Ochenta y ocho horas, casi cien

    Por: Cristina Díaz Erofeeva y Jorge Ferrer.

    Estos primeros días de febrero, Tania Bruguera tomó por asalto el museo Hamburger Bahnhof, un templo del arte contemporáneo en Berlín. Lo hizo con la performance Where Your Ideas Become Civic Actions (100 Hours Reading The Origins of Totalitarianism), la misma que realizó en La Habana en mayo de 2015, cuando tenía la puerta de la casa taponada por retenes sucesivos de la Seguridad del Estado que le impedían salir a la calle. Y si salía, ¡zas!

    Hannah Arendt y su libro seminal sobre el totalitarismo la acompañaron entonces en Tejadillo #214, junto a otros lectores y activistas, a lo largo de cien horas de lectura. Cien horas seguidas. Cien horas sin pausa. Horas de lectura y comentario. De dicho y glosa. De texto y escolio. El de Arendt es una carga de profundidad en la barriga totalitaria. Lo de Tania es la mecha. Juntas: ¡boom! Una explosión que sacudió Berlín, como no pudo sacudir La Habana, pero esa explicación está también en Arendt, cuyo nombre es igualmente el de INSTAR, el «Instituto de Artivismo Hannah Arendt» fundado por Bruguera para canalizar, multiplicar, dinamizar sus acciones en el campo del activismo desde el arte: ¡instar!

    Pero no fueron Arendt y Bruguera con sus bolsillos llenos de onomatopeyas las dos únicas dinamitas en el Hamburger Bahnhof. El aire de los tiempos está cargado de gas, porque el mundo es un apartamento con el ambiente muy enrarecido en la planta 2024 del asaltacielos de la historia, y cada chispa es una incitación a hacer saltar la santabárbara por los aires. Esta vez fue la cuña antisemita la que reventó la performance para quitar la palabra a una intelectual judía en un episodio que le echa más leña al fuego vivo del arte de Tania. «Palestine Will Set Us Free», abrieron pancarta los activistas en medio del Hamburger. «¡Hamás!», debió haber gritado alguien ahí aspirando la hache y a que se fueran.

    Tania no se achicó, desde luego. Ninguna de las Tanias. Tampoco la performer Tania Bruguera. Que era ahí, en el set de su espectáculo, una Gioconda sobre cuyo rostro los activistas iban a derramar pintura, sopa o lo que segregara su afán de ser vistos. El hollywoodense momento de la artista preguntándole a uno de los manifestantes semipalestinos: «Are you having a gun? Are you going to kill me?» y la posterior suspensión del acto de cien horas cuando cumplía la hora ochenta y ocho convirtieron esta performance en un conspicuo acto hiperpolítico. Lo real encaramado a lo real produce lo hiperreal, al decir de Baudrillard. Otro tanto le sucede a la política sentada a horcajadas sobre la política y clavándole las espuelas en los flancos, el izquierdo y el derecho: produce lo hiperpolítico. Y de la misma manera que las utopías y las antiutopías se malquieren, pero a la vez se necesitan, como reguetoneros en una pelea de gallos, el diálogo razonado y el escupitajo en la cara viven bien con la renta básica de la construcción de sentido en ese streaming sin parar que es la vida que malvive, píxel a píxel, en los teléfonos del mundo.

    «Para mí, esta es mi mejor obra», nos ha dicho ahora.

    Tania tendrá que rumiar lo que sucedió allí. Aquí. Quien la ha visto trabajar, quienes la hemos visto pensar y zamparse la realidad y el relato a bocados, sabemos que lo que pasó allí, aquí, acabará integrado en la máquina de sentido que es la obra de Tania Bruguera, performer, arte y artista, acto y activismo. ¡Qué se prepare el próximo al que le toque! Porque en el hilo de sus futuras onomatopeyas se van a juntar letras que sonarán a húngaro, pero no regalarán la dulzura del Tokaji.

    ***

    Un par de jornadas antes, cuando llegábamos allá arrastrando nuestras maletas por la Invalidenstrasse que une la Estación central de ferrocarriles con el museo, el traqueteo de las ruedas sobre la acera cesó de repente, porque la voz de la performance, que ya estaba en marcha, se derramaba sobre la calle por sendos altavoces que crecían entre los árboles. Así son las performances de Tania Bruguera (La Habana, 1968): ocupan de tal manera las ciudades donde operan que modifican el paisaje interviniéndolo, haciéndolo mutar, transformándolo durante unas horas, unos meses; a veces con las ganas y tal vez también la suerte de hacerlo para siempre.

    Where Your Ideas… opera con tres herramientas, más la mencionada mecha, que iba vestida de negro incombustible. Estas eran un sillón habanero, un micrófono con su alambre largo que se pierde fuera del cuadro y un ejemplar manoseado y por manosear de Los orígenes del totalitarismo.  

    El resto es fiesta. La fiesta de hacer revolución. Y sobre todo la de hacerle contrarrevoluciones a las revoluciones. Decenas de personas, la mayoría artistas, estudiosos de Arendt y/o el totalitarismo, periodistas, escritores. El pelotón filopalestino por añadidura. También, transeúntes. O, mejor, todos transeúntes en la pasarela tendida por la artista.    

    Con Cien horas…Tania prolonga el consabido gesto de subversión que consiste en traer al museo lo que antes no le pertenecía, en un osado, osadísimo port de bras: convierte un acto cívico en una obra, una obra en un acto político… La artivista transforma el propio espacio museístico, tradicionalmente previsto para la catalogación, la colección y la exposición, en una plataforma para la expresión pura. Expone (literal, física, políticamente) una pluralidad de voces, que en esta ocasión se continuaron ¡ay, casi cien!, pero ochenta y ocho horas sin parar, y también se entrecruzaban, se replicaban, se sostenían, se diferenciaban, e iban formando «la obra» en el momento en que sus portadores, sus hablantes, sus dicientes, acometían su acto.

    Esas voces no estaban leyendo desde cualquier lugar, por cierto. Lo hacían en el andén, hoy transmutado en la amplísima sala del Hamburger Bahnhof, desde el que partieron convoyes hacia Auschwitz. Allí, donde antes se agolpaba gente que rodaría hacia la muerte, leían Los orígenes del totalitarismo de Hannah Arendt muchas y muchos Hannas. La encarnaron en los más distintos tonos y acentos, desde disímiles historias personales y posiciones políticas.

    Todos se podían hacer escuchar, ser escuchados, y, gracias a la particular acústica del lugar, el eco hacía también que los dicentes se escucharan a sí mismos. El andén de antaño era ahora, poblado de enormes cojines Lumanar, el paisaje, el pasaje de Stalker, la película de Andréi Tarkovsky, que se atravesaba para llegar a la verdad. A la trascendencia. Al final. Y donde antes los silbatos de los trenes anunciaban la salida, ahora las voces leían a Arendt, que bloque a bloque —el antisemitismo, el imperialismo, el totalitarismo— colocaba la «filosofía política», tag de la que siempre abjuró, en el presente de una Europa que tiene miedo.

    El diálogo quedó convocado desde el principio, cuando en la apertura de la performance, Tania leyó una lista de artistas que han sido censurados, desprogramados, desprovistos de fondos y becas. En Alemania. Con los directores flanqueándola. Uno de ellos, Sam Bardaouil, se preguntaría más adelante en uno de los tramos más memorables de la performance sobre la función de los museos nacionales y el reto que tienen para representar la pluralidad de una sociedad plural, compleja. Será el mismo que unas horas después recibió los escupitajos del pelotón antisemita en un «pa’ que aprendas», un «por si no te habías enterado» de manual. 

    La libertad artística está en peligro. Y la manera en que Tania lo sacó a pasear en Berlín la autoriza a decir que esta ha sido su mejor obra. El fantasma que hoy recorre Europa no es el del comunismo, con el que asustaba el Manifiesto de Marx y Engels, sino el fantasma de la cancelación. La mecedora que Tania trajo de La Habana, la misma donde leyó allá a Hannah Arendt, sirvió ahora para hablar de otros miedos, otras tentaciones autoritarias. Un viaje curioso el que hizo ese sillón. Objeto que acompaña las vidas y las memorias de tantos cubanos, el que conoce todos los secretos, casi un símbolo de lo familiar, de lo íntimo, y a la vez tan solitario y desamparado, llega al extranjero, se instala en lo distante, para aproximar y para unir, no mediante el consenso o la univocidad, sino en una vindicación de las diferencias. Y no llega de cualquier lugar, sino de una isla, geográfica y política, con una dictadura de más de sesenta años y una emigración que no ha hecho más que aumentar. No llega a cualquier lugar tampoco, sino a una ciudad dividida por un muro durante casi treinta años: un muro físico y también metafísico, porque tenía un solo lado, del único que hacía querer y tener que escapar.

    De La Habana a Berlín, realidades y miedos distintos, pero pareja necesidad de plantar cara al Estado represor, a las instituciones cobardes que replican el poder disuasorio del Estado, a un público que asiste anestesiado a la realidad de la censura y la cancelación. A la inflamación del odio, los odios. El odio genuino de la víctima. El odio prestado del activista con su trajecito de proxy.   

    Hay miedo en Occidente. En el mejor de los mundos posibles, lo posible ha sido sustituido por lo obligatorio, y del artista se quiere que sea un animalito amaestrado para complacer, gruñir lo justo y agradecer con las orejas gachas y el proverbial rabo entre las patas, el plato de comida que le arrojan el museo, la institución, la empresa que busca réditos a su plusvalía regalada, o el ministerio. El arte ha sido encerrado en el corsé de la opinión; los artistas miran los barrotes de la corrección política como antes miraban a la tradición iconoclasta del arte y al porvenir que le soñaban a la virtud de su insolencia.

    «La Constitución nos dice que podemos manifestar libremente nuestras opiniones y las instituciones nos lo confirman, mientras nos advierten que no podemos hablar en sus espacios», dijo allí Candice Breitz, una artista de origen sudafricano que afirmó estar viviendo un segundo Apartheid en el mundo de la cancelación. Un Apartheid en las democracias. Masha Gessen, quien voló desde Nueva York para leer a Arendt y hablar de la estupidez de Vladimir Putin, la cancelación, y Palestina, dijo que estos dos últimos años en los que ha estado escribiendo para The New Yorker sobre las guerras de Ucrania y, ahora, la de Israel contra Hamás, han roto la fe en el progreso en la que se crio desde que fue una niña soviética. Y, sin embargo, también ella, como Tania, como tantos en el Hamburger Banhhof, dijeron al micrófono que solo la acción colectiva previene de la amenaza totalitaria y conjura el amarre del bozal postdemocrático. Todavía —con lo «colectivo» volviendo a su condición monstruosa— está por ver cuánta razón tienen, si tienen alguna.

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    1 COMENTARIO

    1. Solo por curiosidad me gustaría saber cuánto dinero el Deutsche Bank puso para financiar ese evento. Quizás esta info sea publica pero no la he visto. Cuanto dinero cobro Bruguera y cuánto cobraron los trabajadores del museo? Fue gratis su performance para el publico pero ella cobro un salario de artista? Cuanto cobro Bruguera? El banco y o el museo le pago el ticket del avión y el hotel o se quedo la artista con amigos? Viajo en primera clase? Qué va a pasar con el sillón? Lo van a mostrar a partir de ahora en la vitrina (iglesia) que es todo museo con la voz grabada de la lectura sin terminar o van a pagar para que el sillón vuelva a volar a La Habana u otro lugar? Los sillones necesitan visa y pasaporte para regresar a una Habana donde los sillones de madera hace mucho tiempo se convirtieron en una rareza? Y Bruguera leyó en aleman, en ingles o en español o fue una lectura en muchos idiomas? Supongo que Bruguera a regresado a dar clases en Harvard? Sin dudas las guerras en Ucrania y Palestina son el contexto que prendieron fuego a la performance de Bruguera. La lectura termino y las guerras continuan. Solo espero que la gente siga leyendo en sus casas (si pueden) aunque no nos paguen por leer.

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