Una noche, Ambrosio soñó que la Capital era un enorme queso Gruyère donde él circulaba empujado por la inercia y el azar de los vericuetos. Pensó, en el sueño, o en una lógica parecida al sueño: «Lo único que me faltaba era verme en esta situación ridícula y penosa, donde rige una loca geometría». Luego siguió soñando que había podido encontrar alguna salida hacia alguna parte, y que cavaba como un topo con ambas manos, en la certeza de que había encontrado, al fin, el camino correcto. Se dijo mientras cavaba: «Todos los caminos conducen a China, aunque pasen por Praga».

Y, en efecto, después de cavar un tiempo más, salió a un espacio que sin lugar a dudas era China. Vastas extensiones modificadas por campos cultivados con esmero infinito, construcciones sencillas, como trazadas rápidamente por un pincel, perros de peso liviano que orinaban levantando mecánicamente una patica y, por supuesto, conjuntos seriales de chinos atravesando el paisaje.

Ambrosio se limpió la tierra que llevaba encima y le preguntó al primer chino que pasó a su lado:

—Oiga, esto es China, ¿verdad?

El chino lo observó; le brillaban los ojitos. Pero no contestó.

Ambrosio preguntó lo mismo al siguiente chino, y obtuvo igual respuesta.

Hizo lo mismo con un tercero y un cuarto chino hasta completar el millón de chinos. Se dijo: «Ya había oído hablar del proverbial mutismo chino, pero esto excede la razón».

Luego de mucho deambular entró a una pequeña taberna y fue entonces que vio a su profesor Elíades, sentado al fondo ante un vaso y una botella. El profesor parecía estar meditando profundamente, pues apenas movía los párpados. Solo quitaba las manos de las sienes para llenar el vaso. Ambrosio sintió tremenda alegría al encontrar a su profesor en China.

Gritó desde la puerta:

—¡Profe!

Pero el profesor no se inmutó ni una pizca. Ambrosio se acercó a su mesa, le puso una mano en el hombro, y le dijo al oído:

—¡Profe, soy yo, Ambrosio!

El profesor miró a Ambrosio desde sus tranquilos cristales de aumento y volvió a concentrarse en sus meditaciones.

Ambrosio se sentó frente a su profesor y dijo:

—Profe, ¿qué ha pasado?

Al cabo de un tiempo que pareció siglos el profesor habló desde una lejanía inenarrable:

—Mira, supón que una calle entera está llena de basura, una montaña de basura que cubre los bordes de la calle y se levanta seis o siete metros. Y te dicen que tienes que limpiarla en un tiempo que bien sabes no alcanza para una tarea de esa envergadura. Haces tus cálculos y solo obtienes la variable fija: la imposibilidad de resolver el problema dentro de los límites que te han impuesto. Te llenas de valor y te dices: voy a empezar por los papeles; pensando que es el camino más lógico y fácil. Pero al cabo de un tiempo te percatas de que ese no es el mejor camino y piensas que es más saludable empezar por la basura más pesada, no por los papeles. Pasa el tiempo y reflexionas sobre tu trabajo y entonces supones que lo mejor es recoger tanto la basura pesada como la ligera, sin detenerse uno en la diferencia, pues de cualquier manera todo es basura. A veces te haces el lelo, te sientas, miras pasar las nubes y te preguntas por el sentido de la tarea que te han impuesto. Con las pequeñas preguntas sacas pequeñas respuestas y con las grandes preguntas grandes respuestas. Prosigues tu tarea, pues finalmente no importan ni las pequeñas ni las grandes preguntas ni sus respuestas: solo tiene sentido cumplir la tarea. Por otra parte, en la montaña de basura has ido encontrando cosas sueltas: lo mismo un tornillo, una carta sucia y arrugada que una cabeza de pescado. Te preguntas qué hacen esas cosas tiradas ahí. Entonces haces tu propia historia de aquellas cosas. En resumen, te encariñas con una historia de la que desconoces sus claves más elementales… Debo confesarte que esto que cuento es una historia personal. Nada inventado. Si vas a mi casa puedo mostrarte el tornillo, la carta, la cabeza de pescado. Y que conste que no soy un ser melancólicamente perverso. Puedo enseñarte, también, fotos, diplomas, medallas. Puedo decirte: éste que ves aquí, con la pala en la mano, el tabaco en la boca, posando para la foto encima de la montaña de basura, soy yo. Luego transcurre el tiempo y uno envejece y empieza a hablar sobre la circulación del dinero, el rumbo de la Historia y todas esas boberías. Las palabras salen resbalando desde la papada biológica que la experiencia te ha concedido. Si alguien dice que dos más dos no es cuatro, estimas en el acto que el otro está loco o no lo está, o que en realidad a ti no te afectaría en nada que las cosas y sus sentidos resbalen, pues te has fabricado una dimensión estable y reconfortante para lo que te queda de una vida de mierda. ¿Te has convertido en un degenerado ya que actúas así? (El profesor acerca su cara a la de Ambrosio.) Dime una cosa, pues supongamos que somos amigos. ¿A ti nunca una mujer te ha dado espuela? (Ambrosio pone cara de duda.) ¿No? Lo sabía. Eres un hombre sin experiencias reales. Un cuerpo vacío. Una masa atravesada por la nada. ¿Sabes lo que hacen los chinos cuando se ponen viejos y ya no se les para el rabo? Les ponen un arpa en el culo (Ambrosio hace un gesto de desagrado) y la arpista toca, y las vibraciones hacen que lo que antes era un rabito de este tamaño cobre un tamaño decoroso.

El profesor vuelve a concentrarse en las fermentaciones de su mente y musita: «Sí, yo fui un ser con ideales».

Ambrosio pregunta:

—Profe, ¿qué hacemos usted y yo en China?

El profesor salta en la silla como si fuera un muñeco al que le quedara algo de cuerda:

—¡¿China?! ¡¿Cómo que en China?! —y rio brutalmente—. Ay, Ambrosio, mira que eres gracioso, a veces. Si no te conociera, engendro de hombre nuevo, pensaría que te estás burlando de mí. ¿Así que llamas China a esta porción insignificante de la calle la Zanjita? Jo. Ja —se sujeta la barriga por el esfuerzo—. De verdad que eres gracioso, niño imberbe.

El profesor se calmó y volvió a concentrarse en sus meditaciones y cantó para sí en un esfuerzo supremo:

—Movió su dedito, tralalá, y supo para siempre, tralalá, que era sabrocito…

Mientras el profesor cantaba y se perdía en el fondo oscuro de una fábula infinitamente estropeada, Ambrosio hacía las más increíbles maniobras para recuperar las claves perdidas.

*Del libro inédito de ficción «Vida de Ambrosio».

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