Conversamos con Eliecer Jiménez Almeida, cineasta, joven con una producción artística reconocida incluso desde que estaba dentro de Cuba, pero que le ha traído muchos problemas desde que era estudiante de Periodismo en la Universidad de Camagüey. Sufrió la censura académica; fue expulsado incluso en más de una ocasión. Insistió. Logró graduarse, pero eso trajo una serie de fisuras psicológicas, un estrés importante, y dejó huellas en su personalidad, como ha ocurrido en casos similares con académicos. También con estudiantes que han mantenido una postura frente al régimen, si no de enfrentamiento político directo, sí una postura basada en ejercer la libertad ciudadana y la libertad creativa, que es el caso específico, creo, de Eliecer Jiménez Almeida.

Omara Ruiz Urquiola: Eliecer, muchísimas gracias.

Eliecer Jiménez Almeida: Gracias a ustedes.

ORU: Eliecer, a mí me llama la atención, cuando estuve revisando el expediente tuyo, tu insistencia en rematricular, tu insistencia en graduarte de la universidad. ¿Por qué? Ya tenías una obra, ya estaba circulando tu obra dentro de Cuba, hubiera sido muy fácil para ti poder salirte de eso, seguir haciendo tu obra de una manera u otra e incluso emigrar. ¿Por qué tú insististe en graduarte de la universidad?

EJA: En aquella época, estamos hablando ya de diez años atrás, estábamos más solas las personas que creíamos que el país debía tener otro rumbo. Estábamos muy aislados, ni siquiera nos conocíamos entre nosotros, no existía la Internet, y en esa época yo siempre vi que graduarme de la universidad era una victoria, que iba a ser mi victoria. Te lo digo sencillamente, porque a Yoani Sánchez se le acusó siempre de no ser periodista. Ellos han inventado todos los decretos, 344; 350; todos los números, infinitos, habidos y por haber, para deslegitimar a las personas, y entonces, no es que yo sea previsor ni nada, pero siempre vi que graduarme les quitaba a ellos la posibilidad de reprimirme por no tener ese diploma de Periodismo, y yo hice mucho esfuerzo para eso. Incluso, mucha gente dentro de la universidad —que no puedo decir sus nombres para protegerlos— se solidarizaron conmigo, y cada vez que iban a hacerme algo malo me avisaban: mira, te van a hacer esto, te van a hacer aquello. Fue un proceso tan largo, que duró cuatro años. Yo fui recibiendo mi propio entrenamiento; entonces yo atajaba la mayoría de las cosas. Siempre ellos imponen su voluntad, pero pude graduarme, y esa es la gran victoria que yo tengo, creo, sobre el castrismo; en esa circunstancia, en esa coyuntura que fue mi proceso de estudios universitarios en Camagüey.

ORU: ¿Cuál consideras que fue la primera ocasión en que te censuraron realmente? ¿Cuándo tú sentiste verdaderamente que iban contra ti? ¿Qué lo provocó? ¿Cómo lo asumiste?

EJA: En la carrera de Periodismo siempre te ponen a firmar cartas en repudio, en contra de…, y en la facultad hicieron circular una carta contra Luis Posada Carriles, con quien yo no tengo una especial simpatía, pero tampoco estaba de acuerdo en que me pusieran en una carta, que ni siquiera leí, para acusar a alguien, quien sea; no se trataba de Luis Posada Carriles en específico. Y, cuando yo vi que salió mi nombre, fui y protesté.

ORU: Porque pusieron tu nombre…

EJA: Sin consultarme. Yo fui y pedí que quitaran mi nombre. Mi nombre nunca fue retirado de esa lista, y ese fue el primer momento en que yo dije aquí las cosas no funcionan. ¿Cómo me vas a involucrar en algo que no quiero? No importa si era Luis Posada Carriles o quien fuera; sencillamente, me involucran en un hecho público en el cual yo no quería participar. Eso se convierte en varias fisuras y en varios encontronazos pequeños, que terminan en una resolución que pide mi separación de la Educación Superior por un año. Ahí de pronto salen a la luz inasistencias inexistentes, indisciplinas inexistentes, y salen desde luego algunos hechos existentes, pero al mismo tiempo manipulados, es decir, ya en función de sacarme de la universidad. Ingenuamente yo firmé un compromiso: eso lo iba a mejorar, eso no va a suceder y tal; porque la educación de uno es siempre firmar esos compromisos, uno no sabe que ya eso lo compromete. Pasaron seis meses y yo hago este cortometraje que se llama Toilet. Ando sin ganas, sobre los baños de la Universidad de Camagüey, y entonces, el día de la presentación de ese centro en un festival que había, que se llamaba El Almacén de la Imagen, de pronto, me citan en la oficina de la rectora. Yo voy y, cuando llego, están el decano, está la rectora, el oficial de la Seguridad y el jefe del Partido, y ahí empiezan a insultarme de todas las maneras posibles.

ORU: ¿Qué insultos?

EJA: Los de siempre. Los insultos que son para desacreditarte y para frustrarte: asalariado del imperio, agente de la CIA, contrarrevolucionario, la Revolución no quiere eso para nosotros…

ORU: ¿Y tú habías recibido un presupuesto para hacer ese documental del extranjero, de alguna organización del extranjero?

EJA:  No, no, no. Un compañero de clase de la facultad me prestó una cámara VHS, y yo lo hice con eso, muy empíricamente…

ORU: ¿Nadie te pagó?

EJA: No, para nada. Entonces ese día, en esa oficina, es el primer acto de repudio. Ese día yo salgo de ahí, voy y presento el corto; pero ya ahí, dentro de ese contexto del festival, había gente preparada para reprimir el cortometraje, que se levantaron y dieron unas opiniones que te tiran contra el piso, porque tú crees que más o menos estás haciendo las cosas bien, y entonces se aparecen estos oficiales de la Seguridad del Estado disfrazados de intelectuales para decirte cosas intelectualmente desagradables sobre tu trabajo. Y pasan un día o dos días —yo no recuerdo bien porque ya ha pasado mucho tiempo—, y hay un acto de repudio de mis compañeras de aula.

ORU: ¿En tu aula? ¿En la universidad?

EJA:  Sí. Yo entro al aula y me dicen: «No, Eliecer, vamos a hacer un análisis disciplinario contigo». Y ya ahí empieza.  

ORU: ¿Quién lideró eso en el aula?

EJA:  Eso lo lideró, recuerdo, Diana Zaragoza, la muchacha del comité de la UJC [Unión de Jóvenes Comunistas], que ahora vive en España, casualmente, y que ha tratado de ignorarme de todas las maneras posibles. Hay un documento firmado por ella.

ORU:  Lo sé, lo tenemos.

EJA: No es que yo te esté diciendo una cosa que no esté escrita por ellos. Ella en su oportunismo dirigía eso, con cierta distancia. Pero sí se paró gente como María Teresa Mojaiber, que vive aquí en Miami ahora, y que me la encontré hace muy poco, que se levantó y gritó eufóricamente: «Eliecer, la Revolución es más fuerte que tú. ¿Estás con nosotros o contra nosotros? Y te aplastamos».

ORU: ¿Qué edad tú tenías?

EJA: Yo entré bien tarde a la universidad. Yo tenía 26 años o 27, porque yo estudié Maquinaria Azucarera en un politécnico, luego fui al ejército dos años, y luego fui a la Orden 18 un año, y después es que entro a la universidad. Yo hice un proceso muy largo para poder estudiar, largo y sacrificado. Yo era muy amigo de Enrique Pineda Barnet en esa época —pobre, falleció recientemente—; una persona que me defendió hasta el final. Fue mi tutor de tesis y todo, y de quien todo lo que yo pueda hablar es maravilloso. Yo le había escrito sobre mi situación por el correo electrónico de la universidad; de pronto, empiezan a leer los correos electrónicos que yo le había mandado a Enrique Pineda Barnet…

ORU: Tu correo como estudiante, como tienen todos los estudiantes.

EJA: Sí. Que debiera haber sido privado. Empiezan a leer: «Ah, pero le dijiste esto…». Y entonces se levanta Liset Fundora Villegas, una muchacha de mi pueblo en Vertientes, y dice: «Tú no sabes, Eliecer, que tú y Enrique Pineda Barnet tienen que pararse en firme y gritar “¡Viva Fidel!”, si nosotros queremos». Luego a Carmen Luisa Hernández, que ahora es jefa de redacción del periódico Adelante, un semanario muy mediocre que hay en Camagüey, yo le dije: «Miren, ustedes no han entendido lo que he querido hacer con este corto; yo quiero mejorar las condiciones de la universidad». Honestamente dije eso, no es que yo estaba impostando nada; nunca he sentido que tenga que impostar algo. Yo soy así como tú me ves aquí, siempre, todo el tiempo. Y le digo: «Oye, mira, yo quiero que cambie esta situación de los baños, quiero un mejor país, es decir, en el que participemos todos, en el que todos nos sentamos medianamente beneficiados, agradecidos y felices». Y ella me dijo: «Bueno, eso, te tienes que ir de aquí, te tienes que ir de este país, porque este país es para revolucionarios».

ORU: No ya la universidad, sino el país.

EJA: Ahí empezaron —yo me acuerdo de que mucha gente no dijo nada, y cada vez que yo los miraba como pidiendo un poco de apoyo, metían la cabeza contra el piso, como los avestruces. Y al otro día hacen otro acto de repudio. Yo [sic], como la mayoría de los muchachos que nos portábamos bien, me hicieron militante de la UJC en noveno grado. Yo nunca participé en absolutamente nada, pero ese segundo acto de repudio fue para expulsarme de por vida de cualquier organización comunista. Yo sé que hubo mucha más gente que gritó, pero a esa gente que gritó y que yo recuerdo, los recuerdo más porque eran gente cercana a mí.

ORU: Eso que tú me estás contando, o sea, desde tus veintipico de años, psicológicamente, en ese momento, no a la luz del hombre que eres ahora, sino en ese momento, ¿qué peso tuvo para ti?

EJA: Mira, yo cuando eso sucede cojo y me voy con mi padre, que tenía un pedazo de tierra en usufructo —que recientemente se estaba inaugurando esa modalidad de la economía. Voy pa’ allá y cuento la historia, y mi papá, que fue una persona con alto sentido de la justicia, me preguntó: «¿Lo que tú hiciste, está bien? ¿Tú crees en eso que tú hiciste?». Le digo: «Sí». Dice: «Bueno, no ha pasado nada, tienes que reinventar tu vida ahora». Te estoy hablando de un guajiro.

ORU: Campesino…

EJA: Un guajiro duro. Me dice: «No ha pasado nada; ahora tienes tu casa». Mira, ahora que recuerdo, en ese segundo acto de repudio… Es decir, yo no quería desprenderme de la universidad —yo había sido muy buen estudiante, ya había ganado dos premios nacionales de periodismo siendo un estudiante de segundo año—, y en esa cosa de autocensura que tiene uno, lamentable, por esa ingenuidad que uno tiene —eso hay que vivirlo para sentirlo, solamente si lo vives tú lo sientes y, además, que es un proceso de aprendizaje, te estás entrenando en tiempo real para sufrir; eso es duro—, yo le digo a mis compañeras: «Miren, podemos llegar a un acuerdo: que a mí me den un trabajo en una oficina o en la biblioteca aquí en la universidad, que me den un trabajo en la cocina; que yo pueda quedarme en la universidad, yo no quiero desvincularme de esto, yo quiero graduarme, yo siento que yo soy bueno en esto que estoy estudiando…». Y todas las respuestas fueron negativas y feas. Eran como que: «Tú no mereces graduarte con nosotros». ¡Sí! Esa respuesta la dijo Glenda Boza Ibarra, que hoy es periodista independiente y trabaja en un medio que se llama El Toque. Ella me dijo a mí, mirándome a los ojos, que yo no merecía graduarme con ellos porque yo no estaba a la altura de la vanguardia que eran ellas.

ORU: ¿Tu salud sufrió con eso?

EJA: Bueno, me salió una úlcera, que viví con ella durante muchos años. Viví cuatro años con esa úlcera, hasta que un profesor de la Escuela de Cine me trajo el medicamento de Panamá, porque en Cuba no había medicamento para tratarme la úlcera. Eso sí era duro porque a las dos de la mañana yo, todos los días, me desvelaba con un dolor muy fuerte en el estómago; una gastritis aguda, y ese dolor… Yo no podía leer, yo no podía pensar, yo no podía hacer nada. Cuando tú pasas por un proceso de esos —y no es entrar en dramatismo ni banalizar el momento—, a ti te dan ganas de suicidarte también.

ORU: Es que ha pasado. He investigado casos donde pasó.

EJA: Y yo soporté, tú sabes. Yo aguanté.

ORU: ¿Cuántos años, Eliecer?

EJA: Fueron casi cuatro años.

ORU: En esa lucha…

EJA: Porque primero me sacan dos años de la universidad, en la primera sanción que se hace efectiva. Ya anteriormente me habían pedido un año fuera, pero yo, firmando ese compromiso, no sabía que estaba haciendo un récord que me lo iban a sacar en la segunda condena que ponen. Toda la ingenuidad que uno tiene cuando no está entrenado para lidiar con gente que sí está entrenada en reprimir; porque ellos sí están entrenados para eso, y tienen un aparato y un sistema preparado para la gente que, como yo o como tú, se sale del canon que ellos estiman conveniente, porque el «diversionismo ideológico» no es otra cosa que: Tú siempre tienes que ir detrás de la Revolución; si la Revolución se joroba para cualquier lugar, tú tienes que seguirla; si tú te sales de esa joroba, eres tú el que estás desviado; no es la Revolución.

ORU: Yo te diría más que ser tú. No es tanto salirte de la cola, la colita, el camino que ellos te marcan, dentro de lo que ellos dicen que su Revolución, sino es que yo creo que es cualquier forma de manifestación de la individualidad, porque yo he visto casos de personas cuyo delito ha consistido en usar un jean, oír rock y tener el pelo largo, y eso les ha costado la carrera universitaria; o sea, casos de religiosos, casos discriminación por orientación sexual. Yo te diría que cualquier manifestación de identidad humana, dentro de eso que ellos han llamado «proceso revolucionario», en algún momento va a sufrir la censura. Incluso, muchas veces hay casos en que no son de una confrontación ideológica abierta; porque tu caso no empezó siendo un problema de confrontación ideológica: no lo fue. Ese pequeño corto que tú hiciste con el tema de los baños de la universidad; eso es un micro acto de rebeldía; incluso, yo te diría que, básicamente, de la primera juventud. Yo he hablado con gente que fue líder en la Federación de Estudiantes Universitarios, y lo que hacían básicamente era eso: parar el robo de comida en el comedor, denunciar el estado de los servicios sanitarios, denunciar el estado de cosas en las becas universitarias, las residencias estudiantiles. Cualquier acto de protagonismo individual, de manifestación de la individualidad de la persona, en procesos totalitarios, con el signo ideológico que sea, dan al traste… Van fuera.

Hay otro momento en que ingenuamente le pasas una memoria con otra información a un compañero de estudios, y ahí había otra obra tuya. Y este es otro momento de censura; o sea, vuelves de nuevo al tema de la expulsión. Ya estabas a punto de la tesis, y este muchacho entrega una obra tuya que habías dejado en la memoria. ¿Qué obra era esta? ¿Cuál era el contenido de esta obra? ¿Por qué te volvió a poner en crisis una obra tuya?

EJA: Yo logré saber que había funcionado de esa manera, es decir, que esa memoria que había tenido ese compañero había provocado la denuncia de él ante la policía política porque uno de los directivos de la universidad, que me apoyó en silencio, me llevo un lugar específico de la universidad donde él suponía que no había micrófono para decirme: «Mira, te delató este muchacho (que no recuerdo su nombre ahora) de esta manera». En ese momento yo había salido de una sanción de dos años; me había reincorporado a la universidad; habían cambiado el plan de estudio… Yo tuve que hacer ocho exámenes de suficiencia para poder mantenerme en cuarto año, que era donde yo había estado, donde yo había terminado, y con ese cambio de [plan de] estudios, si yo no aprobaba esos ocho exámenes de suficiencia, o al menos seis y llevar dos clases en arrastre, yo no podía seguir en cuarto año, tenía que empezar nuevamente en primer año. Te estoy hablando… después de haber tú pasado todo esto, es como que no te quieren en la universidad.

ORU: Hubo una profesora que te dijo abiertamente que, mientras ella estuviera ahí, tú no te ibas a graduar.

EJA: Sí, entonces yo dije: Oye, yo tengo que ponerme duro. Y yo saqué seis exámenes de suficiencia.

ORU: ¿En qué rango de tiempo más o menos lo hiciste?

EJA: Yo estudié en las vacaciones, dos meses, y los hice en una semana, cuando empezaron en septiembre las clases. Eso definía si yo me quedaba en cuarto año o tenía que ir a primer año, lo que habría implicado que yo hubiera dejado la carrera porque era prácticamente imposible. Pero yo saqué esos seis exámenes de suficiencia. Yo me pasé las vacaciones mordiendo letra, y lo saco. Entonces hay dos clases que yo intencionalmente no saco, es decir, no hago el intento ni siquiera de hacerlo: una era le prueba estatal de Inglés y la otra era Teoría Sociopolítica, con una profesora, que recuerdo su nombre pero no su apellido, llamada Flor. Esta profesora era una castrista recalcitrante, ultraconservadora dentro del castrismo, que había sido la decana de la facultad antes de mi expulsión; es decir, en el momento que a mí me piden la primera expulsión de un año, ella era la decana; es decir, era una persona que me conocía, era la persona a la que yo le había protestado la inclusión en aquella carta contra Luis Posada Carriles. Y esa profesora me llamó en un pasillo de la universidad y me dijo: «Mientras yo esté aquí, tú nunca te vas a graduar de la universidad».

Una persona dentro del departamento de Marxismo de la universidad, que conocía mi caso, se solidarizaba mucho conmigo —porque ten en cuenta que ese corto de los baños afectaba a todo el mundo, y todo el mundo se vio identificado y se vio parte de eso—; la gente con conciencia de la justicia social siempre se va a solidarizar, aunque no tomen partido, y esta muchacha se solidarizó y me dijo: «Mira, ella se va para Venezuela a dar clases, en tal fecha. No tomes ese examen de suficiencia porque no lo vas a pasar. Pídela como arrastre que después va a venir otra profesora y van a ser diferentes las cosas». Y cuando vino esa profesora, en el siguiente curso, yo hice el examen de suficiencia, y logré pasar eso.

En esa memoria flash estaba un corto que se llama El Triunfo de la Confusión, que es una idea muy sencilla y muy loca al mismo tiempo; tú sabes, cómo es la libertad creativa. El corto es algo muy sencillo: es una cucaracha que se está muriendo y debajo un discurso de Fidel, hablando todas esas mentiras que él siempre habló, y termina con el título El Triunfo de la Confusión. La idea que yo tenía en esa época era muy loca: yo quería reunir a un núcleo del Partido y ponerle eso, y luego hacer un debate en el cual yo esperaba que me dijeran que el corto era diversionismo ideológico, y yo decirles que el corto no era diversionismo ideológico, era, sencillamente, una cucaracha y una voz: la voz de Fidel Castro. El diversionismo ideológico estaba en su cabeza, es decir…

ORU: La obra la completaban ellos.

EJA: …ellos eran el diversionismo ideológico. Esas son las cosas locas que uno tiene cuando es joven y cree en el arte como un proceso de liberación y de acercamiento al conocimiento. Pero eso, ese corto, tan sencillo, este muchacho lo presenta ante el oficial de la Seguridad del Estado y ante el decano —que yo supongo que el decano también era oficial de la Seguridad del Estado.

ORU: Este muchacho a quien tú habías ayudado prestándole esta memoria.

EJA: Sí, exactamente. Y entonces ahí entra otro proceso de expulsión. En el tiempo que yo salgo, y que tengo esos dos años, yo hago mi tesis, entro en la escuela de cine de San Antonio de los Baños, gane el Festival de Cine Pobre Jibara; es decir, yo me convierto en una persona conocida dentro del ambiente cinematográfico y del ambiente cultural del país. Entonces ya yo regreso con mi tesis hecha, con un tutor como Enrique Pineda Barnet, todas las condiciones, y me quedan por hacer determinadas asignaturas. De pronto aparece una nueva resolución, que me está pidiendo separación un año de la universidad. En quinto año, con la tesis hecha, que te faltan tres clases. Ahí empieza una nueva batalla, pero ya con menos ingenuidad, ya con un entrenamiento de cómo funciona el aparato represivo. Siempre uno se va a encontrar con nuevas formas de represión en el camino, pero tú ya sabes lidiar mejor con eso, porque tú ya has sobrevivido a una úlcera en el estómago, has sobrevivido al desprecio de todos tus antiguos amigos… A mí la gente venía, de frente a mí por una calle, y cruzaban la calle para no saludarme, o daban la vuelta. Yo los veía: daban la vuelta. Ya cuando llega ese momento, a la rectora que me botó a mí ya la habían liquidado porque descubrieron que había robado una cantidad grande de dinero. Es decir, yo llegaba con una fuerza moral y un respaldo intelectual diferente —que, para la Seguridad del Estado, tu fuerza moral y tus habilidades intelectuales y todo eso, no interesa; a ellos si te van a pasar por arriba no les interesa nada de eso, te aplastan y ya, que es lo que decía mi compañera: «la Revolución es más fuerte que tú, y te aplastamos». Pero como ya es muy difícil botar a una persona que está en quinto año y que tiene su tesis hecha…

ORU: Y que tiene unos cuantos premios ganados…

EJA: …y que tiene un prestigio, que tiene tutores y que tiene gente que ya lo defiende… Entonces había una línea del reglamento estudiantil… Que eso es otra cosa: tú no puedes empezar un proceso judicial de apelación —pero judicial a nivel de justicia formal— porque eso está dentro de un ministerio que opera bajo las reglas de un ministerio; es decir, yo no podía ir a una fiscalía y presentar una denuncia —yo lo hice, pero me respondieron diciéndome: «Mira, nosotros no tenemos jurisdicción ahí; solo el ministerio”. Ellos armaron un sistema represivo en el cual tú no tienes posibilidad alguna. Pero el reglamento tenía un acápite donde el rector podía decidir si yo me graduaba o no, y él decidió a favor mío. Y esos cuatro o cinco meses, o tres meses, que me quedaban en la universidad yo me estuve más quieto con una foto carné, y logré mi victoria de graduarme.

ORU: ¿Cuántos años en total tú estuviste estudiando entonces, Eliecer? ¿Cuántos años tú estuviste en la universidad; cuántos en total?

EJA: Fueron ocho años.

ORU: ¿Con cuántos años te graduaste, entonces?

EJA: Muy viejo. No me acuerdo. Ese día de la tesis, yo recuerdo que una profesora que estaba en el tribunal —no recuerdo el nombre de ella— quería ganar protagonismo y lo intentó. Dijo: «Bueno, es que tú eres muy arrogante». Entonces yo le dije: «Sí, pero mi arrogancia no está en el contenido de la tesis». Entonces, no tuvieron más remedio que darme los cinco puntos. Sin embargo, cuando se va a hacer la suma de todos mis puntos, había varias resoluciones que, en efecto, decían que, si tú tenías un premio nacional, te dan una puntuación X. Mi esposa y yo sacamos la cuenta, y mi escalafón subía como a siete puntos, y el título de oro era 4.75. Entonces yo me montaba como en siete: era como muy escandaloso, y ellos decidieron arbitrariamente no estimar ese punto del reglamento estudiantil universitario…

ORU: Que son los exámenes de premio, y eso puntúa.

EJA: Entonces decidieron no hacerlo. Pero no les bastó con eso, porque yo sin eso ya tenía mi título de oro, por mis puntos regulares de haber asistido a las clases regularmente; entonces decidieron, arbitrariamente, bajarme el escalafón. Yo me gradué con 4.53 para quitarme el título de oro… Pero me gradué, y ellos se quedaron con las ganas de botarme. Yo me río mucho de eso ahora, pero sufrí, de verdad sufrí. Mi vida es otra completamente, ahora mi vida es la vida que yo siempre he querido vivir…

ORU: Eliecer, yo te estoy haciendo esta entrevista agradecidísima de que me hayas recibido en tu estudio, en tu casa, en la vida a la que tú has llegado hoy… Tu currículo ha seguido creciendo. De hecho, yo al principio no te conozco por esto, de esto yo me entero después; yo te conozco por tu obra y el peso que tiene dentro de la historia del cine joven cubano. Entonces, lograste graduarse de la universidad, pero finalmente tú tuviste que emigrar de Cuba; además, te mantuviste apegado al tema de la realización audiovisual, has seguido siendo un autor premiado, reconocido; es imposible, ni en la escuela de cine [de San Antonio de los Baños], obviar tu obra. ¿Cómo has podido construir la vida que tu querías hacer dentro de Cuba? ¿Tú la has podido hacer fuera de Cuba, tú has logrado estas cosas fuera de Cuba? Incluso, yo te quiero preguntar: ¿En el escenario ideal de un estado derecho en Cuba, tú consideras que, desde tu obra, hay algo que aportar a esa realidad perspectiva? Pero vamos a centrarnos ahora en tu condición de un profesional: ¿en qué punto está tu carrera? ¿tú has logrado, verdaderamente, desde el punto de vista profesional, aquello por lo que tú luchaste durante ocho años, contra viento y marea?

EJA: Mira, yo soy un sobreviviente. Tú sabes, yo sobreviví al castrismo, sobreviví a la universidad, sobreviví a una úlcera. Yo siempre voy a tratar de buscar un camino donde hacer mi vida. El exilio no es una vida fácil, sobre todo en los primeros tiempos. Ahora estoy disfrutando de lo que he trabajado. Nadie te da nada; tienes amigos que te ayudan…

ORU: ¿La CIA no te ayudó?

EJA:  No. Ni la CIA, ni el gobierno americano, ni el imperialismo yanqui está aquí para pagarte la renta mensual, ni para pagarte la letra del carro. Tú tienes que buscarte la vida, y yo estoy viviendo ahora la vida que yo hubiese querido vivir en Cuba. Estoy terminando mi máster en Periodismo en la Universidad Internacional de la Florida [FIU, por sus siglas en inglés], y quiero hacer un paréntesis y decirte por qué yo voy a estudiar periodismo…

ORU: Me llama la atención, porque además no te hace falta. ¿O sí te hace falta?

EJA: Siempre el conocimiento hace falta. Yo volví a estudiar Periodismo porque yo me encontré con una de las verdugas mías aquí en el college, en el Miami Dade College. Y en ese encuentro que yo tengo con ella —imagínate, aquella que te grita a ti: «Eliecer, estás con nosotros o contra nosotros. La Revolución es más fuerte que tú, y te aplastamos»—, en el supuesto territorio del enemigo, en Miami, que es la capital del exilio cubano —con todo lo que implica encontrarte con esa muchacha en un college, que además es público y que es pagado con mis taxes, por lo que ella se está aprovechando del sistema americano para estudiar Enfermería—, esa muchacha, María Teresa Mojaiber —tengo que decir su nombre; yo siempre digo su nombre—, me dice: «Eliecer, voy a estudiar Enfermería porque aquí en los Estados Unidos el Periodismo no tiene mucho sentido», y me hace esta seña de dinero. Yo me quedo así en shock, y ella se va, y yo me voy al parqueo, me monto en mi carro, y escribo un post de lo que aconteció. Volví a estudiar Periodismo porque en este país es donde más sentido ha tenido el periodismo, donde el periodismo ha quitado un presidente, donde el periodismo ha parado una guerra, donde el periodismo ha salvado vidas, y por eso decidí volver a estudiar Periodismo, porque quería aprender cómo se hace un periodismo sin la limitación ideológica, sin el miedo a ser reprimido por hacerlo. Es decir, yo tenía el conocimiento de hacer periodismo, y lo he hecho en los últimos 15 años; he trabajado en periodismo de diferentes maneras. Pero quería contrastar eso con la experiencia de los jóvenes americanos que no han tenido que vivir el trauma que viví. Yo quería aprender de esos jóvenes, y me impulsó mucho haberme encontrado con esta verduga en ese lugar.

Yo vivo la vida que yo quiero vivir ahora mismo. La vivo entre comillas, porque yo todos los días pienso en Cuba; tú sabes, yo todos los días estoy leyendo lo que pasa allá. Consumo horas de mi vida… En la madrugada, yo me levanto muy temprano, como guajiro que soy, y en vez de ordeñar en una vaquería ahora lo que hago es ponerme a ver todo lo que está pasando en Cuba. Y sufro mucho eso, porque a uno le pasa una cosa: tú te vas a Cuba, pero nunca Cuba se va a ir de ti, y eso te revienta, hermana, la vida.

ORU: Decía el maestro, uno de los padres de la arquitectura moderna cubana, Nicolás Quintana, profesor de FIU también, dijo algo más o menos como esto: «Nosotros salimos, pero no nos fuimos». Y te estoy hablando del exilio histórico. Ahí está el patrimonio que tuvo, no solamente en obras construidas, sino la escuela de la que él hizo parte. Todo el movimiento moderno cubano le debe enseñanzas importantes a Nicolás Quintana. Por eso, y ya llegaste al tema de Cuba, te llevo de nuevo algo que estuvo incluido en la pregunta anterior: Cuba libre, estado de derecho, ¿qué tú tendrías para darle?

EJA: Perdona. Uno se emociona, ¿no? Uno es un ser humano. Es tremendo porque, cuando tú te pones a pensar, yo tengo todas las condiciones que no tuve nunca en Cuba, ni pensé tener: yo tengo casa, tengo carro, tengo los mejores amigos; tengo un pasaporte americano con el cual puedo ir a donde yo quiera…

ORU:  Puedes crear, puedes hacer tu obra…

EJA: Puedo crear, puedo hacer mi obra. He aprendido a vivir en la libertad. Pero es muy triste, porque tú sabes que en el fondo tú estás disfrutando una libertad prestada.

ORU: ¿Cómo es eso de la libertad prestada?

EJA: Una libertad prestada. Una libertad que generosamente los americanos te han prestado, porque tú no estás disfrutando de la libertad de vivir en tu país.

ORU: ¿Que tendrías tú, en Cuba libre, que dar?

EJA: Entonces…

ORU: ¿Qué quisieras darle a Cuba libre?

EJA: Yo quisiera vivir en mi país. Disfrutar de las cosas más pequeñas y de las cosas más grandes. Me gustaría hacer mi obra cinematográfica ahí…

ORU: ¿Hay tema? ¿Tú consideras que hay tema en Cuba?

EJA: Mucho. Tú sabes, quisiera trabajar ahí, quisiera…

ORU: Que tus películas se vieran en un cine grande en 23…

EJA: Que mis películas se vieran, se conocieran, porque yo soy una persona completamente desconocida en Cuba, probablemente.

ORU: No, no es tan así.

EJA: Un grupo muy pequeño, minoritario, de gente que le interesa la cultura y que le interesa el cine puede conocer mi nombre, quizá, y algunos de paso, y algunos han escrito alguno que otro artículo. Yo quisiera dar clases en la Universidad de La Habana, tú sabes, sobre la experiencia que yo he adquirido, de ser un cubano trasnacional. Yo lo único que sé hacer es leer y hacer películas. Y me gustaría que los jóvenes de mi país, en una situación de una Cuba mejorada, que por supuesto es una Cuba sin los Castros y sin el legado de los Castros, yo quisiera darle a esa gente el maestro que yo nunca tuve en la Universidad de Camagüey

ORU: Aunque te pague poco la Universidad.

EJA: No importa. Yo no tengo pretensión de ser un rico ni nada; yo soy un asceta. Mira como yo estoy vestido, yo me paso la vida entera así; solo sé trabajar. Pero sí me gustaría darle a la gente que nazca libre en ese país la oportunidad que yo no tuve. Y yo trabajaría muy duro por darle a la gente con curiosidad, con vocación por la justicia social, como soy yo, las oportunidades que yo no tuve. Y creo que como un maestro de la Universidad la Habana o de la Universidad de Camagüey pudiera ser, perfectamente. Me gustaría ser útil para mi país de esa manera. Necesitamos ser optimistas, amiga. Es la única manera de poder convertir ese país, primero, en un país normal y, luego, en un país excepcional. Todos los cubanos nos merecemos crear un país excepcional.

ORU: Ese optimismo es muy difícil, sabes. Entre todos los casos que he trabajado, me llama mucho la atención; no lo espero nunca. Yo en lo particular no soy una persona optimista, pero me llama mucho la atención que es el denominador común de todas las personas que he entrevistado y que han sufrido la censura en la academia, la censura con intelectuales. Al final siguen siendo personas optimistas, y al final siguen creyendo en el mejoramiento humano, y siguen creyendo que después viene algo mejor.

Yo te agradezco muchísimo, te repito, la oportunidad que me has dado. Te pido disculpas porque estoy tocando una zona… Eres una víctima de la represión y tocar estas zonas sensibles, dolorosas para cualquier víctima, es una invasión importante. Para mí lo es y para ti lo es. En eso estamos en la misma trinchera (Yo te agradezco un montón). Pero es útil. Y en ese país del que tú estás hablando, que queremos construir, también la memoria histórica es importante, porque la memoria histórica es garantía de la no repetición. Eso es una responsabilidad durísima, pero es una responsabilidad compartida: construir la memoria histórica de lo que ha sido esta batalla. Te estoy muy agradecida, Eliecer.

*Cuarta entrega de la serie de entrevistas titulada «El color de las ideas».

7 Comentarios

  1. Gracias Omara y equipo.
    Eliécer es un Crack.
    Un Crack que forma parte de mi familia de amigos.
    El tipo se cuela por el ojo de una aguja.
    Es un excelente realizador de audiovisuales, sus obras están fuera de liga. Pienso que su mejor material es Persona; aparte de la calidad humana de sus protagonistas, Eliécer nos hizo un tatto de Cuba en la piel, y no se borra aunque las circunstancias nos lleven lejos.
    Abrazo.

  2. Me he sentido identificado con este testimonio pues pase por algo similar hace más de 50 años cuando estudiaba arquitectura en la Cujae. Coincido con este joven en que lo más sorprendente es el comportarse los “allegados”.
    Al día de hoy no lo he podido superar

  3. Es un buen realizador audiovisual, desde los tiempos de la universidad. Pero también es un mentiroso compulsivo con complejo de inferioridad, lleva 10 años hablando medias verdades y mentiras de las mujeres que menciona en el texto, mujeres que lo ayudaron a pasar de año, que lo criticaron cuando fue necesario y que eran jóvenes sin preparación política en ese entonces. Mujeres que con los años y con la experiencia de la Univ. De la Calle, se dieron cuenta poco a poco del fraude de gobierno que existe en Cuba. Le aconsejo a Eliécer que supere ese trauma, ni fue tan buen estudiante, ni es buen periodista, ni ha sido hombre, en todo caso morirá como varón.

  4. Omara: Gracias Gracias Gracias como en Coopelia. Conocí a Eliecer en la última presentación del material de la Brigada 2506. Le propuse, porqué no hacia un Taller de Cine, le conté de uno que estuve con Alejandro Ríos por los 2000. ME ENCANTARÍA MUCHO MAS LUEGO DE CONOCER SU HISTORIA. Un Abrazo ORU. Morell.

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