en algún punto inerme ante la conocida máxima que repiten los muros y las asambleas de la enseñanza superior cubana: «La Universidad es para los revolucionarios». 

«To be, or not to be [revolucionario], that is the [Cuban] question». 

Una cuestión que, si se mira bien, parecía zanjada desde el principio de esta historia: «Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada». ¿Nada?

¿Not to be?

Pues sí, alguien responde aquí esa pregunta: «…te quitan tu vida», dice, entre lágrimas.

* El Estornudo publicará una entrevista de «El color de las ideas» cada viernes a partir del próximo 1 de abril.

** Serie:

  1. «El fuego de la Inquisición. Entrevista con Ariel Hidalgo»
  2. «Boris González Arenas: “Yo entré en la oposición por vergüenza. No se puede vivir en Cuba y hacerse el que nada pasa»
  3. «Dimas Castellanos: “La causa fundamental del estancamiento de Cuba radica en la pérdida del ciudadano”»
  4. «“La Revolución es más fuerte que tú, y te aplastamos”. Testimonio del cineasta Eliecer Jiménez Almeida»
  5. «La libertad como absoluto. Una conversación con la profesora cubana Joanna Columbié»
  6. «“Hacer la obra y pagar las consecuencias”. Censura y exilio del pintor cubano Joel Rojas»
  7. «La biblioteca prohibida. Testimonio del disidente cubano José Rolando Cáceres»