No me pongan en la lista

    El 1 de mayo del año pasado hice una lista. Necesitaba ponerme al día, darle orden a mi vida. La escribí a mano, en una hoja de libreta, y con un imán la pegué en la puerta del refrigerador. Le puse un nombre: «Lista (casi) diaria». Siete puntos con los que vencería el aburrimiento, la desidia, mi próspero tiempo libre.

    1. Ver un filme todos los días.
    2. Leer al menos 20 páginas de un libro.
    3. Escribir todos los días (menos los de resaca), al menos 500 palabras.
    4. Ver (mínimo) 1 capítulo de una serie.
    5. Hacer ejercicios de lunes a viernes.
    6. Alimentarme.
    7. Ir al teatro, al cine, a tomar… al menos una vez por semana.

    A la lista le añadí una posdata: «Empiezo mañana 2/ mayo/ 2022. Hoy voy al bar».

    Si salí esa noche no lo recuerdo, aunque lo más probable es que me haya sentado en La Bombilla Verde a tomarme par de caipiroskas en la premier de algún corto independiente.  

    1. Ver un filme todos los días

    Solo he ido una vez al cine. En octubre, el Yara pirateaba Blonde y, solo por el hecho de disfrutar bien de cerca la actuación de Ana Celia, merecía no verla en casa. Ha sido, quizás, de las poquísimas colas que he hecho en este tiempo, la que más he disfrutado.  

    Por otra parte, tener atiborrado el disco duro externo de carpetas de películas ordenadas por directores, género, premios, actores, temática, es avasallador. Siempre me ha provocado ansiedad. Empiezo una y quiero otras tres al mismo tiempo, y al final del día no logro ver ninguna.  ¿Resultado? Unos diez filmes en la carpeta de «Vistos», un año después. 

    1. Leer al menos 20 páginas de un libro

    Con la lectura las he tenido buenas y maduras. Ha habido días en que no he llegado a dos páginas, otros en los que devoré el mamotreto de una sentada. Lo intenté, juro que lo intenté con Paradiso, pero a la tercera no siempre va la vencida. Con La Celestina no aguanté el paletazo del castellano antiguo. 

    En agosto, mi novia se fue del país y me dejó a cargo una selección de textos escogidos por los dos. Mi primera opción fue una tapa dura escarlata, dos tomos, 1970, editorial Credsa, Barcelona, de El Quijote. Según mi novia, la mejor de cuantas se han publicado, y estaba en perfecto estado de conservación. Apenas abrí el primer libro, pedazos del lomo hicieron pal´ piso como Paulito y los guardé, asustado, en una gaveta. 

    «Decidí leerme otra cosa», fue el pretexto que le di durante meses. Yo me había impuesto que ese fuera el primer libro que devoraría, y, además, que no leería otros libros que no fueran los que me dejó hasta la fecha de su regreso. Me pidió que, de todos, cuidara El Quijote más que a ninguno; por eso mi empingue, por eso la mentira. Hace una semana lo saqué de la gaveta porque a veces a uno le da por cumplirse promesas, y no quiero llegar a los 30 sin haberme leído a Cervantes. Ese mismo día lo confesé todo. Le hice una videollamada en su horario de oficina, y solo me recriminó el no haberlo empezado a leer desde hace meses. 

    En el caso de la poesía, casi todas las noches antes de dormir le dejo un mensaje de voz con uno o dos poemas. Así hemos ido coleccionando poemarios enteros de Ángel Escobar, Octavio Paz, Luis Marimón, Alexis Díaz-Pimienta, Oscar Cruz, Gastón Baquero, Jorge Luis Borges, Federico García Lorca. 

    En septiembre fui la envidia de varios amigos escritores porque logré que Falsa guerra y La tribu, de Carlos Manuel Álvarez, me llegaran con olor a librería yuma y todo. Fue ese segundo libro el que me dio la paciencia necesaria para pasar el último ciclón que arrasó Pinar del Río y que me dejó una semana sin corriente. Todavía hoy, a meses de tenerlo en el librero, el escritor Manuel D la Cruz me tiene en búsqueda y captura por el salao´ libro de La Tribu.   

    1. Escribir todos los días (menos los de resaca), al menos 500 palabras

    No puedo escribir borracho. No quiero escribir tomando alcohol, pero tampoco sin café, té o vino, cuando aparece. La resaca es una de mis peores enemigas, pero tengo algo de ventaja sobre ella. Conozco el laberinto donde se esconde cuando salgo o me veo con amigos, aunque reconozco que a veces soy yo el que se pierde. Si sucede… Si la noche se parte en botellas o laguers de Siberia y yo amanezco cantando en un parque o sentado en una esquina, no valgo ese día ni para escribir el epitafio de mi madre. Por eso tal vez ahora escribo más de lo que tomo, aunque lo segundo tenga más calidad que lo primero. 

    1. Ver (mínimo) 1 capítulo de una serie

    Gozo de poca cultura cinematográfica, y ahí también incluyo las series. Después de un período de gestación como este, me sigue costando sentarme a ver capítulos de más de media hora. Hasta para eso soy desesperado. A veces un capítulo de una hora lo derrito en 20 minutos. Soy muy de ver las cosas de decenas de segundos en decenas de segundos. No obstante, Love, Death and Robots, Arkane, Breaking Bad, Merlí y Black Mirror me han desollado vivo.

    Recientemente un amigo librero me recomendó no dejar de ver The White Lotus y una que, por el nombre, debe ser animé: Kimetsu no Yaiba. Otros me han sugerido The Bojack Horseman Show, Westworld, The Crown, y yo anoto y digo que sí, que esta semana voy y las copio. 

    1. Hacer ejercicios de lunes a viernes

    Aristóteles decía que en el medio está la virtud, y yo nunca he deseado estar ni fofo, ni tróculo. Dicho esto, no podía permitirme estar como muchos que rozan los 30, que tienen un empacho por barriga y los párpados caídos. Los conozco bien: se revientan en grasa, en azúcares, y hacen su día en el sofá o en la silla giratoria de la pincha. No me valía con ser ectormorfo, y la decisión fue tomada. Bien pensada, eso sí, pero mal ejecutada.

    En todo este tiempo he pasado por tres gimnasios. En el primero duré unos dos meses; en el segundo, de Crossfit, tres días. En el último, tres semanas; sin completar ninguna. Tuve mi racha buena: me levantaba a las 6:30 de la mañana y a las siete estaba pegado a los hierros, con entrenador incluido. Luego me metía una dosis de gelatina o de avena con leche. En pocas semanas el horario se me fue complicando y, a decir verdad, ir al gimnasio a las tres de la tarde a veces me quitaba las ganas de, siquiera, calentar los músculos. Entonces descargué una de esas aplicaciones que te aseguran que “tendrás una tableta de chocolate en tu abdomen en 30 días”, o que con un poco de calistenia diaria no hay quien te pare. Me sigue quedando el consuelo de montarme en la bicicleta y dar buen pedal al menos tres veces por semana y de jugar fútbol todas las tardes de sábado en una Kings League criolla hasta caer muerto a las diez de la noche. 

    1. Alimentarme

    No basta con comerme las mancuernas, las barras y las poleas. Entonces mi ignorancia y yo optamos por organizar un plan dietético. ¿Cómo alimentarme bien en Cuba? ¿Qué suplemento tomar? ¿Dónde conseguir algo que no sea pollo, picadillo, perrito, y que los precios no sean los de la NASA? 

    Me hice de contactos para combos de comida y cartones de huevo, y guajiros que vienen a La Habana cada 15 días con leche, pescado, queso, carne… Me hice un harakiri y comencé a comprar más avena, chocolate en polvo, café-café, no el del paquetico Hola. Comprendí que, si me dedico a escribir, necesito llenar de algo que no sea agua hervida y escarcha el refrigerador de la casa. Es casi imposible crear algo decente con hambre. Me importa poco que la libra de tomates y el mazo de zanahoria esté a 100 pesos, que un limón cueste 80, una piña 70, un pepino 40. 

    Lo único que no he podido solucionar es el arroz. Llevo meses masticando un arroz arenoso. Debe ser él y no otro el culpable de que hayamos perdido 15 metros de playa en los últimos 30 años. Muchos me dicen que no me puedo quejar de nada, que me ven más repuesto, con mejor semblante. Si todo se tratara de comer bien, de hacer ejercicios, de ver series enteras, de escribir por disciplina y por placer, de oler un libro y buscar el próximo en el librero cojo de la esquina de la sala, de ver el mismo filme todos los días de tu vida, con casi 30 años en las costillas. 

    A un año de establecer los siete puntos en que necesito centrarme, ubicarme, siete puntos que he recomendado y conversado con amigos vigoréxicos y polillas, cinéfilos y borrachos, opinólogos y militantes, solo tengo algo claro: a pesar de lo útil que ha sido establecer prioridades para conocer mis límites, mi capacidad de tolerancia, y mi tiempo íntimo (tallar con él, mimarlo, controlarlo, darle pescozones y hacernos el amor), no me gustan las listas. No me gustan las listas que me nombran. No me gusta el pase de lista. No soporto a quien se hace el listo. Me incomodan los listados, las enumeraciones. El orden no es mi fuerte. 

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