Abilio Estévez se inquieta si escucha el timbre de la puerta. Si el teléfono suena. —Un miedo ya inevitable—dice. Un miedo del que no puede desprenderse, aunque viva a más de siete mil kilómetros de La Habana.

Abilio tuvo «problemas» en la isla. Empezaron cuando, en alguna esquina de una fábrica de tejas adonde lo habían enviado a trabajar, se sentaba a estudiar o a leer. Y eso podía interpretarse «como una separación del colectivo». Y, para redimirlo de ese «pecado», lo mantuvieron, durante casi toda su licenciatura, «dando pico y pala en las construcciones de la universidad» y pintando paredes. Todas las mañanas. Ya en la tarde, si eso era posible, metamorfoseaba en un común y corriente estudiante de Lengua y Literatura Hispánicas.

Década de los setenta en Cuba. La debacle de la zafra de los diez millones. El sistema ideológico-artístico —en especial, a partir de 1971— presenciaba un viraje hacia los patrones del modelo cultural soviético. Se implantaba la ortodoxia. El Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura se convertía en el soporte de parametraciones que produjeron daños irreparables, a niveles micro y macro sociales. Luis Pavón Tamayo, al frente del Consejo Nacional de Cultura, inauguraba la fiesta sin máscaras de la censura.

Mantilla. Villa Manuelita. La Ciudad Celeste. Abilio conoce a Virgilio Piñera. Se reunían allí todos los sábados. 1977. Dos agentes de la Seguridad del Estado esperan a Abilio en un salón del rectorado de la Universidad de La Habana. Durante semanas, o meses, habían recopilado, los de la Seguridad, varios folders donde registraban minuciosamente lo que sucedía en Villa Manuelita. Había citas textuales de los diálogos.

Deciden expulsar a Abilio de la Universidad. No sucede. Le hacen prometer que no verá más a Virgilio, porque era un hombre —y así le hicieron escribir— «que deformaba ideológicamente a los jóvenes, un hombre inmoral».

Diciembre de 1977. Abilio conversa con un chico en la puerta de su casa. Los llevan presos por escándalo público. Tres años después le celebran el juicio. Pero no obtiene ninguna notificación de absolución o condena. El fiscal pedía un año de privación de libertad. Nada pasó.

***

Los «problemas» en Cuba —tras 1959— responden al orden punitivo que los provoca. Son su reflejo y su invención. En la historia de la literatura hay ejemplos suficientes para afirmar que se trata, además, de un mecanismo sistémico. Mecanismo al que se le suman tantos factores externos como consideren los regidores de la política cultural, los cuales, la mayoría de las veces, nada tienen que ver con consideraciones estéticas o literarias.

Estos «problemas» descansan sobre cierta economía política del cuerpo al que tratan de corregir, domar, marcar —como precisara Foucault. «Lo fuerzan a unos trabajos, lo obligan a unas ceremonias, exigen de él unos signos»1. El cerco político del cuerpo y el castigo moral del alma develan la venganza del soberano; en este caso el gobierno cubano.

Y ese cerco político se manifiesta y deja huellas no solo en la carcasa de los cuerpos sino en la fisonomía interna. Esas marcas se aprenden a llevar —a sosegar o a disimular o a ocultar—, pero forman parte, lo quiera o no el individuo, lo hubiera querido o no Abilio, de la experiencia básica de los sujetos, de los recuerdos, de la vida misma.

Existe así, en la Cuba revolucionaria, un fenómeno mucho más profundo y transversal a toda estrategia política, y es la fuerza configuradora que tiene el significado social sobre las emociones. Como bien ha dicho Steven L. Gordon2 y David Le Breton3: la emoción [y el sentimiento] son un «sistema abierto» que se construye socialmente, no son estados absolutos y por ello pueden ser moldeados para formar una determinada cultura afectiva.

Diríamos que Abilio Estévez (La Habana, 1954), como tantos otros, y para beneficio de la literatura —y de la historia de enfrentamiento del intelectual cubano contra el poder autocrático— representa una disonancia de esa cultura afectiva que fue impuesta en el archipiélago. Aunque aún se sobresalte con el timbre de la puerta.

***

Abilio Estévez. Aiguablava, Costa Brava. Cataluña, 2015 / Foto: Cortesía del entrevistado.

Durante su época de estudiante, a la que ha calificado como infame y fatal, aseguró que Virgilio Piñera no figuraba en los planes de estudio. ¿Qué otros autores —que con el paso del tiempo usted puede identificar como centrales para el estudio de la literatura cubana— no aparecían en dichos planes debido a normativas ideológicas? ¿Les hablaban negativamente de ellos o ni siquiera se mencionaban?

Sí, lo reitero, mi período universitario es un affair to forget, si no hubiera sido por algunos profesores maravillosos como Beatriz Maggi, Rosario Novoa, Amado Palenque, Gustavo DuBouchet, Roberto Fernández Retamar, Ofelia García Cortiñas, Vivien Acosta… Algunos autores importantes se estudiaban de pasada, o simplemente se olvidaban. No recuerdo haber estudiado a Carlos Montenegro, ni a Lino Novás Calvo, ni a Enrique Labrador Ruiz. Por supuesto, ni hablar de Lezama Lima o Virgilio Piñera, que acaso simplemente se mencionaban.

Recuerdo a un profesor que me dijo que Paco Alfonso era superior, desde el punto de vista del contenido (sic) a Virgilio Piñera. Como comprenderás, no sabíamos (mejor dicho, se suponía que no sabíamos) quiénes eran Heberto Padilla, Reinaldo Arenas, Guillermo Cabrera Infante, Nivaria Tejera, Lydia Cabrera…  Entré a la Escuela de Letras en 1973. Estábamos en pleno estalinismo.

Los primeros libros suyos publicados en Cuba son Juego con Gloria (1987) y La verdadera culpa de Juan Clemente Zenea (1987). ¿Cómo ocurrió esa inserción en el panorama literario cubano?

Con Juego con Gloria sucedió algo interesante. Ese librito obtuvo una mención en el premio David de 1980. Fue un año en que la categoría de cuento se comportó generosísima: hubo un premio para un señor de casi cincuenta años cuyo nombre olvidé, una primera mención para Francisco López Sacha y como diez menciones.

La periodista Basilia Papastamatíu me hizo una pequeña entrevista para Juventud Rebelde. En la entrevista, hablaba de cuánto debía a Virgilio Piñera. Cuando apareció publicada, el nombre de Virgilio Piñera brillaba, como siempre, por su ausencia. La mayoría de las personas que conocían mi relación con Piñera pusieron el grito en el cielo y me acusaron de oportunista, en el mejor de los casos, y de desagradecido, en el peor. Por suerte, Antón Arrufat, que era alguien que siempre quería tener una primicia, habló con Papastamatíu. Ella le dijo, y me repitió luego a mí, que a los escritores jóvenes había que cuidarlos, por eso no había incluido el nombre de Piñera. Pero había un casete con la grabación.

La verdadera culpa de Juan Clemente Zenea fue premiada en 1984 ¿A qué se debió la distancia entre la premiación y la publicación? Usted ha dicho que con ese premio sintió que lo habían perdonado…

Me gradué en 1977, en la entonces llamada Escuela de Letras, y no encontré trabajo. Había un departamento, supongo que del Ministerio de Trabajo, en el que te «ubicaban». Hice largas colas allí y jamás me asignaron ninguna plaza. Alguien me dijo que hacían falta editores en una editorial de libros de texto (Editorial de Libros para la Educación, que después se fundió con Pueblo y Educación) y que estaba en Miramar, próxima al Acuario. Allí fui. Logré que me contrataran como corrector. Había plazas de editor, pero sólo me ofrecieron la de corrector. Nunca, en los años que estuve allí, me permitieron acceder a la edición, aun cuando poseía toda la documentación académica. Hubo reuniones entre todos los militantes del Partido Comunista de Cuba (PCC) y la dirección de la editorial conmigo, puesto que yo quería una explicación. Quería que me dijeran la verdad. Pero la verdad no estaba entre sus planes. Decían vaguedades, tonterías evidentes. Entretanto, graduados de Letras entraban a trabajar como editores, sin respetar mi derecho.

En una ocasión, me asignaron para revisar un libro de historia europea del siglo XX. Recuerdo que el editor jefe, que había estudiado Letras conmigo, aunque era algunos años mayor que yo (perdóname, he olvidado su nombre y prefiero mantenerlo en el olvido), solicitó una reunión urgente. Llegó un día muy enfadado al departamento. Lanzó unas galeradas sobre el buró. El libro que me habían asignado tenía un error mayúsculo. Donde debía decir que los países capitalistas explotaban a los subdesarrollados, y los socialistas los auxiliaban gracias al CAME, por ausencia de texto, decía todo lo contrario: que los países socialistas explotaban a los países subdesarrollados.

El señor dijo que el responsable sería expulsado, que se abría una investigación con todo rigor, etc. El libro era mío, en efecto, pero el culpable de la ausencia de texto no había sido yo, sino una compañera que revisó las galeras porque yo había tenido que ocuparme de otro trabajo. Cuando supieron que no había sido yo, todo volvió a la normalidad, todo se relajó y mi compañera, que se había echado a llorar, fue calmada con abrazos y mimos y la convicción de que cualquiera se equivocaba. De manera que cuando años después gané el premio José Antonio Ramos —por un jurado compuesto por Rine Leal, Humberto Arenal e Ignacio Gutiérrez— sentí que quizá me habían perdonado. La distancia entre el premio y el estreno tal vez tuviera que ver con problemas de producción. No me consta otro asunto.

Usted afirmó que se le permitió entrar a trabajar en El Caimán Barbudo cuando se abrieron un poco las puertas. ¿En qué sentido lo decía?

Después de la Editorial de Libros para la Educación, encontré un trabajo en la Dirección Provincial de Acueductos de La Habana. Allí había una plaza de divulgador, que consistía en hacer campaña para el ahorro de agua y cosas así. Tenía una oficina en la azotea del edifico del acueducto de Albear, con vistas a los dos enormes tanques de agua con ranas en las esquinas. Estaba encantado. Sentía como si hubiera escapado del infierno. (He pasado la vida con la sensación de que escapo del infierno). Allí conocí bien la obra de ingeniería de Albear.  Luego, fui asesor literario en la Casa de la Cultura de Playa. Era (no sé si ahora lo sigue siendo) un mundo muy patético el de las casas de la cultura, con ese paternalismo de llevar el arte al pueblo, una política que parte del presupuesto de la idiotez popular.

Por supuesto, allí encontré personas con verdadero talento. Incluso algún escritor real. Pero en general era triste. Y mis compañeras de literatura eran, las más brillantes, maestras normalistas. Entonces quedó vacante la plaza (creo que Madelín Cámara se había marchado) de corrector en El Caimán Barbudo. Ya conocía a Víctor Rodríguez Núñez y a Alex Fleites. Leonardo Padura también ayudó en esa gestión. Habían comenzado los años ochenta. Ya había obtenido una mención en el premio David. Padura había publicado un cuento mío en El Caimán. El equipo de El Caimán, salvo excepciones, era excelente e incluía, además, a Peyi Rodríguez y Ramón Estupiñán. Lo dirigía Paquita de Armas, que puede que no sea una mala persona, no lo sé, puede que sólo sea una fanática con falta de brillo intelectual.

De todas maneras, allí tuve un pequeño problema. Le hice una entrevista a Humberto Solás. Y cuando se publicó faltaban algunos fragmentos importantes (los habían eliminado sin contar conmigo, por supuesto, ¿quién era yo?). Humberto Solás no era sólo un cineasta importante, era además un amigo a quien quería mucho. De modo que le dije que había sido la dirección de El Caimán la que había censurado la entrevista. Humberto envió una carta al Comité Central del PCC quejándose del maltrato. Y allí hubo una reunión (otra reunión) en uno de aquellos salones espantosos que, a pesar de helechos y cuadros de pintores famosos, nunca perdieron la frialdad fiscal para la que fueron construidos. Nunca olvidaré aquella reunión en la que me dijeron horrores por revelar lo que debía ser un secreto. Aquellos funcionarios que hablaban como autómatas y te miraban con la mirada de los sociópatas.

Abilio Estévez. Villa Manuelita. La Habana, 1976. Cortesía del entrevistado.

«Una serie de procesos a lo largo de 40 años» marcaron su distanciamiento del sistema instaurado tras 1959. Además de los dos episodios significativos que le sucedieron en 1977 y de un tercero, cuando no asistió a una votación que deseaba contrarrestar al Proyecto Varela, ¿le sucedió algún otro incidente, tanto en su vida personal como literaria, de marginación, censura o represión?

El problema es que no siempre eran «grandes sucesos». A veces tenían lugar pequeñas maniobras, percances sutiles, que casi no podías definir y que pueden ser incluso peores. Un tipo de ataque que casi no lo es. Por ejemplo, en la Universidad. Yo era muy buen alumno de historia de la filosofía, una asignatura que impartía Zaira Rodríguez Ugidos, buena profesora, aunque con una visión demasiado restringida de la filosofía (había estudiado en Moscú). Muy ortodoxa, quiero decir. Una mujer que no dudaba, o que parecía no dudar. Ella hizo una selección de los mejores alumnos para formarlos como ayudantes. Esos alumnos en su tiempo de «inserción» (extraña palabra para decir que debíamos trabajar y estudiar: cuatro horas de trabajo y cuatro de estudios), iban al Departamento de Filosofía, una antigua casa de familia que estaba frente a la salita teatro El Sótano, y daban clases especiales de filosofía como preparación. A mí no sólo no me eligieron (cosa que ahora incluso agradezco, es más: me parece que en eso fueron inteligentes), sino que además me pusieron en una brigada de mantenimiento del edificio.

De modo que hubo ocasiones en que mis compañeros daban clases en la misma aula cuyas paredes yo pintaba con una brocha y un cubo con vinil. Las pintaba al mismo tiempo que daban las clases, que se entienda, porque esto es lo más diabólico del asunto. Esas cosas duelen en el momento en que ocurren. Luego, puede que te sirvan para adquirir una cierta soberbia, una cierta fuerza. Me da gusto pensar que todos aquellos elegidos nada hicieron con la filosofía mal aprendida. Y así hubo muchos pequeños detalles.

Ya he contado en otro lugar la historia de un compañero de universidad, que había estudiado conmigo en el Pre de Marianao y que, por cierto, fue uno de los que daba clases mientras yo pintaba. Me escribía cartas. Tenía una obsesión muy a lo Mme. Sevigné. Nos veíamos todos los días en clases, pero me escribía cartas y no eran precisamente cartas de amor (afortunadamente: siempre pareció uno de esos hombres embalsamados en vida). En ellas me reprochaba que yo no hubiera querido «abrazar el marxismo-leninismo» y cosas así. Reproches de ideología. Su esposa, una mujer casi bonita, con cierto aire de los años veinte, se me acercaba dulce, silenciosa, y me pedía que le respondiera, que el pobre X esperaba mis respuestas.

Lo interesante no era que escribiera aquellas cartas, sino que se disgustaba sobremanera porque yo no las respondía. Su obsesión no consistía en escribirme, sino en que yo le escribiera a él. Y, claro, yo era joven pero no ingenuo: no estaba dispuesto a ponerme la soga en el pescuezo. Nunca creí que aquel hombre necesitara un manuscrito mío para la posteridad. De más está decir que, si me escribiera en la actualidad, le respondería.

Otra vez escribí un poema que envié a no sé qué concurso de la FEU [Federación Estudiantil Universitaria]. El secretario de la juventud comunista «detectó» que uno de los poemas era lejanamente homosexual. Fui llevado a una reunión con el presidente de la FEU y otros dirigentes. Igualmente recuerdo un texto sobre Martí y su concepto de la poesía (en esos años se escribían ese tipo de tonterías) y el mismo secretario de la juventud comunista del caso del poema desechó mi trabajo (el único desechado) porque según él tenía connotaciones nietzscheanas (sic).

Y fíjate en qué cosas extrañas tiene la realidad: nunca olvidaré que, al finalizar aquel evento, se me acercó un hombre tan comprometido como Sergio Aguirre y me dijo que mi trabajo, en su opinión, había sido el mejor. Suspiró, me dio la mano y recalcó: «Ya sabe cómo son las cosas».

También había otro modo mucho más «exquisito» de dañar y era cuando te convertían en victimario ocasional. Recuerdo aquel mes de abril de 1980 en que se abrieron las puertas de la Embajada de Perú. Entonces trabajaba en la editorial, en 3ra. y 60, a sólo unas calles de la embajada. Nos obligaron a ponernos unos brazaletes rojos y a hacer guardias en las madrugadas. Guardias inútiles, porque aquello estaba atestado de policías. Los horrores que vi merecen página aparte.

A un amigo diseñador le hicieron un acto de repudio espantoso.  Me quedé mirando aquello horrorizado y no participé. Luego, pusieron un cartel en el mural (léase la palabra mural del modo menos artístico posible) que decía que tan culpables eran quienes se iban como los que no condenaban a quienes se iban.

Fue un tiempo verdaderamente diabólico. Y uno de aquellos horrores lo protagonicé yo.

A los refugiados en la embajada les habían dado un salvoconducto para que fueran a su casa a bañarse, cambiarse de ropa, comer. Yo estaba de guardia en 5ta. Avenida y 60, en la esquina de la iglesia de San Antonio de Padua. Vi venir a un grupo de muchachos muy jóvenes. Se despertó mi curiosidad por verlos de cerca y leer el salvoconducto. Les hice un gesto para se detuvieran. No importaba el aspecto lánguido que tenía yo a los veinte años, el salvoconducto rojo con la O y la P de Orden Público borraba momentáneamente la languidez. Nunca, nunca olvidaré el miedo de aquellas caras, las manos temblorosas que me tendieron un salvoconducto que no leí. Tampoco olvidaré la sensación que sentí de ser un miserable.

Hubo otro momento en el que fui victimario. Y tuvo que ver con el Premio Casa de las Américas 1992, donde yo era jurado de cuento. Por presiones, no dimos el premio al libro que nos parecía mejor, uno de Ángel Santiesteban-Prats. Es muy humillante sentir que el miedo te paraliza, que te impide cumplir con lo que supones tu deber.

Por aquellos años se trató de hacer un serial sobre José Martí para la televisión. Lo dirigiría Liliam Llerena y el Martí lo haría Enrique Molina. Me encargaron un capítulo sobre el Presidio Político en Cuba. Lo imaginé desde Nueva York, en el que un José Martí, sentado en Central Park, recordara aquel tiempo del presidio. En Central Park un niño se le acercaba con una oruga y le preguntaba qué era. Mi personaje le explicaba y le decía que se convertiría en una mariposa. Un momento brevísimo en medio de todo el conflicto. En una reunión leímos el guion. Gustó mucho. Un poeta presente, encargado de la organización, dijo que le preocupaba lo del gusano convertido en mariposa… Y ya. Hasta el día de hoy no se volvió hablar de mi capítulo ni del serial ni de nada más. Al final creo que no se hizo.

Como ves, son pormenores. El gran poder manifestándose en las insignificancias. Nada, nada era insignificante.

Todo muy agotador.  

Cuando aseveró que desde 1967 o 1968 usted se sentía expulsado de Cuba, ¿por qué de manera específica en esos años? ¿Tiene que ver con los sucesos en el panorama literario (más bien contra la literatura) que comenzaron a desatarse en esos años?

En realidad, cuando hablaba de mis experiencias en 1967 y 1968 no lo hacía, claro, en términos políticos. Es cierto que mi padre había sido soldado en Columbia y que lo habían licenciado. Es cierto también que mi familia nunca fue condescendiente con aquella Revolución y que las conversaciones calladas de mi casa algo debieron crear en mí. Pero entonces no sabía yo quién era Heberto Padilla ni Lezama Lima. Sabía lejanamente de Virgilio Piñera, pero no en términos de marginación. Lo decía por la discriminación que representaba ser homosexual.

Esa fue la primera manifestación de que yo no «pertenecía», de que me hallaba fuera, en los márgenes. Una sensación de gran soledad; porque cuando entré al Preuniversitario de Marianao tenía un fuerte orgullo que me impedía solicitar un espacio, mendigar una amistad. De modo que me automarginaba. Si no me querían, era yo el primero en no quererlos. Era falso, claro, hubiera dado cualquier cosa por ser amigo de algunos de mis compañeros. Las zafras azucareras fueron infernales en ese sentido. Durante la de los diez millones, que fueron tres meses en el corte de caña, andaba casi solo, sin hablar, sin relacionarme con alguien. O con muy pocos.

No quiero dar la impresión de ser un plañidero. Sí debo decir que para mí las cosas siempre fueron más difíciles que para otros compañeros de generación (y perdón por la palabra), porque eran difíciles en un doble sentido: social y político. Tenía que pelear con los dos poderes. Y siempre fui muy escéptico. Un escepticismo que me impidió el entusiasmo. Todo cuanto tiene que ver con las consignas, las banderas, los himnos, me parece, cuando menos, de una cursilería espantosa. De modo que nunca me sentí cómodo aplaudiendo o entonando el himno.

La policía cubana clausuró Villa Manuelita. Pero me interesa saber si a ustedes se les comunicó algo de manera oficial.

Estaba en mis clases de la Escuela de Letras y me dijeron que la decana Sonia Almazán quería verme. Fui a su oficina y me anunció que tenía una reunión al día siguiente a las 8 de la mañana en el rectorado. Le pregunté para qué. Sonrió ligeramente y me dijo que no sabía. Al día siguiente estuve reunido con dos oficiales de la Seguridad del Estado en el «salón frío» del rectorado. Los oficiales, como todos, con sus miradas frías como el salón.  Toda la mañana, hasta la hora de comida.

Me recomendaron que no jugara más a ser escritor y dijeron una frase maravillosa que no olvidaré jamás: «No comas más cáscara de piña». A pesar de lo asustado que estaba, aquella frase tan cercana y tan rural me llamó la atención. Me hicieron preguntas, me dijeron que era un gusano, me hicieron escribir un documento en el que contaba toda la «perversión» ideológica de Virgilio Piñera. Y luego, en ese mismo escrito, debía comprometerme a no verlo nunca más.

Habían estado a punto de expulsarme de la Universidad. Se había pensado hacerlo. (Según supe después, Mirta Aguirre —hermana de Sergio— había intervenido a favor mío). Salí de ese lugar, bajé por la calle San Lázaro, doblé por la calle N y fui directo a casa de Virgilio. Allí nos abrazamos como si nos hubieran desahuciado. Y decidimos que no nos veríamos más. Esa fue la manera «oficial». Nadie vino y dijo: esto está cerrado por orden policial. No hacía falta. El miedo hacía solo su trabajo. Mucho tiempo después, Yonny Ibáñez me reprochó que no hubiera ido a despedirme de Juanita Gómez, de la familia, pero soy muy cobarde y no puedo remediar mis errores de sangre.

Hasta finales de los años noventa no volví a Villa Manuelita.

Tuyo es el reino (1998) y Un sueño feliz (1998) son los dos últimos libros editados en Cuba antes de su salida, hacia finales del año 2000. Luego, se publicaron Muerte y transfiguración (2002) y Los palacios distantes (2014). En otra entrevista narró cómo ocurrió el proceso con Alfredo Zaldívar y Los palacios… Quisiera saber cómo ocurrió la negociación de Muerte y transfiguración. ¿Por qué no ha vuelto a publicar en una editorial nacional desde 1998? Me interesa saber si nadie se le ha acercado para ello o si existe alguna limitante de Tusquet, por ejemplo.

Muerte y transfiguración se publicó gracias a la intercesión de mi amiga, la poeta Lourdes González, que dirigía o dirige las ediciones de Holguín.

No, como diría Vallejo, nadie ha venido a preguntar ni me han pedido en esta tarde nada. Tampoco me parece sorprendente o doloroso. Cuando uno toma ciertas decisiones y sabe el lugar que abandona, tampoco tiene que irse quejando después. Por mi parte, no me he negado jamás a que me publiquen en Cuba. Tusquets tampoco se negaría. Es simplemente el hecho de entrar definitivamente en la fantasmagoría. No hay que darle vueltas al asunto.

Dijo en otra ocasión que tras publicar Tuyo es el reino alguien en Cuba habló mal políticamente de la novela. ¿Conoce otros detalles?

Bueno, Miguel Barnet se refirió en esos términos ante un grupo de amigos, pero Miguel Barnet es ese personaje que dice cualquier cosa, y si puede hacer daño, mejor. Si existe un personaje gratuitamente maligno, ese es Miguel Barnet. También fue él quien llevó a La Habana aquel asunto del plagio. Él y Marilyn Bobes, que de inmediato se desmarcó. Luego, hasta los propios amigos atacaron por ese lado. Para mí fue muy doloroso. No tanto por la acusación misma, como por ver a amigos implicados en eso. En un periódico español se publicó la noticia del posible plagio. Cuando Beatriz de Moura, directora de Tusquets indagó con el periodista (ya fallecido, por cierto) este reveló su fuente: Antón Arrufat y Jorge Ángel Pérez. De modo que quizá ese asunto no fue tan político, sino más bien un asunto de bajeza intelectual, bastante inesperada en Arrufat; no tanto en Pérez. La prueba fue que cuando me quejé ante la dirección de la UNEAC, me apoyaron de inmediato.

La verdad, sin embargo, es lo agotadora que se convierte una vida en la que cada día te levantas pensando qué obstáculo debo vencer hoy, qué nuevo enemigo aparecerá. Ya sé que, como decía Boris Pasternak en aquellos versos de «Hamlet» que sirvieron a Heberto Padilla como lema para su libro Fuera del juego, «Vivir la vida no es cruzar un campo», pero al menos que no siempre sea un campo minado.

Notas:

1. Foucault, M. (1976). Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión (A. Garzón, Trad.). Siglo Veintiuno Editores.

2. Gordon, S. L. (1990). Social structural effects on emotions. En T. D. Kemper, Research agendas in the sociology of emotions (pp. 145-179). State University of New York Press, Albany.

3. Le Breton, D. (1999). Las pasiones ordinarias. Antropología de las emociones. Ediciones Nueva Visión.

19 Comentarios

  1. Conmovedor relato de Abilio Estévez, desde la sincera confesión de sus miedos. El temor es también un motor de creación y nos expone, por ejemplo, cuánto le debe la cultura cubana a dos grandes miedosos como Virgilio Piñera y el propio entrevistado.

    • Lo que cuenta de la Escuela de Letras es muy real. Aún en los 80 cuando estudie ahí se saltaban soberanamente autores y obras ideológicamente no revolucionarias.
      Ni los mencionaban.
      Uno tenia que autocompletar las fichas del rompecabezas perdidas o acalladas.

  2. La verdadera culpa de Juan Clemente Zenea es un clasico de la literatura cubana. Verguenza para burocratas y oportunistas que han obligado a los intelectuales mas talentosos a emigrar, dejando la cultura en manos de los Alpidio Alonso & co. Dios, apiadate de nosotros!

  3. Hay un pequeño poemario de Abilio que atesoro como una reliquia y que se vino conmigo cuando abandoné la isla en 2001: «Manual de las tentaciones». Un cuaderno pequeño, impreso en Cuba en una de esas ediciones «de batalla» que sacaban en los 90′. No se menciona en la entrevista, quizás sea un texto menor, pero en aquella época revolucionó toda mi agreste adolescencia.

  4. Que buena entrevista,cunado. se la envio a Made para que conozca como eran las cosas, yo vivi algunas de esa barbaridades, fui enviado a las UMAP con diecisiete anos por querer irme de Cuba solamente. By the way you looking good in the pictures.

  5. El dúo de intelectuales envidiosos y pendejos de Trocadero, vecinos temporales de Lezama, que convivían con el esclavo doméstico llamado Maikel, jamás entendieron que la órbita creadora de Abilio no necesitaba de tanta difamación para crecerse. La ruptura posteriormente de esa pareja de pájaros devino en excusa perfecta para hacerse, uno colaborador del aparato de meterse miedo los cubanos, y el otro a reportar disidente mente para un diario digital radicado en los odiosos estados unidos. Vivir para ver cómo se autofagian los mediocres aún en el Olimpo castrista.

  6. Gracias por publicar esta entrevista. La compartiré con amistades y estudiantes. Admiro la obra de Abilio, su Inventario Secreto de La Habana es uno de mis favoritos. ¡Espero leer otro de sus libros pronto!

  7. De esos miedos y esas torturas y ese interminable escapar del infierno, Abilio, has hecho gran literatura. Gracias, querido amigo.

  8. Recuerdo una brevísima conversación con Abilio en Holguín, había premiado un cuento mío de conjunto con otro de mi amigo Michale Hache. Años después nos escribimos algunos mensajes, sigue siendo la misma persona fable de siempre. Y un talentoso escritor. Lamento que Cuba sea Cuba para algunos de nosotros.

  9. Muy agradecido por conocer detalles de lo que ha tenido que sufrir este gran escritor cubano. Sus vivencias han sido de alguna manera la de muchos de nosotros. Le deseo larga vida y que continúe con su creación.

  10. Todo lo que hemos vivido en Cuba son heridas en el Alma que nunca sanan. Gracias Abilio por contarnos tantas experiencias vividas,que Yo no conocía. Expectacular.

  11. ¡Bravo, Abilio! No sólo eres un gran escritor y ser humano, sino un sobreviviente, Nada de lo que relatas me sorprende, pero me ha gustado el tono en que lo cuentas, a veces triste, a veces irónico, en ocasiones con humor, otras con mortificación, pero nunca con odio, y siempre tratando de ser justo. Te creces. Es la mayor manera de ganar. Un abrazo.

    Felicidades también al entrevistador.

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