Todas las pajarerías conducen a Laredo

    —Casi once años, ha sido mi relación más larga —dice Geivy.

    —¿Por qué terminaron?

    —Por lo que te cuento. Se volvió muy tóxico, no, no. ¡Qué va! Celoso, me daba golpes. ¡Y descarao! Se me escapaba pa Santa Clara, quince, una semana, diez días. Me decía que estaba en casa de unas amistades y andaba singando maricones. Después venía con su cara bien fresca y la pajarita, tú sabe, volvía a recogerlo, porque estaba enamorá. Hasta que me cansé y un día le dije, papi, hasta aquí, ¿te vas pa Santa Clara a singar?, más atrás me voy yo. ¡Niña! ¡Él no creyó en mí y se fue! 

    —¿Y tú qué hiciste?

    —Por supuesto que me fui más atrás yo —dice, ofendida ante la obviedad.

    —Hago un poquito de café, ¿eh? —me pregunta.

    —Dale, sí, que no he tomado hoy. No se te olvide que tienes que contarme de Yordanis.

    Inquieta, el rostro se le ilumina tan solo de escuchar el nombre de su camagüeyano. Enjuaga la cafetera y la prepara mientras me habla.

    —Jaja, sí, yo tengo una suerte pa los camagüeyanos. Yordanis también es de Camagüey, de Santa Cruz del Norte, o del Sur, no sé.

    —Del Sur, la del Norte es la de la Habana.

    —¡Esa, sí! Pues, mama, ese es el macho que me parte a mí. Tiene diecinueve añitos, bueno, 21 ya, por ahí, pero una pingona así —y marca un buen trozo—. Además, sí, sí, ese es el que gusta.

    —¿Cómo lo conociste?

    —Deja que te cuente —dice, y se ríe—. Déjame prender el fogón.

    —¿Yordanis se llama también la travesti de ayer, no? —le pregunto.

    —Sí, sí, pero olvídate de esa niña. Deja que te cuente yo del mío. De mi Yordanis.

    Geivy ríe ante cualquier picardía. Me enreda enseguida en sus relatos.

    Geivy Truebas
    Geivy Truebas / Foto: Manuel D La Cruz

    —¿Estás apurá? —y señala mi pie ansioso.

    —No, no, yo soy así.

    Se sienta en un viejo y destartalado sillón de madera que se empeña en sobrevivir.

    —Bueno, te cuento. Verdaderamente la yerba que está pa ti, no hay vaca que se la coma, jaja. Aquella noche yo estaba con un dolor de muela terrible. No podía dormir. Me tomo un calmante, me levanto, ay, no, qué va, voy a la clínica dental. Me voy pa allá y me ponen una curita y aquello se me alivió. Yo, como quiera, con un short y una camisetica, sin maquillaje, ¡sin nada!, imagínate, cuando tú vas pal médico rabiando tú no piensas en vestirte ni nada de eso. Bueno, viro del dental y me siento en los banquitos a esperar a que se me aliviara el dolor, y lo veo a él bicitaxeando, y no le hago swing ni nada, tú sabe, no me sentía pa eso. Pero él me pasa por al lado y veo que me hace una seña así, y sigue en el bicitaxi, y cruza la línea. Yo me paro, y veo que él me sigue mirando, ¡parado!, y es entonces cuando yo camino un poco. Yo dije, bueno, vamos a ver, ¿qué puede ser que no sea?, y voy caminando despacito, pero él va más despacito todavía y me sigue mirando, y entonces yo sigo caminando detrás de él.

    —¡Ay, qué sodomia, vieja!

    —¡Niñaa! ¡Y cómo le gusta eso a uno, jaja! Pues nada, fuimos en esa sodomia así hasta llegar a unos biplantas que están por unos contenedores por allá arriba, que había una mata grandísima en la que nosotras nos metíamos a veces a singar. Nada, me paro ahí, y él sigue más alante, pero veo que viene un negro detrás de mí, y el negro venía pa arriba de mí, y yo me escondo. Después salgo y venía el chiquito en el bicitaxi, y yo lo llamo y le digo, ay, papi, ven acá un momentico, y el viene y me dice, dime. Yo le digo, ay, niño, ¿tú estás apurado? Y él me dice, no, no. Ay, niño, tú me puedes llevar a mi casa, yo te voy a pagar el viaje, es que hay un negro ahí cayéndome atrás, y él me dice, ¿dónde tú vives?, y yo le digo ¿pero me vas a llevar?, y él me dijo, sí, dale, monta. Yo le dije, coge por aquí, y lo traje hasta la casa. Nada, llegamos aquí y yo me bajo. Él me pregunta, ¿y tú vives sola aquí?, y yo, sí papi, yo vivo sola, pérate ahí pa buscar el dinero adentro. Tú sabe, haciendo media…

    —Ya está colando —la interrumpo.

    —Ay, sí —Geivy, sin perder el hilo, asume ambas tareas.

    —Yo entré y al momento salí con el dinero. Él me pidió un poquito de agua y yo le dije, pero papi, pasa, pa que tomes agua aquí adentro, tú sabe, jaja.

    —Camajana vieja, jaja.

    —Jajaja, tú sabe. Y ya, él entra así, hasta la entrada namá. Yo tenía la cama ahí, esto es chiquito todo, y yo con el vaso en la mano le digo, pero papi, entra, siéntate en la cama, no tengas pena, y siéntate delante del ventilador que debes estar ahogao. Él fue y se sentó, y fue entonces cuando yo le di el agua jaja.

    Geivy me alcanza una pequeña taza de café hirviendo que no hace juego con la suya. 

    —Yo ese día había trabajado una cartera y una fosforera y le regalé la fosforera. El dinero me quedé con él, por supuesto. Él no me quiso ni cobrar el viaje. Ah, bueno, papi, gracias. Esa noche él me dijo todo, todo. Cómo se llamaba, dónde vivía, que vivía con un abuelo que lo crió, porque él se quedó huérfano de mamá y papá como a los nueve años y andaba en la calle. Ese día él me dijo que se había casado con una puta de aquí de Villa Alegre. Dayansi, se llama ella. ¡Ah! Que después recuérdame contarte de cuando la puta lo cogió conmigo.

    —¡¿Y todo?!

    —Ah, bueno, jaja. Nada, yo le dije, papi, déjame hacerte una pregunta. Sí, sí, porque yo sí soy fresca, ¿tú viste la experiencia de Pito? ¿Tú viste que todo el mundo la tiene a ella como la más fuerte? Ná, eso no es ná. ¡Yo sí soy fresca! Me les lanzo y todo, jaja. Y él me dijo, dime. Y yo le dije, papi, ¿tú nunca has estado con un homosexual?

    Geivy me acerca la mano al muslo y ensaya conmigo la escena de seducción.

    —Él me dijo, no, y yo le dije, pero ¿no te gustaría probar?, y yo cada vez más coqueta jaja, y él me dijo, chica, no sé. Y yo le dije, papi, no sé, ¿no te gustaría probar tener una relación conmigo?, y él, nervioso, y yo dale, papi, vamos a probar, y díceme él, ay chica, no sé, mañana, hoy estoy to sudao, mañana yo vengo limpiecito y hablamos. Ay, papi, pero ¿por qué mañana? Mira, si aquí hay un baño, y tú sabe —dice mientras me retira la mano— ya tocándole la pinga, y él, no sé, chica, no sé. Con la pinga pará y él que no sé, jaja. Y yo, dale papi, mira, ahí hay un baño. Hasta que él se quedó callado y después me dijo, ¿hay agua de verdad? Y yo, claro papi, dale, ve. Báñate. Y bueno, él entró al baño. Mama, cuando yo vi aquello… diecinueve años, ¡pero una pinga así! —y vuelve a señalar un trozo que, si no fue exagerado, la Geivy, a sus treinta y siete años, es la verdadera sede de la vanguardia por el sexo anal.

    Casa de Geivy
    Casa de Geivy / Foto: Manuel D la Cruz

    Nada se ha perdido allí

    Un poco más de trescientos kilómetros dividen La Habana y Sagua la Grande por la ruta norte, y a un kilómetro y medio del Parque Central de Sagua, calle Calixto García arriba, queda Laredo, un barrio rojo, polvoriento, libre de bullicio y de rutas asfaltadas.

    En Laredo es raro escuchar música o una mala palabra después de las ocho de la noche. Las cinco manzanas y poco más de setenta familias que aquí viven se apagan con la luz del sol. No entra casi ningún bicitaxi y mucho menos la policía. No porque Laredo tenga fama de peligroso, sino porque su gente no malgasta los cien pesos que cuesta el viaje desde el centro de Sagua —la ciudad patrimonio— hasta acá, y la policía ni siquiera necesita merodear, salvo que inusualmente algún chivato informe del tráfico de carne en el barrio —pan de Laredo de cada día— o de alguna moto robada.

    A Laredo han entrado bugarrones como maridos, el VIH como un colonizador español del siglo XVI, y la muerte como la tía borracha que amarga todas las fiestas. Entró también la miseria y el mal miramiento de los sagüeros. «Eso es un barrio de travestis y homosexuales», dicen las señoras del centro desde las casonas de puntal alto. «Nada se me ha perdido allí».

    Laredo, Sagua La Grande / Foto: Manuel d La Cruz
    Laredo, Sagua La Grande / Foto: Manuel d La Cruz

    En 2020 a Laredo entró un bicitaxi tarde en la madrugada. Parqueó en la casa de Geivy y allí se quedó unos meses. El camagüeyano de diecinueve años, recién llegado a Sagua, conoció ese día el sabor de una mujer trans, o travesti, como prefiere llamarse Geivy.

    La policía no entró casi nunca, a pesar de las veces que Juan Carlos agarró el machete para arrancarle la cabeza a su marido Rafael. La Juan Carlos formaba tales trifulcas maritales porque sabía que, dos casas más abajo, vivía su hermana la Pito, Jorge Luis o Yanet (como le da igual que la llamen). Rafael, bugarrón que entendía los códigos y los lazos consanguíneos, sabía que no podía tocarle un pelo a la menor de las hermanas.

    A Laredo un día entró Papo a vivir, quien habla sobre él en masculino y femenino indistintamente, pues prescinde, al igual que el resto de las travestis y trans de estos parajes, de consensos académicos, siglas legalistas o terminologías de cualquier índole. Papo lleva un pelo largo caoba y es una excelente trabajadora del sector de la salud. De vez en cuando se le fuga al esposo y baja a pasar la noche en las sombras de la terminal.

    La Andy también vino a Laredo un día y allí se quedó, tras vender su casita y juntarse nuevamente con su madre, quien de tanto trabajar al sol pareciera que jamás fue una hermosa y rubia mujer de ojos azules. 

    Un día cualquiera, antes de que caiga la tarde, en el pueblo suena algún que otro corrido mexicano, el chirrido de pollos o niños descalzos y encueros, y por la noche, cuando Laredo duerme, las ya mentadas y emblemáticas mujeres de este inclasificable pueblito se atavían con brillos y pantalones ahogados y llenan sus carteras de condones y trapos sin hacer mucho ruido.

    Bajan toda la calle Calixto García por la acera más penumbrosa, buscando una Sagua que solo existe entrada la madrugada. Llevan en sus almas, muy cerca de los tajos del infortunio, la esperanza de que ese día sí conseguirán un buen señor al cual sacarles billete.

    Andy, una travesti gris

    4k. Así le llama Andy al VIH. Desde lejos atiende el grito de la Yordanis, que viene con el contoneo exagerado de la travesti borracha.

    —¡Anduchaaa!

    Antes de que llegue, Andy la empieza a insultar, le busca las cosquillas.

    —Mírala, mírala, ella se cree mujer.

    La Yordanis, toda forrada de mezclilla, la oye.

    —¡No, mami! ¡No sé tú, pero yo soy una mujer!

    Andy amaga una bofetada y la Yordanis simula una huida. 

    —La cuatrocá te tiene desmejorada. 

    —No, mami, yo siempre he sido muy linda. No como tú. 

    La Andy en la zona de los pájaros, las inmediaciones de la línea del tren y la terminal
    La Andy en la zona de los pájaros, las inmediaciones de la línea del tren y la terminal / Foto: Manuel D la Cruz

    Se amagan con carterazos y patadas, pero la risa las vence y las dobla.

    A lo lejos, se ve llegar un mono azul prusia enterizo, con un tul empedrado que se pega en el pecho hasta la mitad de la barriga. El pelo naranja cae hasta el cuello. La cicatriz inequívoca. La Pito. La mayor de las travestis de Laredo, la más longeva de las sagüeras que ejercen aún la prostitución ocasional en las zonas aledañas a la terminal. La más regia.

    —Jum —cotillea Andy, de espaldas.

    La Pito entra al clan y besa en la cara a todas. Incluso a la Andy. No hace estancia.

    —Ella me saludó por hipocresía —dice Andy, una vez ida la Pito hacia las cafeterías que colindan con la terminal.

    Andy lleva en la cabeza un moño alto, ondulado y postizo de quita y pon, que le cae hasta la mitad de la espalda. Su voz no es tan grave como la de Pito, pero la depresión en la que lleva años sumergida le resta a su timbre casi cualquier registro.

    Andy es linda. No es la más hermosa de las travestis, pero es linda. También, a sus 40 años, se sabe golpeada. «Esta vida de nosotras nos destruye». 

    Pero no se ve tan mal como se empeña en retratarse.

    —Aquí donde tú me ves, yo tengo libras de base y de polvo. ¡Maricón!, tienes que verme por el día. ¡Horrible! Por la noche mejoro un poquito, pero igual, estoy fea. Fea, fea y destruida.

    La Andy
    La Andy / Foto: Manuel D la Cruz

    Andy es la obrera más fiel de la zona de prostitución. Aunque baje a la terminal y no ejerza, casi siempre aparece. Pocas veces se sienta en el banco del exterior de la iglesia, sitio usual para esperar clientes. Así evade a los pájaros y a «puntos» borrachos y agresivos, clientes tan desagradables como frecuentes. Prefiere las cercanías de la línea del tren, lejos de los —muchas veces— problemáticos bicitaxistas.

    Los bugarrones siempre buscan cualquier oscuridad. La línea del tren que corre por detrás de la iglesia, ambientada con pocas luces, mucha maleza y mayor silencio, es el sitio preferido en la historia sagüera para estos intercambios sexuales.

    Andy le huye al personaje que representa. Admira cómo las travestis de Santa Clara se defienden entre sí cuando un «cheo» —presunto heterosexual de la calle— intenta amedrentarlas.

    —Aquí no hay eso. Nadie se defiende y todas vivimos fajadas una con la otra.

    Andy habla y camina con un desánimo difícil de maquillar. Es una travesti gris que alguna vez tuvo veinte años y la ilusión y las ganas de carretera propias de tal edad. Prefirió abandonar la universidad y hacer algún dinero en las calles. Por mucho que las pájaras sagüeras la conozcan, ninguna ha descifrado la razón de su angustia.

    —Ya yo no quiero ni marido, te lo juro. Estoy cansada de todo. Bajo para acá el día que tengo ganas de meterme una pinga, y de paso veo si puedo hacer alguito, aunque sea pa cigarro. Pero te lo juro que yo me levanto todos los días preguntándome pa qué, preguntándome cuál es el motivo pa seguir.

    Andy se oculta de la poca luz que hay en la zona de la terminal, pero no como la Osmany, que es el pájaro más feo y curioso de Sagua. Osmany, como todas las demás, se oculta de la luz no sin cierto retozo seductor, tal como se retraen las hembras para desesperar a los machos. Andy se oculta de la vida, se le esconde al placer, como si no quisiera jamás ser conquistada. No quiere flirtear, prefiere evitarse todo el cansino romance. Estas fluctuaciones suyas —querer singar y huirles a los varones, empaquetarse en maquillaje y trapos para finalmente no ser vista— son la evidencia de la incomprensión que sufre tanto de la sociedad como de sí misma.

    Casa de La Andy
    Casa de La Andy / Foto: Manuel D la Cruz

    Andy tiene la 4k misma desde el año 2018, lo que le aporta poca angustia adicional. La agarró ya de retirada, como un reembolso por sus años entregados al travestismo clandestino y fiero. Tiempo después de su debut serológico, fue a parar a Laredo, que es la Roma adonde se conduce la mariconería sagüera. Allí tiene un patio lleno de puercos, pollos, dos perras que muerden, y un gato de tres colores que come lo que encuentra, desde tripas hasta yerba.

    —A ver, mami, déjame prender eso a mí. 

    En la base de un altar de piedras Andy echa palos y hojas secas y luego le prende candela a un saco de arroz vacío. Mueve el saco, ya incendiado, con la mano, como si el fuego fuese el enemigo más inofensivo de los que ha tenido en su vida, y cuando la candela alcanza las hojas secas, trae un bullón lleno de agua y viandas y lo pone encima.

    Descalzo, con un short liviano y el torso tatuado al descubierto, lleno de sudor y polvorín, me cuenta la razón de la diatriba con la Pito.

    —Nosotros nos llevábamos muy bien. Normal. Pero pasó que ella un día me vendió un pantalón rosado y yo me había singado a un punto en esos días. Un día el punto fue a singar con ella, y ella le dijo que no, que ella no iba a singar con él porque él ya había singado conmigo, y yo tenía Sida. Ese punto singó con otro pájaro, y yo un día tuve problemas con ese pájaro y el pájaro en la discusión me echó en cara lo del pantalón rosado, cosa que él no tenía por qué saber. Nada, que al final la Pito se lo dijo todo al punto, y el punto se lo dijo al otro pájaro. Es mala, mami, lo que pasa que nadie le dice nada porque los pájaros le tienen miedo. Pero desde ahí pa acá fuera catarro. Es mala, pero Dios castiga. Mira lo de su hermano Juan Carlos. Bastante bien me he portado yo con ella».

    Peluquero y buscadora de vida

    «Yo no tenía que haber nacido», era un parlamento recurrente en boca de Juan Carlos La Rosa Morales. Lo decía sin mucho ímpetu a la menor ocasión.

    Juan Carlos nació en Sagüa La Grande, un 18 de abril de 1976. Recuerda su llanto a los tres años mientras veía cómo su tío intentaba asesinar a su hermano Jorge Luis, conocido por La Pito. Juan Carlos no vio cuando el tío violó a su hermano de siete. Tampoco pudo saber, hasta algunos años después, que la sangre que corría en el agua venía del culito ultrajado de su hermano.

    Juan Carlos solo advirtió, desde un peñasco más arriba, a su hermanito mayor lavándose en el río y después al tío queriendo ahogarlo. Los gritos de llanto del pequeño Juan Carlos salvaron de la muerte a Jorge Luis. El tío entendió que ahogar al violado supondría también matar al testigo. Prefirió salvar al mayor y engañar al pequeño. Esta escena, durante casi veinte años, solo la conocieron los hermanos.

    Juan Carlos no supo, sino hasta muchos años más tarde, que a su hermano le decían «la bien pagá». Toda la familia sabía que Juan Carlos, convertido en una adolescente que vestía ropas apretadas, frecuentaba la casa de una tortillera insigne que hoy nadie quiere nombrar. Lo que nadie supo por años fue que Jorge Luis, «la bien pagá», era rentada a cambio de unos pocos pesos para que la matrona costeara viajes a La Habana, en compañía de su prostituta Premium, probando fortuna en la búsqueda de mejores postores.

    En una de esas andanzas, allá por 1985, Juan Carlos no vio más por un buen tiempo a su hermana travesti y se preocupó, por supuesto, al igual que el resto de la familia, compuesta por los padres y cinco hermanos más. Después supieron que la joven, renombrada indistintamente como Pito, Yanet o La Mexicana, se movía por Encrucijada y muchos pueblos aledaños. 

    Casa de Yanet, La Pito
    Casa de Yanet, La Pito / Foto: Manuel d La Cruz

    Una prima, compinche de la Pito, se enamoró de un utilero del Circo Arenas, y el mejor amigo de este se flechó a su vez con La mexicana quinceañera. El casamiento doble duró menos de tres funciones. Un día apareció el padre de la rebelde, escoltado por la policía, y se llevó a la vejiga de la mano.

    A diferencia de La Pito, Juan Carlos demoró hasta sus diecisiete para travestirse (en esta familia tempranamente violentada, todo lo que ocurre a tiempo ya clasifica como tardanza). El reflejo de su hermana rubia la motivó primero y le molestó después. La Pito la exiliaba de la zona de prostitución, no quería esa vida para ella. Eran años, según Pito, en los que «nos tiraban piedras, nos tiraban agua. La policía nos metía presas por gusto, y allá adentro, nos trataban mal y nos ponían a limpiar las oficinas».

    Una vez le explicó a otro pájaro: «Chico, no me caes mal, pero ponte en mi lugar. Si tú tuvieras un hermano sano, ¿te gustaría verlo con una persona que tiene Sida?» Juan Carlos entendió aquello como rivalidad, y más tarde como envidia. 

    A mediados de los noventa fueron a vivir con la madre a un campito llamado Vega Alta. Juan Carlos quiso un día impresionar y seducir a los guajiros del poblado y sacó de su clóset un short muy corto, escandaloso, casi prohibido. En Vega Alta ser pájaro o travesti ya te aseguraba una eterna mala impresión. Allí había solo dos travestis y un pájaro y corrían años en que los maricones eran todavía más escoria. 

    Juan Carlos se probó el atuendo dispuesto a atravesar el cuarto, el pasillo, la sala y el portal de la casa, donde se mecían en sendos sillones dos amigas de la madre. Pito le prohibió salir así. «Una cosa es ser travesti y otra ser una indecente», y le dijo también que no hablarían de ellas, sino de la madre. Juan Carlos estalló.

    —¡Tú lo que me tienes es envidia! —le gritó a la Pito.

    Esta, lagrimeando, le recriminó.

    —¡¿Cómo tú, que eres los ojos de mis ojos, vas a decirme eso a mí?!

    Entre llantos y empujones solucionaron aquello. La Juan Carlos, vestida entonces con un pantalón de mezclilla y una blusa menos escotada, recibió el elogio de su hermana.

    —¿Viste? ¿Viste ahora qué linda te ves?

    Juan Carlos vivió casi toda su adultez como una gitana. Peluquero y buscadora de vida. Un año por acá, otro por allá. Santa Clara, Camagüey, campos innombrables, y otra vez Laredo, la Roma de los maricones y travestis de Sagüa, donde se asentó desde 2012 con Rafael, «un bugarrón de malas entrañas», según La Pito. 

    Escándalos de ambos fueron escuchados en Laredo, trifulcas matrimoniales en las que Rafael evitaba golpear a su mujer y se limitaba siempre a sujetarla. A tres casas de la suya vivía la Pito, su cuñada, quien le arrancaría la cabeza de un tajo si tocaba a Juan Carlos. La pareja se apañó durante años. Juan Carlos lo mismo decoloraba a una cliente, actuaba en un show drag, o iba en tren a La Habana con su marido para vender bolsas de picadillo.

    A mediados de 2022, Rafael se largó molesto para Camagüey y, según se cree, volvió enfermo de sus andanzas, contagiado con el VIH. En una de las visitas a la madre de Juan Carlos en Vega Alta, la perrita que llevaban consigo les contagió una bacteria y se inmunodeprimieron de inmediato. Primero cayó en cama Rafael, que estuvo al borde de la muerte. Poco pudo hacer Juan Carlos, convaleciente luego en otra sala. A La Pito le dijeron un sábado «que tenía que esperar a que llegaran los médicos el lunes para revisar el expediente de Rafael». 

    Pito, respetada sobreviviente de peores épocas y tratos, descompuso el hospital de tal forma que, en minutos, no solo apareció el expediente de su cuñado, sino que acudieron los médicos desde las más insospechadas oficinas y salas.

    —Yo le había empezado a comprar cositas a mi hermano —cuenta La Pito— para animarlo de nuevo, pero el parásito le estaba caminando muy fuerte, y le empezaron a salir unos granos muy feos en la piel, y a ella, muy linda y presumida siempre, no le gustaba verse así. 

    Juan Carlos y Rafael, ya censados como nuevos casos de VIH, empezaron a recuperarse. Rafael salió primero de terapia, luego del hospital y, antes de irse de Laredo, robó ropa, dinero y equipos de la casa de ambos, marchándose lejos. El último golpe lo dio en Sagüa, cuando compró en la farmacia los medicamentos recetados tanto para él como para Juan Carlos, quien no lo supo todo hasta dos meses después.

    —Cuando cayeron en el hospital, tuvimos momentos muy duros con los dos, con mi hermano y su marido. No quiero ni acordarme de cuando estaban graves que el médico nos dijo, ‘aquí ellos tienen dos jabas, la de ganar y la de perder’. Después el bugarrón malísimo ese se recuperó y robó y acabó.

    La Pito viste ahora un short muy corto y una blusa de rayas encaramada hasta las tetas, descalza y desaliñada. ¿Quién se atreve a hacerle una foto a esa mujer que habla con una gravedad temeraria y a quien una cicatriz de diecinueve puntos en la mejilla izquierda le condiciona la sonrisa y la dicción?

    Sube a una silla y se embarra de vinil el cuerpo y la cara, mientras pinta la parte trasera de la casa de su prima.

    —Ahora estoy enredá, es que viene una parienta de nosotros del exterior. Mañana es 18, el cumpleaños de mi hermano Juan Carlos, ven por la tarde. Ah, y déjame decirte. El otro día que te vi allá abajo, saludé a Andy, pero porque no la conocí. Ya cuando le iba a dar el beso fue que me di cuenta que era ella».

    Se ríe y sigue pintando. 

    «Yo de verdad no tengo nada en contra de ella…»

    Fresca. ¡Fresquísima!

    —Aquí antes todo estaba alumbradito —dice Geivy—, había luces en todos los postes. Ya no. Ya Laredo es una boca de lobo de noche. Un poste sí, tres y cinco no, y así.

    —¿ Y tortilleras hay?

    —Sí. Vivía una que se fue pa Estados Unidos ahora en diciembre. Yoanka Medina. Que vivió toda su vida con sus parejas ahí. Yovi le dicen. Muy amiga mía. Vivió al lado de mi casa, nos criamos juntos. Un poquito más vieja que yo, tiene como 47 por ahí. ¡Ah! También Vivian, que vive al doblar de la bodega, que ya no vive ahí, la que vive es la hija, pero bueno, vivió siempre ahí. Con sus parejas, normal. No, no, olvídate de eso. Barrio mentado en Sagüa de travestis, para travestis, maricones y tortilleras: Laredo. Eso lo sabe todo el mundo.

    Laredo, Sagua La Grande / Foto: Manuel d La Cruz
    Laredo, Sagua La Grande / Foto: Manuel d La Cruz

    —Nunca me hiciste el cuento de cuando la novia de Yordanis lo cogió…

    —¡Ah, sí! Jaja, cucha esto —Geivy se acomoda y prende un cigarro.

    —Primero tengo que contarte del hermano de Yordanis. Cochinísimo, cochinísimo. Un día viene a mi casa y me dice, no, mira, Geivy, que estoy botao en la calle, me hace falta ver si tú me dejas bañarme, y dormir aquí, que no he comido… y yo le dije, mira, papi, ya yo comí en casa de mi mamá hoy y no tengo comida aquí. Eran como las nueve de la noche y yo le dije, ta bien, báñate, y en aquel tiempo todavía no habían subido tanto los precios y le di como cincuenta pesos pa que se comiera una cajita, porque me dio lástima, imagínate. Él fue y se compró eso y me dijo que iba a ir a dar dos o tres viajes en el bicitaxi y después venía a dormir. Y yo le dije, mira, fíjate, vas a dormir conmigo, pero no me toques, cuando me toques, tú sabes que yo…

    —¿Era mayor, no?

    —Sí, mayor que Yordanis, tiene como unos treinta y pico de años. Niña, pero no me gustaba, porque tú sabe —y me susurra—… tú sabe que una es la candela, si me hubiese gustado me lo hubiese metido. Bueno, vino de trabajar, se volvió a bañar porque estaba sudao. Desde el baño, ¡Geivy, dame algo ahí pa envolverme pa salir! Ay, niño no, tranquilo, sale así mismo, dale. Yo estaba viendo la novela. Ya. Cuando yo termino de ver todo, apago y me acuesto, ¡el tipo tocándome! Estaba desnudo y yo estaba en blúmer. ¡Niño! Le he dicho de todo. No, no, ya, Geivy, no te toco más. Cochinísimo. Después venía a cada rato. Yordanis me lo traía. A mí siempre me dio mala espina y Yordanis siempre me decía, cuidado con mi hermano que mi hermano roba. Y yo le decía, pero ¿entonces pa qué tú me lo traes? Imagínate, era su hermano, su sangre. Y le quitaba las mujeres y todo, le gustaba singarse a sus mujeres. Un bugarrón cochinísimo. Está preso ahora también. Se fajó con un policía y le echaron dos años. ¿Por qué te conté esto?

    —Me dijiste que antes de hablarme de la novia de Yordanis…

    —¡Ah, sí, ya! —me interrumpe motivada.

    -Nada, niño. Yordanis llega y me dice un día, mi mujer lo sabe todo ya. Le dijeron que yo estaba con un pájaro aquí en Laredo, no sabe quién es, no sabe que eres tú, pero ya se lo dijeron. No sé si fue mi hermano, pero se lo dijeron.

    —Tiene sentido que haya sido el hermano —me lanzo. 

    —¡Niña, claro! El hermano estaba pa singarme y yo no quería. Pero bueno, eso. Yordanis andaba en un bicitaxi, y el bicitaxi se le rompe y lo guarda en mi casa. Pero que esto tenía una cerca alta de zinc y no se veía nada de la calle, tenías que brincar la cerca pa ver pa adentro, pa ver el bicitaxi. Un día se aparece él corriendo, descalzo, sin camisa, niño, ¿qué te pasa? Yo pensé que él había tenido problema con alguien, tú sabe, y él me dice, mira a ver que tú vas a hacer, desaparece el bicitaxi de aquí que mi mujer viene pa acá que ya sabe, viene con mi hermano. Papi, nada, el bicitaxi se va a quedar ahí, aquí no va a pasar nada. ¿Viste que fue tu hermano? Bueno, nada, él se esconde en el baño, y yo me siento normal aquí en el sillón, y como a los dos minutos llega ella.

    Geivy simula en el sillón tres toques a la puerta.

    —Ya sabía mi nombre y todo. ¡Geivyy! Chusma. Una negrita chusma de Villa Alegre. Hasta descalza venía. Yo abro la puerta completa y me paro así, de frente.

    Geivy se pone de pie y escenifica. Mira al aire puerta afuera.

    —¿Yordanis está aquí? No, Yordanis no está aquí. Estaba aquí, pero se fue. Así mismo, y él en el baño. Noo, mira, yo contigo no quiero problema… ¡No! ¡Ni lo va a haber! Noo, es que yo veo aquí el bicitaxi de él, ya por abajito, tú sabe. Sí. Ese es el bicitaxi de él. Que está roto. Noo, yo no quiero ningún proble… No. ¿Tú sabes por qué tú no puedes tener ningún problema conmigo? Porque yo no lo busco a él. Ni lo busco ni lo llamo. Él es el que viene aquí a mi casa. ¡Y él oyendo todo! — levanta ambas cejas con expresividad— ¡No me interesa nada! —dice, atropellando una palabra con otra, como quien ha repetido esa frase más que cualquier otra en la vida.

    —Noo, él es un descarao, me dice, porque él estaba aquí… Niña, ¡que él estaba aquí pero ya se fue! Yo sé que él está por aquí cerca, me dice. ¡Niño! ¡Y se sentaron en la esquina a esperar a que él saliera! Estaba ella, el hermano de Yordanis, y el padrastro de él, que es empingao, bugarrón también, pero bueno, tú sabe. Yo sentía al hermano que le decía a ella, él está ahí, espéralo que va a salir, no te vayas, y yo le decía a Yordanis, ¡cucha! ¡cucha al descarao de tu hermano! Descarao, descarao. ¡Tenían que haberle echado diez años! Bueno, yo le dije a Yordanis, ellos no se van a ir, ¿qué tú vas a hacer? No, no, yo me voy a quedar aquí. Ah bueno, mira, yo voy a poner candado y voy a ir pa casa de mi abuela. Efectivamente, salí, puse mi candado por fuera normal, y me voy pa casa de mi abuela que cuando eso yo no tenía bicicleta, yo andaba a pie. Cuando paso por al lado de ella, díceme ella, ay, Geivy, ¿tú no tienes un cigarrito que me des? –

    —¡Fresca! —me alarmo yo.

    —¡Fresquísima, niña! ¿Y esa confianza? Nada. Me voy y llego a casa de mi abuela. Pero que mi primo de Jatibonico estaba aquí. Jatibonico es un campo…

    —Sí, sí, yo sé.

    —Ah, bueno. Mi primo de Jatibonico estaba aquí en casa de mi abuela, y yo llego y le hago el cuento. No, que mira, primo, la novia de este niño, tao tao, maní picao. Y él me dice, vamos. Y viene pa acá conmigo. Pero que cuando viene ya ellos no estaban en la esquina. Ya se habían ido, parece. Entonces yo le digo a mi primo, no, primo, gracias, parece que ya se fueron. Y ya, mi primo se fue y yo entré de nuevo, y le dije a Yordanis, mira, ya ellos no están ahí, aprovecha y vete ahora, pero no cojas por la calle esta de aquí, que ella seguro se fue por ahí, coge por la línea pa allá pa salir, tú sabe. Nada niña, él salió suavecito, pero el muy anormal, en vez de ir por donde yo le dije, cogió por allá, pa salir pal potrero, y ella lo estaba esperando por allá, y cuando él brincó el matorral, ella lo estaba esperando, jajaja. Lo cogió viniendo de aquí. Dicen que en la línea ella le ha metido un galletazo, me hicieron el cuento después, y tremenda bronca después. Bueno, ya. Yo dije. ¡Ya! Se acabó. Al momentico viró él. Como a los veinte minutos viró. ¿Qué pasó? Viró con el padrastro. Ná. Vine a buscar el bicitaxi. Ah, está bien. Se llevaron el bicitaxi roto y yo dije, bueno ya, ahora sí que sí. ¡Ahora sí se acabó!

    —Y ¿entonces?

    —¡¿Se acabó?! Por la noche estaba en mi casa de nuevo, jaja.

    El humo gris del tabaco

    Andy tiene zonas menos grises, momentos en los que burla, con la burla, la depresión que lo matará algún día. Dice de sí misma que es la más fea de todas, sabiendo que esta autocrítica en el opening le permite continuar con las otras. 

    —El maricón, mientras más feo es, más malo es —dice al menos una vez al día.

    En cinco minutos destruye —verbo modelo de la jerga pajarezca actual— a todos los pájaros de Sagüa La Grande.

    —¿Quién es más fea pa ti, Andy? ¿Yogel o la Diango?

    Los pájaros la buscan, saben que ese es su fuerte.

    —Ay, maricón no sé, es que Yogel es fea, recontrafea. Pero la Diango es fea como distrófica. Tiene la cara como sin simetría, como mal hecha. Las dos son muy feas, chica. Están compitiendo. Un año gana una y otro año gana la otra.

    Todos se doblan de la risa. Andy siempre ha sido graciosa, aunque su desgano la convierta en una zombi. La Andy no alinea la expresión de su cara con el momento de la burla. Hay que concentrarse en su parlamento, en el chiste escrito, porque la depresión le robó toda expresividad. El desánimo le dejó el verbo ágil y mordaz coleteando al aire, desnuda su vis cómica de cualquier otro aditamento.

    La Yakuta, Diango, es de las más feas. Luego le sigue La Gordillo, un maricón, además de feo, interesado. Dice Andy que envidiosa, pero lo que quiere decir en verdad es aduladora o lisonjera, aprovechada.

    —Mientras más feo es el maricón… —repite—. No, no, Osmany sí es la más fea.

    Después prodiga observaciones sobre la una, hasta que encuentra otra más indicada para la comparación, para el podio de la fealdad-maldad.

    —No, no, la Yasiel sí es la más fea…

    Y así se mete la noche entera. Andy explica que las personas ocultan aquello que los avergüenza.

    —Tú los ves haciéndose los sanos y van a hacerse los CD4 a las cinco de la mañana, y una se los encuentra ahí, en la misma colita de todos los seropositivos del consultorio.

    Del VIH salta para los bugarrones, los bicitaxistas, la pájara feísima que se hace llamar Madonna, la otra ridícula que desde que se puso a ver series colombianas se le pegó el acento, y un día habla español, y al otro día habla como si estuviera en mayami, y al otro día dice otséa, y jelóu, y se para y camina y se arregla la saya.

    —Ay, chica, qué ganas de meterme una pinga vieja de un negro de estos, jaja, un viejo sin diente deso, que me dejen el culo como una rosa búlgara. Los viejos sin diente maman la pinga riquísimo. Sí, chica, yo soy tortillera. Me la meto, pero de vez en cuando los bugarrones estos, que son bugarrones aquí namá, porque en la prisión son las mujeres de los bugarrones, me piden que les meta la pinga. 

    Viene entonces uno de los mentados negros por la línea del tren, encapuchado, atravesando la densa oscuridad.

    —Ay, niña, sí, me lo voy a meter. Él está dando vuelta hace rato. Lo que tiene son cien pesos namá, pero igual me lo voy a meter, aunque sea pa cigarro. Estoy pa meterme una pingonsona negra desa. Le voy a decir que me singue fumándose el tabaco. A mí me encanta que me singuen fumándose un tabacón. Que me den pinga. Pero con el tabaco así en la boca, echándome to el humo en la espalda, jajaja.

    Una abuela caliente en Santa Cruz

    —Chica, ¿no has sabido más de Yordanis desde que cayó preso?

    —Sí, sí, sí, él estuvo llamándome siempre, lo que no me ha llamado más a la pública. Desde que le dije a la mujer de la pública adónde él me llamaba, que le diera mi número, porque me compré una línea, parece que él se trocó, no sé. Pero ya él está al salir, mama, y ese viene pa acá.

    —Y tú no has podido irlo a ver, ¿eh?

    —No, niña, qué va, muy lejos. Está preso en Camagüey por allá, lejísimo. Yo le pasaba unas recarguitas de vez en cuando, pa que el vendiera el saldo allá adentro, pa cigarros y eso, ¿viste?, pero qué va, es muy lejos. A él quien lo iba a visitar era el abuelo. Ah, que déjame hacerte el cuento…

    Geivy se acomoda y empiezo a mover el pie.

    —El abuelo es maricón. ¿Y sabes cómo me enteré yo? Porque él estaba conmigo y se fue pa Santa Cruz del Norte esa…

    —Del Sur, la del Norte es la de La Habana-

    —La del Sur, anjá. Yordanis estuvo unos días por allá. Y cuando vira, que le miro la pinga, tenía un granito así como del condiloma. Una verruguita, tú sabe, pero que eso sale al momentico. Yo le dije, papi, a ver bien eso, ven acá. Y le eché el pellejo bien pa atrás así, y le dije, papi, ¡eso es un condiloma! ¡Niña! ¿Y qué me dice él? Ah, sí, mi abuelo me dijo que eso era un condiloma. ¡¿Quéee?! ¿Cómo que tu abuelo te lo dijo? No, sí, que yo salía del baño encuero, y me senté a comer, y él me lo vio, y no sé qué, y le digo… ¡Niño! ¿Cómo que tú sales del baño encuero con tu abuelo? ¿Qué cosa es eso? No, sí, a ver, yo estaba comiendo sentado, pero encuero, me dice, y él me vio de lejos y me dijo que era un condiloma. ¡Niño!, ¿cómo que de lejos? ¡Si yo te tuve que echar el pellejo pa atrás! Bueno, mama, ahí él me dijo que él salía encuero porque su abuelo era maricón, y no le molestaba verlo y eso.

    —¡El abuelo no es ningún abuelo! —yo no salgo del asombro.

    —Niña, ¡claro que no! El abuelo fue un maricón que lo recogió a los nueve años, y sabrá Dios desde cuándo se está metiendo la pinga de Yordanis. Imagínate que cuando el abuelo se enteró de que Yordanis estuvo con un maricón en Laredo, ¡dejó de llevarle jaba a la prisión! ¿Qué abuelo es ese? ¡Eso es un maricón, mama!

    La dama asesina 

    «Para que viva uno, tiene que morir otro», es una máxima que repite La Pito ocasionalmente y que, si repasamos su historia, entendemos enseguida cómo ha sido gestada.

    A los diecisiete años la Pito, «la bien pagá», Yanet, conoció al gran amor de su vida: Juan Enrique Sosa Abreu. A los diecisiete años, la Pito era una rubia apetitosa, llena de vida, sin cicatriz ni prisión encima y con más experiencia de la vida que cualquier pájaro, pongamos, diez años mayor que ella.

    Se conocieron en la misma terminal donde hoy renta su tiempo, su cuerpo y su boca, y el primer día Juan Enrique no quiso intimar mucho. Estaba sudado y cansado, pero fue más fuerte el deseo. Volvió a su casa y de madrugada apareció como un caballero en la casa de Yanet, donde la poseyó con ímpetu.

    Mientras le entregaba afecto y sexo animal, Juan Enrique Sosa Abreu construyó para ambos un cuartico independiente en Laredo, pero luego metió en la casa una moto robada y detrás de la moto entró la policía impulsada por el soplido de un vecino del comité. Los dos cayeron presos y a Yanet la sancionaron a cuatro años en la Prisión de Hombres de Manaca. Ahí se separaron y Yanet se casó en la cárcel, como hacen los maricones y las trans de respeto y decoro.

    —Yo siempre oía las historias de la prisión, de que adentro tú tenías los maridos que tú quisieras. Yo tenía el don de la grandeza, ¿viste?, de ser fuerte y de dominar, y yo sabía de lo que era capaz. Siempre tuve el aquello de querer caer presa. Yo salía y oía al Nano, que era vieja ya, y ella hacía las historias de la prisión, y yo me emocionaba y me ponía nerviosa, y decía, ¡ay, qué rico!

    Sin embargo, en la prisión La Pito pasó los peores momentos de su vida, aunque hoy hable de ello con un orgullo y latencia exclusivos. 

    —A mí me picaron la cara por puta. Me casé allá adentro con un muchacho de 20 años, llamado Rafael Doldos Díaz, que le decían el Chopo, y él me picó la cara.

    «¿Tú ves que yo nunca te he hecho nada a ti? El día que tú me pegues los tarros, yo te voy a cortar la cara», le decía periódicamente, y lo cumplió.

    Apuestas, estafas, amoríos indeseables, riñas colaterales, chantajes y engaños. La Pito, conocida en prisión solo como Yanet, solicitó cigarros y pastillas de todo tipo, hasta que la deuda con el garrotero —un bugarrón malo— se volvió prácticamente impagable. El garrotero quiso su parte. Yanet le solicitó un corto tiempo más para saldar su deuda, y en el clímax de este dilema habitual tras los barrotes, el garrotero le ofreció una salida maliciosa.

    —Me puedes pagar de otra forma, tú sabes —le dijo.

    —¿Cómo? —preguntó curiosa Yanet.

    El garrotero le pasó un papel estrujado y le explicó. «Esto es una amitriptilina escachá. Dásela a tu marido en la merienda por la noche, y cuando se duerma, ve pal baño que yo te voy a estar esperando».

    Yanet accedió y el plan funcionó de maravillas, al menos la primera parte.

    —En la prisión siempre hay un ojo que te ve —dice.

    La mañana siguiente, un reo le cantó la noticia a Rafael. «Chopo, la paloma se te salió del nido». El Chopo encaró a la paloma, quien confesó todo con la condición de conocer al soplón. «No te voy a decir quién fue porque vas a querer formar problema». Yanet prometió prudencia, asumió la culpa y su marido, enamorado, abrió nuevamente las rejas a la paloma, pero Yanet fue demasiado lejos y pidió una relación abierta. «Si quieres un día singar con una pajarita, me puedes pedir la cama y yo te la presto».

    En la noche, mientras dormía, el Chopo le abrió la cara con una cuchilla prestada, desde la oreja hasta la comisura de la boca. Con el tajo aún caliente, lo persiguió con un palo por la galera. Después quiso buscar al delator, pero perdió el conocimiento y cayó desmayada en un charco de sangre.

    Amaneció con la costura de diecinueve puntos en la cara y el delator cuidándola al pie de la cama. Entonces Yanet decidió hacerlo todo como lo hacen las que triunfan en prisión. Construyó pacientemente su venganza, que es lo que marca la diferencia entre las presidirías que sobreviven y las presidiarias que reinan. No hay sentimiento que no pueda fingirse, ni plan que no subyugue las emociones.

    Como entendió los motivos de la delación, procedió entonces a enamorarse del delator. Una mujer astuta en medio de lobos usureros, con más determinación que impulsos, tiene lo que quiere justo cuando lo quiere. Destruyó al tipo sin ensuciarse las manos, luego de unos pocos pasos necesarios: lo abandonó, lo traicionó y lo volvió sentimentalmente un miserable. 

    El delator, humillado y desolado, un día, entre llantos y gritos, terminó cortándose las venas. El gesto, en prisión, tenía un significado y una declaración última. Solo los maricones, no los bugarrones, se cortaban las venas allí. La familia, sumida en la deshonra, dejó de visitarlo y llevarle alimentos y aseo. Yanet, satisfecha con la eficacia de su plan inicial, hinchada por la victoria, quiso repetir. Aplastar, vencer y vengarse, aún más en prisión, generan adicciones más peligrosas que cualquier pastilla que los presos comercialicen.

    El reo que le entregó la cuchilla al Chopo también se cortaría las venas por ella. Afuera, en Laredo, Juan Carlos no imaginaba las cosas que su hermana enfrentaba.

    —Yo siempre supe que el día que empuñara un arma, la mano no me iba a temblar —confiesa Yanet, quien obtuvo el respeto definitivo en la Prisión de Manacas cuando enfrentó a uno de los horcones de la guapería villaclareña. El pájaro, procedente de un pueblito llamado Esperanza, tenía un largo expediente: un muerto, un preso lisiado y broncas violentas con oficiales, siendo esto último el escalón supremo de la temeridad carcelaria. 

    —Yo conversaba mucho con un pajarito de Manicaragua, que era ya bastante mayor, y un día el pájaro de Esperanza, el presidiario, se empezó a meter con la viejita por gusto. Yo salí en defensa de ella y el pájaro me dijo, ‘mira, Yanet, no te metas, que si te metes va a correr la sangre’, y yo le dije, ‘bueno, que corra’. 

    Poco después el comedor fungió de ring. Cuando el pájaro avanzó con un brazo escondido detrás de la espalda, Yanet entendió a plenitud el propósito de su vida: sobrevivir. Ese día alguien debía irse y alguien debía quedarse. El niño indefenso y sangrante, que no fue ahogado en el río, no iba a morir allí.

    —Déjamelo a mí —le pidió El Chopo.

    —No te metas que esto no es asunto tuyo —lo limitó Yanet.

    El pájaro gritó: —No creo en lo que tú me vas a hacer.

    Yanet, impasible, con un cuchillo de casi cuarenta centímetros en su mano derecha, oculto también detrás de la espalda, vio venir al primero en su lista de muertos. La pájara de Esperanza se acercaba y Yanet no pensó en que podrían caerle veinte años más de encierro. No dudó ni le tembló la mano. La otra no le había creído. La sujetó del pelo y le clavó el punzón, atravesándola.

    Los espectadores detuvieron aquello y a Yanet le sumaron nueve años y no veinte porque la pájara de Esperanza no murió. Pero todo Laredo conoce su historia, y la respeta.

    «Para que viva uno, tiene que morir otro»

    Que se sepa, Yanet lloró dos veces durante el último año. La primera fue en diciembre de 2022, nada menos que con Andy de testigo. Rafael, el «bugarrón de malas entrañas», había huido. Yanet, cansada de los malos tratos en hospitales, pidió misericordia a gritos: «Llévenme a mi hermano a La Habana, llévenmelo pal IPK. Se me va a morir». La Dirección de Salud del municipio le respondió: «Tranquila, ya hablamos con la dirección del hospital y mañana se van a reunir contigo». Al otro día, el Doctor Modesto, sin mirarla a los ojos, le dijo que no tenía conocimiento de ninguna reunión, ni tampoco el director del hospital. Nadie los había llamado desde la Dirección de Salud de Sagüa la Grande.

    —Primero que todo —le dijo Modesto—, tráeme a tu hermano e ingrésamelo aquí.

    Yanet casi lo dejó sin aire de una patada.

    —¡¿Cómo que tráemelo?! ¡Mi hermana lleva siete días muriéndose en una cama!

    Tuvo que venir la policía para calmarla, pero ya era demasiado tarde.

    Sentada en un sillón frente al ataúd con unas pocas coronas, Yanet vio llegar a Andy y ambas se abrazaron.

    —Lo siento mucho, chica. Tan lleno de vida que estaba tu hermano.

    —Gracias, Andy. Al final murió el bueno para que viviera el malo —le respondió La Pito.

    La segunda vez que lloró fue el pasado 18 de abril.

    —Mi mamá y mi hermana me llamaron a las ocho de la mañana y yo estaba a esa hora despierta, llorando. Les dije que fueran ellas alante, que yo iría al cementerio atrás, sola.

    Juan Carlos habría cumplido 47 años ese día.

    —Al final, para que viva uno, debe morirse otro —me recuerda Pito por última vez, hundida en la tarde amarga de Laredo.

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    2 COMENTARIOS

    1. MDC ( eg: Manuel de la Cruz) no será acaso un heteronimo de Pedro Juan Gutiérrez? Los editores deben hacer un trabajito más ‘fuerte’ con este artículo… párrafos muy dispares.. unos parecen sacados del Granma ( » sin perder el hilo asume ambas tareas») y otros de Almodóvar («tajos del infortunio»).

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