Mi ambivalencia moral

con respecto a la política en general

me ha convertido siempre en el invitado neutral

a numerosas mesas.

Como escritor me interesa más entender

las opiniones y los sentimientos de mis amigos

que discutir la precisión

de sus pronósticos políticos (…)

Blanco Bret Easton Ellis

Antes de la cosanga

Al grano: sigues en zona medio desconocida si llegas a la península y no tropiezas con Rosie Inguanzo y Alfredo Triff, una pareja dadá de teatro, filosofía, literatura y música. Sigues como pescado en nevera si no logras acceder a un tipo de arte basado en lo des/naturalizado, lo mal/intencionado, lo in/subordinado (diríase el exilio). Pero llegar al exilio en la obra de Inguanzo-Triff, una de las parejas de amor más extranjera del arte cubano, no es vivir en el exilio sino, precisamente, lo contrario.

Una olla de sopa de lentejas, rociada con jalapeños ahumados y aceite extravirgen, fue el recibimiento al primer día del año en el habitáculo (lugar limitado, cantidad de personas limitada) de sus anfitriones. El arroz blanco y los triangulitos calientes de pan taíno acompañaban la olla con timidez, aquella olla metálica elegante que más parecía un cántaro de sopa donde las lentejas y los cubos de calabaza hacían nado sincronizado. Para que no me perdiera, Rosie Inguanzo me advirtió: hay delante, frágil, una rama florecida de buganvilia de invierno. No lo dijo así pero yo entendí eso porque Rosie Inguanzo habla así. Tampoco me perdí, llegué a la puerta y golpeé con mis nudillos.

La casa por dentro, además de dos anfitriones seductores y fatales, tenía ese clima de calefacción que provoca un deseo de no hablar, no dar opinión, no mover. Solo estar y captar y sentir cada onda diminuta de sonido, cada milímetro decorado, cada luz (o su falta) de movimiento. Me abrió la puerta una barba tupida, y unos hombros musculosos y unas clavículas fuertes debajo de una camisa a cuadros, de mangas cortas, abotonada hasta arriba. Alfredo Triff se sentó, bajó el volumen del Latin-jazz que aglomeraba el espacio y llamó a Rosie Inguanzo alzando la voz. Desde el sofá, yo veía la puerta del baño donde una Rosie Inguanzo terminaba de secarse y abría la puerta y aparecía en toalla y pedía disculpas y sonreía. Alfredo Triff sonreía y el Latin-jazz sonreía y el interior sonreía como la escenografía de una escena donde lo único que sucede es que no sucede nada (pantomima dadá).

Al grano: no hay mesura en la música de Alfredo Triff, no hay mesura en sus opiniones filosófico-políticas, no hay mesura en el sabor de la sopa de lentejas, aunque sí en las virutas de jalapeños tostados, esparcidas como electricidad sobre la paz de la sopa. Una sopa de la que bien pudiera decirse: capaz de levantar a un muerto. Un muerto que pudiera ser nuestro país de origen. Vamos a llevarle un poquito de lentejas al país, vamos a levantarlo del hueco al que ha sido empujado.

Onomatopeyas de violín de un estado mental-musical-cultural abotonado hasta arriba, esto es: sin perder la perspectiva. Imaginen las clavículas, el esternón, los trapecios y los hombros al acecho, esperando que empiece (aquello) para crisparse, contraerse y proyectar una fuerzanacida de lo amoroso, lo gozoso y lo libérrimo.Onomatopeyas armoniosas de violín en el lenguaje dadá. Zürich, 1916: repite Alfredo Triff como un statement. Una oración unimembre. Un sustantivo propio. Un jueguito de mano.

Pizzicato de violín en la lógica del exilio, esto es: andar en puntas de dedos. Andar con paso preciso, como la yema en la cuerda. Atravesar el borde de una música que podría ser tradicional si no fuera por que no es música, se trata de una expresión vinculada más bien al desafuero. Ruido de aquello que no puede ser música. Más música todavía. Quítale la tilde a música y repite: musica tecnica paprika. Quítale la tilde a todo. Olvídate de las tildes: Electricity.

Alfredo Triff, violinista, miente descaradamente frente a un auditorio que espera conga, comparsa, guaracha, mambo, bolero, tradición, mezclados con improvisaciones y distracciones propias del jazz (Mindtrance, Miami, 2018). Alfredo Triff suprime el mensaje y se explaya en un escenario tecnológico-dadá (espacio lúdico, indefinido, colchón de virutas de jalapeño) como un Tristan Tzara o un Erik Satie o un Francis Picabia peninsular-tropical, en tenis deportivos que le permiten el deslizamiento.

A la interpretación de Alfredo Triff añádasele la presencia rubia, larga, rectilínea uniforme, de una mujer en tacones que lo mismo puede hacer de mujer en tacones que de mujer en chancletas, que de cabrona, que de Electra, que de personaje de película alemana, que de personaje de película norteamericana, que de actriz de Hollywood, que de madre muerta, que de hija endemoniada, que de persona exiliada, que de escritora, que de mujer de Alfredo, que de Alfredo Triff.

Rosie Inguanzo / Foto: Legna Rodríguez

Rosie Inguanzo, escritora, actriz de la novela cubana de Miami que es la novela pública maravillosa de todos los días sobre la faz del exilio, acopla su cuerpo y su pensamiento al amorío conceptual de su marido, una orgía verbal-instrumental a base de dos cabezas. El exceso de pelo de la cabeza de Rosie Inguanzo contrasta con la escasez de pelo de la cabeza de Alfredo Triff. Al escribirlo, un cuero cabelludo da en el otro, como las dos mitades de un libro cerrándose de golpe.

El gemido femenino de Rosie Inguanzo contrasta con el rugido gutural de Rosie Inguanzo, desdoblada ya sobre la superficie de un cabaret cualquiera en el Down Town de Miami. El grito desesperado de Rosie Inguanzo contrasta con la risa macabra de Rosie Inguanzo, abierta ya sobre la oscuridad de un club nocturno cualquiera en la Pequeña Habana de Miami. El monólogo sexual de Rosie Inguanzo contrasta con el relato político de Rosie Inguanzo (La Habana sentimental, Bokeh Press, 2018), ventrílocua ya sobre una parrilla de una casa privada cualquiera de Miami. El impulso de llorar de Rosie Inguanzo contrasta con el silencio de pronto de Rosie Inguanzo, sobre un escenario de un teatro cualquiera en el corazón cardiópata de Miami.

Después de la cosanga

Rosie Inguanzo / Foto: Legna Rodríguez

¿Qué vestimenta se pone uno para presentar a Rosie Inguanzo y Alfredo Triff? ¿Se pone uno un traje de novia? ¿Se pone uno en pelotas, así como vino al mundo? ¿Se pone uno un color determinado, el color que representa la lucha por los derechos humanos o la lucha contra la violencia o la lucha contra la homofobia? ¿Aprovecha uno la oportunidad? La vida nos enseña que la oportunidad hay que aprovecharla siempre. ¿Pero cómo dadá se aprovecha eso?

No me pude vestir de otra forma, puesto que presentaría al par de artistas de Miami, Cuba, más académicos de la escena dadá. Profesores exclamadores interrogadores de un alumnado en ciernes, chupador, esponja pacífica de cuanto se le transmita. Pantalón de nylon negro y t-shirt de algodón blanco, esto es: cien por ciento, con las famosas ardillas de Walt Disney abrazándose enamoradizamente en el front de su diseño. Iconoclasta, como Inguanzo-Triff, pero menos europea y más chatarra, como corresponde a los años felices de dos mil veinte y dos mil veintiuno en Miami. Como corresponde a una gusi pedorra (denominación vulgar para referirse a aquellos que se oponen a la dictadura del régimen cubano actual).

Al grano: el jugueteo fue breve, como me lo imaginaba. Un jugueteo autosuficiente. Al cabo de cinco minutos ya no me interesaba seguir leyendo mi manifiesto dadá sobre Inguanzo-Triff. Era demasiado previsible que no había nada que explicar. La música de uno y la poética de la otra se explicaban por sí solos y se correspondían, a veces, sin que corresponderse fuera imperioso, mucho menos importante. Lo más importante aquí era alcanzar, con el mayor grado de complejidad, la categoría de no-importante.

Sin embargo, debo dejar constancia de mi presencia en escena. Una presencia minúscula en cuanto a tamaño, y minusválida en cuanto a pericia. Leí el manifiesto igual que lo haría la pionera adoctrinada que fui yo en mis años preescolares, primarios, secundarios y preuniversitarios. Sin lugar a dudas, lo más dadá que tengo por dentro es ese ánimo pioneril para leer páginas de libros o cartulinas rojas impresas con el mismo tono que usan en los matutinos y vespertinos del sistema de educación cubano.

Dicho y hecho, saqué de un sobre de papel cartucho mis 13 cartulinas rojas, impresas en puntaje 20, leyéndolas de un tirón y tragando constantemente saliva. Al salivar, me daba cuenta de lo alto que era Alfredo Triff y de lo alta que era Rosie Inguanzo. Con uno a mi diestra y otra a mi siniestra, terminé de leer la presentación.

—¿Cómo no me va a gustar —dijo al final Rosie Inguanzo—, si dices maravillas de mi flaco y luego dices maravillas de mí?

Al grano: no existe en el arte cubano del exilio ni en el arte cubano de burbuja (aquel que circunscribe al diámetro de la dictadura) un fenómeno como Inguanzo-Triff. Delimito los espacios porque creo que hay una libertad creativa, de accesos y de expresión obvias, diferente en cada uno de los delimitados. Ningún binomio cabaretero de arte o de pareja, que en este caso vendría a ser más o menos lo mismo, se iguala o se parece al show performático de Inguanzo-Triff. La escritura incluye un amor, el amor incluye un saber, el saber incluye una música que podría ser una crisis (diríase el exilio).