La Habana, febrero de 2021

Son poco más de las diez de la mañana del 22 de febrero y la activista Anyell Valdés, una de las personas que se acuarteló en la sede del Movimiento San Isidro a mediados de noviembre del pasado año, teme ser desalojada de forma violenta de su vivienda, un inmueble ocupado por ella y sus tres hijos hace más de cinco años, cuando su casa de madera amenazaba con un derrumbe inminente.

En la noche anterior Valdés, junto al también activista Adrián Rubio, había pintado en la pared exterior de la vivienda las frases «Patria y Vida», «Revolución es represión», «No queremos más dictadura», «Díaz-Canel, no te queremos» y «Abajo Díaz-Canel», por lo que amanecieron con una patrulla de la Policía a escasos metros de la entrada.

Ellos aún no lo saben, pero esos carteles han activado uno de los resortes más siniestros del régimen cubano: los actos de repudio.

Sin embargo, no se muestran del todo sorprendidos cuando un poco más tarde aparece un grupo de personas, incluidos profesores de la escuela donde estudian los hijos de Anyell, gritando consignas mientras sostienen un retrato de Fidel Castro, verde olivo y sonriente.

En menos de 20 minutos decenas de personas se agrupan frente a la vivienda, violando cualquier protocolo anti COVID-19. A Rubio se le ocurre echarles agua con una manguera, pero Valdés le recuerda que no hay suministro ese día. Luego piden a los niños pequeños que entren en la casa, que se escondan. Solo queda fuera un pequeño perro blanco con manchas negras.

Acto de repudio en casa de Anyell Valdés (2021) / Imagen: Captura de pantalla/Facebook. Acuartelados de San Isidro
Acto de repudio en casa de Anyell Valdés (2021)/ Imagen: Captura de pantalla/Facebook de Acuartelados de San Isidro

No han pasado más de cinco minutos de gritos —«Fuera los gusanos», «Viva Fidel», «Viva la Revolución» y «Abajo la gusanera»— cuando desde la calle lanzan un primer chorro de pintura hacia el portal de la casa. Una pintura de color azul intenso con la que el Estado ha pintado numerosos edificios de la ciudad en los últimos meses. «Azul repudio», le llaman ahora. A continuación, dos hombres y una mujer saltan la reja. Los activistas responden desde dentro de la casa: «Libertad para el pueblo de Cuba», «Abajo la dictadura», «No más miseria», gritan, mientras los niños pequeños lloran.

La fachada de la casa se va tiñendo de azul poco a poco. Los individuos pintan la pared donde los activistas habían escrito consignas contra el Gobierno. Por el camino también pintan los cristales de las ventanas, el suelo… y el perro, pintado de azul, cae rendido. Los niños sospechan que el animal ha muerto, e imploran sin consuelo. Todo es transmitido en directo a través de Facebook.

Anyell Valdés, Adrián Valdés y familia después del acto de repudio. La Habana, 2021/ Foto: EFE
Anyell Valdés, Adrián Rubio y familia después del acto de repudio. La Habana, 2021/ Foto: EFE/Yander Zamora

Los actos de repudio, la variante cubana oficiosa —puesto que su característica distintiva es el soporte institucional con que cuentan— del «escrache» o la «funa» (en Chile), siguen ocurriendo. El Observatorio Cubano de Derechos Humanos documentó 41 durante el 2020.

El origen

«Aunque es difícil rastrear prácticas políticas similares a los actos de repudio en Cuba antes de 1959, algunas fuentes indican que las acciones violentas colectivas contra determinados ciudadanos fueron ensayadas en varios momentos históricos. El dictador Gerardo Machado, por ejemplo, organizó turbas y grupos paramilitares que actuaban con la anuencia de la Policía. Se trataba de la “porra” creada por Leopoldo Fernández Ros, el exdirector del periódico La Noche, que atacaba a opositores y a periodistas contrarios al Gobierno. La porra machadista fue responsable de desapariciones, asesinatos que buscaban aniquilar la disidencia y resolver la crisis política», recuerda el historiador cubano Abel Sierra Madero. «Una de las primeras acciones que puede ser interpretada como un acto de repudio en el período de la Revolución fue la llevada a cabo en junio de 1959 contra el Diario de la Marina. Este medio había entrado en contradicción con el gobierno revolucionario hasta que fue cerrado en 1960. El incidente tiene cierta relevancia en la medida que introdujo una nueva modalidad de violencia política de Estado, que se hizo más visible durante la crisis del Mariel en 1980».

«Durante la década de 1970», agrega el investigador, «los Comités de Defensa de la Revolución utilizaron los actos de repudio contra diferentes personas que habían sido identificadas como desafectos a la revolución o antisociales. Pero entonces tenían una escala más pequeña y no se habían convertido en un fenómeno de violencia colectiva, diseñada, organizada y gestionada por el Estado».

Sierra Madero opina asimismo que tales sucesos «marcan una inflexión respecto a la violencia estatal dentro de la tradición republicana anterior a 1959, si se toma en cuenta que las dictaduras de Gerardo Machado y de Fulgencio Batista estuvieron marcadas por las desapariciones, los asesinatos y la tortura física».

Marcha por Quinta Avenida frente a la Embajada del Perú. La Habana, 1980/ Foto: Granma/Fernando Lezcano
Marcha por Quinta Avenida frente a la Embajada del Perú. La Habana, 1980/ Foto: Granma/Fernando Lezcano

«Ahora bien», precisa, «si al triunfo de la Revolución en 1959, la violencia de Estado se había canalizado a través de fusilamientos televisados, juicios sumarios, depuraciones en las instituciones, para 1980 la violencia se va a articular en una nueva modalidad: los actos de repudio».

La Habana, octubre de 2020

El primero de los actos de repudio que sufrió la artista Camila Lobón, de 25 años, tuvo lugar el 10 de octubre de 2020 en la calle Damas 955 de La Habana Vieja, cuando junto a Tania Bruguera, Kirenia Yalit, Aminta de Cárdenas y Michel Matos intentó asistir a un concierto convocado por el Movimiento San Isidro, cuyos miembros llevaban semanas siendo hostigados por la policía política cubana.

Desde la mañana la prensa independiente venía reportando arrestos, vigilancia y cortes del servicio de Internet en las viviendas de numerosas figuras de la sociedad civil independiente. El rapero Maykel Osorbo mostró imágenes en sus redes sociales de una especie de acto cultural organizado en el barrio de San Isidro: la respuesta oficial al concierto.

«Cuando llegamos, la calle Damas y varias aledañas estaban llenas de efectivos policiales vestidos de civil y de agentes de la Seguridad del Estado. Habían desplegado como una fiesta popular, un acto cultural. Notamos rápidamente que era planificado porque había personas sentadas jugando dominó en mesas de oficina de la Casa de Cultura. Había unos bafles gigantescos con música a todo volumen, en los que sonaba “Que rico tu besito de piquito”, de la Charanga Habanera», recuerda Camila Lobón.

Las personas que se encontraban en el lugar no eran residentes de la zona, sino que habían sido trasladadas desde otros lugares en autobuses propiedad del Estado. La violencia comenzó cuando un agente policial, vestido de civil, detectó a Tania Bruguera, quien grababa con su teléfono, y le tumbó el dispositivo de un manotazo.

Automáticamente todos los congregados se voltearon hacia los cinco individuos: su blanco de ataque, el objetivo. Por los altoparlantes dejó de sonar «Me mataste, me mataste, me mataste/ Esa noche tú conmigo te botaste/ Te luciste, te luciste, te luciste/ Qué rico, mama, que rico me lo hiciste», y uno de los presentes tomó un micrófono y dijo: «¡Allí están, fuera los gusanos, abajo la gusanera!»

«La masa de gente se nos abalanzó encima. Algunos estaban reaccionando automáticamente, sin entusiasmo. Fueron sobre todo mujeres las que se comportaron de manera más agresiva. A Tania le halaron el pelo, yo me abalancé sobre los agentes de la Seguridad del Estado y les dije que no podían tocarnos, que no se les ocurriera», relata Lobón.

Camila Lobón (centro) / Foto: Tomada de Twitter
Camila Lobón (centro) junto a la artista Tania Bruguera, Aminta de Cárdena, y Kirenia Yalit/ Foto: Tomada de Twitter de Camila Lobón

Los oficiales que organizaban el acto comenzaron a empujar a las cuatro mujeres hacia una patrulla de la Policía, mientras otro filmaba todo con una cámara profesional.

«De todos los usos que dan a esos materiales solo conozco uno», dice Lobón. «A un familiar mío fueron a acosarlo y amenazarlo sobre mí, advirtiéndole acerca de mi posición de vulnerabilidad para que me disuadiera de seguir en esta situación, y le mostraron el video que ellos mismos habían grabado en que se ve a la gente empujándome».

Mientras las cuatro mujeres caminaban hacia la patrulla, recibían todo tipo de insultos y algunas agresiones físicas. Les daban empujones por las espaldas y les halaban el pelo. Lobón describe la imagen como una «peregrinación de la humillación».

«La sensación que tuve no fue de miedo, no fue de vulnerabilidad, ni siquiera desamparo. Estas emociones se apagaron automáticamente por la tremenda vergüenza y tristeza que me provocó esa situación. Me sentí triste y culpable por ser blanco de esas bajas pasiones y reacciones bárbaras. Rápidamente entendí que no era yo quien las despertaba, pues esas personas no me conocían», dice la joven artista.

Los gritos que más se repitieron fueron «Viva Fidel», «Viva la Revolución», «Perra», «Fuera», «Abajo la gusanera», «Bajanda, perra».

“Yo sentí que proyectaban sobre mi sus tristezas y sus frustraciones», confiesa Lobón pasado varios meses. «Todo aquello era leve, ellas no eran conscientes del acto de violencia y barbarie que estaban cometiendo, sobre todo en el plano verbal, y físico. Las tres mujeres que venían frente a mí, mientras gritaban “Viva Fidel”, se daban leves golpes en los codos, se miraban y asentían con la cabeza, como buscando aprobación entre ellas.

Puerto de Mariel, 1980

Fue durante el éxodo del Mariel en 1980 cuando los actos de repudio tomaron mayor dimensión, como una de las respuestas del Gobierno a la crisis. «Entonces las autoridades cubanas enmarcaron los hechos dentro de un supuesto estado de excepción, que ha sido un recurso muy utilizado históricamente en la isla, inicialmente dentro de un marco de guerra fría, en el que la noción de plaza sitiada desempeña un papel importante», explica Abel Sierra Madero, doctorado en Historia por la Universidad de La Habana y en Literatura por la de Nueva York.

De acuerdo con el académico cubano, «esta noción de plaza sitiada, que se estableció a partir del diferendo con Estados Unidos, ha servido para exacerbar sentimientos nacionalistas y justificar el fracaso económico del modelo cubano. También —agrega— para justificar la ausencia de determinados estándares democráticos en la sociedad y para anular la disidencia interna».

Tanto el diseño y la impresión de los mensajes como los sistemas de audio que permiten amplificar los discursos y las consignas, la música empleada en esos contextos y las ulteriores coberturas de prensa, fueron provistas y organizadas por instituciones gubernamentales.

En el propio diario Granma, órgano oficial del Partido Comunista, apareció el 23 de abril de 1980 una antología de consignas recogidas para la celebración de la llamada «Marcha del Pueblo Combatiente», que se desarrolló el 1 de mayo de ese año en respuesta a los sucesos de la Embajada del Perú.

Entre los mensajes recogidos por el diario oficial se encontraban algunos que se repiten 40 años después: «¡Qué se vayan!» «¡Gusanos, si sacan los pies se los cortamos!» «¡Qué se vayan los parásitos y la escoria!» «¡Mi ciudad más limpia y bonita sin lúmpenes ni mariquitas!» «¡Fuera las ratas!» «¡Qué tiemblen los flojos, el pueblo entró en acción!» «¡Gusanos, ratones, salgan de los rincones!» «¡Nuestra Patria limpia y pura, qué se vaya la basura!» «¡Gusano, lechuza, te vendes por pitusa!» ¡Cuba, qué linda es Cuba, sin los gusanos me gusta más!»

La Habana (Cuba), 1980/ Foto: Tomada de Ecured
La Habana (Cuba), 1980/ Foto: Tomada de Ecured

Los primeros objetivos de dichos actos fueron las más de diez mil personas que ocuparon la embajada por dos semanas (en particular, con las llamadas «marchas del pueblo combatiente», por Quinta Avenida o bien ante la Oficina de Intereses de Estados Unidos), pero también los sufrieron muchos otros cubanos entre las decenas de miles de cubanos que aprovecharon la apertura del puerto del Mariel para salir de la isla.

La intervención del Gobierno en ellos nunca ha sido un secreto, pues en el año 1980 Granma llegó a publicar mapas y orientaciones de la «Comisión Organizadora» en que explicaba cuáles serían los puntos de concentración y recogida en los ómnibus para los participantes de dichas acciones, al igual que el tipo de mensajes y de ropa con que debían asistir.

En un discurso realizado el 14 de junio de 1980 en Las Tunas, el propio Fidel Castro afirmó: «(…) no hay que preocuparse de que perdamos un poco de partes blandas. Nos quedamos con los músculos y con el hueso del pueblo. Con eso nos quedamos, con las partes duras. Son las partes duras de un pueblo las que son capaces de cualquier cosa. Y a esas partes duras, que son muchas, hay que respetarlas, porque tienen una fuerza impresionante, como se demostró en las batallas de masas de abril y de mayo. Nos quedamos, además, con el cerebro y con el corazón, y los pies bien puestos sobre la tierra. Con las partes blandas, cirugía plástica[1]

Según diversos testimonios, los actos de repudio podían durar entonces varios días; las víctimas evitaban salir a la calle por miedo a ser golpeadas. En ocasiones se establecían verdaderos cercos sobre las viviendas de los repudiados, que quedaban sin electricidad y sin combustible. También se efectuaban en centros de trabajo, incluso en escuelas, y por supuesto en sitios de embarque como los aeropuertos. 

Muchas de las personas que participaban de este tipo de acciones buscaban asegurar favores dentro de las instituciones del país o beneficios materiales. Luego de que una familia abandonaba la isla, su casa y otros bienes eran repartidos en asambleas barriales o por parte del Instituto de la Vivienda.

En medio de tal crisis de legitimidad, el Gobierno cubano buscó contrarrestar las imágenes de los miles de ciudadanos que abandonaban el país con las de grandes movilizaciones a su favor.

“Han transcurrido 40 años desde el éxodo del Mariel en 1980, sin embargo, durante los últimos tiempos hemos visto cómo estas acciones se han reciclado e implementado contra disidentes y activistas de la sociedad civil cubana independiente. Los actos de repudio, aunque se han asentado en el imaginario político de la isla como una pedagogía, no pueden ser leídos solamente como una herramienta de control social por parte del Estado, sino que hay que tomar en cuenta la ausencia de instituciones democráticas y leyes que castiguen la violencia como práctica política”, reflexiona Sierra Madero.

«En la actualidad, estas acciones no tienen un carácter tan masivo como en 1980, pero siguen siendo organizadas fundamentalmente por las organizaciones políticas y de masas, conjuntamente con el departamento de Seguridad del Estado del Ministerio del Interior», sostiene el autor de Fidel Castro. El comandante Playboy: Sexo, revolución y guerra fría. «Como se sabe, las “brigadas de respuesta rápida”, conformadas de modo emergente por sujetos de diversa índole, operan con total impunidad y cuentan con los recursos y la logística necesaria, como en aquellos oscuros días durante el éxodo del Mariel».

Key West, 1980

Entre los meses de abril y octubre de 1980 unos 125 mil cubanos arribaron a la ciudad de Miami tras abandonar la isla por el puerto de Mariel. Durante esos días los cineastas Jorge Ulla y Lawrence Ott Jr. marcharon a Key West para entrevistar a los migrantes en el momento de su llegada. Sus testimonios quedaron recogidos en el documental En sus propias palabras.

Los recién llegados, algunos visiblemente deteriorados física y mentalmente, denunciaron golpizas contra hombres, mujeres, ancianos y menores de edad.

Una señora que aparece en el filme cuenta, todavía conmocionada: «Cuando saben que una persona se va le rompen la puerta de la casa, le dicen veinte cosas. Los torturan, pues les cortan el agua y la luz y les impiden salir de sus viviendas. No pueden buscar sus mandados porque están constantemente torturando a esa persona hasta que le llega la salida».

Otra mujer, en sillón de ruedas y con una pierna vendada, cuenta desde el propio puerto de llegada: «Llevan pandillas a los barrios y tiran piedras, palos, huevos, lo que encuentren. En la cara me dieron un huevazo. En la pierna se me hizo una úlcera por una pedrada que me dieron hace unos días». Y la muestra.

En dichos actos participaban muchas veces amigos y vecinos de los agraviados. «El pueblo tiene que ir a todas las congregaciones y asambleas, pero involuntariamente. Van porque tienen que ir, no porque lo desean, porque el pueblo de Cuba quisiera salir entero de ese país», dice un recién llegado a Miami.

Otro cubano explica: «Para todo allá usted necesita una carta o un papel del CDR. Si usted no acude a esos actos, lo cierran. El CDR no le da la carta que necesita para trasladarse de un pueblo a otro, o para el mismo problema de los muchachos en el colegio».

En su mayoría, los actos de repudio eran extremadamente violentos. Hay imágenes en las que se ve a cubanos golpeando con barras de madera y metal a otros cubanos en las afueras de la entonces Oficina de Intereses de EE.UU. Una de las personas entrevistadas en el documental dice al respecto: «Sobre la represión puedo citar el caso de mi padre, que se encontraba en la Sección de Intereses cuando llegaron elementos castristas en guaguas, vestidos de civil, con palos y cabillas envueltas en cartulina y se pusieron a golpear a todo el que se encontraban a su paso, sin compasión. Luego en la televisión pusieron que fue al revés. Que ellos fueron los que provocaron ese hecho, cosa que no fue así».

«Provocadores» también llamó el periodista cubano Humberto López a los jóvenes artistas que se presentaron en la entrada del Ministerio de Cultura el 27 de enero de 2021, quienes recibieron un acto de repudio y a continuación fueron detenidos violentamente.

Un hombre llamado Francisco López, originario de la ciudad de Santa Clara, dice en el citado documental, desde el Orange Bowl Stadium, que prefería no hablar sobre sus penurias, pues atravesaba en ese momento una «tensión nerviosa muy grande».

No obstante, aseguró que sus cuitas no estaban relacionadas con la violencia ni con la represión, sino con «ese terror psíquico que se va profundizando en el ser humano, como una pequeña lapa. Una cosa que va trabajando dentro del ser humano que lo cohíbe de expresarse, de hablar».

“En este mismo momento», dice finalmente, «he llegado a un país donde me puedo expresar libremente y aún tengo dentro de mí ese terror, porque se vuelve biológico».

El escritor cubano Reinaldo Arenas, quien aprovechó la apertura del puerto de Mariel para escapar de la isla, también contó sus impresiones a Ulla y Ott tras arribar a Estados Unidos: «En realidad lo que yo siento no es un triunfo, ni una gran alegría, sino una sensación de paz por estar vivo y haber salido de allí, pero es la misma sensación que puede sentir una persona que sale de una casa cuando se está quemando. O sea, la casa se quemó y yo me salvé la vida, pero la casa se quemó».

Censura vs. Realidad

El Gobierno cubano no ha condenado los actos de repudio, pero teme que se difundan. A finales de 2016, la película Santa y Andrés, dirigida por Carlos Lechuga, fue censurada en la 38 edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. La cinta representa un acto de repudio contra un escritor «disidente» en el cual los vecinos cantan el himno nacional.

El 10 de octubre de 2020 los participantes del acto de repudio contra Camila Lobón y otras cinco personas cantaron igualmente el himno nacional.

A inicios del año pasado, los cineastas José Luis Aparicio y Fernando Fraguela no pudieron estrenar en Cuba el documental Sueños al pairo, que narra una parte de la vida del músico Mike Porcel, quien tras intentar salir de la isla por el puerto del Mariel recibió un acto de repudio en el que participaron buena parte de los miembros del Movimiento de la Nueva Trova.

Luego de obtener algunos videos de dichas acciones, pertenecientes al archivo del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica (ICAIC) a través del programa «Haciendo Cine», el documental fue censurado por el uso de las imágenes con «un montaje en el que adquieren un sentido contextual que no compartimos», dijo el ICAIC en un comunicado.

Al respecto, el crítico de cine cubano Dean Luis Reyes escribió en sus redes sociales: «El ICAIC es el propietario del archivo de su cine solo en tanto entidad estatal que debe velar por salvaguardar y promover ese acervo. Pero el ICAIC es una institución estatal de un país socialista. Si se va a comportar como un ente privado, que decide (según el cumplimiento de un prejuicio ideológico) a quién presta o no sus imágenes, está violando el derecho a la propiedad social, que está recogido en la Constitución». 

«Además, aquí hay un elemento más: el ICAIC ya había autorizado el uso de las imágenes a los realizadores de Sueños al Pairo. Lo desautoriza ahora, en virtud de la obra terminada. Es censura, un castigo a posteriori, que compromete la existencia de la obra misma», terminó Reyes.

La polémica respecto a la censura del documental no terminó con la prohibición de la obra. Días más tarde el trovador Silvio Rodríguez, quien participó en aquel acto de repudio, alimentó la controversia al decir en su blog Segunda cita que él solo caminó hasta el portal de la vivienda del agraviado y «susurró» una palabra (a lo que respondió luego Porcel).

La Habana, mayo de 1980

Son harto conocidos los casos de menores de edad que eran sacados de sus centros de estudios para participar en dichos actos. Cuarenta años después, María del Carmen[2] cuenta su experiencia: «Yo tenía 15 años en 1980 y estudiaba en el Instituto de Economía de Marianao. Recuerdo que una mañana se presentó en mi aula el director y nos ordenó que fuéramos a realizar un acto de repudio. El asunto fue que un profesor, que era en ese momento el secretario general de la Unión de Jóvenes Comunistas de la escuela se había metido en la Embajada de Perú, por lo que había que rechazarlo frente a su casa».

«Recuerdo que todo el instituto fue movilizado para ir. Ahí estuvimos un rato gritando “Pin pon fuera, abajo la gusanera” y “Qué se vayan”. No recuerdo que se tiraran huevos, porque como veníamos de la escuela no teníamos. Para nosotros era como una diversión», rememora.

  • Ante la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana (Cuba), 1980/ Foto: EFE/ José A. Figueroa
    Ante la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana (Cuba), 1980/ Foto: EFE/ José A. Figueroa

«En ese momento no comprendí lo que hicimos; creía que el profesor estaba traicionando a la Patria. Tiempo después, cuando fui madurando y adquiriendo conciencia de aquella etapa, comprendí lo que significaban los actos de repudio, la violencia y la injusticia que conllevaban. Empecé a sentir una profunda vergüenza y me juré a mí misma que jamás por ningún motivo participaría ni apoyaría semejantes atropellos.

Después de los ochenta

En la década del 90 y 2000 los actos de repudio dejaron de apuntar a los cubanos que salían del país para centrarse en activistas, opositores políticos, blogueros y periodistas independientes, entre otros actores de la sociedad civil críticos del gobierno.

Un teletipo de la agencia española EFE publicado en 1993 narró el acto de repudio que sufrió el opositor Gustavo Arcos, un exasaltante al Cuartel Moncada que se desempañaba entonces como presidente del Comité Cubano Pro Derechos Humanos, a quien centenares de personas le cercaron la casa por varios días y le gritaron consignas: «Abajo la Gusanera»; «Para lo que sea, Fidel, pa lo que sea…»

Las integrantes de las Damas de Blanco, una organización opositora compuesta por mujeres que reclaman la liberación de los presos políticos en la isla se convirtió en otro de los principales focos de estos actos a inicios de los años dos mil.

Uno de los más violentos de la época fue el recibido por el periodista independiente Reinaldo Escobar en la Avenida de los Presidentes a finales de 2009. Entonces el reportero convocó a un agente de la Seguridad del Estado que había agredido a su pareja, la también periodista Yoani Sánchez, para debatir en la calle, pero una turba apareció en el lugar y le propinó una golpiza que fue captada por las cámaras de la prensa extranjera.

«A los que pusieron en duda que Yoani Sánchez fue golpeada por los esbirros de la Seguridad del Estado, a los que les pareció demasiado efectista una filmación donde se le ve andando con muletas y exigían documentos médicos (…), a ellos, a todos los que dudaron, les pregunto si ya vieron las imágenes donde un cardumen de seres vivos vociferaba, golpeaba y escupía a un hombre que (…) que solo pretendió obtener una respuesta»», escribió luego Escobar.

Camajuaní, 2011

La periodista cubana Lianet Fleites tiene recuerdos de los actos de repudio desde su infancia, en el pueblo de Camajuaní, ubicado en la provincia de Villa Clara. La mayor parte de ellos todavía le producen una sensación de tristeza, de vergüenza ajena, como fue el caso de unos ancianos enfermos a quienes pintaron la casa con chapapote, una sustancia negra, tóxica y pegajosa que se obtiene del petróleo y se usa para asfaltar las calles.

Fleites también recuerda actos de repudio que duraron semanas, y no precisamente en el año 80, sino en los noventa y los dos mil. «Uno de mis vecinos estuvo varios días encerrado en su casa porque se los hacían constantemente. Gente tirándole piedras, manchándole la fachada de la casa. Su familia y él no tenían más remedio que acuartelarse».

Pero en Camajuaní, en el año 2011, tuvo lugar un acto de repudio cuanto menos pintoresco, según cuenta Fleites: «Había un disidente medio alocado que se llamaba Choqui. Se la pasaba gritando consignas y la Policía se lo llevaba un día sí y otro también. Él vivía muy céntrico, en pleno boulevard de Camajuaní, y tenía un balcón en un segundo piso que daba al paseo. En los bajos de su edificio había una señora que vendía cuchillas de afeitar y cosas por el estilo, insignificantes. Un día un inspector le puso una multa y Choqui se insultó y encaró al funcionario. Ambos comenzaron a gritarse cosas hasta que Choqui, derrotado, subió para su balcón a gritarle a la gente que eran unos carneros, y luego salió un borracho del pueblo a gritarle cosas a él. Uno decía “carnero” y el otro contestaba “gusano” y “vendepatria”. Minutos más tarde comenzaron a lanzarse cosas de la calle al balcón y del balcón a la calle, hasta que Choqui tiró una escoba que se enredó en un cable de la luz y cortó la corriente de medio pueblo. En ese momento convocaron a todos los centros laborales de los alrededores para hacer un acto de repudio. Paralizaron la producción de Camajuaní, la Tabaquería entera se volcó a la calle, pero nadie gritaba nada, solo hacían coro. Una persona decía “Viva Fidel”, y los demás repetían “Viva”. Mientras, Choqui respondía con otras consignas desde el balcón. Una amiga mía que llegó en ese momento pensó que se trataba de un motín contra el Gobierno, porque vio a Choqui arengando en el balcón y a todo el mundo debajo haciendo coro. Al final la Policía se llevó a Choqui, pero el acto de repudio siguió. Trajeron a un vecino que tocaba la guitarra a cantar “Cuba va”. Algunas muchachas de la Casa de la Cultura también cantaron, otros muchachos bailaron y después pasaron un discurso interminable de Fidel a través de los altavoces. La gente no veía cuándo se acababa aquello; el audio se iba y venía y no se entendía nada. El acto de repudio más bien se lo estaban dando al mismo pueblo, porque ya a esa hora Choqui llevaba rato en un calabozo. A mí aquel espectáculo me dio mucha gracia. Después de que me fui, según me contaron, sacaron a una persona que hacía espectáculos de transformismo y que trabajaba en la Tabaquería, que se disfrazó de Madonna o algo así, y unos estibadores la cargaron en unas pailas de tabaco sobre las cantó «Dont Cry for Me Argentina». Lo que empezó como un acto político terminó como carnaval».

Fleites creció presenciando esos actos de violencia política: «Nunca entendía por qué lo hacían. Me parecía evidente que vandalizar la fachada de alguien no está bien. Siempre hubo un trato muy agresivo hacia los disidentes y yo lo notaba. En el pueblo era público; les gritaban cosas por la calle, y en varias ocasiones los golpearon».

La Habana, diciembre de 2020

En la tarde del 8 de diciembre de 2020, dos semanas después de ser sacada de forma violenta de la sede del Movimiento San Isidro, donde se declaró en huelga de hambre junto a un grupo de artistas cubanos, la periodista cubana Iliana Hernández amaneció con decenas de trabajadores de la empresa Suchel Camacho, del Instituto Nacional de Deportes Educación Física (INDER), del hotel de la Villa Panamericana y de la Federación de Mujeres Cubanas en la entrada de su vivienda, en Cojímar, para realizar lo que ellos mismo llamaron «un acto de reafirmación revolucionaria».

La reportera, que llevaba 12 días impedida de salir de su casa de forma arbitraria, mostró a través de una transmisión en vivo la llegada de un centenar de personas con banderas de Cuba y altavoces, pero decidió cambiar el guion enfrentando a la multitud con una bandera cubana sobre sus hombros.

La imagen de Hernández sonriente, con la bandera y su teléfono móvil, se hizo viral minutos después.

Iliana Hernández filma acto de repudio/ Imagen: Twitter
Iliana Hernández filma acto de repudio/ Imagen: Twitter de Iliana Hernández

«Salí a encararlos porque me parece una actitud muy ridícula ir a la puerta de una persona a gritar improperios por pensar diferente, ninguna de esas personas me conocen, no están ahí porque lo decidieron sino porque los chantajean, son personas manipulables por su condición de esclavos del régimen, no tienen una vida digna, pasan el mismo trabajo o más que los demás y se prestan para semejante acto porque fueron a buscarlos como comisión de embullo para formar un show, luego le dan una merienda o no y se van para sus casas con la nevera vacía», cuenta Hernández.

En su opinión, «los que deberían estar ahí son los que disfrutan de los privilegios del régimen: los hijos de Fernando Gil, Manuel Marrero, Díaz-Canel, Bruno Rodríguez y los nietos de Fidel y Raúl», pues «por lo menos esos tienen algo que defender: la vida de lujos que llevan a costa del hambre del pueblo».

«Hay cubanos que tienen que aprender a tener dignidad, cuando tú defiendes algo que no te permite tener cubiertas todas las necesidades básicas, tienes que analizarte. Ese día había hasta una señora que no tenía ni dientes y otros con familiares en el exterior que viven de las remesas. Yo estoy luchando para que esas personas que vinieron a mi casa a insultar tengan una vida digna, por eso cada vez que vengan a formar ese circo los voy a enfrentar, pero la próxima vez intentaré educarlos, en el fondo ellos también son víctimas», concluye.

La Habana, abril de 1980

Pedro[3] vivía a pocas calles de la Embajada del Perú en 1980. Los sucesos le tocaron de cerca. Vio desfilar a cientos de personas rumbo al recinto diplomático para exiliarse, entre ellos varios de sus amigos, y luego vio a otros cientos llegar para repudiarlos. 

«En la cuadra de mi casa vivía un matrimonio muy decente, muy serio, al que todo el vecindario le tenía un aprecio muy grande. Ese matrimonio, como muchas personas, que tenían interés en irse de este país y no tenían la oportunidad, se metió en la Embajada del Perú. Al cabo de un tiempo a las personas que estaban en la Embajada les dieron permiso para ir a sus casas. Cuando regresaron, se les montaron los actos de repudio», cuenta con resignación.

«Teníamos en la cuadra un excombatiente del Ejército Rebelde, que más bien era un fascista, y por sus órdenes le quitaron la electricidad y el gas al apartamento de ese matrimonio», recuerda Pedro. «Les realizaron actos de repudio constantes. Pasados unos días la presión era tan grande que la salud de la mujer se empezó a resquebrajar y necesitó atención médica, pero no la dejaban salir. Cuando la situación se volvió grave se hizo una reunión entre los factores del barrio, y gracias a un vecino que era respetado por ser actor de la televisión y la radio fue que la dejaron salir».

En ese entonces Pedro cursaba el último año de la universidad. Estudiaba en el municipio Boyeros, y a cada rato se escapaba para el aeropuerto a curiosear, porque quedaba relativamente cerca.

«Por ahí salieron muchas de las personas que se metieron en la Embajada, pero siempre había una turba que les gritaba y en muchas ocasiones los golpeaba. Yo recuerdo a una muchacha a la que agarraron y le quitaron los zapatos, se los tiraron para el techo del aeropuerto, y le dieron golpes. Tampoco se me borra de la mente la imagen de un señor muy bien vestido que iba con un portafolio entrando al aeropuerto y vino una persona corriendo y le dio una galleta tan fuerte que casi lo tumba. El hombre se viró y le dijo que iba para la Isla de Pinos, no para Estados Unidos. Fueron tiempos muy tristes», asegura.

Acto de repudio en La Habana / Imagen: Capturas de pantalla/Facebook
Acto de repudio en La Habana / Imagen: Capturas de pantalla/Facebook

La Habana, enero de 2021

Tras dos meses solicitando y negociando un diálogo con el Ministerio de Cultura, un grupo de artistas cubanos se presentó frente a la sede de la institución en la mañana del 27 de enero para exigir el cese de la represión y la vigilancia policial contra artistas, periodistas independientes y demás miembros de la sociedad civil. Ninguno sospechó que la respuesta sería un acto de repudio encabezado por el propio ministro, Alpidio Alonso, y respaldado por los trabajadores del centro, así como integrantes de la Federación de Mujeres Cubanas, quienes corearon: «Viva Díaz-Canel», «Viva la Revolución», «Abajo la gusanera», «Fuera la gusanera».

Camila Lobón, que se encontraba en el grupo, vivió ese día su tercer acto de repudio en poco más de tres meses. «En ese caso no hay responsabilidad que salvar, porque se trataba de funcionarios públicos que conocen lo que implica la violencia política de estos actos de discriminación, de exclusión y de asesinato moral. Además, son el propio Estado encarnando la violencia de la manera más explícita y brutal», afirma.

«Yo recuerdo que ese día, mientras una mujer de la Seguridad del Estado me inmovilizaba contra la ventanilla del ómnibus, lo que veía por el cristal era al viceministro de Cultura Fernando Rojas, a quien le había dicho en una reunión que tuvimos días atrás que yo había sido víctima de dos actos de repudio y me contestó que no estaba de acuerdo con ese tipo de actos. Ese día estar contra la ventanilla viéndolo mientras nos hacían el acto de repudio, fue muy terrible para mí. Fue la prueba —sostiene Lobón— de que vivimos en un espacio completamente hostil que no nos permite ser consecuentes con nuestros criterios».

«No sé si Fernando me mintió, o no pudo o no quiso oponerse la realización de ese acto de violencia. Después de eso sentí tristeza y compasión por todos, por tener que vivir en una sociedad tan absurda donde las personas no pueden actuar a conciencia ni ser consecuentes con sus principios», dice, por último.

Desde finales de 2020, tras los sucesos de San Isidro, numerosas organizaciones defensoras de derechos humanos han señalado el inicio de una ola represiva por parte de las autoridades cubanas contra numerosas figuras de la sociedad civil en la isla.

El Observatorio Cubano de Derechos Humanos documentó 373 acciones de represión contra activistas y periodistas independientes solo durante el mes de febrero de 2021, entre ellas detenciones arbitrarias, cercos policiales a viviendas y actos de repudio. Cuarenta años después, el modus operandi es prácticamente el mismo, con la diferencia de que antes se repudiaba a quienes deseaban emigrar, pero ahora se agrede a quienes exigen cambios para continuar viviendo en Cuba.


[1] Énfasis nuestro.

[2] Se protege la identidad de la testimoniante, quien aún vive en la isla, por temor a represalias.

[3] Se protege la identidad del testimoniante, quien aún vive en la isla, por temor a represalias.

2 Comentarios

  1. Pero aparte de todo, una buena parte de los se fueron eran una PURA ESCORIA.
    Al punto que algo más de dos centenas el gobierno de EE UU negoció con el cubano para retornarlos.
    Dentro de esa escoria: antiguos presos por robo y hurto (con fuerza en algunas ocasiones), vagos que no habían trabajado nunca en su vida y que podían vivir en Cuba, porque en Cuba pese a todo nadie se muere de hambre. En fin muchos de los se fueron eran una ESCORIA SOCIAL, como por demás las hay en todas las sociedades. ¡Ah, y no solo eran escoria, lo siguen siendo! porque algunos con dinero, ahora cuando regresan a Cuba vienen a abusar del pueblo (revendiendo bisutería y tecnoconsumismo) y de chulos «comprando» sexo de las pobres mujeres cubanas. Diga eso también en el artículo.
    Lo que ocurre es que se generaliza mucho.

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