La serie que llevó a Xavier Dolan a tirar la toalla

    Xavier Dolan dijo que dejará el cine porque se gasta dinero en ello; dona su salario en la producción y no recibe compensación. Retuve la idea porque para mí el cine es un pulso tenso y permanente desde el exilio. Sería incluso afortunado si pudiera mantenerlo como lo hacía en mi país: pagaba para filmar. A la larga en realidad casi siempre el cine nos devolvía el gesto. Como casi todo lo que hacía en Cuba estaba prohibido, había un cierto animismo en las transacciones al cual te acostumbrabas. Sentía como que unos dioses, o una justicia sensible al arte, me protegían. Te quitaban ahora, pero luego proveían. Filmar por amor al arte te generaba un buen karma, un núcleo moral que no te dejaba solo ni en el plano espiritual ni en el económico. Ibas de un golpe de suerte a otro sin sistematicidad y la fortuna no te alcanzaba más que para lograr un equilibrio. En el centro de este equilibrio refulgía la obra realizada. 

    Al leer a Dolan me pareció que le pasaba más o menos lo mismo. Vi su serie de cinco capítulos La noche en que Logan despertó para confirmar esa pista, un poco para confirmarme a mí, y la verdad es que cambié de idea. Se me generó una tesis nueva sobre la causa que lo movió a decir aquello. He desechado el argumento de que lo ha dicho para que la gente corra a verla, como fue mi caso, y me nació otro. Me pareció una serie hueca, y me llama la atención que se desmorone del modo en que lo hace. ¿Cómo es posible que no sea una obra maestra? ¿Por qué está incluso en un estrato inferior a una «obra correcta»? 

    Mi tesis sobre la actitud de renuncia de Dolan es la vergüenza. La angustia de asumir el fracaso luego de haber invertido su salario, su ilusión. La esperanza de poder recrear una ficción tal cual uno imaginó es más fuerte para un artista que ganar dinero por ello. El ego comienza a naufragar en la pena, en la autocompasión. La incapacidad de Xavier Dolan para escribir algo redondo en pugna con su vocación podría ser el móvil oculto de su anuncio. 

    Se trata de una familia de cuatro hermanos y una madre que no funciona bien. El espectador dice: «entiendo que aquí todos estallaron». El mayor se acuesta con una prostituta a la que le suele hacer sexo anal, y le confiesa que no puede estar con su mujer; el menor tiene el pelo azul, el cuello lleno de úlceras y problemas de droga; el hermano más estable es como un padre para los demás, pero para sí mismo su paternidad fracasó: se divorció y ya no vive con sus hijas; por último, la hermana, que será la caja de Pandora, se fue de casa prácticamente de adolescente y no regresó jamás. 

    Ella no solo huyó del pueblo, sino que se llevó un secreto; algo terrible que hizo estallar la familia. Cuando regresa nos enteramos de que es tanatóloga, que conserva muertos, lo cual parece una metáfora pues conserva en sí «al muerto» que arrastra aquella familia. La madre estuvo envuelta en política, pero terminó dejando eso también. Nunca más la hija fue a verla: ¿por qué? Lo sabremos más adelante. 

    A partir de aquel suceso secreto, se supone que la vida de la madre fue una porquería. Cuando muere, la hija le pinta las uñas. La escena es filmada como se lame un helado, tal parece que entre ella y la madre hubo una traición, y que la hija ha triunfado por esa fuerza de gravedad que es el paso del tiempo, o a fuerza de paciencia, como en aquel refrán chino según el cual debes sentarte a esperar que el cadáver de tu enemigo pase flotando rio abajo. El espectador va de un porqué al otro. ¿Qué cosa terrible hicieron? Todos parecen cuervos.

    El secreto se va revelando. Resulta que hubo una presunta violación a la tanatóloga cuando niña, y esta huyó del pueblo para evitar ser señalada toda la vida. Ahí nos damos cuenta de que la madre no hizo nada malo; la atmósfera en la escena de la pintura de uñas no era un indicio, sino, en el mejor caso, un énfasis para colocar una falsa pista. El pueblo sabía, y ella no quiso cargar con eso de ser una víctima. Al parecer no se formalizó una denuncia por la amistad existente con la familia del chico violador, pero el pueblo, infierno en miniatura, sí que se enteró.  

    Los cinco hermanos se reúnen luego de años separados para acompañar a la madre en su último suspiro. Hasta aquí todo parece creíble. En el lecho de muerte la madre mira al hermano mayor, se tapa el rostro con su mano nudosa, y dice algo así: «Cómo, cómo pudiste hacerlo». En este punto el espectador comienza a imaginarse algo peor. ¿Qué podría ser peor? ¿Fue él quien violó a la hermana y luego señaló al otro como perpetrador? Da asco dos veces. Es un monstruo. 

    Ahora bien, como si esto fuera poco, hay un indicio más, una nueva capa. Entre la tanatóloga y el hermano mayor no hay odio, sino algo más complejo: cariño y rechazo. Necesitamos concebir ese cariño, y ahí damos con que… con que estamos ante un incesto mutuamente consentido y encubierto tras un acto miserable: haber acusado de violación a aquel chico, a quien arruinaron la vida para siempre. 

    En este punto, la distancia de la tanatóloga del pueblo, y de su madre, por vergüenza, tiene sentido. También lo tiene en el caso de la violación, y en el de la acusación falsa y la culpa asociada. Eso es lo que debe revelarse en el último capítulo. Pero no es lo que sucede. No hubo incesto, tampoco violación. El hermano mayor y el vecino que supuestamente violó a la hermana eran amantes, se comían con apetito, se derretían de solo verse desde tiempo atrás. 

    El día de la supuesta violación están tan cachondos que entran al cuarto, se saltan todas las prevenciones, y la hermana al verlos se esconde en un closet. No sabemos bien qué hace la hermana en la habitación del vecino, ya lo sabremos, pero no nos conformamos con que en la sinopsis se diga que los tres eran inseparables. Desde el closet la hermana pega un grito y comienza a llorar. No concebía que su hermano y el vecino fueran gais

    La escena se complica más. Entran el padre y la madre del vecino, y los ven a los tres confundidos. La chica llora, no sale del shock, tiene cara de sorpresa y de haber sufrido una afrenta. El padre del vecino los mira y se inquieta; todo se define en segundos y con los prejuicios más inmediatos. No supone que su hijo sea gay, ni que los hermanos hayan cometido incesto, sino lo más natural: que su hijo violó a la futura tanatóloga. Los padres se espantan y los tres adolescentes no aclaran la situación; temen que el pueblo se entere de lo que sucedió en realidad. 

    ¿Este es el «muerto» que hace que la chica sea un problema andante, sea tanatóloga, y se aleje de la ciudad y más nunca quiera ver a su madre? Sí, según Dolan. 

    Es probable que el hermano mayor no pueda hacerle el amor a su esposa porque enterró una preferencia sexual permanente, pero eso no lo sabremos nunca, porque no se desarrolla. 

    ¿Fue la propia humillación de mentir lo que los condenó para siempre a ser cuidadores, jardineros, cancerberos de aquel trozo de mentira podrida? Como premisa no está mal, pero no se desarrolla. Tal parece uno de esos objetos de arte conceptual que no se explican por sí mismos, sino apenas en el catálogo cool de la exposición.

    El vecino prefiere ser visto como violador antes que gay. No es algo fácil de creer. Pero digamos que podría estar creando una correspondencia interesante entre un pecado y otro. Algo así como: mi homosexualidad es tan terrible y punible como violar a una chica. Pues esto tampoco se desarrolla. Pero, en caso de desarrollarse, el peso del «error» no recaería tanto en la tanatóloga y su hermano mayor, sino que lo compartirían los tres implicados en el secreto. No habría el aguijonazo moral de haber acusado de violación a un inocente. 

    Pero el agujero mayor que deja la bomba de aquel suceso está en otra parte. Está en el gesto más fuerte: la decisión de la hermana de alejarse de la familia, de la madre, de la casa, incluso de una vida normal, para proteger la integridad de un hermano que, no sabemos bien por qué, la rechaza. El resultado de esta decisión de guion es que no se sabe de dónde toma energía el rencor de la tanatóloga. Su reacción, alejarse de la madre a quien adoraba (lo cual abarca una parte importante de la historia), parece excesiva y desconectada de la naturaleza del pecado cometido. Entonces, que la tanatóloga le pinte las uñas a la madre como si se vengara no es siquiera una falsa pista, sino un frívolo ejercicio de estilo. 

    Dolan deja esa sensación de que tiene un talento natural para las atmósferas, pero nada que decir. O bien se quedó sin dinero para desarrollar más a los personajes, y esto fue lo que finalmente consiguió en la mesa de edición. ¿Será que Dolan cree que no hace falta exponer más y que al espectador le toca hacer el resto?

    Esta última tesis es interesante y muy común. No solo el artista de ego enorme se encierra en una isla cuya puerta le da pereza abrir un poco más para que entren más personas. Se ve mucho en el activismo LGBTIQ+, en la cuestión trans, en el feminismo, en cierta izquierda radical: se demanda que el que mira desde fuera tenga la capacidad de comprender todo lo que está dentro gracias a una curiosidad innata. 

    Es como que uno nazca sin un riñón. Un día creemos que a todo el mundo le falta un riñón. El terco de carrera brillante es tan inteligente que se traiciona hasta creer que, de una manera u otra, a todos les falta un riñón, y eso bastaría para que su drama sea evidente y comprensible. 

    Aun así, creo que a Dolan lo que le sucedió fue que se quedó sin dinero para filmar cinco capítulos más. No creo que su serie fuese rechazada porque se habla en francés, como él dijo, sino porque es mala.

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    Carlos Melián
    Carlos Melián
    Vive en Santiago de Cuba. Las congas lo hacen llorar. No tiene pasión por ningún deporte, pero es fan a Savón, a Rigondeaux (a quien una vez le picó un cigarro), y a Gabriel Pierre el gran pelotero. Cree que el verdaro cronista de la música cubana es Candido Fabré y no Juan Formell. Y que Cuba se divide en esos dos bandos, los de Fabré y los de Formell. A él le gusta más Formell porque tiene tendencias pequeñoburguesas, pero eso no quita que el tipo sea Fabré. Fabré forever. No fuma, pero es picador fula de cigarros. Le da ansiedad ver a una gente fumando, no es que sea un estafador, o que no se le pare.
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