Más que Números: Relatos cubanos de serofobia (II)

    Gloria de los Ángeles Martínez Díaz tiene 47 años y vive en una casa pequeña y pobre pintada de verde, por la que corre el viento. Si abres las puertas —la del patio y la del portal—, la brisa te adormece. Puedes quedarte dormido en uno de sus sofás si soportas el bullicio constante de los vecinos que pasan a saludar. Toda Sagua La Grande conoce a Gloria y la quiere.

    Quizá nadie recuerde que hace 19 años esta mujer necesitó el permiso de un documento escrito para volver a habitar su casa con normalidad, un papel de las autoridades de Higiene e Epidemiología del municipio, con firmas del CDR y de funcionarios del gobierno local.

    Por esta hospitalaria casa de madera pasa Maykel, quien también hace 19 años conoció a través de otro documento su nuevo apellido: su número de caso índice como paciente seropositivo. En 2005, Maykel tenía 20 años y estudiaba Filología en la Universidad Central de Las Villas «Marta Abreu», mientras Gloria veía despedazarse los sitios en los que depositó su adolescencia y juventud. El «Reglamento sobre el Sistema de Atención Ambulatoria para portadores del VIH y Enfermos del SIDA», aprobado desde 1997, había liberado a los pacientes de los sanatorios y ahora los enviaba definitivamente a casa. Para ese entonces, ya Gloria llevaba una década y media en aquellos icónicos albergues.

    A Maykel le parecía que su futuro —salud, carrera, profesión y porvenir sexoafectivo— sufría un quiebre, y Gloria temía poder vivir a plenitud. Maykel se encerraba en la laguna de las ideas impuestas por el virus y Gloria se ilusionaba con la libertad que ahora le ofrecían a los seropositivos diagnosticados en los noventa.

    Nadie les enseñó qué decidir, pero hoy—con menos dientes y más lipoatrofia— son como todo náufrago un libro de relatos extensos con decisiones trascendentales. Maykel toma café junto a la mujer más joven infectada de VIH en el primer quinquenio de la epidemia en la isla, y hace ver todo como un sueño. En 1990 Gloria se echó alcohol en el cuerpo para prenderse candela, y después estuvo dos veces en prisión por propagar el sida. También le habían impedido tener hijos. Incluso, según el Doctor Jorge Pérez, Gloria debería haber muerto desde 1995.

    ***

    El 31 de agosto de 2005, el Instituto Pedro Kourí nombró a Maykel González Vivero la persona número 6603 con VIH en Cuba. Era el primero de su familia, uno de los pocos en su municipio, y solo uno de dos en la Universidad Central de Las Villas (UCLV). El diagnóstico recorrió Sagua y los pasillos de la UCLV a toda velocidad y la gente aconsejó a Maykel que cuidara su salud y reprogramara su vida de inmediato. Una licencia universitaria fue la solución a mano, mientras pensaba qué cauce darle a todo aquello.

    Maykel era un muchacho «correcto» en muchos parámetros. Hijo de profesionales de Radio Sagua, al chico le auguraban un futuro promisorio en el mundo de la comunicación. Hasta que cogió el sida, que en aquellos años todavía cargaba con la etiqueta de ser la enfermedad de los bajos fondos, sobre todo de los bajos fondos de la comunidad LGBTIQ. Las estadísticas reflejaban que el mayor porciento de infectados no había terminado sus estudios en la enseñanza media superior. No se suponía que los universitarios se infectaran.

    De la noche a la mañana, Maykel se convirtió en un muchacho promiscuo, irresponsable e inmoral. Cuando intentó regresar a la universidad un año después, dentro de los Cursos para Trabajadores, debió hacerlo en una carrera distinta, pues la que había iniciado no ofrecía plazas en esta modalidad.

    «Es realmente admirable lo que estás haciendo», le dijo en una ocasión un maestro, quien valoró que un seropositivo pudiera hacer algo tan básico como estudiar. Los estigmas —religiosos, morales y elitistas— acompañaron al VIH como sus discípulos más fieles, y colonizaron ferozmente cada nuevo territorio —por muy lejano o inesperado que pareciera— que el VIH declaró suyo. Aunque en 2005 la esperanza de vida de los seropositivos era mucho más alta en comparación con años anteriores, la idea de la muerte inmediata aún acompañaba, y acompaña, a la enfermedad.

    Los amigos de Maykel no tardaron en elaborar un código ético que él debió aprender y reproducir. Los seropositivos, por ejemplo, solo podían tener relaciones sexuales con seropositivos. Su primera pareja posterior al diagnóstico fue Erick, más joven que él, aunque llevaba más tiempo con la enfermedad.

    La madre de Erick falleció antes de que él cumpliera 15 años. No alcanzó a enterarse de que un pájaro treintón, amigo de la familia, se había singado a su hijo. En aquellos años, entre 1986 y 1990, cada seropositivo revelaba una cadena de contactos, bajo amenaza de ocho años de privación de libertad si desobedecía, y a veces la cadena debía incluir contactos sexuales de la última década. Las autoridades de salud buscaban a quienes fueran mencionados, lo sometían a análisis, diagnósticos y, dado el caso, sanatorios. La esperanza de vida que entregaban los doctores rondaba entre los cinco y seis años.

    Erick había heredado una casa, pero para qué querría una casa un niño que seguramente iba a morir muy pronto. Entonces la vendió. La familia no quiso saber más de él, por sidoso y maricón. Erick anduvo sin casa, sin familia, destruida su belleza por los medicamentos, pero vivo. Maykel lo conoció en casa de otros amigos y todo el mundo los empujó. Seropositivo va con seropositivo. Singaron, se hicieron pareja, pero luego resultó que lo único que tenían en común era un virus en la sangre.

    ***

    Condón era una palabra rara y distante. En 1990 los padres no les decían a sus hijos que singar sin preservativo era riesgoso. A Carlos Martínez, un obrero ferroviario de Sagua La Grande, no se le ocurrió hablarle en esos términos a su hija, y tampoco la madre de Gloria estuvo ahí para hacerlo. Ella era una chiquilla incómoda, bella y disociada, de solo 14 años. A esa edad, junto con una amiguita, ya se fugaba ocasionalmente de Sagua para La Habana y desandaba la noche con sus amigos frikis. Todos para una aguja y una aguja para todos. Ahí se empató con Tomás, que, aunque también era de Villa Clara, llevaba en la capital la misma vida de guerrilla.

    Uno noche, de regreso al pueblo, Gloria vio policías y ambulancias alrededor de la casa de Tomás. Todo el mundo lloraba. ¡Coño! ¿Qué pasó? ¿Se murió? Nadie le respondía. Ni la hermana, ni el padre, ni la madre. Nadie. ¡¿Se murió?! Después supo que se lo habían llevado en una ambulancia. No entendía nada aún. ¿Pero se murió por fin?

    Aquel operativo con bolsas negras no era para los muertos. Tomás la dio como contacto y a los pocos días se aparecieron en su casa, la misma casa que hoy habita. Era la medianoche y Gloria estaba singando cuando un policía llamado Miguel tocó la puerta. Querían llevársela para el hospital y hacerle análisis a esa hora presuntamente discreta. Una guagua apareció en la mañana y la llevaron junto a su amiguita de juergas para el Instituto Pedro Kourí en La Habana. Los análisis resultaron negativos, pero en Sagua La Grande nadie lo creyó.

    Durante siete meses Gloria anduvo con un documento que la declaraba seronegativa para enseñarle a los policías que querían detenerla por andar «suelta» en la calle. Soportó las miradas discriminatorias de los sagüeros incluso antes de convertirse en paciente real, una prueba irrefutable del auge serofóbico de aquellos años. Hasta que cierta llovizna lo desató todo. La gripe y la fiebre fueron intensas, como jamás volvió a padecer otras en su vida. Perdió las fuerzas porque su sistema de defensas se desplomó. Sería la primera vez de muchas que la muerte la rondara.

    La llevaron al sanatorio Los Cocos, en San Antonio de las Vegas, una tarde en que tomaba un helado. Tenía apenas 15 años. El padre protestaba, desesperado, pero su hija con VIH era ahora propiedad del Estado: el caso 412. Una encuesta realizada en 1991 a los seropositivos internados en Los Cocos señaló que, si bien el 80 por ciento de los encuestados valoró positivamente el tratamiento médico recibido, el 65.8 por ciento prefería volver a la sociedad, aunque el precio fuera que no tratasen más su enfermedad. Permanecer allí era obligatorio. «Los sanatorios los crearon con dos objetivos», sentencia Gloria hoy. «Parar el contagio de la enfermedad y que los que ya estábamos enfermos nos termináramos de morir allí».

    ***

    Al inicio de la enfermedad, los internacionalistas cubanos, provenientes mayormente de África, aportaron la mayor cantidad de seropositivos. En 1990 fueron detectados con la enfermedad 73 pájaros y bugarrones —o bisexuales— y 67 heterosexuales; en 1991, 100 y 83; en 1992, 94 y 81, según los datos del Departamento de Epidemiología de Los Cocos. En 2007, tras 20 años de epidemia, hubo un resumen estadístico que arrojó las siguientes cifras: cada cuatro hombres contagiados, había una mujer, y más del 60 por ciento de esos hombres eran pájaros o bisexuales. La mayor concentración de contagios ocurría en La Habana y otras ciudades de gran densidad poblacional.

    Hay un dicho que reza que todos los pájaros se conocen, y que en un pueblo todos se conocen también. Maykel conocía a cada seropositivo de Sagua la Grande y Quemado de Güines porque debían encontrarse entre ellos cada mes. En 2005, la atención médica centralizada enviaba unas guaguas a los municipios para transportar hacia las cabeceras provinciales a los enfermos de VIH. Allí los analizaban y revisaban sus tratamientos. Villa Clara aportaba la segunda mayor cantidad de casos del país. En aquel entonces, al menos una treintena de pájaros seropositivos y algún que otro heterosexual viajaba con Maykel hasta Santa Clara.

    Había broncas por los asientos y chistes también, que hacían reír al chofer. «Si la guagua se cae por una cuneta, no pasa nada». «¿Por qué?». «Porque la guagua sale volando… ¡le salen alas!». Son terribles los pájaros, ocurrentes y burlonas. Aquello era una secta, concentradas en una pequeña Girón como todo buen perfume, y extrovertidos la mayoría. Maykel no.

    Luego llegaban las agujas y los guantes. La sala del hospital se vestía de maricones, sida y una alegría sin sentido. Maykel era hermoso. El doctor le revisaba solo la pinga y se olvidaba del culo. Buscaba una ITS: un condiloma, una erección. Quería mamársela. Se volvió una rutina la timidez del pájaro y el descaro del médico. CD4 en orden, pinga en orden y pájaros a sus puestos.

    Recién asomado a una edad de intensa actividad sexual, Maykel buscó el amor fuera de los cuerpos seropositivos y encontró a Reinier, quien venía sano de un seropositivo anterior, y siguió sano hacia otro seropositivo después. «Está buscando a toda costa convertirse en la limpia pisos del IPK», bromeaban las venenosas amigas de Maykel. El placer llegaba con el peso del sida y la protección del látex. Alguna que otra vez Reinier quiso tragarse la leche y Maykel tuvo que jalarle el pelo para impedirlo, aun conociendo el riesgo casi nulo de infección que hay por esa vía.

    En octubre de 2017, después de concluir en Ecuador un máster en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, Reinier falleció. En su muro de Facebook colgaron un último post, firmado por el departamento de Sociología y Estudios de Género en la FLACSO:

    Estimados/as:

    En el marco de los 20 años de la despenalización de la homosexualidad del Ecuador estamos realizando las Jornadas Diversidades en Resistencia y Voces de la despenalización el 27 y 28 de noviembre 2017. Como punto final de estas Jornadas se realizará un evento simbólico para recordar a todas las personas LGBT que hemos perdido, principalmente, a nuestro querido estudiante y amigo Reinier Barrios Mesa… Bárbara Saez Laredo estudiante de Maestría en Género, realizará el ritual de «elevación espiritual». Asimismo, pondremos una placa conmemorativa en el árbol sembrado en honor a Reinier.

    Después de Reinier, y algunos chico más, Maykel conoció a Carlos, otro seronegativo. Lo recibió en bicicleta en la terminal del pueblo y, al verlo en persona, no ya en fotos, no le gustó. Quiso despacharlo, pero prefirió al menos singar esa noche. Para alejarlo, le contó que era seropositivo antes de tener sexo. Carlos no retrocedió. Después del sexo, Maykel pensó en deshacerse de su amante, pero, ya que estaba ahí, bueno, pasaron juntos los próximos siete años de sus vidas.

    En ese tiempo, a través de su novio, Maykel conoció que el virus apenas moja el cuerpo de quien lo lleva, mientras ahoga y sepulta la mente de quien le teme. Carlos no había tenido relaciones sexuales anteriores, y aquellas primeras veces entre ambos fueron, según Maykel, las únicas salvables de la pareja. Los encuentros carnales se volvieron con los años más esporádicos, más limitados y caóticos. Mencionar la palabra sexo era llamar al condón. Cero juegos, cero roces de cuerpos.

    El VIH es un virus que no sobrevive mucho fuera del cuerpo. El líquido preseminal, aunque contiene unas pocas cantidades de células infectadas, no acumula las suficientes para el contagio, y no hay un solo caso de infección comprobado en el mundo a través de él. Otros estudios, entre ellos uno del 14 Simposio Internacional sobre Inmunología de la Reproducción, en 2013, demostraron que entre los hombres que tomaban antirretrovirales no había células infectadas de VIH en el líquido preseminal.

    En la estrategia de cuidados entre Maykel y Carlos, no había sexo oral de ningún lado y el fuego se fue apagando, no sin miedos, frustraciones e incapacidades.

    Si los amigos venían a la casa, Carlos escondía los pomos, las pastillas. Si Maykel estaba en casa de sus suegros, debía olvidar por completo cualquier referencia a la enfermedad. Y aún más. Maykel, activista consagrado a las causas LGBTIQ, debió por muchos años eliminar de sus planes el activismo contra la serofobia. No pudo aparecer en ningún espacio público para reclamar una atención especial, para hacer un regaño particular, para visibilizar un caso puntual, tomando como carta de presentación su lugar de enunciación como VIH+.*

    «Yo he llegado a encontrar belleza en mi desgaste», dice Maykel al borde de sus 40 años. Las terapias actuales, dugloteravir, truvada y alguna otra más, son muchísimo más avanzadas y dejan menos estragos en el organismo que las terapias implementadas hace 15 o 20 años. Los rostros semidemacrados, mal distribuidos y descoloridos de los seropositivos diagnosticados en aquel entonces, son un poema a la resistencia. Es exactamente esa la belleza de la que habla Maykel, la belleza de las otras supervivencias.

    ***

    Jorge Pérez no quería a Gloria en Los Cocos porque era muy loca, la candela, pero como se trataba de la portadora del virus más joven del país, prefirió mantenerla cerca y monitorearla. Le dijo que tenía que portarse bien durante los cinco años de vida que le restaban. Imposible entonces, pensó Gloria, no echar la vida por la borda hasta que llegara la muerte a frenar la diversión.

    Al comienzo, le tocaba pase una vez al mes, acompañada de su respectivo y discreto velador, algo que cambió después. Aquella suerte de custodios tenían que caminar con Gloria 17 kilómetros desde su casa, en el centro, hasta Isabela de Sagua, famosa región pesquera del norte de la provincia. A un gordo lo deshidrató, a otra casi le provocó un desmayo. Los vigilantes terminaban alquilándole taxis para evitar las largas caminatas. Gloria había entendido algo. Si ella solo podía ser libre bajo la policía de sus policías morales, ellos serían entonces los esclavos de su incansable rutina. Alguno que otro tiró la toalla: «No, Gloria, qué va, vete y haz lo que te dé la gana, después ya yo pondré cualquier cosa en la libreta, tranquila».

    Los testimonios de los seis mil y tantos seropositivos que vivieron los 20 años de la etapa sanatorial son diversos, casi contradictorios, pero todos trataron de acumular recuerdos hermosos dentro de aquella vida obligatoria. Reciclaron el fracaso y construyeron flores exóticas. Recrearon el amor, el odio, el progreso y ciertas costumbres: la venta de una saya, el cambio de un cigarro por un pan, de un pan por un beso, la bronca, el hambre y la iluminación espiritual.

    En 1993, Gloria y cuatro compañeras de reclusión se vistieron de blanco y juraron a otros cinco seropositivos fidelidad en la pobreza y la enfermedad, hasta que la muerte, que se esperaba pronto, los separara. En el sanatorio, una vez que alguien presentaba un conteo de linfocitos T CD4 por debajo de 200 (o un porcentaje de CD4 menor al 14 por ciento), y alguna enfermedad como neumonía, encefalopatía, toxoplasmosis, Sarcoma de Kaposi y muchas más, el paciente se consideraba un caso de sida y le emitían un diagnóstico cuasi definitivo. Durante los primeros ocho años de la enfermedad, dos de cada diez pacientes alcanzaron esta categoría, y uno de ellos murió. 

    La primera vez que Gloria vio la muerte, quedó nuevamente traumatizada. Llegó a un cuarto a hacerse un análisis de rutina, cuando un señor se desvaneció hasta el cero. La muerte se presentaba en los seropositivos de forma insidiosa y vengativa, quizás por promiscuos, por aventureros, por maricones o por rebeldes. No venía de una vez —que es lo que todo el mundo desea—, sino que un día te pintaba la cara, la mañana siguiente te tocaba un pulmón, en una semana se llevaba tu hígado, y cuando te encontrabas ya lo suficientemente atormentado, te hacía el favor. El sida, por supuesto, tenía cara, ¿quién habrá inventado lo contrario?

    En uno de sus pases, Gloria escogió, como prefieren las mujeres, la candela antes que la soga. Agarró un frasco de alcohol y se echó encima los cuatro, los tres o los dos años que le quedaban de vida. Los sintió fríos, muy fríos, pero ya la caja de fósforos los calentaría. Llevaba el lunar de siempre y no dejaba carta de despedida. El caso 412 no iba a permitir que la muerte la humillara. Ella decidía cuándo y cómo. Ni un riñón perdido, ni una cara pálida, ni un nada. Su padre Carlos, que lo era todo, no estaba en casa, y su esposo Juan Carlos Benavides tendría que entender. Hasta que su hermana le dijo: «¡Coño! ¿Por qué tú estás entripada?! ¡¿Qué tú haces con eso en la mano?! ¡¿Y esa peste…?! ¡Ay, no! ¡Ay, Dios mío, Gloria! ¡¿Como que candela?! Ya, ya, no llores, ven, ven, tranquila…».

    Antes de cumplir 18 años, ya Gloria se había fugado del sanatorio junto a su amiga Made. No hicieron más que divertirse juntas, pero las autoridades creyeron que repartían muerte por ahí y luego de una condena de diez meses, y una pelea fortuita en Los Cocos, Gloria terminó presa en Manto Negro. Corría el año 1994 y aún el Ministerio del Interior no abría la prisión de San José para los seropositivos del país, así que en cada cárcel se designó una sección para los reclusos con VIH, el destacamento sida. Las condiciones a veces eran tan graves como las de los presos de máxima seguridad. Cero sol, cero movimiento excepto para ir al comedor a buscar alimentos, cero contacto con nadie. Gloria se cansó y protagonizó otro intento de fuga. Los guardias la detuvieron con disparos al aire. Se orinó encima.

    Luego cayó presa en Guamajal, también por cualquier escaramuza relacionada con la feroz discriminación que padecía como paciente de VIH. Allí, una noche, hizo café, se bañó, se perfumó, y tragó 39 fenobarbitales. La encontraron en el suelo, espuma blanca en la boca roja y una belleza última en el rostro. Un guardia la subió en una bicicleta, Gloria cayó al suelo y perdió varios dientes, Después de varios días en coma, lo primero que encontró fue el rostro lloroso de su padre, sin fuerzas ni molestias para un regaño. Gloria le prometió no hacerlo más, y lo cumplió.

    Quiso ser madre, pero tampoco pudo. El personal médico, aquello primeros años, te disuadía de hacerlo. El Ministerio de Salud Pública proscribió la lactancia materna en madres seropositivas (1986) y sustituyó el parto natural por cesárea (1989). En 1997 fue orientada la terapia antirretroviral con AZT para mujeres embarazadas, lo cual disminuyó el riesgo de contagio en las tres fases posibles: trasmisión perinatal, vertical y lactancia materna. Entre 1986 y 1999 nacieron 64 niños de madres seropositivas. De ellos, 53 nacieron sanos. El 30 de junio de 2015 la OMS reconoció a Cuba como el primer país del mundo en eliminar la trasmisión materno-infantil de VIH, y el país se ha mantenido por debajo del dos por ciento de contagio de madre a hijo hasta 2024.

    Cuando los seropositivos dieron adiós al sanatorio y fueron puestos en libertad —no porque se hubiesen portado bien, sino porque las políticas de Estado caducas e inefectivas dieron paso a criterios más empáticos y circunstancias más favorables—, Gloria no sabía hacer nada en la vida. No sabía coser, no sabía cantar, ni siquiera pudo terminar noveno grado. Lo único que a Gloria le enseñaron, bien enseñado, fue a ser seropositiva. Pero hoy, a sus 47 años, es todavía bella y resistente. Tiene la sonrisa, larga y estridente, de quien ha padecido dos vidas, tres, quién sabe cuántas, y ha sobrevivido a cada una de sus muertes.

    *En este párrafo y el inmediatamente anterior, fueron suprimidas dos frases que correspondían originalmente a juicios de valor acerca de uno de los implicados en la historia, los cuales, en boca del autor, fueron considerados innecesarios, y contraproducentes, por parte de los editores tras intercambiar con la contraparte del testimonio. [Nota del Editor].

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    2 COMENTARIOS

    1. Entonces Maykel es graduado de socios culturales y por curso de trabajadores . Ha mentido por años. Él que se presenta en todas partes como filólogo . Además de que sentarse a conversar con la seguridad del estado y hablar hasta por los codos

    2. Ex apreciado equipo de El Estornudo,

      Los he leído por años, me encanta que escriban bien, pero eso no los exime de las normas éticas del periodismo, tampoco de violar la privacidad de las personas.
      En ninguna parte del texto se observa y dicen claramente que consultaron a las personas que estuvieron con las personas protagonistas de su crónica y de las cuales en partes del texto se invade su privacidad y se les pone como personas discriminatorias.

      Cuando veo textos así, bien escrito, y como romantiza el autor con sus fuentes veo que se aprovechan del estilo para violar la ética periodística y violar la privacidad de las personas.

      No se quien es Carlos, pero mi solidaridad con esta víctima de El Estornudo y de Manuel D la Cruz, que después de esto es igual que Manuel Milanes.

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